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Full text of "David Harvey Ciudades Rebeldes Del Derecho De La Ciudad A La Revolución Urbana"

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David Harvey 



Ciudades rebeldes 

Del derecho de La ciudad 
a La revolución urbana 

Traducción de 
Juanmari Madariaga 



Diseño interior y cubierta: RAG 



Reservados todos los derechos. 

De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 

del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa 

y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización 

reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, 

en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, 

fijada en cualquier tipo de soporte. 



Título original: Rebel Cities. From the Right to the City to the Urban Revolution 

© David Harvey, 2012 

© Ediciones Akal, S. A., 2013 
para lengua española 

Sector Foresta, 1 
28760 Tres Cantos 
Madrid - España 

Tel.: 918 061 996 
Fax: 918 044 028 

www.akal.com 

ISBN: 978-84-460-3799-6 

Depósito legal: M-8.833-2013 

Impreso en Gráficas Varona, S. A. 
Salamanca 



Para Delfina y todos los demás estudiantes 
de doctorado en todas partes. 



PREFACIO 

La Icaria de Henri Lefebvre 



Hacia mediados de la década de los setenta me encontré en 
París con un cartel editado por los Ecologistes, un movimiento ra- 
dical de acción vecinal dedicado a promover un modo de vida 
urbano ecológicamente más sensible, que presentaba una visión 
alternativa para la ciudad. Era un precioso retrato lúdico del viejo 
París reanimado por la vida vecinal, con flores en los balcones, 
plazas llenas de gente y niños, pequeñas tiendas abiertas a todo el 
mundo, multitud de cafés, fuentes, gente solazándose a orillas del 
Sena, parques y jardines aquí y allá (quizá eso lo he inventado en 
mis recuerdos), con tiempo suficiente para disfrutar de la conver- 
sación o fumarse una pipa (un hábito que todavía no se había de- 
monizado en aquella época, como constaté a mis expensas cuando 
acudí a una reunión vecinal de los ecologistas que se celebraba en 
una sala densamente cargada de humo). Me gustaba muchísimo 
aquel cartel, pero con los años se fue deteriorando tanto que tuve 
que deshacerme con pena de él. ¡Me gustaría tanto volver a tener- 
lo! Alguien debería reimprimirlo. 

El contraste con el nuevo París que estaba surgiendo y amena- 
zando tragarse al antiguo era dramático. Los gigantescos edificios 
en torno a la Place d'Italie amenazaban ocupar toda la zona hasta 
darse la mano con la espantosa Tour Montparnasse. La vía rápida 
propuesta en la Rive Gauche, los insulsos bloques de apartamen- 
tos (HLM) en el 13 e arrondissement y en los suburbios, la mer- 
cantilización monopolizada de las calles, la pura desintegración 
de lo que en otro tiempo había sido una vibrante vida vecinal 
construida en torno al trabajo artesanal en pequeños talleres en el 
Marais, la reestructuración de Belleville arrasando sus callejuelas 
y patios, así como la fantástica arquitectura de la Place des Vosges. 



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Encontré otro cartel (de Batellier) que mostraba una cosechadora 
aplastando y engullendo todos los viejos barrios de París y dejan- 
do en su lugar largas filas de altísimos HLM, y que utilicé como 
ilustración clave en The Condition ofPostmodernity. 

Desde principios de la década de 1960 París se hallaba clara- 
mente sumida en una crisis existencial. Lo antiguo no podía du- 
rar, pero lo nuevo parecía demasiado horrible, exánime y gélido. 
La película realizada por Jean-Luc Godard en 1967, Deux ou trois 
cboses queje sais d'elle, captaba delicadamente aquellas sensaciones. 
Presentaba madres casadas que se prostituían a diario, tanto por 
aburrimiento como por necesidad de dinero, con el trasfondo de 
la invasión de París por el capital empresarial estadounidense, la 
guerra de Vietnam (que antes había sido asunto de los franceses 
pero que ahora habían asumido los estadounidenses), un boom de 
la construcción de autopistas y rascacielos y la llegada de un con- 
sumismo desatentado a las calles y las tiendas de la ciudad. Sin 
embargo, la actitud filosófica de Godard -una especie de precur- 
sor wittgensteiniano del posmodernismo, melancólico e irónico-, 
que no permitía mantener ningún paradigma como centro o 
meollo de la sociedad, no era de mi gusto. 

Fue aquel mismo año, en 1967, cuando Henri Lefebvre escri- 
bió su influyente ensayo Le Droit a la ville, que se entendía al mis- 
mo tiempo como una queja y una reivindicación. La queja respon- 
día al dolor existencial de una crisis agónica de la vida cotidiana en 
la ciudad. La reivindicación era en realidad una exigencia de mirar 
de frente aquella crisis y crear una vida urbana alternativa menos 
alienada, más significativa y gozosa aunque, como siempre en el 
pensamiento de Lefebvre, conflictiva y dialéctica, abierta al futuro 
y a los encuentros (tanto temibles como placenteros) y a la búsque- 
da perpetua de la novedad incognoscible 1 . 



1 Henri Lefebvre, La Proclamarían de la Commune, París, Gallimard, 
1965 [ed. cast.: «La proclamación de la Comuna», en Obras de Henri Lefeb- 
vre, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1967]; Le Droit a la Ville, París, 
Anthropos, 1968 [ed. cast.: El derecho a la ciudad, Barcelona, Península, 



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Quienes nos movemos en la vida académica somos bastante 
expertos en reconstruir la genealogía de las ideas. Así, examinan- 
do los escritos de Lefebvre de esa época, podemos encontrar un 
poco de Heidegger por aquí, de Nietzsche por allá, de Fourier 
acullá, críticas tácitas de Althusser y Foucault, y por supuesto el 
insustituible marco aportado por Marx. Merece la pena mencio- 
nar el hecho de que aquel ensayo hubiera sido escrito para la con- 
memoración del centenario de la publicación del primer volumen 
de El Capital, porque como veremos tiene cierta importancia po- 
lítica. Pero los universitarios olvidamos a menudo el papel desem- 
peñado por la sensibilidad que surge de las calles a nuestro alrede- 
dor, por el inevitable sentimiento de pérdida provocado por las 
demoliciones que nos embarga cuando barrios enteros (como Les 
Halles) resultan remodelados o surgen aparentemente de la nada 
grands ensembles, junto con la excitación o la irritación de manifes- 
taciones callejeras por esto o aquello, la esperanza que se despier- 
ta cuando grupos de inmigrantes traen de nuevo la vida a un ba- 
rrio (esos grandes restaurantes vietnamitas en el 1 3 e arrondissement 
en medio de los HLM), o la desesperanza que brota de la abatida 
angustia de la marginación, la represión policial y la juventud per- 
dida sin remedio en el puro aburrimiento del creciente desempleo 
y el abandono en suburbios mortecinos que acaban convirtiéndo- 
se en focos de disturbios y rebeldía. 

Estoy convencido de que Lefebvre era muy sensible a todo 
eso, y no solo por su evidente fascinación anterior por los situa- 
cionistas y su adhesión teórica a la idea de una psicogeografía de 
la ciudad, la experiencia de la dérive urbana a través de París y la 
exposición al espectáculo. Seguramente le bastaba salir de su 
apartamento en la rué Rambuteau para sentir un cosquilleo en 



1973]; L'Irruption de Nanterre au Sommet, París, Anthropos, 1968; La Révo- 
lution Urbaine, París, Gallimard, 1970 [ed. cast.: La revolución urbana, Ma- 
drid, Alianza, 1972]; Espace et Politique (Le Droit a la Ville, II), París, Anthro- 
Pos, 1973 [ed. cast.: Espacio y política, Barcelona, Península, 1972]; La 
Production de PEspace, París, Anthropos, 1974. 



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todos sus sentidos. Por eso creo muy significativo que escribiera 
Le Droit a la ville antes de Llrruption de Nanterre (como la llamó 
poco después) en mayo de 1968. Su ensayo presenta una situación 
en la que tal irrupción era no solo posible sino casi inevitable (y 
Lefebvre desempeñó cierto papel en Nanterre para que así fuera). 
Pero las raíces urbanas de aquel movimiento del 68 siguen siendo 
un tema muy minusvalorado en los subsiguientes estudios de 
aquel acontecimiento. Sospecho que los movimientos sociales ur- 
banos entonces existentes -el de los Ecologistes, por ejemplo- se 
insertaron en aquella revuelta y contribuyeron a configurar com- 
pleja y difusamente sus reivindicaciones políticas y culturales. Y 
también sospecho, aunque no disponga de ninguna prueba, que la 
transformación cultural de la vida urbana que tuvo lugar a conti- 
nuación, cuando el capital palmario se enmascaró bajo el fetichis- 
mo de la mercancía, nichos de mercado y consumismo cultural 
urbano, desempeñó un papel nada inocente en la pacificación 
posterior al 68 (el periódico Libération fundado por Jean-Paul 
Sartre y otros, por ejemplo, se fue desplazando gradualmente des- 
de mediados de la década de los setenta para acabar convirtiéndo- 
se en un diario culturalmente radical e individualista pero políti- 
camente tibio, por no decir opuesto a la izquierda seria y a la 
política colectivista). 

Señalo estos puntos porque si bien la idea del derecho a la ciu- 
dad ha experimentado durante la última década cierto resurgi- 
miento, no es al legado intelectual de Lefebvre (por importante 
que pueda ser) al que debemos recurrir en busca de explicación. 
Lo que ha venido sucediendo en las calles, entre los movimientos 
sociales urbanos, es mucho más importante. El propio Lefebvre, 
como gran dialéctico y crítico inmanente de la vida cotidiana ur- 
bana, seguramente estaría de acuerdo. El hecho, por ejemplo, de 
que la extraña confluencia entre neoliberalización y democratiza- 
ción en Brasil durante los años noventa diera lugar a cláusulas en 
la Constitución brasileña de 2001 que garantizan el derecho a la 
ciudad, debe atribuirse al poder e importancia de los movimientos 
sociales urbanos, en particular con respecto al derecho a la vivien- 



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da, en la promoción de la democratización. El hecho de que ese 
momento constitucional contribuyera a consolidar y promover 
un sentido activo de «ciudadanía insurgente» (como la llama Ja- 
mes Holston) no tiene nada que ver con el legado de Lefebvre y 
sí en cambio con las luchas que siguen desarrollándose sobre 
quiénes deben configurar las cualidades de la vida urbana cotidia- 
na 2 . Y el hecho de que hayan cobrado tanto arraigo los «presu- 
puestos participativos», en los que los residentes ordinarios en la 
ciudad participan directamente en la asignación de parte de los 
presupuestos municipales mediante un proceso democrático de 
toma de decisiones, tiene mucho que ver con que mucha gente 
busque algún tipo de respuesta a un capitalismo internacional bru- 
talmente neoliberalizador que ha venido intensificando su asalto 
a las cualidades de la vida cotidiana desde principios de la década 
de los noventa. No es pues ninguna sorpresa tampoco que ese 
modelo se desarrollara en Porto Alegre (Brasil), sede del Foro 
Social Mundial. 

Por poner otro ejemplo, cuando en julio de 2007 se reunieron 
en el Foro Social estadounidense de Atlanta [US Social Forum], 
todo tipo de movimientos sociales y decidieron constituir una 
Alianza Nacional por el Derecho a la Ciudad (con secciones acti- 
vas en ciudades como Nueva York y Los Angeles) [Right to the 
City Alliance], inspirados en parte por lo que habían conseguido 
los movimientos sociales urbanos en Brasil, lo hicieron sin cono- 
cer siquiera el nombre de Lefebvre. Habían concluido cada uno 
por su cuenta, tras años de lucha por sus propias cuestiones par- 
ticulares (gente sin techo, gentrificación y desplazamiento, crimi- 
nalización de los pobres y los diferentes, etcétera), que la lucha 
por la ciudad como un todo enmarcaba sus propias batallas par- 
ticulares, y pensaron que juntos podrían tener más eficacia. Y si en 
otros lugares se pueden encontrar movimientos análogos, tampo- 
co es por algún tipo de lealtad a las ideas de Lefebvre, sino sim- 



2 James Holston, Insurgent Citizensbip, Princeton, Princeton University 
Press, 2008. 



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plemente porque estas, como las suyas propias, han surgido prin- 
cipalmente de las calles y los barrios de las ciudades enfermas. Así, 
en una reciente compilación se informa sobre la actividad de mo- 
vimientos por el derecho a la ciudad (aunque de orientación di- 
versa) en docenas de ciudades de todo el mundo 3 . 

Así pues, podemos estar de acuerdo en que la idea del derecho 
a la ciudad no surge primordialmente de diversas fascinaciones y 
modas intelectuales (aunque también las haya, evidentemente), 
sino de las calles, de los barrios, como un grito de socorro de gen- 
te oprimida en tiempos desesperados. ¿Cómo responden enton- 
ces los académicos e intelectuales (orgánicos y tradicionales, como 
diría Gramsci) a esa petición de ayuda? Es ahí donde resulta útil 
un estudio de cómo respondió el propio Lefebvre, no porque sus 
respuestas puedan aplicarse sin más (nuestra situación es muy di- 
ferente de la década de 1960, y las calles de Bombay, Los Ángeles, 
Sao Paulo y Johannesburgo son muy diferentes de las de París), 
sino porque su método dialéctico de investigación crítica inma- 
nente puede ofrecer un modelo inspirador sobre cómo podríamos 
responder a esa queja y ese requerimiento. 

Lefebvre entendía muy bien, sobre todo después de su estudio 
sobre La Proclamation de la Commune, publicado en 1965 (una 
obra inspirada en alguna medida en las tesis de los situacionistas 
sobre ese tema), que los movimientos revolucionarios asumen 
con frecuencia, si no siempre, una dimensión urbana. Esto lo en- 
frentó inmediatamente con el Partido Comunista, que mantenía 
que la fuerza de vanguardia para el cambio revolucionario era el 
proletariado basado en las fábricas. Al conmemorar el centenario 
de la publicación de El Capital de Marx con un apéndice sobre el 
derecho a la ciudad, Lefebvre estaba evidentemente cuestionando 



3 Ana Sugranyes y Charlotte Mathivet (eds.), Cities for All: Propasáis and 
Experiences Towards the Right to tbe City, Santiago de Chile, Habitat Interna- 
tional Coalition, 2010; Neil Brenner, Peter Marcuse y Margit Mayer (eds.), 
Cities for People, and Notfor Profit: Critical Urban Tbeory and tbe Right to the 
City, Nueva York, Routledge, 201 1. 



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el pensamiento marxista convencional, que nunca había concedi- 
do a lo urbano gran importancia en la estrategia revolucionaria, 
aunque mitologizara la Comuna de París como un acontecimien- 
to decisivo en su historia. 

Al invocar a la «clase obrera» como agente del cambio revolu- 
cionario a lo largo de su texto, Lefebvre sugería tácitamente que 
la clase obrera revolucionaria estaba constituida por trabajadores 
urbanos de muy diversos tipos y no solo de fábrica, que constitu- 
yen, como explicaba posteriormente, una formación de clase muy 
diferente: fragmentados y divididos, múltiples en sus deseos y ne- 
cesidades, muy a menudo itinerantes, desorganizados y fluidos más 
que sólidamente implantados. Esa es una tesis con la que siempre 
he estado de acuerdo (incluso antes de leer a Lefebvre), y obras 
posteriores de sociología urbana (muy en particular las de un an- 
tiguo discípulo de Lefebvre, Manuel Castells) me afirmaron en 
ella. Pero a gran parte de la izquierda tradicional le resulta todavía 
difícil captar el potencial revolucionario de los movimientos so- 
ciales urbanos. A menudo estos son muy minusvalorados como 
simples intentos reformistas de resolver cuestiones específicas 
(más que sistémicas), y que por tanto no son movimientos verda- 
deramente revolucionarios ni de clase. 

Existe por tanto cierta continuidad entre la polémica situacio- 
nal de Lefebvre y la obra de quienes ahora pretendemos enfocar 
el derecho a la ciudad desde una perspectiva revolucionaria y no 
solo reformista. La lógica que subyace bajo la posición de Lefeb- 
vre se ha intensificado, como poco, en nuestra propia época. En 
gran parte del mundo capitalista avanzado las fábricas que no han 
desaparecido han disminuido considerablemente, diezmando la 
clase obrera industrial clásica. La tarea importante y siempre cre- 
ciente de crear y mantener la vida urbana es realizada cada vez 
más por trabajadores eventuales, a menudo a tiempo parcial, de- 
sorganizados y mal pagados. El llamado «precariado» ha despla- 
zado al «proletariado» tradicional. En caso de haber algún mo- 
vimiento revolucionario en nuestra época, al menos en nuestra 
parte del mundo (a diferencia de China, en pleno proceso de indus- 



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trialización), será el «precariado» problemático y desorganizado 
quien la realice. El gran problema político es cómo se pueden 
autoorganizar y convertirse en una fuerza revolucionaria grupos 
tan diversos, y parte de nuestra tarea consiste en entender los orí- 
genes y naturaleza de sus quejas y reivindicaciones. 

No estoy seguro de cómo habría respondido Lefebvre a la 
perspectiva propuesta en el cartel de los Ecologistes. Como yo, 
probablemente habría sonreído ante su visión lúdica, pero sus 
tesis sobre la ciudad, desde Le Droit a la ville a su libro La Révolu- 
tion Urbaine (1970), sugieren que habría criticado su nostalgia de 
un urbanismo que nunca había existido, ya que una de las conclu- 
siones centrales de Lefebvre era que la ciudad que habíamos co- 
nocido e imaginado en otro tiempo estaba desapareciendo rápi- 
damente y que no podía ser reconstruida. Yo estaría de acuerdo 
en eso pero lo aseguraría aún más enfáticamente, porque Lefeb- 
vre dedicó muy poca atención a describir las terribles condicio- 
nes de vida de las masas en algunas de sus ciudades favoritas del 
pasado (las del renacimiento italiano en Toscana). Tampoco se 
ocupó del hecho de que en 1945 la mayoría de los parisienses 
vivían sin agua corriente, en condiciones de alojamiento execra- 
bles (congelándose en invierno y cociéndose en verano) en ba- 
rrios atestados, y de que había que hacer algo -y algo se hizo, al 
menos durante la década de los sesenta- para remediarlo. El pro- 
blema era su organización burocrática y su puesta en práctica por 
un estado francés dirigista absolutamente carente de impulso de- 
mocrático y sin un gramo de imaginación gozosa, y que se limi- 
taba a consolidar las relaciones de privilegio y dominación de 
clase en el propio paisaje físico de la ciudad. 

Lefebvre también veía que la relación entre el mundo urbano 
y el rural -o como les gusta decir a los británicos, entre el campo y 
la ciudad- se estaba transformando radicalmente, que el campesi- 
nado tradicional estaba desapareciendo y el campo se estaba urba- 
nizando, aunque ofreciendo un nuevo enfoque consumista a la 
relación con la naturaleza (desde los fines de semana y días de ocio 
en el campo a la proliferación de urbanizaciones periféricas) y un 



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enfoque capitalista, productivista, del suministro de mercancías 
agrícolas a los mercados urbanos, frente a la agricultura campesi- 
na autosostenida. Además, vio previsoramente que ese proceso se 
estaba «globalizando» y que en tales condiciones la cuestión del 
derecho a la ciudad (interpretado como una cosa distintiva o un 
objeto definible) tenía que dar paso a la cuestión algo más vaga del 
derecho a la vida urbana, que más tarde se transformó en su pen- 
samiento en el tema más general del derecho a La production de 
Pespace (1974). 

La difuminación de la diferencia entre el mundo urbano y el 
rural lleva un ritmo diferente en distintas partes del mundo, pero 
no se puede dudar de que va en la dirección que predecía Lefeb- 
vre. La reciente urbanización acelerada de China es un caso a 
destacar: la población residente en áreas rurales ha decrecido del 
74 por 100 en 1990 a un 50 por 100 en 2010, y la de Chongqing 
ha crecido en 30 millones de personas durante el último medio 
siglo. Aunque hay muchos espacios residuales en la economía glo- 
bal donde el proceso está lejos de haberse completado, la gran 
mayoría de la humanidad está siendo progresivamente absorbida 
en los fermentos y corrientes de la vida urbanizada. 

Esto plantea un problema: reivindicar el derecho a la ciudad su- 
pone de hecho reclamar un derecho a algo que ya no existe (si es 
que alguna vez existió en realidad). Además, el derecho a la ciudad 
es un significante vacío. Todo depende de quién lo llene y con qué 
significado. Los financieros y promotores pueden reclamarlo y tie- 
nen todo el derecho a hacerlo; pero también pueden hacerlo los sin 
techo y sin papeles. Inevitablemente tenemos que afrontar la cues- 
tión de qué derechos deben prevalecer, al tiempo que reconocemos, 
como decía Marx en El Capital que «entre derechos iguales lo que 
decide es la fuerza». La definición del derecho es en sí mismo obje- 
to de una lucha que debe acompañar a la lucha por materializarlo. 

La ciudad tradicional ha muerto, asesinada por el desarrollo ca- 
pitalista desenfrenado, víctima de su necesidad insaciable de dispo- 
ner de capital sobreacumulado ávido de inversión en un crecimien- 
to urbano raudo e ilimitado sin importarle cuáles sean las posibles 



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consecuencias sociales, medioambientales o políticas. Nuestra ta- 
rea política, sugería Lefebvre, consiste en imaginar y reconstituir 
un tipo totalmente diferente de ciudad, alejado del repugnante caos 
engendrado por el frenético capital urbanizador globalizado. Pero 
eso no puede suceder sin la creación de un vigoroso movimiento 
anticapitalista que tenga como objetivo central la transformación 
de la vida urbana cotidiana. 

Como Lefebvre sabía muy bien por su estudio de la historia de 
la Comuna de París, el socialismo, el comunismo o el anarquis- 
mo, por mencionar diversas variantes, son proyectos imposibles 
de realizar en una sola ciudad. Para las fuerzas de la reacción bur- 
guesa resulta demasiado fácil rodearla, cortarle las líneas de abas- 
tecimiento y rendirla por hambre, cuando no invadirla y masacrar 
a los que se resistan (como sucedió en París en 187 1). Pero eso no 
significa que tengamos que darle la espalda como incubadora de 
ideas, ideales y movimientos revolucionarios. Solo cuando la po- 
lítica se concentre en la producción y reproducción de la vida 
urbana como proceso de trabajo fundamental del que surgen im- 
pulsos revolucionarios, será posible emprender luchas anticapita- 
listas capaces de transformar radicalmente la vida cotidiana. Solo 
cuando se entienda que quienes construyen y mantienen la vida 
urbana tienen un derecho primordial a lo que ha producido, y que 
una de sus reivindicaciones es el derecho inalienable a adecuar la 
ciudad a sus deseos más íntimos, llegaremos a una política de lo 
urbano que tenga sentido. Lefebvre parecía decir: «Incluso si la 
vieja ciudad ha muerto, ¡larga vida a la ciudad!». 

La aspiración a conquistar el derecho a la ciudad, ¿es entonces 
una quimera? En términos puramente físicos seguramente sí; 
pero las luchas políticas cobran aliento tanto de los deseos quimé- 
ricos como de las razones prácticas. Los grupos de la Alianza por 
el Derecho a la Ciudad constan principalmente de inquilinos de 
bajos ingresos pertenecientes a comunidades de color que luchan 
por un desarrollo que satisfaga sus deseos y necesidades; gente sin 
hogar que se organiza por su derecho a la vivienda y servicios 
básicos; y jóvenes LGBTQ de color que pugnan por su derecho a 



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espacios públicos seguros. En la plataforma política colectiva que 
elaboraron en Nueva York, esa coalición no solo pretendía una 
definición más clara y más amplia de lo público que significara un 
auténtico acceso al llamado espacio público, sino también dispo- 
ner del poder para crear nuevos espacios comunes de socializa- 
ción y acción política. El término «ciudad» tiene una historia em- 
blemática y simbólica profundamente inserta en la búsqueda de 
significados políticos. La Ciudad de Dios, la ciudad asentada so- 
bre un monte que no puede ocultarse (Mateo 5:14), la relación 
entre ciudad y ciudadanía -la ciudad como objeto de deseo utópi- 
co, como un lugar específico de pertenencia dentro de un orden 
espacio-temporal en perpetuo movimiento- todas ellas cobran un 
significado político en el marco de un imaginario colectivo cru- 
cial. Pero lo que decía Lefebvre, y en esto estaba ciertamente de 
acuerdo si no en deuda con los situacionistas, es que hay ya múl- 
tiples prácticas dentro de lo urbano dispuestas a desbordarse con 
posibilidades alternativas. 

El concepto lefebvriano de heterotopía (radicalmente diferen- 
te del de Foucault) delinea espacios sociales fronterizos de posibi- 
lidad donde «algo diferente» es no solo posible sino básico para la 
definición de trayectorias revolucionarias. Ese «algo diferente» 
no surge necesariamente de un plan consciente, sino simplemente 
de lo que la gente hace, siente, percibe y llega a articular en su bús- 
queda de significado para su vida cotidiana. Tales prácticas crean 
espacios heterotópicos en todas partes. No tenemos que esperar a 
que la gran revolución constituya esos espacios. La teoría de Le- 
febvre de un movimiento revolucionario es justamente la opuesta: 
lo espontáneo confluye en un momento de «irrupción» cuando 
diversos grupos heterotópicos ven de repente, aunque solo sea 
por un momento efímero, las posibilidades de la acción colectiva 
para crear algo radicalmente diferente. 

Esa confluencia se evidencia en la búsqueda de centralidad de 
Lefebvre. La centralidad tradicional de la ciudad ha quedado des- 
truida, pero existe un impulso hacia su restauración y una aspira- 
ción a ella que resurge una y otra vez produciendo efectos políti- 



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eos de gran alcance, como hemos visto recientemente en las plazas 
centrales de El Cairo, Madrid, Atenas, Barcelona y hasta Madison 
(Wisconsin) y ahora el parque Zuccotti en Nueva York. ¿Cómo y 
en qué otros lugares podemos reunimos para expresar y articular 
nuestras quejas y reivindicaciones colectivas? 

Es en este punto, no obstante, donde el romanticismo revolu- 
cionario urbano que tantos atribuyen con fruición a Lefebvre se 
estrella contra el inexpugnable acantilado de su profunda compren- 
sión de las realidades capitalistas y del poder del capital. Cual- 
quier momento visionario alternativo es pasajero; si no se afianza 
tras desbocarse, se diluirá inevitablemente (como Lefebvre pudo 
constatar a su pesar en las calles de París en el 68). Lo mismo cabe 
decir de los espacios heterotópicos de diferencia que sirven de 
caldo de cultivo para los movimientos revolucionarios. En La Ré- 
volution urbaine (1970) mantuvo la idea de la heterotopía (prácti- 
cas urbanas) en tensión con (más que como alternativa a) la isoto- 
pía (el orden espacial cumplido y racionalizado del capitalismo y 
el estado), así como con la utopía como deseo expresivo. «La dife- 
rencia isotopía-heterotopía -argumentaba- solo se puede enten- 
der dinámicamente [...] Los grupos anómicos construyen espa- 
cios heterotópicos, que acaban siendo reabsorbidos por la praxis 
dominante.» 

Lefebvre era demasiado consciente de la fuerza y el poder de 
las prácticas dominantes como para no reconocer que la tarea úl- 
tima consiste en erradicar esas prácticas mediante un movimiento 
revolucionario mucho más amplio. Hay que derrocar y remplazar 
la totalidad del sistema capitalista de acumulación perpetua, junto 
con sus estructuras asociadas de clase explotadora y poder estatal. 
La reivindicación del derecho a la ciudad es una estación interme- 
dia en la ruta hacia ese objetivo. Nunca puede ser un objetivo en 
sí misma, aunque cada vez más parezca una de las vías más propi- 
cias a seguir. 



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PRIMERA PARTE 
ELDERECHO ALA CIUDAD 



CAPÍTULO UNO 

EL derecho a la ciudad 



Vivimos en una época en la que los derechos humanos se han 
situado en primer plano como modelo político y ético. Se dedica 
mucha energía a su promoción, protección y articulación como 
pilares para la construcción de un mundo mejor, pero acostum- 
bran a formularse en términos individualistas y basados en la pro- 
piedad, y como tales no cuestionan la lógica de mercado liberal y 
neoliberal hegemónica ni los tipos neoliberales de legalidad y de 
acción estatal. Después de todo, vivimos en un mundo en el que 
la propiedad privada y la tasa de ganancia prevalecen sobre todos 
los demás derechos en los que uno pueda pensar; pero hay ocasio- 
nes en las que el ideal de los derechos humanos adopta un aspecto 
colectivo, como sucede con respecto a los derechos de los traba- 
jadores, mujeres, gays y otras minorías (un legado del añejo mo- 
vimiento obrero al que en Estados Unidos, por ejemplo, se añade 
el del movimiento por los derechos civiles durante la década de 
1960, sustancialmente colectivo y que alcanzó resonancia global). 
Tales luchas por los derechos colectivos han obtenido a veces no- 
tables resultados. 

Aquí quiero explorar otro derecho colectivo, el derecho a la 
ciudad, aprovechando el resurgimiento del interés por las ideas de 
Henri Lefebvre sobre este tema y la proliferación en el mundo 
entero de todo tipo de movimientos sociales que reivindican ese 
derecho. Ahora bien, ¿cómo puede este definirse? 

La ciudad, observó en una ocasión el famoso sociólogo urbano 
Robert Park, es «el intento más coherente y en general más lo- 
grado del hombre por rehacer el mundo en el que vive de acuerdo 
con sus deseos más profundos. Pero si la ciudad es el mundo crea- 
do por el hombre, también es el mundo en el que está desde en- 



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tonces condenado a vivir. Así pues, indirectamente y sin ninguna 
conciencia clara de la naturaleza de su tarea, al crear la ciudad el 
hombre se ha recreado a sí mismo» 1 . Si Park estaba en lo cierto, 
la cuestión de qué tipo de ciudad queremos no puede separarse 
del tipo de personas que queremos ser, el tipo de relaciones socia- 
les que pretendemos, las relaciones con la naturaleza que aprecia- 
mos, el estilo de vida que deseamos y los valores estéticos que res- 
petamos. El derecho a la ciudad es por tanto mucho más que un 
derecho de acceso individual o colectivo a los recursos que esta 
almacena o protege; es un derecho a cambiar y reinventar la ciu- 
dad de acuerdo con nuestros deseos. Es, además, un derecho más 
colectivo que individual, ya que la reinvención de la ciudad de- 
pende inevitablemente del ejercicio de un poder colectivo sobre 
el proceso de urbanización. La libertad para hacer y rehacernos a 
nosotros mismos y a nuestras ciudades es, como argumentaré, 
uno de los más preciosos pero más descuidados de nuestros dere- 
chos humanos. ¿Cómo podemos entonces ejercerlo mejor? 

Dado que, como afirma Park, hasta ahora no hemos tenido 
una conciencia clara de la naturaleza de nuestra tarea, puede ser 
útil comenzar por reflexionar cómo nos ha hecho y rehecho a lo 
largo de la historia un proceso urbano impulsado por poderosas 
fuerzas sociales. La asombrosa velocidad y magnitud del proceso 
de urbanización durante los últimos cien años significa, por ejem- 
plo, que hemos sido recompuestos varias veces sin saber cómo ni 
por qué. ¿Ha contribuido al bienestar humano esa espectacular 
urbanización? ¿Nos ha hecho mejores personas, o nos ha dejado 
en suspenso en un mundo de anomia, alienación, cólera y frustra- 
ción? ¿Nos hemos convertido en meras mónadas zarandeadas de 
un lado a otro en un océano urbano? Ese tipo de cuestiones preo- 
cupaban durante el siglo xix a todo tipo de comentaristas, desde 
Friedrich Engels hasta Georg Simmel, quienes ofrecieron perspi- 
caces críticas del carácter personal que se iba configurando enton- 



1 Robert Park, On Social Control and Collective Behavior, Chicago, Chica- 
go University Press, 1967, p. 3. 



20 



ees como consecuencia de la rápida urbanización 2 . En la actuali- 
dad no es difícil señalar todo tipo de descontentos y ansiedades 
urbanas en el contexto de transformaciones aún más rápidas, pero 
parece faltarnos de algún modo el coraje para una crítica sistemá- 
tica. El vértigo del cambio nos abruma incluso ante interrogantes 
obvios. ¿Qué podemos hacer, por ejemplo, ante la inmensa con- 
centración de riqueza, privilegios y consumismo en casi todas las 
ciudades del mundo frente a lo que hasta las Naciones Unidas 
describen como «un planeta de chabolas»? 3 . 

Reclamar el derecho a la ciudad en el sentido en que yo lo en- 
tiendo supone reivindicar algún tipo de poder configurador del 
proceso de urbanización, sobre la forma en que se hacen y reha- 
cen nuestras ciudades, y hacerlo de un modo fundamental y radi- 
cal. Desde siempre, las ciudades han brotado de la concentración 
geográfica y social de un excedente en la producción. La urbani- 
zación ha sido siempre, por tanto, un fenómeno relacionado con 
la división en clases, ya que ese excedente se extraía de algún sitio 
y de alguien, mientras que el control sobre su uso solía correspon- 
der a unos pocos (ya fuera una oligarquía religiosa o un poeta 
guerrero con ambiciones imperiales). Esta situación general per- 
siste bajo el capitalismo, evidentemente, pero en este caso se ve 
sometida a una dinámica bastante diferente. El capitalismo des- 
cansa, como nos explicaba Marx, sobre la búsqueda perpetua de 
plusvalor (beneficio), cuyo logro exige a los capitalistas producir 
un excedente, lo que significa que el capitalismo produce continua- 
mente el excedente requerido por la urbanización. Pero también 
se cumple la relación inversa: el capitalismo necesita la urbaniza- 



2 Friedrich Engels, The Condition of the Working-Class in England in 
1844, Londres, Penguin Classics, 2009 [orig. en alemán: Die Lage derarbei- 
tenden KJasse in England, en MEW Band 2, Berlín, Dietz Verlag, 1972, pp. 
225-506]; Georg Simmel, «The Metrópolis and Mental Life», en David 
Levine (ed.), On Individualism and Social Forms, Chicago, Chicago Universi- 
ty Press, 1971. 

3 Mike Davis, Planet ofSlums, London, Verso, 2006 [ed. cast.: Planeta de 
óudades miseria, Madrid, Foca, 2008]. 



21 



ción para absorber el sobreproducto que genera continuamente. 
De ahí surge una conexión íntima entre el desarrollo del capitalis- 
mo y el proceso de urbanización. No puede sorprendernos, por 
tanto, que la curva logística del crecimiento con el tiempo del 
producto capitalista sea prácticamente idéntica a la de la urbani- 
zación de la población mundial. 

Examinemos con más detalle lo que hacen los capitalistas y 
cómo lo hacen. Comienzan invirtiendo cierta cantidad de dinero 
que al cabo de un tiempo recuperan aumentada (con un beneficio) 
y a continuación tienen que decidir qué hacer con el dinero adi- 
cional ganado, lo que les supone un dilema fáustico: o bien rein- 
vertirlo para obtener de nuevo más dinero, o consumirlo en pla- 
ceres. Las leyes irrefragables de la competencia les obligan a 
reinvertir al menos una parte, para no ser derrotados y apartados 
por los que sí lo hagan; de forma que para que un capitalista siga 
siéndolo, debe invertir parte de su excedente en obtener un exce- 
dente aún mayor. Los capitalistas con éxito obtienen habitual- 
mente más que suficiente para reinvertir una parte en expandirse 
y otra en satisfacer su deseo de placeres; pero el resultado de la 
perpetua reinversión es la expansión de la producción de exce- 
dente; y lo que es aún más importante, aunque la tasa media de 
expansión, digamos anual, fuera constante en términos relativos, 
al irse acumulando año tras año, el «retorno» (ganancia) sobre la 
inversión inicial va aumentando exponencialmente (con una tasa 
compuesta); de ahí todas las curvas logísticas de crecimiento (di- 
nero, capital, producto y población) ligadas a la historia de la acu- 
mulación capitalista. 

La política del capitalismo se ve afectada por la perpetua nece- 
sidad de encontrar campos rentables para la producción y absor- 
ción de un excedente de capital. El capitalista afronta así diversos 
obstáculos para mantener una expansión continua y libre de per- 
turbaciones. Si escasea la mano de obra y los salarios son demasiado 
altos, entonces habrá que disciplinar a los trabajadores existentes 
(dos de los métodos principales más frecuentes son el desempleo 
inducido tecnológicamente y un asalto contra el poder organiza- 



22 



do de la clase obrera -sus organizaciones-, como el emprendido 
por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en la década de 1 980), o 
bien hay que encontrar nuevas fuerzas de trabajo (mediante la 
inmigración, la exportación de capital o la proletarización de sec- 
tores de la población hasta entonces independientes). En particu- 
lar, hay que encontrar nuevos medios de producción y nuevos 
recursos naturales, lo que ejerce una presión creciente sobre el 
entorno para extraer de él las materias primas necesarias y hacer- 
le absorber los inevitables desechos. Las leyes irrefragables de la 
competencia también obligan a ensayar continuamente nuevas 
tecnologías y formas organizativas, ya que los capitalistas con ma- 
yor productividad pueden desalojar a los que utilizan métodos 
menos rentables. Las innovaciones definen nuevas carencias y ne- 
cesidades y reducen el tiempo de rotación del capital y la fricción 
de la distancia. Se amplía así la extensión geográfica sobre la que 
el capitalista puede buscar nuevas ofertas de mano de obra, mate- 
rias primas, etcétera. Si en determinado mercado no existe una 
capacidad de compra suficiente, hay que encontrar nuevos merca- 
dos ampliando el comercio exterior, promoviendo nuevos produc- 
tos y estilos de vida, creando nuevos instrumentos de crédito y 
gastos públicos financiados mediante la deuda. Finalmente, si la 
tasa de beneficio es demasiado baja, se suele recurrir, en busca de 
una salida, a la regulación estatal de la «competencia ruinosa», la 
monopolización (fusiones y adquisiciones) y la exportación de ca- 
pital a nuevos territorios. 

Si alguna de las mencionadas barreras a la circulación y expan- 
sión continua del capital resulta imposible de eludir, la acumula- 
ción de capital queda bloqueada y los capitalistas se encuentran 
con una crisis. El capital no se puede reinvertir rentablemente, la 
acumulación se estanca o cesa y el capital resulta devaluado (perdi- 
do) y en algunos casos incluso físicamente destruido. La devalua- 
ción puede adoptar diversas formas: se pueden devaluar o destruir 
las mercancías excedentes, puede quedar sin empleo o desvalori- 
zada parte de la capacidad productiva, y hasta el propio dinero 
Puede perder valor debido a la inflación; en una crisis también se 



23 



puede devaluar, por supuesto, el trabajo, mediante el desempleo 
masivo. ¿De qué forma se ha utilizado y se ha visto impulsada en- 
tonces la urbanización capitalista por la necesidad de eludir esas 
barreras y de ampliar el terreno de la actividad capitalista renta- 
ble? Argumentaré a este respecto que la urbanización desempeña 
un papel particularmente activo (junto con otros fenómenos 
como los gastos militares) en la absorción del producto excedente 
que los capitalistas producen continuamente en su búsqueda de 
plusvalor 4 . 

Consideremos, para empezar, el caso de París durante lo que 
se conoce como Segundo Imperio, que duró casi dos décadas, 
desde 1852 hasta 1870. La crisis de 1848 fue una de las primeras 
en mostrar claramente ligados a escala europea el desempleo de 
capital y de trabajo excedentes. Sus efectos fueron particularmen- 
te severos en París y dieron lugar a una revolución abortada pro- 
tagonizada por los obreros desempleados y los utopistas burgue- 
ses que propugnaban una república social como antídoto frente a 
la codicia capitalista y la desigualdad. La burguesía republicana 
reprimió violentamente a los revolucionarios pero no consiguió 
resolver la crisis. El resultado fue el ascenso al poder de Luis Na- 
poleón Bonaparte, quien dio un golpe de estado en 1851 y se 
proclamó emperador con el nombre de Napoleón III en 1852. 
Para sobrevivir políticamente, aquel emperador autoritario recu- 
rrió a una enérgica represión de los movimientos políticos de 
oposición, pero también sabía que tenía que resolver el problema 
de la absorción de capital excedente, para lo que impulsó un vasto 
programa de inversiones en infraestructuras, tanto en el propio 
país como en el extranjero. En el exterior esto se concretó en la 
construcción de vías férreas en toda Europa, llegando hasta Es- 
tambul, así como en la financiación de grandes obras públicas 
como el canal de Suez. En Francia supuso la consolidación de la 



4 Para un repaso más completo de estas ideas, véase David Harvey, The 
Enigma of Capital, and The Crises of Capitalism, London, Profile Books, 2010 
[ed. cast.: El Enigma del Capital y las crisis del capitalismo, Madrid, Akal, 2012]. 



24 



r ed de ferrocarriles, la construcción de puertos, el drenaje de ma- 
rismas y cosas parecidas, pero sobre todo la reconfiguración de la 
infraestructura urbana de París. En 1853 el emperador llamó a 
París a Georges-Eugéne Haussmann para que se hiciera cargo de 
las obras públicas en la capital. 

Haussmann entendía perfectamente que su misión consistía en 
resolver el problema del excedente de capital y mano de obra me- 
diante la urbanización. La reconstrucción de París absorbió enor- 
mes cantidades de trabajo y de capital para los niveles de la época, 
lo que sumado a la supresión autoritaria de las aspiraciones de los 
obreros de París fue un instrumento esencial de estabilización so- 
cial. Haussmann echó mano de los planes utópicos propuestos 
durante la década de 1 840 por los fourieristas y saintsimonianos 
para la reconfiguración de París, pero con una gran diferencia: 
amplió la escala a la que se había imaginado aquel proceso. Cuan- 
do el arquitecto Jacques-Ignace Hittorf le mostró sus planos para 
un nuevo bulevar, Haussmann los rechazó inmediatamente di- 
ciéndole: «No es lo bastante ancho [...] Usted me presenta un 
diseño de 40 m, y yo quiero 120». Haussmann proyectaba una 
ciudad a mucha mayor escala y para ello la acrecentó enorme- 
mente anexionando los suburbios y rediseñando barrios enteros 
(como el del mercado de Les Halles), sin limitarse a pequeñas 
remodelaciones del tejido urbano. Cambió de golpe toda la ciu- 
dad en lugar de hacerlo poco a poco. Para hacerlo necesitaba nue- 
vas instituciones financieras e instrumentos de crédito al estilo 
saintsimoniano (el Crédit Mobilier y la Société Immobiliére). De 
hecho contribuyó a resolver el problema del excedente de capital 
disponible mediante un plan de tipo keynesiano de mejoras infra- 
estructurales urbanas financiadas mediante la deuda. 

El sistema funcionó bastante bien durante unos quince años y 
supuso no solo una transformación de las infraestructuras urba- 
nas sino la construcción de una forma de vida y un tipo de habi- 
tantes de la ciudad totalmente nuevos. París se convirtió en «la 
Ville-Lumiére» y en el gran centro de consumo, turismo y pla- 
cer: los cafés, los grandes almacenes, el novedoso sector de la 



25 



moda, las grandes exposiciones, todo aquello cambió la forma de 
vida urbana abriendo la posibilidad de absorber grandes exce- 
dentes mediante un inmenso consumo (lo que ofendía a los tra- 
dicionalistas y al mismo tiempo excluía a los trabajadores). Pero 
el agigantado sistema financiero, cada vez más especulativo, y las 
estructuras de crédito en las que se basaba, se vinieron abajo en 
la crisis financiera de 1868. Haussmann fue destituido y en su 
desesperación Napoleón III recurrió a la guerra contra la Alema- 
nia de Bismarck, que perdió; en el vacío de poder que se produjo 
surgió la Comuna de París, uno de los mayores episodios revolu- 
cionarios de la historia capitalista urbana. La Comuna se debió 
en parte a la nostalgia del mundo urbano que Haussmann había 
destruido (sombras de la revolución de 1848) y al deseo de recu- 
perar su ciudad por parte de los desposeídos por sus obras; pero 
también articuló visiones progresistas en conflicto de una moder- 
nidad socialista alternativa a la del capitalismo de los monopolios, 
enfrentando los ideales de un control jerárquico centralizado (la 
corriente jacobina) a las visiones descentralizadas anarquistas de 
control popular (propugnadas por los proudhonianos). En 1872, 
en medio de intensas recriminaciones sobre quiénes eran los 
principales responsables del fracaso de la Comuna, se produjo la 
drástica ruptura política entre los marxistas y los anarquistas que 
desgraciadamente sigue dividiendo a buena parte de la oposición 
de izquierda al capitalismo 5 . 

Avancemos ahora a Estados Unidos en 1942. El problema del 
capital excedente que parecía insoluble durante la década de 1930 
(y el desempleo que le acompañaba) fueron temporalmente re- 
sueltos por la enorme movilización del esfuerzo de guerra, pero 
todos temían lo que pudiera suceder después. Políticamente la 
situación era peligrosa. El gobierno federal estaba dirigiendo de 
hecho una economía nacionalizada (y lo hacía con mucha eficien- 



5 Este compendio está más desarrollado en David Harvey, París, Capital 
ofModemity, Nueva York, Routledge, 2003 [ed. cast: París, capital de la mo- 
dernidad, Madrid, Akal, 2008]. 



26 



c ia). Estados Unidos se había aliado con la Unión Soviética co- 
munista en la guerra contra el fascismo. Como consecuencia de la 
Gran Depresión, durante la década de 1930 habían surgido fuer- 
tes movimientos sociales con inclinaciones de izquierda y sus sim- 
patizantes se habían incorporado al esfuerzo de guerra. Todos 
conocemos la subsiguiente historia del macartismo y la Guerra 
Fría (de la que ya había abundantes presagios en 1942). Como en 
el caso de Luis Bonaparte, las clases dominantes de la época nece- 
sitaron evidentemente una generosa dosis de represión política 
para reafirmar su poder. ¿Pero qué pasó con el problema del capi- 
tal excedente sin posibilidad de inversión rentable? 

En 1 942 apareció en la revista Architectural Forum una detalla- 
da evaluación de los esfuerzos de Haussmann, documentando en 
detalle lo que este había hecho en París y ofreciendo incluso un 
análisis de sus errores. El artículo iba firmado nada menos que 
por Robert Moses, quien después de la Segunda Guerra Mundial 
hizo en la región metropolitana de Nueva York lo que Haussmann 
había hecho antes en París 6 , al cambiar la escala de pensamiento 
sobre la urbanización e incluir en sus planes toda la región metro- 
politana y no solo la ciudad en sentido estricto. Mediante un sis- 
tema de autopistas y transformaciones infraestructurales financia- 
do mediante la emisión de deuda, el desplazamiento de las capas 
acomodadas a urbanizaciones periféricas y la remodelación de 
toda la región metropolitana, ofreció una vía para absorber renta- 
blemente los excedentes de capital y de mano de obra. Cuando 
ese proceso se reprodujo a escala nacional en los principales cen- 
tros metropolitanos de Estados Unidos (otra ampliación de esca- 
la), desempeñó un papel crucial en la estabilización del capitalis- 
mo global después de la guerra (un periodo en el que Estados 
Unidos podía permitirse propulsar toda la economía no comunis- 
ta incurriendo en déficits comerciales). 



Robert Moses, «What Happened to Haussmann», Architectural Forum 
17 (julio de 1942), pp. 57-66; Robert Caro, The Power Broker: Robert Moses 
and the Fall ofNew York, Nueva York, Knopf, 1974. 



27 



Esa suburbanización o «dispersión hacia las afueras» no fue 
solo cuestión de nuevas infraestructuras. Tal como había sucedido 
en París durante el Segundo Imperio, suponía una trasformación 
radical del modo de vida, basada en la producción y comercializa- 
ción de nuevos productos, desde las hileras de casas individuales 
idénticas de uno o dos pisos con dos coches a la puerta hasta los 
frigoríficos y acondicionadores de aire, que junto a la enorme ex- 
pansión del consumo de petróleo favoreció la absorción del exce- 
dente. La suburbanización (junto con la militarización) desempe- 
ñó así un papel decisivo en la absorción de los excedentes de 
capital y trabajo en los años de posguerra, pero a costa de vaciar el 
centro de las ciudades y dejarlas desprovistas de una base econó- 
mica sostenible, lo que dio lugar a la llamada «crisis urbana» de la 
década de 1960, caracterizada por las revueltas de las minorías 
afectadas (principalmente la de los afroamericanos), a las que se 
negaba el acceso a la reciente prosperidad. 

Pero la rebelión no se limitaba al centro de las ciudades. Los 
urbanistas más apegados a la tradición hicieron piña en torno a 
Jane Jacobs, tratando de contraponer al brutal modernismo de los 
proyectos a gran escala de Moses un tipo distinto de estética ur- 
bana centrada en el desarrollo de los antiguos barrios, su preser- 
vación histórica y en último término su gentrificación. Pero para 
entonces ya se habían construido muchísimas urbanizaciones peri- 
féricas y la trasformación radical del modo de vida que esto conlle- 
vaba tenía todo tipo de consecuencias sociales; muchas feministas, 
por ejemplo, situaban entre sus principales causas de desconten- 
to la periferización y su estilo de vida. Tal como le sucedió a 
Haussmann, a finales de la década de 1960 se generó una crisis 
financiera que socavó el prestigio de aquel proceso (y del propio 
Moses) y le hizo perder el favor popular; y de la misma forma que 
la haussmannización de París potenció de algún modo la erupción 
de la Comuna, la insipidez de la vida en las urbanizaciones perifé- 
ricas desempeñó cierto papel en los espectaculares movimientos 
de protesta de 1968 en Estados Unidos, cuando los descontentos 
estudiantes blancos de clase media se sumaron a la rebelión bus- 



28 



cando alianzas con otros grupos marginados y uniéndose contra 
e l imperialismo estadounidense para crear un movimiento que 
pretendía construir otro tipo de mundo, incluido un tipo distinto 
de experiencia urbana (aunque, una vez más, las corrientes anar- 
quistas y libertarias divergían de las propuestas alternativas jerár- 
quicas y centralizadas) 7 . 

Junto con la rebelión de 1968 eclosionó una crisis financiera. 
Era en buena medida global (con el colapso de los acuerdos de 
Bretton Woods), pero también propiciada por el comportamien- 
to de las instituciones de crédito que habían impulsado el boom 
inmobiliario durante las décadas precedentes. Aquella crisis co- 
bró impulsó a finales de la década de 1960, hasta extenderse a 
todo el sistema capitalista con el estallido de la burbuja inmobilia- 
ria en 1973, seguido por la bancarrota presupuestaria de la ciudad 
de Nueva York en 1975. Habían llegado los oscuros años de la 
década de 1970, durante los que se planteó la cuestión de cómo 
rescatar al capitalismo de sus propias contradicciones. Sirviéndo- 
se de la historia como guía, el proceso de urbanización iba a de- 
sempeñar un papel muy significativo. Como mostró William Tabb, 
la salida de la crisis fiscal de Nueva York en 1 97 5, concertada por 
una incómoda alianza entre los poderes estatales y las institucio- 
nes financieras, anunció el giro neoliberal que se iba a dar en todo 
el mundo en la lucha por perpetuar y consolidar el poder de la 
clase capitalista a expensas del nivel de vida de la clase obrera, 
desregulando el mercado para que cumpliera su función. Pero la 
cuestión que quedaba en pie era cómo resucitar la capacidad de 
absorber los excedentes que el capitalismo está obligado a produ- 
cir si pretende sobrevivir 8 . 



7 Henri Lefebvre, Tbe Urban Revolution, Minneapolis, University of 
Minnesota Press, 2003 [ed. orig.: La révolution urbaine, París, Gallimard, 
1970]. 

8 William Tabb, Tbe Long Default: New York City and tbe Urban Fiscal 
Crisis, New York, Monthly Review Press, 1982; David Harvey, A Brief His- 
tory ofNeoliberalism, Oxford, Oxford University Press, 2005 [ed. cast.: Breve 
historia del neoliberalismo, Madrid, Akal, 2007]. 



29 



Pero sigamos avanzando hasta el momento actual. El capitalis- 
mo internacional había entrado en una montaña rusa de crisis y 
bancarrotas regionales (el este y sureste de Asia en 1997-98, Rusia 
en 1998, Argentina en 2001, etcétera) hasta que sufrió un crac 
global en 2008. ¿Cuál ha sido el papel de la urbanización en esta 
historia? En Estados Unidos todo el mundo creía hasta 2008 que 
el mercado de la vivienda era un importante estabilizador de la 
economía, en particular tras la debacle de las empresas informáti- 
cas y de alta tecnología a finales de la década de 1 990. El mercado 
inmobiliario absorbía directamente gran parte del excedente de 
capital dedicándolo a nuevas construcciones (tanto viviendas en el 
interior y en la periferia de las ciudades como nuevos edificios de 
oficinas), mientras que la rápida inflación del precio de la vivien- 
da, respaldada por una pródiga oleada de refinanciaciones hipote- 
carias con tipos de interés históricamente bajos, impulsaba el 
mercado interno estadounidense de servicios y bienes de consu- 
mo. El mercado global se estabilizó en parte gracias a la expan- 
sión urbana estadounidense y a la especulación en el mercado in- 
mobiliario, mientras Estados Unidos incurría en un enorme 
déficit comercial con el resto del mundo, endeudándose alrede- 
dor de 2 millardos de dólares al día para alimentar su consumismo 
insaciable y las guerras financiadas mediante la deuda en Afganis- 
tán e Iraq durante la primera década del siglo XXI. 

Pero el proceso de urbanización experimentó mientras tanto 
otra ampliación de escala, haciéndose planetario, por lo que no 
podemos concentrarnos únicamente en Estados Unidos. La enor- 
me expansión del mercado inmobiliario en Gran Bretaña, Irlanda 
y España, así como en muchos otros países, ayudó a mantener la 
dinámica capitalista de forma muy parecida en general a la de 
Estados Unidos. La urbanización de China durante los últimos 
veinte años, como veremos el capítulo 2 , ha sido de un carácter 
radicalmente diferente, concentrándose en buena medida en la 
construcción de infraestructuras. Su velocidad aumentó enorme- 
mente tras una breve recesión hacia 1997. Más de un centenar de 
ciudades han sobrepasado el millón de habitantes en los últimos 



30 



veinte años, y pequeñas ciudades como Shenzhen se han converti- 
do en gigantescas metrópolis de entre seis y diez millones de habi- 
tantes. La industrialización, concentrada al principio en las «zonas 
económicas especiales», se extendió luego rápidamente a cual- 
quier municipio dispuesto a absorber el capital excedente extran- 
jero y a reinvertir los beneficios en una rápida expansión. Vastos 
proyectos infraestructurales, como presas y autopistas -de nuevo, 
todos ellos financiados mediante la deuda- están transformando 
el paisaje 9 . Centros comerciales igualmente gigantescos, parques 
científicos, aeropuertos, puertos, palacios de entretenimiento de 
todo tipo y gran variedad de instituciones culturales nuevas, junto 
con urbanizaciones valladas y campos de golf para los ricos, salpi- 
can el paisaje chino en medio de ciudades-dormitorio superatesta- 
das para las enormes reservas de mano de obra que se desplazan 
desde las regiones rurales empobrecidas. Como veremos, las con- 
secuencias de este proceso de urbanización para la economía glo- 
bal y para la absorción de capital excedente han sido enormes. 

Pero China es solo el centro más notable de un proceso de 
urbanización que se ha hecho auténticamente planetario, en parte 
mediante la asombrosa integración global de los mercados finan- 
cieros que aprovechan su flexibilidad para financiar mediante la 
deuda proyectos urbanos que proliferan en todas partes, desde 
Dubai hasta Sao Paulo y desde Madrid hasta Bombay, Hong Kong 
o Londres. El Banco Central Chino, por ejemplo, participa acti- 
vamente en el mercado hipotecario secundario en Estados Uni- 
dos, mientras que Goldman Sachs ha intervenido con fuerza en el 
emergente mercado inmobiliario en Bombay y el capital de Hong 
Kong ha invertido en Baltimore. Cualquier área urbana del mun- 
do ha visto cómo se inflaba su burbuja inmobiliaria al tiempo que 
aumentaba sin freno la afluencia de inmigrantes empobrecidos, a 
medida que el campesinado rural se veía desposeído debido a la 
mdustrialización y comercialización de la agricultura. 



9 Thomas Campanella, The Concrete Dragón: Chinad Urban Revolution and 
^bat it Meansforthe World, Princeton, Princeton Architectural Press, 2008. 



31 



El boom inmobiliario ha sido evidente en Ciudad de México, 
Santiago de Chile, Bombay, Johannesburgo, Seúl, Taipei, Moscú 
y toda Europa (el caso de España ha sido el más espectacular), así 
como en las grandes ciudades de los principales países capitalistas, 
como Londres, Los Angeles, San Diego y Nueva York (donde la 
administración del milmillonario alcalde Michael Bloomberg puso 
en marcha en 2007 más proyectos urbanos a gran escala que nun- 
ca). En algunos lugares de Oriente Medio como Dubai y Abu 
Dhabi han surgido proyectos urbanísticos asombrosos, espec- 
taculares y en ciertos aspectos criminalmente absurdos, como for- 
ma de absorber los excedentes del capital surgidos de la riqueza 
petrolífera de la forma más lujosa, socialmente injusta y medio- 
ambientalmente ponzoñosa posible (como una pista de esquí en 
medio del ardiente desierto). Asistimos así a otro gran cambio de 
escala en el proceso de urbanización, que hace difícil captar que lo 
que está sucediendo globalmente es en principio similar a los pro- 
cesos de que Haussmann gestionó tan hábilmente durante un 
tiempo en el París del Segundo Imperio. 

Pero esta nueva oleada urbanizadora dependía, como las anterio- 
res, de la creación de nuevas instituciones e instrumentos financie- 
ros que permitieran canalizar los créditos requeridos para mante- 
nerla. Las innovaciones financieras puestas en marcha en la década 
de 1 980, en particular la titulización y empaquetamiento de hipo- 
tecas locales para venderlas a inversores de todo el mundo y la 
creación de nuevas instituciones financieras que facilitaran la crea- 
ción de un mercado hipotecario secundario y la emisión y venta 
de Obligaciones de Deuda Garantizadas [CDOs, Collateralized 
Debt Obligations] han desempeñado un papel decisivo. Las venta- 
jas eran muchas: minimizaba el riesgo al dispersarlo y permitía a 
los depósitos de ahorros excedentes un acceso más fácil a la de- 
manda excedente de vivienda, permitiendo además, en virtud de su 
coordinación, una reducción global de los tipos de interés (al tiem- 
po que generaba inmensas fortunas para los intermediarios finan- 
cieros que gestionaban aquellas maravillas). Pero dispersar el ries- 
go no significaba eliminarlo. Además, el hecho de que se pudiera 



32 



repartir tan ampliamente alentaba inversiones aún más arriesga- 
das, que supuestamente transferían el riesgo a otro lugar. Sin con- 
troles adecuados de valoración del riesgo, el mercado hipotecario 
s e podía desbocar, y lo que les sucedió a los hermanos Péreire en 
1867-1868 en París con el Crédit Mobilier y al ayuntamiento de 
Nueva York a mediados de la década de 1 970 volvió a suceder en 
2008 con las hipotecas subprimc y la crisis de los activos inmobilia- 
rios. La crisis se concentró primero en las ciudades estadouniden- 
ses y sus alrededores (aunque se podían detectar señales similares 
en Gran Bretaña), con consecuencias particularmente severas para 
los afroamericanos de bajos ingresos y hogares monoparentales a 
cargo de mujeres, afectando también a quienes, incapaces de per- 
mitirse los elevadísimos precios de la vivienda en los centros urba- 
nos, especialmente en el suroeste estadounidense, se trasladaron a 
la semiperiferia de los centros metropolitanos, donde al principio 
podían pagar tipos de interés bajos por casas adosadas ya construi- 
das especulativamente, pero luego tuvieron que afrontar gastos de 
desplazamien to crecientes a medida que subía el precio del petró- 
leo al tiempo que aumentaban sus cuotas hipotecarias en conso- 
nancia con la tendencia ascendente del mercado. Las crueles con- 
secuencias de la crisis sobre la vida urbana y las infraestructuras 
(barrios enteros de ciudades como Cleveland, Baltimore y Detroit 
se han visto devastados por la oleada de desahucios) hacían tamba- 
learse toda la estructura del sistema financiero global y amenaza- 
ban desencadenar una importante recesión. Los paralelismos con 
la crisis de la década de 1 970 son, por decirlo suavemente, pasmo- 
sos, incluida la respuesta de la Reserva Federal abaratando el dine- 
ro, lo que casi con seguridad generará en el futuro fuertes tensio- 
nes inflacionistas, como sucedió entonces. 

Pero la situación es mucho más complicada ahora y no está 
n ada claro si un severo crac en Estados Unidos podría verse com- 
pensado por la expansión en otro lugar (por ejemplo en China). 
El desarrollo geográfico desigual puede quizá rescatar de nuevo al 
Esterna y salvarlo de una bancarrota total, como sucedió en la 
década de 1990, aunque ahora sea Estados Unidos el que está en 



33 



el centro del problema. Pero el sistema financiero está también 
ahora mucho más estrechamente entrelazado que antes 10 . Las 
transacciones comerciales realizadas instantáneamente en la red 
sin ninguna supervisión siempre amenazan con crear una gran di- 
vergencia en el mercado (como muestra la increíble volatilidad de 
los mercados bursátiles) capaz de generar una crisis masiva que 
exigirá repensar de arriba abajo el funcionamiento del capital fi- 
nanciero y de los mercados monetarios, incluida su relación con 
la urbanización. 

Al igual que en otras ocasiones, la reconfiguración de la geo- 
grafía urbana ha traído consigo grandes cambios en el estilo de 
vida. La calidad de la vida urbana se ha convertido en una mercan- 
cía para los que tienen dinero, como lo ha hecho la propia ciudad 
en un mundo en el que el consumismo, el turismo, las actividades 
culturales y basadas en el conocimiento, así como el continuo re- 
curso a la economía del espectáculo, se han convertido en aspec- 
tos primordiales de la economía política urbana hasta en la India 
y China. La proclividad posmoderna a la formación de nichos de 
mercado -en las opciones de modo de vida, hábitos de consumo y 
normas culturales- confiere a la vida urbana contemporánea una 
aura de libertad de elección, con tal que uno tenga el dinero sufi- 
ciente y pueda protegerse frente a la privatización de la redistri- 
bución de riqueza mediante actividades criminales y prácticas 
fraudulentas depredadoras (que se han multiplicado en todas par- 
tes). Proliferan los centros comerciales e hipermegastores (cuya 
construcción se ha convertido asimismo en un gran negocio), así 
como los centros de comida rápida y mercadillos artesanales, ba- 
zares ocasionales, cafeterías de ambiente y establecimientos por el 
estilo en los que se practica, como dice socarronamente Sharon 
Zukin, la «pacificación mediante el cappuccino». El desarrollo su- 



10 Richard Bookstaber, A Demon of Our Own Design: Markets, Hedge 
Funds, and the Perils of Financial Innovation, Nueva York, Wiley, 2007; Frank 
Partnoy, Infectious Greed: How Deceit and Risk Corrupted Financial Markets, 
Nueva York, Henry Holt, 2003. 



34 



burbano incoherente, anodino y monótono que sigue dominando 
en muchas partes del mundo encuentra ahora un revulsivo en el 
«nuevo urbanismo» que proclama las excelencias de la vida en 
comunidades apartadas (supuestamente íntimas y seguras, a me- 
nudo valladas y cerradas al exterior) en las que los promotores 
inmobiliarios prometen un estilo de vida refinado supuestamente 
capaz de cumplir todos los sueños urbanos. Es un mundo en el 
que la ética neoliberal del intenso individualismo posesivo puede 
convertirse en pauta para la socialización de la personalidad huma- 
na. Su efecto es el creciente aislamiento individualista, la ansiedad 
y la neurosis en medio de uno de los mayores logros sociales (al 
menos a juzgar por su enorme envergadura y su generalización a 
todos los niveles) jamás construido en la historia humana para la 
realización de nuestros deseos más profundos. 

Pero las fisuras en el sistema son también muy evidentes. Vivi- 
mos en ciudades cada vez más divididas, fragmentadas y proclives 
al conflicto. La forma en que vemos el mundo y definimos nues- 
tras posibilidades depende del lado de la barrera en que nos halle- 
mos y del nivel de consumo al que tengamos acceso. En las últi- 
mas décadas el giro neoliberal ha restaurado el poder de clase de 
las élites más ricas". En un solo año los directivos de los principa- 
les fondos de inversión en Nueva York obtuvieron 3 millardos de 
dólares en remuneraciones personales y las primas de Wall Street 
han aumentado vertiginosamente durante los últimos años, desde 
alrededor de 5 millones de dólares hasta llegar a 50 millones para 
los principales protagonistas (situando los precios del suelo en 
Manhattan a una altura inalcanzable). En México han aparecido 
catorce milmillonarios desde el giro neoliberal de finales de la 
década de 1 980, entre los que se cuenta el hombre más rico de la 
tierra, Carlos Slim, al mismo tiempo que los ingresos de los po- 
bres en ese país se han estancado o han disminuido. A finales de 
2009 (después de que hubiera pasado lo peor de la crisis), había en 



' 1 D. Harvey, A Brief History of Neoliberalism, cit.; Thomas Edsall, The 
New Polkics oflnequality, Nueva York, Norton, 1985. 



35 



China 115 milmillonarios, 101 en Rusia, 55 en la India, 52 en 
Alemania, 32 en Gran Bretaña y 30 en Brasil, además de los 413 
de Estados Unidos 12 . Los resultados de esta creciente polariza- 
ción en la distribución de la riqueza y el poder están indeleble- 
mente grabados en las formas espaciales de nuestras ciudades, en 
las que se van condensando progresivamente fragmentos fortifi- 
cados, comunidades cercadas y espacios públicos privatizados 
bajo una vigilancia constante. La protección neoliberal de los de- 
rechos de propiedad privada y sus valores se convierte en una for- 
ma hegemónica de política, incluso para la clase media baja. En el 
mundo en desarrollo, en particular, la ciudad 

se está dividiendo en partes separadas, en las que parecen formarse 
muchos «microestados». Los vecindarios ricos provistos de todo 
tipo de servicios, tales como escuelas exclusivas, campos de golf y de 
tenis y patrullas de policía privada que recorren el área continuamen- 
te, se ven rodeadas por asentamientos ilegales donde solamente se 
puede obtener agua en las fuentes públicas, no existen sistemas de 
evacuación de residuos ni de recogida de basuras, la electricidad solo 
está al alcance de unos pocos privilegiados, las calles se convierten en 
barrizales siempre que llueve y lo normal es compartir la vivienda 
entre varias familias. Cada fragmento parece vivir y funcionar autó- 
nomamente, aferrándose firmemente a lo que ha sido capaz de pro- 
veerse en la lucha cotidiana por la supervivencia 13 . 

En esas condiciones los ideales de identidad urbana, ciudada- 
nía y pertenencia, y de una política urbana coherente, ya amena- 
zados por la creciente difusión de la ética neoliberal individualis- 
ta, se hacen mucho más difíciles de sostener. Hasta la idea de que 
la ciudad podría funcionar como un cuerpo político colectivo, un 



12 Jim Yardley y Vikas Bajaj, «Billionaires' Ascent Helps India, and Vice 
Versa», New York Times, 27 de julio de 201 1. 

13 Marcello Balbo, «Urban Planning and the Fragmented City of Deve- 
loping Countries», Third World Planning Review 15/1 (1993), pp. 23-25. 



36 



lugar en y del que podrían emanar movimientos sociales progre- 
sistas, parece, al menos superficialmente, cada vez menos creíble. 
Aun así, de hecho hay todo tipo de movimientos sociales urbanos 
que tratan de superar el aislamiento y de reconfigurar la ciudad 
respondiendo a una imagen social diferente de la ofrecida por los 
poderes de los promotores respaldados por el capital financiero y 
empresarial y un aparato estatal con mentalidad de negociante. 
Incluso administraciones urbanas relativamente conservadoras tra- 
tan de emplear su poder para experimentar nuevas formas de pro- 
ducir lo urbano y de democratizar su gobernanza. ¿Existe una al- 
ternativa urbana, y en tal caso, de dónde podría provenir? 

La absorción del excedente mediante la transformación urba- 
na tiene empero un aspecto aún más tenebroso: ha supuesto repe- 
tidas rachas de reestructuración urbana mediante una «destruc- 
ción creativa» que casi siempre tiene una dimensión de clase, ya 
que suelen ser los más pobres y menos privilegiados, los margina- 
dos del poder político, los que más sufren en esos procesos. 

Para hacer surgir la nueva geografía urbana del derrumbe de la 
antigua se requiere siempre violencia. Haussmann hizo derribar 
los viejos barrios de París empleando poderes excepcionales de 
expropiación, supuestamente en beneficio público, en nombre 
de los derechos de ciudadanía, la restauración ambiental y la re- 
novación urbana. Consiguió así deliberadamente expulsar del 
centro de París, junto con las industrias insalubres, a gran parte de 
la clase obrera y otros elementos rebeldes que constituían una 
amenaza para el orden público y por supuesto para el poder polí- 
tico, creyendo (incorrectamente, como se comprobó en la Comu- 
na revolucionaria de París de 1871) que aquella reforma urbana 
ofrecía un nivel suficiente de vigilancia y control militar como 
Para asegurar el fácil sometimiento por la fuerza de las clases re- 
beldes. Pero como ya señalaba Friedrich Engels en su folleto de 
1872 Sobre el problema de la vivienda [Zur Wohnungsfrage]: 

En realidad la burguesía solo dispone de un método para resolver a 
su modo el problema de la vivienda, esto es, de resolverlo de forma que 



37 



se perpetúe, y ese método se llama «haussmannización» [como yo de- 
nominaría a] la práctica generalizada de la apertura de brechas en los 
barrios obreros, particularmente en los situados en el centro de nues- 
tras grandes ciudades, dejando a un lado que se justifique por razones 
de salud pública, de embellecimiento de la ciudad, de demanda de 
grandes edificios de negocios en el centro o por exigencias del tráfico 
como el tendido de vías férreas, la ampliación de las avenidas, etcétera. 
Por diferentes que sean las razones aducidas, el resultado es siempre el 
mismo: los callejones más escandalosos desaparecen con gran conten- 
to de la burguesía por su colosal éxito, pero aparecen de nuevo en al- 
gún otro lugar, a menudo muy cerca [...] Los focos de las epidemias, 
los infames agujeros y calabozos en los que el modo capitalista de pro- 
ducción confina a nuestros trabajadores una noche tras otra, no son 
erradicados, ¡sino que simplemente se desplazan a otro lugar! La misma 
necesidad económica que los generó antes los reproduce ahora 14 . 

De hecho llevó más de cien años completar la conquista bur- 
guesa del centro de París, con las consecuencias que hemos visto 
en los últimos años: levantamientos y disturbios en los suburbios 
aislados en los que se ven cada vez más atrapados los emigrantes 
marginados, los obreros desempleados y los jóvenes. Lo más tris- 
te es que los procesos que describía Engels se siguen reproducien- 
do una y otra vez a lo largo de la historia del urbanismo capitalis- 
ta. Robert Moses le dio «un hachazo al Bronx» (con sus propias 
infames palabras) que provocó largas y sonoras lamentaciones de 
los grupos y movimientos vecinales, finalmente condensadas en la 
retórica de Jane Jacobs sobre la inimaginable destrucción de un 
valioso tejido urbano así como la pérdida de comunidades enteras 
de residentes y sus arraigadas redes de integración social 15 . Pero 



14 Friedrich Engels, The Housing Question, Nueva York, International 
Publishers (1935), pp. 74-7 7 [orig. en alemán: Zur Wobnungsfrage, en MEW 
Band 18, Berlín, Dietz Verlag, 1973, pp. 260-261]. 

15 Marshall Berman, A 11 Tbat Is Solid Melts Into Air, Londres, Penguin, 
1988 [ed. cast.: Todo lo sólido se desvanece en el diré, Madrid, Siglo XXI de Es- 
paña, 2000]. 



38 



e n los casos de París y Nueva York, después de que las brutales 
expropiaciones a cargo del estado se vieron frenadas por la agita- 
ción política y las luchas callejeras del 68, comenzó un proceso de 
transformación mucho más insidioso y canceroso mediante el so- 
metimiento de los gobiernos democráticos urbanos a la disciplina 
presupuestaria, la liberalización del mercado del suelo y de la vi- 
vienda, la especulación inmobiliaria y la recalificación del suelo 
urbano para los usos que generaban la tasa de ganancia financiera 
más alta. Engels entendía muy bien de qué iba todo ese proceso: 

El crecimiento de las grandes ciudades modernas da al suelo en 
ciertas áreas, particularmente en las situadas cerca del centro, un va- 
lor artificial mucho mayor; los edificios construidos en esas áreas dis- 
minuyen ese valor en lugar de aumentarlo, porque ya no correspon- 
den a las nuevas circunstancias; por eso son derribados y sustituidos 
por otros. Esto sucede sobre todo con las viviendas de los trabajado- 
res situadas cerca del centro, cuyos alquileres, a pesar de la gran can- 
tidad de gente que en ellas se aloja, nunca pueden aumentar más allá 
de un límite, o en todo caso lo hacen muy lentamente. Por ello son 
derribadas y en su lugar se construyen nuevas tiendas, almacenes y 
edificios públicos 16 . 

Resulta deprimente pensar que todo esto se escribiera en 1872, 
ya que la descripción de Engels se puede aplicar directamente a 
los actuales procesos urbanos en gran parte de Asia (Nueva Delhi, 
Seúl, Bombay), así como a la actual gentrificación de ciertas áreas 
de Nueva York como Harlem y Brooklyn. La creación de nuevas 
geografías urbanas bajo el capitalismo supone inevitablemente 
desplazamiento y desposesión, como horrorosa imagen especular 
de la absorción de capital excedente mediante el desarrollo urba- 
no. Considérese el caso de Bombay y sus áreas urbanas aledañas, 
donde 6 millones de sus habitantes son considerados oficialmente 



16 Friedrich Engels, The Housing Question, cit., p. 23 [ed. cast.: Zur Wo- 



39 



chabolistas, alojados en su mayor parte en terrenos sin propieta- 
rio legal (los lugares donde viven aparecen en blanco en todos los 
planos de la ciudad). El intento de convertir Bombay en un centro 
financiero global capaz de rivalizar con Shanghái ha acelerado el 
boom de la construcción y el suelo que ocupan los «asentamientos 
irregulares» ha aumentado increíblemente de valor año tras año. 
El de Dharavi, uno de los barrios chabolistas más conocidos de 
Bombay, se estima en torno a los 2 millardos de dólares, y la pre- 
sión para desalojar a sus habitantes -aduciendo razones ambienta- 
les y sociales- aumenta día tras día. Los poderes financieros res- 
paldados por el estado presionan en favor de un desalojo por la 
fuerza, tomando posesión a veces violentamente de un terreno 
ocupado desde hace una generación por los chabolistas. La acu- 
mulación de capital mediante la actividad inmobiliaria se multi- 
plica, dado que el coste del suelo es prácticamente nulo. ¿Recibe 
alguna compensación la gente obligada a abandonar sus chabolas? 
Los más afortunados han recibido algunas rupias, pero aunque la 
Constitución india proclama que el estado está obligado a prote- 
ger la vida y el bienestar de toda la población, sin hacer diferen- 
cias por razones de casta o de clase, y a garantizar su derecho a la 
vivienda, el Tribunal Supremo ha reescrito esa exigencia constitu- 
cional: los ocupantes ilegales que no pueden demostrar fehacien- 
temente su asentamiento durante largo tiempo en el suelo que 
ocupan no tienen derecho a compensación alguna, porque reco- 
nocer ese derecho, dice el Tribunal Supremo, equivaldría a pre- 
miar a los ladronzuelos y carteristas por sus acciones. Así, los cha- 
bolistas se ven obligados a resistir y a luchar, o a empaquetar sus 
escasas pertenencias y acampar al borde de las autovías o donde 
puedan encontrar un diminuto espacio 17 . Ejemplos similares de 
desposesión (aunque menos brutales y más legales) se pueden en- 



17 Usha Ramanathan «Illegality and the Urban Poor», Economic and Po- 
litical Weekly, 22 de julio de 2006; Rakesh Shukla, «Rights of the Poor: An 
Overview of Supreme Court», Economic and Political Weekly, 2 de septiembre 
de 2006. 



40 



contrar en Estados Unidos, donde se abusa del derecho a la expro- 
piación para desplazar a quienes residían desde hace tiempo en 
u na vivienda razonable, en favor de usos más rentables del suelo 
(tales como los bloques de apartamentos y los grandes almacenes). 
En el Tribunal Supremo estadounidense los jueces liberales preva- 
lecieron sobre los conservadores diciendo que era perfectamente 
constitucional que las jurisdicciones locales se comportaran de esa 
forma a fin de aumentar la base de su recaudación de impuestos. 

En Seúl, durante la década de 1 990, las empresas constructo- 
ras y los promotores inmobiliarios contrataron escuadrones de 
luchadores de sumo para invadir barrios enteros y aplastar a ma- 
zazos no solo las viviendas sino también las posesiones de quienes 
se habían asentado cuatro o cinco décadas antes en las colinas que 
ahora se habían convertido en un terreno de gran valor. La mayo- 
ría de sus laderas han quedado cubiertas por grandes rascacielos 
que no muestran ninguna huella del brutal proceso de despose- 
sión que permitió su construcción. En China se está desposeyen- 
do actualmente a millones de personas del espacio que llevaban 
ocupando toda la vida. Dado que carecen de derechos de propie- 
dad privada, el estado puede expulsarlos simplemente con una or- 
den administrativa, ofreciéndoles como mucho un pequeño pago 
en efectivo para facilitarles el traslado (antes de entregar el suelo 
a los promotores con una elevada tasa de ganancia). En algunos 
casos la gente se va sin más, pero también llegan noticias de en- 
carnizadas resistencias, la respuesta a las cuales suele ser una bru- 
tal represión por parte de las autoridades. La población rural de 
los alrededores de las grandes ciudades se ve desplazada sin mu- 
cha ceremonia al expandirse estas, como ya había vaticinado Le- 
febvre en los años sesenta presintiendo que la clara distinción de 
otro tiempo entre la ciudad y el campo parecía irse difuminando 
gradualmente dando lugar a espacios porosos con un desarrollo 
geográfico desigual bajo el dominio del capital y del estado. En 
China las comunas rurales en los alrededores de las ciudades (o al 
menos los líderes locales del partido) pasaron del agotador traba- 
jo de cultivar coles al relajado estatus de rentistas urbanos al cons- 



41 



truirse en ellas, prácticamente de la noche a la mañana, grandes 
bloques de apartamentos. Así sucede igualmente en la India, don- 
de la política de zonas especiales de desarrollo económico promo- 
vida por el gobierno central y los gobiernos estatales ha acabado 
convirtiéndose en una violencia descarnada contra los producto- 
res agrícolas, como en el caso de la masacre de Nandigram (Ben- 
gala occidental) en 2007 ordenada por el «Frente de Izquierdas» 
gobernante* con el fin de abrir espacios para la inversión de gran- 
des capitales indonesios, tan interesados en el desarrollo urbano 
como en el industrial. En este caso los derechos de propiedad 
privada no supusieron ninguna protección. 

Y lo mismo sucede con la propuesta aparentemente progresis- 
ta de conceder derechos de propiedad privada a las poblaciones 
okupas, ofreciéndoles bienes que les permitirían salir de la pobre- 
za. Ese es el tipo de propuesta ofrecido a los favelados de Río de 
Janeiro, pero el problema es que los pobres, acuciados por la in- 
seguridad de sus ingresos y sus frecuentes dificultades financieras, 
pueden fácilmente ser persuadidos de venderlos a un precio en 
efectivo relativamente bajo (los ricos se niegan en cambio a re- 
nunciar de ningún modo a sus propiedades, por lo que Moses, a 
quien no le resultó muy difícil dar su «hachazo» en el Bronx, don- 
de la mayoría de la gente contaba con muy bajos ingresos, no 
pudo hacer lo mismo en la opulenta Park Avenue). Yo apostaría a 
que, si se mantiene la tendencia actual, dentro de quince años 
todas esas colinas ahora ocupadas por favelas estarán cubiertas 
por grandes bloques de apartamentos con fabulosas vistas a la ba- 
hía de Río, mientras que los antiguos favelados habrán sido despla- 
zados a alguna periferia remota 18 . El efecto a largo plazo de la 



* Que en las elecciones de abril-mayo de 201 1 perdió el poder que había 
ejercido durante 34 años. [N. del T.] 

18 Buena parte de estas ideas provienen de la obra de Hernando de Soto, 
The Mystery of Capital: Why Capitalism Triumphs in the West and Fails 
Everywbere Else, Nueva York, Basic Books, 2000; véase el repaso críitico de 
Timothy Mitchell, «The Work of Economics: How a Discipline Makes its 
World», Archives Européennes de Sociologie 46/2 (2005), pp. 297-320. 



42 



privatización por Margaret Thatcher de las viviendas sociales en 
el centro de Londres ha sido crear una estructura de alquileres y 
precio de la vivienda en toda el área metropolitana que impide 
que la gente con bajos ingresos e incluso la de clase media pueda 
acceder a una vivienda cerca del centro urbano. El problema de la 
vivienda, como el de la pobreza y la accesibilidad, se ha ido des- 
plazando de un lugar a otro. 

Esos ejemplos nos advierten de la existencia de toda una batería 
de soluciones aparentemente «progresistas» que no solo despla- 
zan el problema sino que de hecho lo refuerzan, al mismo tiempo 
que alargan la cadena dorada que aprisiona a poblaciones vulne- 
rables y marginadas dentro del cerco de la circulación y acumula- 
ción del capital. Hernando de Soto argumentaba que es la falta de 
derechos claros de propiedad la que mantiene en la miseria a los 
pobres en gran parte del Sur Global (ignorando el hecho de que 
la pobreza también abunda en sociedades donde están claramente 
establecidos los derechos de propiedad). Evidentemente, habrá 
casos en que la concesión de tales derechos en las favelas de Río o 
en los barrios pobres de Lima libere energías individuales y afanes 
empresariales que permitan el avance personal de algunos, pero el 
efecto global suele ser el de destruir los modos colectivos de soli- 
daridad social y apoyo mutuo, no basados en la maximización del 
beneficio, sin favorecer el alivio conjunto de la población a falta 
de un empleo seguro y adecuadamente remunerado. Julia Elya- 
char, por ejemplo, señala que en El Cairo esas políticas aparente- 
mente progresistas han creado un «mercado de la desposesión» 
que de hecho absorbe valor de una economía moral basada en el 
respeto mutuo y la reciprocidad, en beneficio de las instituciones 
capitalistas 19 . 

Esa misma crítica se puede aplicar en buena medida a las solu- 
ciones para la pobreza global basadas en los microcréditos y mi- 
crofinanzas, voceadas tan persuasivamente desde las instituciones 



19 Julia Elyachar, Markets of Dispossession: NGOs, Economic Development, 
and the State in Cairo, Chapel Hill, Duke University Press, 2005. 



43 



financieras de Washington. En su encarnación social (tal como 
los proponía originalmente el premio Nobel de la Paz Muham- 
mad Yunus) los microcréditos han abierto efectivamente nuevas 
posibilidades y han tenido un efecto significativo sobre las rela- 
ciones de género, con consecuencias positivas para las mujeres, en 
países como India y Bangladesh; pero al mismo tiempo imponen 
sistemas de responsabilidad colectiva para el pago de la deuda 
contraída que pueden coartar más que liberar. En cuanto a las 
microfinanzas tal como han quedado estructuradas por las institu- 
ciones de Washington (a diferencia de la orientación social más 
filantrópica de los microcréditos propuestos por Yunus), su efecto 
tiende a generar fuentes muy rentables de ingresos (con tipos de 
interés por encima del 18 por 100 e incluso bastante más altos) 
para las instituciones financieras globales, en el seno de una es- 
tructura de comercialización emergente que permite a las empre- 
sas multinacionales acceder al enorme mercado constituido por 
los dos mil millones de personas que viven con menos de 2 dóla- 
res al día. Es a ese enorme «mercado en la base de la pirámide», 
como se le llama en los círculos empresariales, al que el gran capi- 
tal pretende llegar mediante redes complejas de vendedores (prin- 
cipalmente mujeres) vinculados mediante una cadena de mercado 
que va desde los grandes centros multinacionales de distribución 
hasta los vendedores callejeros 20 . Estos últimos, ligados por diver- 
sas redes de relaciones sociales, se hacen colectivamente respon- 
sables del pago de la deuda más intereses que les permite comprar 
los artículos que más tarde venden al por menor. Como en el caso 
de la concesión de derechos de propiedad privados, es casi seguro 
que algunas personas (la mayoría de ellas mujeres) pueden incluso 
alcanzar un estatus relativamente acomodado, al tiempo que se 
atenúan notorios problemas en el acceso de los pobres a los pro- 



2U Ananya Roy, Poverty Capital: Microfinance and the Making of Develop- 
ment, Nueva York, Routledge, 2010; C. K. Prahalad, The Fortune at the 
Bottom of the Pyramid: Eradicating Poverty Through Profits, Nueva York, Pear- 
son Prentice Hall, 2009. 



44 



ductos de consumo a un precio razonable; pero esto no soluciona 
e l problema de la pobreza urbana. La mayoría de los participantes 
e n el sistema de microfinanzas quedarán reducidos a la servidum- 
bre por deudas, encerrados en una posición intermedia mal remu- 
nerada entre las empresas multinacionales y la población empo- 
brecida de los arrabales urbanos, en beneficio siempre de las 
primeras. Este es el tipo de estructura que bloquea la exploración 
de alternativas más productivas, y ciertamente no brinda ningún 
tipo de derecho a la ciudad. 

La urbanización, podemos concluir, ha desempeñado un papel 
crucial en la absorción de excedentes de capital, y lo ha hecho a 
una escala geográfica cada vez mayor, pero a costa de impetuosos 
procesos de destrucción creativa que implican la desposesión de 
las masas urbanas de cualquier derecho a la ciudad. Periódica- 
mente esto da lugar a rebeliones como la de París en 1871, cuan- 
do los desposeídos se alzaron reclamando el derecho a la ciudad 
que habían perdido. Los movimientos sociales de 1968, desde Pa- 
rís y Bangkok hasta Ciudad de México y Chicago, pretendían pa- 
recidamente definir un modo de vida urbana diferente al que les 
estaban imponiendo los promotores capitalistas y el estado. Si, 
como parece probable, las dificultades fiscales de la actual coyun- 
tura aumentan y la fase hasta ahora exitosa, neoliberal, posmoder- 
nista y consumista de absorción capitalista del excedente median- 
te la urbanización, está llegando a su fin iniciándose una crisis más 
amplia, cabe preguntarse: ¿Dónde está nuestro 68, o para plan- 
tearlo aún más dramáticamente, nuestra versión de la Comuna? 

Por analogía con las transformaciones en el sistema recaudato- 
rio, la respuesta política deberá ser mucho más compleja en nues- 
tra época, precisamente porque el proceso urbano es ahora de 
ámbito planetario y está atravesado por todo tipo de fisuras, inse- 
guridades y desarrollos geográficos desiguales. Pero como canta- 
ba Leonard Cohén, esas grietas son «las que dejan pasar la luz». 
Hay atisbos de rebelión en todas partes (la agitación en China e 
India es crónica, hay guerras civiles en África, Latinoamérica 
hierve, en todas partes surgen movimientos autónomos y hasta en 



45 



Estados Unidos hay indicios políticos que sugieren que la mayo- 
ría de la población piensa, con respecto a las terribles desigualda- 
des, que «¡Ya basta!». Cualquiera de esas rebeliones podría de 
repente hacerse contagiosa. A diferencia del sistema tributario, 
no obstante, los movimientos de oposición urbanos y pertúrba- 
nos, que abundan en todo el mundo, no están apenas vinculados 
entre sí. De hecho, muchos no tienen ninguna conexión con 
otros. Es por tanto muy improbable que una sola chispa incendie 
la pradera, como se solía decir en otro tiempo. Hará falta algo 
mucho más sistematizado. Pero si esos diversos movimientos de 
oposición se unieran de algún modo -por ejemplo, en torno a la 
reivindicación del derecho a la ciudad-, ¿qué deberían exigir? 

La respuesta a esta última pregunta es bastante sencilla: mayor 
control democrático sobre la producción y uso del excedente. 
Dado que el proceso de urbanización es un importante canal de 
uso, el derecho a la ciudad se constituye estableciendo un control 
democrático sobre la aplicación a la urbanización de los exceden- 
tes. Tener excedentes no es algo malo de por sí; de hecho, en mu- 
chas situaciones es crucial para la supervivencia. Durante toda la 
historia del capitalismo, parte del valor excedente creado ha sido 
recaudado por el estado, y en las fases socialdemócratas esa pro- 
porción aumentó significativamente, poniendo buena parte del 
excedente bajo el control estatal. Todo el proyecto neoliberal du- 
rante los últimos treinta años ha estado orientado a la privatiza- 
ción del control sobre el excedente, pero los datos para todos los 
países de la OCDE muestran que la proporción del PIB de la que 
ha dispuesto el estado se ha mantenido en general constante des- 
de la década de 1970. El principal logro del asalto neoliberal ha 
sido pues impedir que siguiera aumentando como lo hizo durante 
los años cincuenta y sesenta. Otro aspecto ha sido crear nuevos 
sistemas de gobierno que integran los intereses del estado y de las 
empresas, y que mediante la aplicación del poder del dinero ase- 
guran que el control sobre el desembolso del excedente en la con- 
figuración del proceso urbano mediante el aparato estatal favo- 
rezca al gran capital y a las clases altas. 



46 



El aumento de la proporción del excedente bajo control estatal 
solo servirá de algo si se reforma el propio estado poniéndolo bajo 
el control democrático del pueblo. El derecho a la ciudad va ca- 
yendo cada vez más, por desgracia, en manos de intereses priva- 
dos o casi privados. En la ciudad de Nueva York, por ejemplo, 
tenemos un alcalde milmillonario, Michael Bloomberg, que está 
reconfigurando la ciudad de acuerdo con los intereses de los pro- 
motores inmobiliarios, de Wall Street y de la clase capitalista trans- 
nacional, mientras la sigue vendiendo como un lugar óptimo para 
los grandes negocios y un destino fantástico para los turistas, con- 
virtiendo Manhattan en una vasta comunidad de acceso restringi- 
do, únicamente para ricos (su eslogan desarrollista ha sido, iróni- 
camente, «construir como Robert Moses pero sin olvidar a Jane 
Jacobs» 21 ). En Seattle es otro milmillonario, Paul Alien, quien 
lleva la voz cantante, y en Ciudad de México el hombre más rico 
del mundo, Carlos Slim, ha hecho pavimentar de nuevo las calles 
del centro para complacer el gusto de los turistas. Pero no son 
solo ricachones individuales los que ejercen el poder directo: en la 
ciudad de New Haven, carente de recursos propios para la rein- 
versión urbana, es la Universidad de Yale, una de las más ricas del 
mundo, la que está rediseñando gran parte del tejido urbano para 
adecuarlo a sus necesidades. La Universidad Johns Hopkins está 
haciendo lo mismo en el este de Baltimore y la Universidad de 
Columbia planea hacerlo en ciertas áreas de Nueva York (susci- 
tando en ambos casos movimientos de resistencia vecinales, como 
lo ha hecho el intento de privatización del suelo en Dharavi). El 
derecho a la ciudad actualmente existente, tal como está ahora 
constituido, es demasiado estrecho y está en la mayoría de los 
casos en manos de una pequeña élite política y económica con 
capacidad para configurar la ciudad según sus propias necesidades 
particulares y sus deseos más íntimos. 



2 ' Scott Larson, Building Like Moses with Jane Jacobs in Mind, tesis doc- 
toral, Earth and Environmental Sciences Program, City University of New 
York, 2010. 



47 



Pero consideremos ahora la situación más estructural mente: 
en enero de cada año se publica una estimación del total de pri- 
mas [bonus] ganadas esforzadamente en Wall Street durante todo 
el ejercicio por los grandes gestores financieros. En 2007, un año 
desastroso para los mercados financieros se mire como se mire 
(aunque no tan malo como el siguiente, claro está), esas primas 
sumaron 33.200 millones de dólares, solo un 2 por 100 menos 
que el año anterior (buena retribución por desquiciar el sistema 
financiero mundial). A mediados del verano de 2007 la Reserva 
Federal y el Banco Central Europeo inyectaron en el sistema fi- 
nanciero millardos de dólares en créditos a corto plazo para ase- 
gurar su estabilidad, y la Reserva Federal redujo espectacular- 
mente los tipos de interés a medida que avanzaba el año cada vez 
que los mercados de Wall Street amenazaban caer vertiginosa- 
mente. Entretanto, entre dos y tres millones de personas -princi- 
palmente familias monopar en tales encabezadas por mujeres, afro- 
americanas en las principales ciudades y blancas marginadas en la 
semiperiferia urbana- eran desahuciadas de sus hogares, quedan- 
do muchas de ellas sin techo. En Estados Unidos muchos barrios 
e incluso comunidades periurbanas enteras quedaron práctica- 
mente vacíos como consecuencia de las prácticas crediticias de- 
predadoras de las instituciones financieras. Esa gente no recibía 
primas. De hecho, dado que el desahucio significa condonación 
de la deuda* y que eso es considerado como un ingreso, muchos de 
los desahuciados tuvieron que afrontar enormes recargos de im- 
puestos por un dinero que nunca estuvo en sus manos. Esa espan- 
tosa asimetría plantea la siguiente cuestión: ¿por qué no extendie- 
ron la Reserva Federal y el Tesoro estadounidense su ayuda de 
liquidez a medio plazo a los hogares amenazados con el desahucio 
hasta que la reestructuración de su hipoteca con un tipo de interés 
razonable resolviera parte al menos del problema? Se podría ha- 
ber mitigado la ferocidad de la crisis del crédito y protegido a la 
gente empobrecida y los barrios que habitaban. Además, el siste- 



* No en todas partes, como bien sabemos en España. (N. del T.] 



48 



nía financiero global no habría estado al borde de la insolvencia 
total, como sucedió un año después. Evidentemente, esto habría 
extendido la misión de la Reserva Federal más allá de sus límites 
habituales y habría violado la regla ideológica neoliberal de que 
en caso de conflicto entre el bienestar de las instituciones finan- 
cieras y el del pueblo, este tiene que cargar con los gastos. Tam- 
bién habría ido contra los principios de la clase capitalista con 
respecto a la distribución de los ingresos y la idea liberal de res- 
ponsabilidad personal. Pero basta considerar el precio que se 
pagó por observar tales reglas y la insensata destrucción creativa 
que causaron. ¿No se podría y se debería hacer algo para invertir 
esas opciones políticas? 

Cabe esperar que durante el siglo XXI lleguemos a ver un mo- 
vimiento coherente de oposición a todo esto. Existen, por supues- 
to, multitud de luchas y movimientos sociales urbanos (en el sen- 
tido más amplio del término, incluyendo los movimientos en la 
periferia rural), y abundan en todo el mundo las innovaciones ur- 
banas con respecto a la sostenibilidad medioambiental, la incor- 
poración cultural de los inmigrantes y el diseño habitacional de 
los espacios públicos; pero todavía tienen que converger en el pro- 
pósito concreto de obtener un mayor control sobre los usos del 
excedente (por no hablar de las condiciones de su producción). 
Un paso hacia la unificación de esas luchas, aunque no fuera en 
absoluto el último, sería el de concentrarse en esos momentos 
de destrucción creativa en que en la economía de acumulación de 
riqueza se transfigura violentamente en economía de desposesión, 
reivindicando abiertamente el derecho de los desposeídos a su 
ciudad, su derecho a cambiar el mundo, a cambiar la vida y a rein- 
ventar la ciudad de acuerdo con sus propios deseos. Ese derecho 
colectivo, entendido a un tiempo como consigna de trabajo y como 
ideal político, nos retrotrae a la antiquísima cuestión de quién está 
a l mando de la conexión interna entre urbanización y producción 
y uso del excedente. Quizá, después de todo, Lefebvre tenía ra- 
zón, hace más de medio siglo, al insistir en que la revolución de 
nuestra época tiene que ser urbana, o no será. 



49 



CAPÍTULO DOS 

Las raíces urbanas de las crisis capitalistas 



En un artículo publicado en el New York Times el 5 de febrero 
de 2011 con el título «Housing Bubbles Are Few and Far Bet- 
ween», Robert Shiller, economista al que muchos consideran el 
mayor experto estadounidense en cuestiones de vivienda dado su 
papel en la elaboración del índice Case-Shiller sobre el precio de 
la misma, intentaba tranquilizar a todos afirmando que la recien- 
te burbuja inmobiliaria era un «acontecimiento infrecuente, que 
no se repetiría en muchas décadas». La «enorme burbuja inmo- 
biliaria» de principios de siglo «no se puede comparar con nin- 
gún ciclo nacional o internacional en ese sector. Las anteriores 
burbujas fueron menores y más regionales». Los únicos antece- 
dentes equiparables, aseguraba, fueron las burbujas del precio 
del suelo en Estados Unidos a finales de la década de 1830 y du- 
rante la de 1850 1 . 

Como demostraré, se trata de una lectura asombrosamente 
equivocada y peligrosa de la historia del capitalismo. El hecho de 
que haya pasado tan inadvertida atestigua un punto ciego muy 
serio en el pensamiento económico contemporáneo, que desgra- 
ciadamente parece darse igualmente en la economía política mar- 
xista. La crisis de la vivienda en Estados Unidos en 2007-2010, 
aunque haya sido más profunda y más larga que la mayoría -de 
hecho, bien puede marcar el fin de una era en la economía estado- 
unidense-, no carecía de precedentes en su relación con las per- 
turbaciones macroeconómicas del mercado mundial, y hay seña- 
les de que está a punto de repetirse. 



' Robert Shiller, «Housing Bubbles are Few and Far Between», New 
York Times, 5 de febrero de 201 1. 



51 



La economía convencional trata rutinariamente la inversión 
en el entorno construido en general, y en la vivienda en particu- 
lar, así como la urbanización, como algo marginal con respecto a 
los asuntos supuestamente más importantes que se desarrollan 
en una entidad ficticia llamada «la economía nacional». El sub- 
campo de la «economía urbana» es pues un tema al que se dedi- 
can economistas de segunda fila, mientras que los más brillantes 
aplican sus habilidades macroeconómicas en otros terrenos, e in- 
cluso cuando prestan atención a los procesos urbanos, los pre- 
sentan como si las reorganizaciones espaciales, el desarrollo re- 
gional y la construcción de ciudades fueran meros resultados de 
procesos a mayor escala que no se ven afectados apenas por lo 
que producen 2 . Así, en el Informe sobre Desarrollo del Banco Mun- 
dial de 2009, que por primera vez se tomó en serio la geografía 
económica y el desarrollo urbano, los autores no parecían pensar 
que nada pudiera ir tan catastróficamente mal como para deto- 
nar una crisis en el conjunto de la economía. Escrito por econo- 
mistas (sin consultar a geógrafos, historiadores o sociólogos ur- 
banos), su propósito era supuestamente explorar la «influencia 
de la geografía en las oportunidades económicas» y elevar «el 
espacio y el lugar, de meras cuestiones secundarias, a un papel 
más importante». 

Sus autores se esforzaban de hecho por demostrar que la apli- 
cación de los paradigmas habituales de la economía neoliberal a 
los temas urbanos (como dejar al estado fuera de la tarea de regu- 
lar seriamente los mercados del suelo y la propiedad inmobiliaria 
y minimizar las intervenciones de la planificación urbana, regio- 
nal y espacial en pro de la justicia social y de la igualdad regional), 
era la mejor de forma para aumentar el crecimiento económico 
(con otras palabras, la acumulación de capital). Aunque tenían la 



2 Es bastante sorprendente -dice Charles Leung en «Macroeconomics 
and Housing: A Review of the Literature», Journal of Housing Economics 1 3 
(2004), pp. 249-267-, que sean tan escasos el solapamiento y la interacción 
entre los textos sobre macroeconomía y sobre la vivienda. 



52 



decencia de «lamentar» no disponer del tiempo y el espacio sufi- 
ciente para explorar en detalle las consecuencias sociales y medio- 
ambientales de sus propuestas, creían simplemente que las ciuda- 
des que proporcionan 

mercados fluidos para el suelo, la propiedad inmobiliaria y otras ins- 
tituciones de apoyo -tales como la protección de los derechos de 
propiedad, la ejecución obligada de los contratos y la financiación de 
la vivienda-, prosperarían probablemente con el tiempo a medida 
que se modificaran las necesidades del mercado. Ciudades con éxito 
han relajado las leyes sobre las zonas para permitir a los usuarios con 
mayores recursos apostar por el suelo valioso y han adoptado nuevas 
regulaciones de uso para adaptarse a su papel, que va cambiando con 
el tiempo 3 . 

Pero el suelo no es una mercancía en el sentido más corriente 
de la palabra. Es una forma ficticia de capital que deriva de las 
expectativas de futuras rentas. El intento de maximizar su rendi- 
miento ha expulsado durante los últimos años de Manhattan y del 
centro de Londres a las familias de bajos o moderados ingresos, 
con efectos catastróficos sobre las disparidades de clase y el bie- 
nestar de las poblaciones menos privilegiadas. Eso mismo es lo 
que ejerce una presión tan intensa sobre el suelo de alto valor en 
Dharavi (Bombay), un barrio de chabolas poblado por alrededor 
de un millón de habitantes que el informe caracteriza correcta- 
mente como un ecosistema productivo humano. En resumen, el 
informe defiende el fundamentalismo de mercado que ha dado 
lugar al terremoto macroeconómico por el que acabamos de pasar 
(aunque siga manifestando réplicas) al tiempo que ha generado 
movimientos sociales urbanos de oposición a la gentrificación, a 



! World Development Report 2009: Resbaping Economic Geography, Was- 
hington DC, World Bank, 2009; David Harvey, «Assessment: Reshaping 
Economic Geography: The World Development Report», Development and 
Change Forum 2009 40/6 (2009), pp. 1 , 269-278. 



53 



la destrucción del medio ambiente y al uso de las expropiaciones 
(o de métodos más brutales) para desalojar a los residentes y per- 
mitir un uso más rentable del suelo. 

Desde mediados de la década de 1 980 la política urbana neoli- 
beral (aplicada, por ejemplo, en toda la Unión Europea) concluyó 
que la redistribución de la riqueza a las barriadas, ciudades y regio- 
nes menos aventajadas era inútil, y que los recursos debían canali- 
zarse por el contrario hacia los polos de crecimiento «empresaria- 
les» más dinámicos. Una versión espacial del «goteo» se encargaría 
de resolver, en el proverbial largo plazo (que nunca llega) esas la- 
tosas desigualdades regionales, espaciales y urbanas. ¡Entregar la 
ciudad a los promotores y especuladores financieros redunda, se- 
gún ese mantra, en beneficio de todos! Si el estado chino hubiera 
liberalizado el uso del suelo en sus ciudades, entregándolo a las 
fuerzas del libre mercado -aseguraba el informe del Banco Mun- 
dial-, su economía habría crecido aún más rápidamente. 

El Banco Mundial favorece abiertamente al capital especulati- 
vo por encima del pueblo. Nunca cuestiona la idea de que a una 
ciudad le puede ir bien (en términos de acumulación de capital) 
aunque a su población (aparte de un sector privilegiado) y al me- 
dio ambiente les vaya mal. Aún peor, el informe es profundamen- 
te cómplice de las políticas que fomentaron la crisis de 2007-2009, 
lo que resulta particularmente llamativo ya que se publicó seis 
meses después de la bancarrota de Lehman Brothers y aproxima- 
damente dos años después de que el mercado estadounidense de 
la vivienda se ensombreciera y comenzara el tsunami de los de- 
sahucios. Se nos dice, por ejemplo, sin un asomo de comentario 
crítico, que 

desde la desregulación de los sistemas financieros en la segunda mi- 
tad de la década de 1 980, la financiación de la vivienda con criterios 
de mercado se ha expandido rápidamente. Los mercados de hipote- 
cas residenciales equivalen ahora en los países desarrollados a más 
del 40 por 1 00 del producto interior bruto (PIB), pero en los países 
en desarrollo es mucho más pequeño y en promedio no llega al 1 



54 



por 100 del PIB. El papel de los gobiernos debería consistir en esti- 
mular una participación privada bien regulada [...] Establecer los 
fundamentos legales para contratos hipotecarios simples, ejecuta- 
bles y prudentes sería un buen comienzo. Cuando el sistema de un 
país está más desarrollado y es más maduro, el sector público puede 
alentar un mercado hipotecario secundario, desarrollar innovacio- 
nes financieras y expandir la titulización de las hipotecas. Las vivien- 
das que son propiedad de sus ocupantes, habitualmente el mayor 
activo con mucho de una familia, es importante en la creación de 
riqueza, la seguridad social y la política. La gente propietaria de su 
vivienda o que goza de una tenencia segura suele participar más ac- 
tivamente en su comunidad y es por tanto más probable que presio- 
ne por una disminución del crimen, una gobernanza más fuerte y 
mejores condiciones medioambientales locales 4 . 



4 World Development Report, cit., p. 206. Tres de los autores del Infor- 
me respondieron más tarde a las críticas de los geógrafos, pero eludieron 
cualquier consideración de las críticas más básicas que yo había planteado 
(como la de que «la tierra no es una mercancía» y que existe una relación 
no examinada entre las crisis macroeconómicas y las políticas de la vivien- 
da y la urbanización), aduciendo sorprendentemente que todo lo que yo 
argumentaba realmente era «que la reciente crisis de las hipotecas subpri- 
me en Estados Unidos implica que la financiación de la vivienda no sirve 
en absoluto para atender a las necesidades de cobijo de los pobres en los 
países en desarrollo», y que esto quedaba, en su opinión, «fuera del ámbi- 
to del Informe». Ignoraron, pues, absolutamente los fundamentos de mi 
crítica. Véase Uwe Deichmann, Indermit Gilí y Chor-Ching Goh, «Tex- 
ture and Tractability: The Framework for Spatial Policy Analysis in the 
World Development Report 2009», Cambridge Journal of Regions, Economy 
"nd Society 4/2 (2011), pp. 163-174. El único grupo de economistas que 
han reconocido desde hace tiempo la importancia de que «los valores in- 
mobiliarios y de la construcción hayan subido considerablemente poco 
antes de las principales depresiones» y hayan «desempeñado un importan- 
te papel en el desarrollo de la burbuja y la subsiguiente implosión», es el 
de los seguidores de Henry George, que desgraciadamente son también 
'gnorados totalmente por los principales economistas. Véase Fred Fold- 
Vai 7i «Real Estate and Business Cycles: Henry George's Theory of the 
Trade Cycle», ponencia presentada en la Lafayette College Henry George 
Conference, 13 de junio de 1991. 



55 



Esas aseveraciones resultan bastante asombrosas dados los re- 
cientes acontecimientos. Dan pábulo al negocio de las hipotecas- 
basura, alentado por mitos de fácil asimilación sobre los benefi- 
cios de la propiedad de la vivienda para todos y el hacinamiento 
de hipotecas tóxicas en CDOs altamente valoradas para ser ven- 
didas a inversores ingenuos. Promueve la proliferación de urbani- 
zaciones periféricas que consumen mucho más suelo y energía de 
lo que sería razonable para la sostenibilidad del planeta como há- 
bitat para la población humana. Los autores podrían argüir plau- 
siblemente que no entraba en sus atribuciones relacionar el tema 
de la urbanización con el problema del calentamiento global. Al 
igual que Alan Greenspan, podrían argumentar también que les 
habían pillado por sorpresa los acontecimientos de 2007-2009 y 
que no cabía esperar que anticiparan ningún problema en el esce- 
nario rosado que pintaban. Al insertar los términos «prudente» y 
«bien regulado» en su argumentación se habían «protegido», por 
decirlo así, frente a posibles críticas. 

Pero dado que citan innumerables ejemplos históricos, «pru- 
dentemente elegidos» para apuntalar sus tesis neoliberales, ¿cómo 
se les pudo pasar que la crisis de 1973 se inició con un crac del 
mercado global inmobiliario que provocó la quiebra de varios 
bancos? ¿No se dieron cuenta de que la crisis de «Asociaciones 
de Crédito y Ahorro» [Savings and Loans] de finales de la déca- 
da de 1980 en Estados Unidos, inducida igualmente por las So- 
ciedades de Crédito Inmobiliario, dio lugar al hundimiento de 
cientos de instituciones financieras costándoles unos 200 mi- 
llardos de dólares a los contribuyentes estadounidenses (una si- 
tuación que irritó tanto a William Isaac, entonces presidente de 
la Corporación Federal de Seguro de Depósitos [Federal Deposit 
Insurance Corporation, FDIC], que en 1987 amenazó a la Asocia- 
ción de Banqueros Americanos con la nacionalización si no en- 
mendaban su comportamiento)? ¿Que el final del boom japonés 
en 1990 (del que Japón todavía no se ha recuperado) fue provo- 
cado por una caída vertiginosa de los precios del suelo? ¿Que 
el sistema bancario sueco tuvo que ser nacionalizado en 1992 



56 



como consecuencia de los excesos en el mercado inmobiliario? 
;Que uno de los desencadenantes del colapso en el este y sures- 
te de Asia en 1997-1998 fue el excesivo desarrollo urbano en 
Tailandia? 5 . 

- Dónde estaban los economistas del Banco Mundial mientras 
sucedía todo esto? Desde 1973 ha habido cientos de crisis finan- 
cieras (mientras que antes eran mucho menos frecuentes), y buen 
número de ellas han sido provocadas por el desarrollo inmobilia- 
rio o urbano. Casi cualquiera que se hubiera puesto a pensar so- 
bre ello -incluyendo, al parecer, a Robert Shiller- sabía que algo 
estaba yendo muy mal en el mercado de la vivienda estadouniden- 
se a partir de 2001, poco más o menos, pero creían que era algo 
excepcional, no sistémico 6 . 

Shiller podría argüir, por supuesto, que todos los demás ejem- 
plos mencionados eran meros acontecimientos regionales. Pero 
entonces, desde el punto de vista de los brasileños o los chinos, 
también lo era la crisis de la vivienda de 2007-2009. Su centro fue 
el suroeste de Estados Unidos y Florida (con algunas repercusio- 
nes en Georgia), junto con otros puntos calientes (la crisis de eje- 
cuciones hipotecarias que comenzó a finales de la década de 1990 
en áreas pobres de ciudades antiguas como Baltimore y Cleveland 
era demasiado local y «poco importante» porque los afectados 
eran en su mayoría afroamericanos y miembros de las minorías). 
Internacionalmente, España y Irlanda se vieron muy golpeadas, y 



5 Graham Turner, The Credit Crunch: Housing Bubbles, Globalisation 
and the Worldwide Economic Crisis, Londres, Pluto, 2008; David Harvey, 
The Condition of Postmodernity, Oxford, Basil Blackwell, 1989, pp. 145- 
146, 169 [ed. cast.: La condición de la posmodernidad, Buenos Aires, Amo- 
rrortu, 1998]. 

6 Cfr. David Harvey, The New Imperialism, Oxford, Oxford University 
Press, 2003, p. 113 [ed. cast.: El nuevo imperialismo, Madrid, Akal, 2004, p. 
95], donde yo apuntaba que «alrededor del 20 por 100 del crecimiento del 
PIB estadounidense en 2002 se podía atribuir a la refinanciación por parte 
de los consumidores de su deuda hipotecaria», y que «suscitan mucha preo- 
cupación las eventuales consecuencias que podrían derivarse del pinchazo 
de esa burbuja de la propiedad inmobiliaria». 



57 



también Gran Bretaña, aunque en menor medida; pero no hubo 
serios problemas en los mercados inmobiliarios de Francia, Ale- 
mania, los Países Bajos o Polonia, ni en aquel momento en el 
conjunto de Asia. 

Pero una crisis regional centrada en Estados Unidos se iba a 
globalizar, evidentemente, de una forma mucho más notoria 
que en los casos de, digamos, Japón o Suecia a principios de la 
década de 1990. Ya la crisis de Savings & Loans en 1987 (el año 
en que también se produjo una severa caída bursátil juzgada, 
erróneamente, como un incidente sin ninguna relación) tuvo 
ramificaciones globales. Lo mismo cabe decir de la muy subes- 
timada crisis del mercado inmobiliario global a principios de 
1973. La opinión predominante es que lo más importante de 
aquel año fue el enorme aumento del precio del petróleo en 
otoño; pero el crac inmobiliario le precedió en seis meses y la 
recesión estaba ya en marcha en otoño (véase la figura 1). El crac 
del mercado inmobiliario dio lugar (por obvias razones de in- 
gresos) a la crisis recaudatoria de algunos estados (lo que no 
habría sucedido si la recesión solo hubiera sido provocada por el 
precio del petróleo). La subsiguiente crisis fiscal de la Ciudad de 
Nueva York en 1975 fue enormemente importante porque en 
aquel momento controlaba uno de los mayores presupuestos 
públicos del mundo (provocando ruegos del presidente francés 
y del canciller federal alemán occidental de que se rescatara a la 
ciudad para evitar una implosión global de los mercados finan- 
cieros). Nueva York se convirtió entonces en el centro de inven- 
ción de prácticas liberales para premiar el «riesgo moral» de los 
bancos de inversión y hacer que la gente corriente pagara la 
reestructuración de los contratos y servicios municipales. El im- 
pacto del crac inmobiliario más reciente también ha provocado 
la bancarrota virtual de estados como California, provocando 
enormes tensiones sobre las finanzas de gobiernos estatales y 
municipales y el empleo público en prácticamente todo Estados 
Unidos. La historia de la crisis fiscal de la ciudad de Nueva York 
en la década de 1970 parecía presagiar fantasmáticamente la del 



58 



estado de California, que hoy día tiene el octavo presupuesto 
público mayor del mundo 7 . 

La Oficina Nacional de Investigación Económica ha desente- 
rrado recientemente otro ejemplo del papel de los booms inmobi- 
liarios en la génesis de severas crisis del capitalismo. A partir de 
un estudio de los datos de la propiedad inmobiliaria en la década 
de 1920, William Goetzmann y FrankNewman «concluyen que 
los títulos inmobiliarios emitidos por las autoridades afectaron a 
la actividad constructora en la década de 1920 y que el hundi- 
miento de su valor pudo inducir, mediante el mecanismo del ciclo 
de garantías, la subsiguiente crisis bursátil de 1929-1930». Con 
respecto a la vivienda, Florida era, entonces como ahora, un cen- 
tro de intenso desarrollo especulativo, donde el valor nominal de 
un edificio pudo incrementarse hasta un 8.000 por 100 entre 1919 
y 1925. A escala nacional, las estimaciones del aumento del precio 
de la vivienda durante el mismo periodo rondan el 400 por 100. 
Pero esto era una minucia comparado con el desarrollo comercial 
centrado casi enteramente en Nueva York y Chicago, donde se 
tramaron para alimentar el boom todo tipo de apoyos financieros 
y procedimientos de titulización «sin paralelo hasta mediados de 
la década de 2000». Aún más expresivo es el gráfico elaborado por 
Goetzmann y Newman sobre la construcción de rascacielos en 
Nueva York (véase la figura 2). Los booms de la construcción que 
precedieron a los croes de 1929, 1973, 1987 y 2000 sobresalen 
como puntas de lanza. Los grandes edificios que vemos a nuestro 
alrededor en la ciudad de Nueva York, señalan patéticamente, re- 
presentan «algo más que un movimiento arquitectónico; fueron 
en gran medida la manifestación de un fenómeno financiero ge- 
neralizado». Recordando que los títulos inmobiliarios eran du- 



7 William Tabb, The Long Default: New York City and the Urban Fiscal 
Crisis, Nueva York, Monthly Review Press, 1982; David Harvey, A Brief 
History ofNeoliberalism, cit.; Ashok Bardhan y Richard Walker, «California, 
Pivot of the Great Recession», Berkeley, Institute for Research on Labor 
and Employment, 2010. 



59 



rante la década de 1920 «tan tóxicos como lo son ahora», prosi- 
guen y concluyen: 



El panorama de Nueva York recuerda con fuerza la capacidad 
de la titulización para conectar el capital de los especuladores con 
las empresas de la construcción. Una mayor comprensión del tem- 
prano mercado de títulos inmobiliarios podría ofrecernos datos 
válidos para modelar el escenario de eventuales catástrofes en el 
futuro. El optimismo en los mercados financieros tiene la capaci- 
dad de elevar el precio del acero, pero no hace que un edificio sea 
rentable sin más 8 . 

Evidentemente, las alzas y caídas del mercado inmobiliario están 
inextricablemente entrelazadas con los flujos financieros especula- 
tivos y tienen graves consecuencias para la macroeconomía en ge- 
neral, así como todo tipo de efectos externos relacionados con el 
agotamiento de recursos y la degradación medioambiental. Ade- 
más, cuanto mayor es la proporción de los mercados inmobiliarios 
en el PIB, más importancia cobra la conexión entre financiación e 
inversión en el entorno construido como generadora potencial de 
grandes crisis. En el caso de los países en desarrollo como Tailandia 



8 William Goetzmann y Frank Newman, «Securitization in the 192 Os», 
Working Paper s, National Bureau of Economic Research, 2010; Eugene 
White, «Lessons from the Great American Real Estate Boom and Bust of 
the 192 Os», Working Paper s, National Bureau of Economic Research, 2010; 
Kenneth Snowden, «The Anatomy of a Residential Mortgage Crisis: A 
Look Back to the 1930s», Working Paper s, National Bureau of Economic 
Research, 2010. Una conclusión cardinal que extraen todos ellos es que una 
mayor atención a lo que había ocurrido entonces habría ayudado segura- 
mente a los gobernantes a evitar los errores crónicos de los últimos años, 
observación a la que también deberían atender los economistas del Banco 
Mundial. En un artículo publicado en 1940 -«Residual, Differential and 
Absolute Urban Ground Rents and Their Cyclical Fluctuations», Econome- 
trica 8 (1940), pp. 62-78- Karl Pribam mostraba que durante el periodo 
anterior a la Primera Guerra Mundial «la construcción anticipaba entre uno 
y tres años en Gran Bretaña y Alemania las contracciones y expansiones de 
la economía». 



60 



Figura 1. El hundimiento del mercado inmobiliario en 1973 



60% -i 



Tasa anual de cambio de la deuda hipotecaría en Estados Unidos, 1 955- 1 976 




Precios de las acciones de los trusts inmobiliarios en Estados Unidos, 1966-1975 




400 



300 



.1 200 



100 



Indice de las cotizaciones de acciones inmobiliarias en el Reino Unido, 1961-1975 



1962 1964 1966 



1968 
Año 



1970 1972 



Fuente: US Department of Commerce 



61 



Figura 2. Rascacielos construidos en New York City, 1890-2010 

„ Número de edificios de más de 70 m de altura 
50 -i 



40- 




Fuente: William Goetzmann y Frank Newman, «Securitization in tbe 1920s», 
NBER Working Paper 15650 



-donde las hipotecas sobre viviendas equivalen tan solo, si el infor- 
me del Banco Mundial dice la verdad, al 10 por 100 del PIB-, si 
bien un crac inmobiliario podría contribuir a un colapso macroeco- 
nómico (del tipo del que ocurrió en 1997-1998), probablemente no 
podría provocarlo por sí solo, mientras que en Estados Unidos, 
donde la deuda hipotecaria equivale al 40 por 100 del PIB, cierta- 
mente podría hacerlo y así sucedió al generar la crisis de 2007-2009. 

La perspectiva marxista 

Dado que la teoría burguesa, si no totalmente ciega, al menos 
carece de capacidad para relacionar el desarrollo urbano con las 
perturbaciones macroeconómicas, se podría pensar que los críticos 
marxistas, con sus muy pregonados métodos materialistas-históri- 
cos, habrían salido a la palestra con enérgicas denuncias del aumen- 
to de los alquileres y las salvajes desposesiones características de lo 
que Marx y Engels caracterizaban como segunda forma de explota- 



62 



ción de la clase obrera, extorsionada por los propietarios de suelo y 
viviendas, y habrían confrontado la apropiación del espacio urbano 
mediante la gentrificación, la construcción de apartamentos de lujo 
y la «disneyficación» con la bárbara falta de viviendas accesibles 
para la gran mayoría de la población y la degradación del medio 
ambiente urbano (tanto física, de la que puede servir como ejemplo 
la contaminación del aire que se respira, como social, con la llamada 
«desatención benigna», no solo de la educación sino de muchos 
otros servicios sociales, en la variante neoliberal del clásico laissez- 
faire). Cierto es que se han podido oír voces de protesta de un res- 
tringido círculo de teóricos y urbanistas marxistas (entre los que me 
cuento) 9 ; pero en general el discurso de los pensadores marxistas es 
lamentablemente parecido al de los economistas burgueses. Los ur- 
banistas son considerados especialistas, mientras que el núcleo au- 
ténticamente significativo de la teorización macroeconómica mar- 
xista se sitúa en otro sitio. De nuevo, la ficción de una economía 
nacional cobra prioridad debido a que es en ella donde se pueden 
encontrar más datos, aunque también, para ser honesto, donde se 
toman las principales decisiones políticas. Si no se acaba de enten- 
der el papel del mercado inmobiliario en la generación de las con- 
diciones para la crisis de 2007-2009 y sus secuelas de desempleo y 
austeridad (administrados en buena medida al nivel local y munici- 
pal), es porque no hay ningún serio intento serio de integrar una 
comprensión del proceso de urbanización y de formación del en- 
torno construido en la teoría general de las leyes dinámicas del ca- 
pital. Como consecuencia, muchos teóricos marxistas, enamorados 
apasionadamente de las crisis, tienden a tratar la más reciente como 
una manifestación de su versión preferida de la teoría al respecto (ya 
sea la caída de la tasa de beneficio, el subconsumo o cualquier otra). 



'' Véanse las mesuradas evaluaciones y contribuciones de Brett Christo- 
phers: «On Voodoo Economics: Theorising Relations of Property, Valué 
a nd Contemporary Capitalism», Transactions, Institute ofBritisb Geograpbers, 
N ew Series 35 (2010), pp. 94-108; «Revisiting the Urbanization of Capi- 
tal», Annals of the Association of American Geograpbers 101 (2011), pp. 1-18. 



63 



El propio Marx es en cierta medida culpable, aunque involun- 
tario, de ese estado de cosas. En la introducción a los Grundrisse 
decía que su objetivo al escribir El Capital era explicar las leyes 
generales del movimiento de este, para lo que debía concentrarse 
exclusivamente en la producción y realización del plusvalor abs- 
trayéndolas y excluyendo lo que llamaba «particularidades» de la 
distribución (interés, rentas, impuestos e incluso los salarios rea- 
les y la tasa de beneficio), ya que estas son accidentales, coyuntu- 
rales y dependientes del momento y el lugar. También dejó de 
lado las circunstancias específicas de las relaciones de intercam- 
bio, como la oferta y la demanda y el grado de competencia. 
Cuando la oferta y la demanda están en equilibrio, argumentaba, 
no sirven para explicar nada, mientras que las leyes inapelables de 
la competencia funcionan como responsables de su cumplimiento 
más que como determinantes de las leyes generales del movimien- 
to del capital. Esto induce inmediatamente a preguntarse qué es 
lo que ocurre cuando falta ese mecanismo de puesta en vigor, 
como ocurre en condiciones de monopolio, y qué ocurre cuando 
incluimos como variable la competencia espacial, que es, como se 
sabe desde hace tiempo, una forma de competencia monopolista 
(como en el caso de la competencia interurbana). Finalmente, 
Marx presenta el consumo como una «singularidad» -las circuns- 
tancias únicas que constituyen conjuntamente un modo de vida 
en común-, que al ser caótica, impredecible e incontrolable, que- 
da por tanto fuera, en su opinión, del campo de la economía polí- 
tica (el estudio del valor de uso, declara en la primera página de El 
Capital, corresponde a la historia y no a la economía política). 
Hardt y Negri se han esforzado recientemente por resucitar este 
concepto, ya que ven las singularidades, que surgen de la prolife- 
ración y bienes comunes y siempre apuntan a ellos, como un as- 
pecto clave de la resistencia. 

Marx también distinguía otro nivel, el de la relación metabóli- 
ca con la naturaleza, que al ser una condición universal de todas 
las formas de sociedad humana es por tanto bastante irrelevante 
para la comprensión de las leyes generales del movimiento del 



64 



capital, entendido como construcción social e histórica específica. 
Las cuestiones medioambientales tienen por esa razón una pre- 
sencia muy borrosa en El Capital (lo que no significa que Marx las 
considerara poco importantes o insignificantes, del mismo modo 
que tampoco minusvaloraba el consumo ni lo consideraba irrele- 
vante como cuestión social genérica) 10 . 

En casi todo El Capital, Marx se atuvo en general al marco di- 
señado en los Grundrisse. Se concentró principalmente en la ge- 
neralidad de la producción de plusvalor excluyendo todo lo de- 
más, aunque de vez en cuando reconocía que había problemas en 
ese planteamiento. Señalaba por ejemplo su «distinto nivel»: tie- 
rra, trabajo, dinero y mercancías son hechos cruciales de la pro- 
ducción, mientras que el interés, las rentas, los salarios y los bene- 
ficios quedan excluidos del análisis como particularidades de la 
distribución 

La ventaja del planteamiento de Marx es que permite una 
presentación muy clara de las leyes generales del movimiento 
del capital de una forma que prescinde de las condiciones espe- 
cíficas y particulares de su época (tales como las crisis de 1 847- 
1848 y 1857-1858). Por eso se le puede leer todavía hoy y sigue 
siendo relevante para nuestra época; pero ese planteamiento su- 
pone también ciertas desventajas. Para empezar, Marx deja claro 
que el análisis de una sociedad/situación capitalista realmente 
existente requiere una integración dialéctica de lo universal, lo 
general, lo particular y los aspectos singulares de una sociedad 
pensada como una totalidad orgánica en funcionamiento. No 
podemos esperar, por tanto, explicar acontecimientos particulares 
(como la crisis de 2007-2009) simplemente en términos de las 
leyes generales del movimiento del capital (y esa es una de mis 



'" Karl Marx, Grundrisse, Harmondsworth, Penguin, 1973, 1(2) «The 
General Relation of Production to Distribution, Exchange, Consumption», 
pp. 88-100 [orig. en alemán: en MEWBand42, pp. 24-34/ en cast.: Elemen- 
tos Fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1851-1858, 
México, Siglo XXI, 1971, A 2): «Relación general entre la producción, la 
distribución, el cambio y el consumo», pp. 8-19]. 



65 



objeciones a quienes tratan de embutir los hechos de la actual 
crisis en determinada teoría de la caída tendencial de la tasa de 
ganancia). Pero, recíprocamente, tampoco podemos intentar tal 
explicación sin referirnos a las leyes generales del movimiento 
del capital, aunque el propio Marx parece hacerlo en su presen- 
tación en El Capital de la crisis financiera y comercial «indepen- 
diente y autónoma» de 1847-1848, o incluso más espectacular- 
mente en sus estudios históricos El Dieciocho Brumario y La 
Lucha de Clases en Francia, donde no se mencionan nunca las le- 
yes generales del movimiento del capital 11 . 

En segundo lugar, las abstracciones al nivel de generalidad 
elegido por Marx comienzan a resquebrajarse conforme avanza 
la argumentación en El Capital. Hay muchos ejemplos de esto, 
pero el más notable y en cualquier caso el más cercano a mi ar- 
gumentación aquí es el de su exposición del sistema de crédito. 
Varias veces en el primer volumen y repetidamente en el segun- 
do, Marx lo menciona pero lo deja de lado como un aspecto de 
la distribución que todavía no está preparado para afrontar. Las 
leyes generales del movimiento estudiadas en el segundo volu- 
men, en particular las de la circulación del capital fijo (incluida 
la inversión en el entorno construido) y los periodos de trabajo, 
de producción y de circulación, así como la velocidad de rota- 
ción, acaban no solo invocando sino necesitando el sistema de cré- 
dito. Es muy explícito a este respecto. Cuando comenta que el 
capital-dinero adelantado debe ser siempre mayor que el aplica- 
do en la producción de plusvalor a fin de afrontar con éxito di- 
ferentes periodos de rotación, señala que los cambios en estos 
pueden «liberar» parte del dinero avanzado antes: «El capital 
monetario liberado así por el mero mecanismo del movimiento 
de rotación desempeñará necesariamente (junto al capital mo- 
netario liberado por el reflujo paulatino del capital fijo y al que 



11 Para más detalles, véase David Harvey, «History versus Theory: A 
Commentary on Marx's Method in Capital», Historical Materialism, Vol. 
20/2 (2012), pp. 3-38. 



66 



je necesita en cada proceso de trabajo como capital variable) un 
Importante papel en cuanto se desarrolle el sistema crediticio, 
¿ e l que debe constituir, al mismo tiempo, uno de los fundamentos» 12 . 
£n este y otros comentarios similares queda claro que el sistema 
de crédito se hace absolutamente necesario para la circulación 
del capital y que habría que incorporar a las leyes generales del 
movimiento del capital un estudio del sistema de crédito; pero 
cuando entramos en el análisis de este en el Tercer Volumen, 
encontramos que el tipo de interés (una particularidad) queda 
determinado conjuntamente por la oferta y la demanda y la in- 
tensidad de la competencia, dos cuestiones concretas que antes 
habían quedado totalmente excluidas del nivel teórico de gene- 
ralidad al que prefería ceñirse Marx. 

Menciono esto porque se ha ignorado en buena medida la 
importancia de las limitaciones que Marx impuso a sus investi- 
gaciones en El Capital. Cuando esas limitaciones quedan no solo 
superadas sino quebrantadas, como sucede en el caso del crédito 
y el interés, se abren nuevas perspectivas para la teorización que 
van más allá de las que el propio Marx había despejado. El mis- 
mo reconoció al principio de su investigación que esto podría 
suceder. En los Grundrisse decía por ejemplo al hablar del con- 
sumo, la categoría más recalcitrante frente al análisis dadas sus 
singularidades, que aunque, al igual que el estudio de los valores 
de uso, «de hecho queda fuera de la economía», existe la posibi- 
lidad de que reaccione «a su vez sobre el punto de partida (la 
producción) e inicie de nuevo todo el proceso» 13 . Así sucede 
particularmente con el consumo productivo y el propio proceso 
de trabajo. Mario Tronti y quienes han seguido sus pasos, como 
Tony Negri, están pues totalmente acertados al ver el propio 
proceso de trabajo constituido como una singularidad, interiori- 



12 Karl Marx, El Capital, Volumen 2, tomo 1, Cap. XV, Madrid, Akal, 
2000, p. 367 [la cursiva es mía, D. H.]. 

13 Marx, Grundrisse, cit., p. 89 de la ed. en inglés [p. 25 en alemán, p. 10 
en castellano]. 



67 



zada en las leyes generales del movimiento del capital 14 . Las le- 
gendarias dificultades afrontadas por los capitalistas cuando tra- 
tan de movilizar el «espíritu animal» de los trabajadores para 
producir plusvalor señalan la existencia de esta singularidad en 
el núcleo mismo del proceso productivo (como veremos ense- 
guida, en ningún lugar queda esto más claro que en el sector de 
la construcción). Interiorizar el sistema de crédito y la relación 
entre el tipo de interés y la tasa de beneficio dentro de las leyes 
generales de la producción, circulación y realización del capital 
es asimismo una necesidad perentoria si queremos utilizar con 
provecho el aparato teórico de Marx para analizar los aconteci- 
mientos actuales. 

Sin embargo, la integración del crédito en la teoría general 
tiene que hacerse cuidadosamente, preservando, aunque en un es- 
tado trasformado, los avances teóricos ya obtenidos. No pode- 
mos, por ejemplo, tratar el sistema de crédito simplemente como 
una entidad autónoma, una especie del eflorescencia localizada en 
Wall Street o en la City de Londres que flotara libremente por 
encima de las actividades terrenales del común de los mortales. 
Gran parte de la actividad basada en el crédito puede ser efectiva- 
mente espuma especulativa, una asquerosa excrecencia de la avidez 
humana de riqueza y poder, pero otra gran parte es fundamental 
y absolutamente necesaria para el funcionamiento del capital. No 
es fácil precisar la frontera entre lo que es necesario y lo que es (a) 
necesariamente ficticio (como en el caso de la deuda estatal e hi- 
potecaria) y (b) puro exceso. 

Evidentemente, tratar de analizar la dinámica de la reciente 
crisis y sus consecuencias sin referirse al sistema de crédito 
(cuando las hipotecas suponen el 40 por 100 del PIB estadouni- 
dense), el consumismo (70 por 100 de la fuerza impulsora de la 



14 Mario Tronti, «The Strategy of Refusal», en Operai e Capitule, Turín, 
Einaudi, 1966, trad. al inglés en libcom.org; Antonio Negri, Marx Beyond 
Marx: Lessons on the Grundrisse, Londres, Autonomedia, 1989 [ed. cast.: 
Marx después de Marx, Madrid, Akal, 2001]. 



68 



economía estadounidense frente al 35 por 100 en China), y la 
intensidad de la competencia (poder de los monopolios en el 
mercado financiero, inmobiliario, del pequeño comercio y mu- 
chos otros) sería un intento ridículo. En Estados Unidos perma- 
necen insertos en los mercados secundarios de Fannie Mae y 
Freddie Mac 1,4 billones de dólares en hipotecas, muchas de 
ellas tóxicas, que han obligado al gobierno a dedicar 400 millar- 
dos de dólares (de los que ya se han gastado alrededor de 142 
millardos) a intentar rescatarlos. Para entenderlo tenemos que 
desentrañar lo que Marx podía querer decir con la categoría de 
«capital ficticio» y su conexión con los mercados del suelo y la 
propiedad inmobiliaria. Necesitamos entender cómo la tituliza- 
ción, como la llaman Goetzmann y Newman, conecta «el capi- 
tal de un público especulativo con las empresas constructoras»; 
¿no desempeñó acaso un papel fundamental en la generación de 
esta crisis la especulación en el precio del suelo y la vivienda y en 
los alquileres? 

El capital ficticio, para Marx, no es un producto de la imagina- 
ción de algún agente de Wall Street adicto a la cocaína. Es un fe- 
tiche construido, lo que significa, según su caracterización del 
fetichismo en el primer volumen de El Capital, que aun siendo 
real es un fenómeno superficial que encubre algo más importante 
en las relaciones sociales subyacentes. Cuando un banco presta al 
estado y recibe a cambio un interés, parece como si en el estado 
hubiera algo directamente productivo, que produce realmente va- 
lor, cuando la mayor parte (aunque no todo, como mostraré ense- 
guida) de lo que hace el estado (como las guerras) no tiene nada 
que ver con la producción de valor. Cuando el banco presta a un 
consumidor para que se compre una casa y recibe a cambio un 
flujo de interés, hace que parezca como si en la casa hubiera algo 
que está produciendo directamente valor, cuando no es así. Cuan- 
do los bancos compran bonos para financiar la construcción de 
hospitales, universidades, escuelas y cosas parecidas a cambio de un 
interés, parece como si en esas instituciones se estuviera produ- 
ciendo valor, cuando no es así. Cuando los bancos prestan para 



69 



comprar suelo e inmuebles de los que se podrá extraer una renta, 
entonces la categoría distributiva de la renta queda absorbida en 
el flujo de la circulación de capital ficticio 15 . Cuando los bancos 
prestan a otros bancos o cuando el Banco Central presta a los 
bancos comerciales que prestan a los especuladores inmobiliarios 
que tratan de apropiarse de una renta, el capital ficticio se parece 
cada vez más a una regresión infinita de ficciones construidas so- 
bre ficciones. El apalancamiento en proporciones cada vez más 
altas (prestar treinta en lugar de tres veces la cantidad de los de- 
pósitos en efectivo disponibles) magnifica la cantidad ficticia de 
capital-dinero en circulación. Todos esos son ejemplos de forma- 
ción y flujos de capital ficticio; y son esos flujos los que convierten 
la propiedad real en algo irreal. 

Lo que decía Marx es que el interés que se paga proviene de 
la producción de valor en algún otro lugar: impuestos o extrac- 
ción directa de producción de plusvalor, o gravámenes e ingre- 
sos (salarios y beneficios). Y para Marx, por supuesto, el único 
lugar donde se crean el valor y el plusvalor es en el proceso la- 
boral de producción. Lo que aparece como circulación de capital 
ficticio puede ser socialmente necesario para mantener el capi- 
talismo; puede formar parte de los costes necesarios de produc- 
ción y reproducción. Las empresas capitalistas pueden extraer 
formas secundarias de plusvalor mediante la explotación de los 
trabajadores empleados por los pequelos comerciantes, bancos y 
fondos protegidos; pero lo que afirma Marx es que si no se pro- 
dujera valor y plusvalor en la producción en general, entonces 
esos sectores no podrían existir por sí mismos. Si no se produje- 
ran camisas y zapatos, ¿que venderían los comerciantes de ropa 
y calzado? 

Hay sin embargo una precaución enormemente importante a 
tener en cuenta. Parte del flujo de lo que parece ser capital ficti- 
cio puede participar de hecho en la creación de valor. Cuando 



15 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 2, caps. XXIV y XXV, Ma- 
drid, Akal, 2000. 



70 



convierto mi casa hipotecada en un taller clandestino empleando 
a inmigrantes ilegales, la casa se convierte en capital fijo en la 
producción. Cuando el estado construye carreteras y otras infra- 
estructuras que funcionan como medios de producción colecti- 
vos para el capital, estos tienen que ser clasificados como «gastos 
productivos del estado». Cuando un hospital o una universidad 
se convierten en un centro para la innovación y el diseño de nue- 
vas medicinas, nuevos equipos y demás, se convierten en centros 
de producción. Marx no se habría desconcertado por esas mati- 
zaciones. Como dice del capital fijo, que algo funcione o no como 
tal depende de su uso y no de sus cualidades físicas 16 . El capital 
fijo disminuye cuando los altillos o sótanos dedicados a la pro- 
ducción textil se convierten en nuevos aposentos habitables o 
nuevos apartamentos, o cuando la microfinanciación convierte 
las chozas campesinas en capital fijo (mucho más barato) al dedi- 
carlas a la producción. 

Gran parte del valor y el plusvalor creados en la producción es 
absorbido y desviado, pasando por todo tipo de vías complicadas, 
hacia canales ficticios; y cuando los bancos prestan a otros bancos 
o se apalancan mutuamente, se posibilitan todo tipo de pagos co- 
laterales y movimientos especulativos socialmente innecesarios, 
construidos sobre el terreno perpetuamente movedizo de la fluc- 
tuación de los valores. Estos dependen de un proceso crítico de 
«capitalización» que Marx consideraba como una vía de forma- 
ción de capital ficticio: 

Se capitaliza todo ingreso periódico calculándolo según el tipo 
medio de interés, como rendimiento que daría un capital prestado 
con ese tipo de interés [...] Para quien compra ese título de propie- 
dad, la anualidad [dinero recibido] representa en realidad los intere- 
ses de su capital invertido. De este modo se pierde hasta el último 



16 David Harvey, TbeLimitsto Capital, Oxford, Blackwell, 1982, cap. 8. 
[ed. cast.: Los límites del capital. Los límites del capital y la teoría marxista, Mé- 
xico, Fondo de Cultura Económica, 1990]. 



71 



rastro de cualquier conexión con el proceso real de valoración del 
capital, reforzándose la noción del capital como un autómata que se va- 
loriza a sí mismo [die Vorstellung vom Kapital ais einem sich durch sich 
selbst verwertenden Automatenf . 

A una corriente de ingresos (rentas) procedentes de algún ac- 
tivo como la tierra, edificios, unas acciones o cualquier otra cosa, 
se le asigna un valor como capital por el que puede ser intercam- 
biado, dependiendo de los tipos de interés y de descuento deter- 
minados por las condiciones de la oferta y la demanda en el mer- 
cado monetario. La valoración de esos activos cuando no hay un 
mercado para ellos se convirtió en un enorme problema en 2008 
y no ha desaparecido. La evaluación de la toxicidad de los acti- 
vos en posesión de Fannie Mae provocaría dolor de cabeza a 
cualquiera (¿cuál es el valor real de una casa desalojada para la 
que no hay compradores?). Ahí se oyó, en la teoría económica 
convencional de principios de la década de 1970, un importante 
eco de la controversia sobre el valor del capital, aunque quedó 
prontamente silenciado, junto con otras muchas verdades incon- 
venientes. 

El problema que plantea el sistema crediticio es que por un 
lado es vital para la producción, circulación y realización de los 
flujos del capital, al mismo tiempo que es, por otro, el pináculo de 
todo tipo de especulación y otras «formas disparatadas». Eso es lo 
que llevó a Marx a decir que Isaac Péreire -quien junto con su 
hermano Émile fue uno de artífices de la reconstrucción especu- 
lativa del París urbano con Haussmann- «reunía en su persona 
los rasgos de un estafador con los de un profeta» 18 . 



17 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 2, Cap. XXIX, Madrid, 
Akal, 2000, p. 183; Geoffrey Harcourt, Some Cambridge Controversies in the 
Tbeory of Capital, Cambridge, Cambridge University Press, 1972 (la cursi- 
va es mía, D. H.). 

18 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 2, Madrid, Akal, 2000, p. 
149. Tanto Isaac como Emile, dicho sea de paso, formaban parte del movi- 
miento utopista saintsimoniano antes de 1 848. 



72 



|_A ACUMULACIÓN DE CAPITAL MEDIANTE LA URBANIZACIÓN 

La urbanización, como vengo argumentando desde hace tiem- 
po, ha sido uno de los medios clave para la absorción de los exce- 
dentes de capital y de trabajo durante toda la historia del capita- 
lismo 19 . Ejerce una función muy particular en la dinámica de 
acumulación del capital debido a los largos periodos de trabajo y 
de rotación y la larga vida de la gran mayoría de las inversiones en 
el entorno construido. También tiene una especificidad geográfica 
única que convierte la producción del espacio y de monopolios es- 
paciales en parte intrínseca de la dinámica de acumulación, no solo 
en virtud de las pautas cambiantes de los flujos de mercancías en el 
espacio, sino también en virtud de la propia naturaleza de los espa- 
cios y lugares creados y producidos en los que tienen lugar tales 
movimientos. Pero precisamente porque toda esa actividad -que 
dicho sea de paso, es un terreno enormemente importante para la 
producción de valor y plusvalor- es a tan largo plazo, exige como 
algo absolutamente fundamental para su funcionamiento cierta com- 
binación de capital financiero e intervención estatal. Esta actividad 
es claramente especulativa a largo plazo y siempre corre el riesgo de 
reproducir, mucho más adelante y a escala muy ampliada, las pro- 
pias condiciones de sobreacumulación que ayuda inicialmente a ali- 
viar. De ahí el carácter proclive a las crisis de las inversiones urbanas 
y en otros tipos de infraestructuras físicas (ferrocarriles y autovías 
transcontinentales, grandes presas y cosas parecidas). 

El carácter cíclico de tales inversiones ha quedado bien docu- 
mentado para el siglo XIX en la meticulosa obra de Brinley Thomas 
(véase la figura 3) 20 . Pero la teoría de los ciclos económicos en la 
construcción se descuidó después de 1945, por poner una fecha, en 



19 David Harvey, The Urbanisation of Capital, Oxford, Blackwell, 1985; y 
The Enigma of Capital, And tbe Crises of Capitalism, cit.; Brett Christophers, 
«Revisiting the Urbaniza tion of Capital», Annals of tbe Association of Ameri- 
tan Geograpbers 101/6 (201 1), pp. 1-11. 

2U Brinley Thomas, Migration and Economic Growtb: A Study of Great Bri- 
tain and the Atlantic Economy, Cambridge, Cambridge University Press, 1973. 



73 



parte porque las intervenciones de estilo keynesiano dirigidas por 
el estado se consideraron suficientemente eficaces para contrarres- 
tarlos. Robert Gottlieb, en un detallado estudio de muchos ciclos 
locales en la construcción (publicado en 1976), detectó ciclos largos 
en la construcción residencial, con una periodicidad media de 19,7 
años y una desviación típica de cinco años, si bien sus datos también 
sugerían que esas oscilaciones habían menguado, si no desapareci- 
do, durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial 21 . 
Pero el abandono de las intervenciones sistémicas anticíclicas de 
tipo keynesiano desde mediados de la década de 1970 en muchos 
países del mundo inducía a pensar que un regreso a ese comporta- 
miento cíclico era algo más que una mera posibilidad, y eso es exac- 
tamente lo que hemos visto, aunque yo creo que se puede argu- 
mentar que tales cambios cíclicos están ahora más estrechamente 
relacionados con las burbujas efímeras de activos que en el pasado 
(si bien los estudios de la Oficina Nacional de Investigación Econó- 
mica sobre la década de 1920 podrían ser considerados una prueba 
en contra de esa opinión). Esos movimientos cíclicos han mostrado 
también -lo que tiene la misma importancia- una configuración 
geográfica más complicada, en la que las expansiones en un lugar 
(el sur y oeste de Estados Unidos en la década de 1 980) coinciden 
con contracciones en otros lugares (las viejas ciudades desindustria- 
lizadas del Medio Oeste durante el mismo periodo). 

Sin una perspectiva general de ese tipo no podemos siquiera 
empezar a entender la dinámica que llevó en 2008 a la catástrofe 
del mercado de la vivienda y la urbanización en ciertas regiones y 
ciudades de Estados Unidos, así como en España, Irlanda y el 
Reino Unido. Por la misma razón, tampoco podemos entender 
algunas de las vías que se siguen ahora, particularmente en China, 
para salir del embrollo que se produjo fundamentalmente en otros 
lugares; ya que así como Brinley Thomas documentó movimien- 
tos anticíclicos entre Gran Bretaña y Estados Unidos durante el 



21 Leo Grebler, David Blank y Louis Winnick, Capital Formation in Re- 
sidential Real Estate, Princeton, Princeton University Press, 1956. 



74 



Figura 3. Ciclos largos en la construcción 
en Estados Unidos y en el Reino Unido 



Actividad constructora per cápitaen Estados Unidos. 1910-1950 (en dólares de 1913 per cápita) 

60 - 



%■ 40 H 

ü 

a 20 




"* i 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 r~ 

1830 1850 1870 1890 1910 1930 1950 



Venta de terreno público (en millones de acres) en Estados Unidos, 1800-1930 




20-, Diferentes ritmos de inversión en el entorno construido en relación con el PIB 
en Estados Unidos y en el Reino Unido, 1 860-1 970 



16- 



12- 



4- 



~6 




-I 1 

1890 



-i 1 

1910 



Año 



1850 



1870 



1930 



1950 



1970 



Fuente: Brinley Tbomas, Migration and Economic Growth: 
A Study of Great Britain and the Atlantic Economy, Cambridge, 
Cambridge University Press 



75 



siglo xix, de modo que una expansión en la construcción residen- 
cial a un lado del Atlántico iba acompañada por una contracción 
al otro lado, ahora vemos que el estancamiento en la construcción 
en Estados Unidos y en gran parte de Europa occidental se ve 
compensado por un enorme expansión de la inversión en urbani- 
zación y en infraestructuras en China (con ramificaciones en otros 
lugares, en particular en los países agrupados bajo las siglas BRIC). 
Y aunque solo sea para precisar esa macro-imagen, debemos se- 
ñalar inmediatamente que Estados Unidos y Europa occidental 
están empantanadas en tasas muy bajas de crecimiento, mientras 
que China registra una tasa anual de crecimiento del 10 por 100 
(seguida de cerca por los otros BRIC). 

La presión del mercado de la vivienda y el desarrollo urbano 
en Estados Unidos para absorber el excedente y el capital sobre- 
acumulado mediante la actividad especulativa comenzó a inten- 
sificarse a mediados de la década de 1990, cuando el secretario 
de Vivienda y Desarrollo Urbano del presidente Clinton, Henry 
Cisneros, presentó la «Estrategia Nacional de Propiedad de la 
Vivienda» [National Homeownership Strategy: Partners in the 
American Dream] que debía conferir los supuestos beneficios de 
la propiedad de su domicilio a la población con bajos ingresos y 
a las minorías. Se ejercieron presiones políticas sobre institucio- 
nes financieras respetables, incluidas Fannie Mae y Freddie Mac 
(empresas patrocinadas por el gobierno federal que emitían y 
comercializaban las hipotecas), para que aliviaran las condicio- 
nes de préstamo acomodándose a esa iniciativa. Las instituciones 
hipotecarias respondieron con gusto -prestando sin restriccio- 
nes y cortocircuitando los controles reguladores- mientras que 
sus directores cosechaban enormes fortunas personales, todo 
ello en nombre del bienestar público y de la ayuda a la gente 
menos privilegiada para que disfrutara de los supuestos benefi- 
cios de la propiedad de su vivienda. Ese proceso se aceleró enor- 
memente tras la implosión de la burbuja de la Nueva Economía 
la gran caída de la bolsa en 2001. Para entonces el lobby de la vi- 
vienda, encabezado por Fannie Mae, se había consolidado con- 



76 



virtiéndose en un centro autónomo de creciente riqueza, in- 
fluencia y poder capaz de corromperlo todo, desde el Congreso 
y las agencias reguladoras hasta prestigiosos economistas acadé- 
micos (incluido Joseph Stiglitz) que publicaban sin parar volu- 
minosos estudios «demostrando» que esas actividades eran de 
muy bajo riesgo. La influencia de esas instituciones, unida a los 
bajos tipos de interés propiciados por Alan Greenspan en la Re- 
serva Federal, alimentaron incuestionablemente la expansión de 
la construcción y comercialización de viviendas 22 . Como señalan 
Goetzmann y Newman, las finanzas (respaldadas por el estado) 
pueden construir ciudades y urbanizaciones periféricas, pero eso 
no significa que puedan hacerlas rentables. ¿Qué fue entonces lo 
que propulsó la demanda? 

Capital ficticio y ficciones que no pueden durar 

Para entender esa dinámica tenemos que entender cómo se 
combinan la circulación del capital productivo y la del ficticio en 
el seno del sistema de crédito en el contexto de los mercados in- 
mobiliarios. Las instituciones financieras prestan a los promoto- 
res, propietarios de suelo y empresas constructoras para construir, 
digamos, una urbanización periférica en torno a San Diego o blo- 
ques de apartamentos en Florida o en el sur de España. La viabi- 
lidad de ese sector se basa en la suposición de que ese valor se 
puede no solo producir sino también realizar en el mercado. Ahí 
es donde entra en escena el capital ficticio. Se presta dinero a los 
compradores que supuestamente pueden devolverlo a partir de 
sus ingresos (salarios o beneficios), y se capitaliza como un flujo 
de interés sobre el capital prestado. Se necesita pues un flujo de 



22 Los detalles de esas decisiones descaradas y devastadoras son descri- 
tos en Gretchen Morgenson y Joshua Rosner, Reckless Endangerment: How 
Outsized Ambition, Greed and Corruption Led to Economic Armageddon, Nueva 
Vk, Times Books, 2011. 



77 



capital ficticio para completar el proceso de la producción y reali- 
zación del valor de las viviendas y edificios comerciales. 

Esta diferencia se parece a la que existe entre lo que Marx de- 
nomina en El Capital «capital prestado» para la producción y el 
descuento de títulos de crédito que facilita la realización de valo- 
res en el mercado 23 . En el caso de la construcción de casas y apar- 
tamentos, digamos en el sur de California o en Florida, la misma 
compañía financiera puede financiar la construcción y la compra 
de lo que se ha construido. En algunos casos organiza preventas 
de apartamentos en edificios que todavía no se han construido. El 
capital manipula y controla por tanto en cierta medida tanto la 
oferta como la demanda de nuevas viviendas y apartamentos así 
como de edificios comerciales (lo que es absolutamente opuesto al 
funcionamiento libre del mercado que da por sentado el Informe 
del Banco Mundial) 24 . 

Pero la relación entre oferta y demanda es asimétrica, porque el 
tiempo de producción y circulación para las viviendas y edificios 
comerciales es muy largo comparado con el de la mayoría de las 
mercancías. Ahí es donde se hacen cruciales los tiempos dispares 
de producción, circulación y rotación que Marx analiza tan perspi- 
cazmente en el segundo volumen de El Capital. Los contratos que 
financian la construcción son firmados mucho antes de que pue- 
dan comenzar las ventas. Las diferencias temporales son a menudo 
muy sustanciales, y esto es particularmente cierto para los edificios 
comerciales. El Empire State Building de Nueva York se inauguró 
el 1 de mayo de 1931, casi dos años después del crac de la bolsa y 
más de tres años después del crac inmobiliario. Las Torres Geme- 
las se planificaron antes pero se inauguraron después del crac de 



23 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 2, Cap. XXV, Madrid, Akal, 
2000. 

24 Karl Marx, El Capital, Volumen 1 , tomo 3, Cap. XXIII «La ley gene- 
ral de la acumulación capitalista», Madrid, Akal, 2000, pp. 105-106, observa 
parecidamente que el capital puede manipular la demanda y la oferta de 
mano de obra excedente, por ejemplo mediante la inversión y el desempleo 
inducido tecnológicamente. 



78 



1973 (y durante años no pudieron encontrar compradores priva- 
Jos). ¡La reconstrucción del centro de Nueva York después del 1 1 
de Septiembre está a punto de ponerse en marcha cuando el valor 
de los edificios comerciales está por los suelos! 

El depósito existente de propiedades comercializables (algu- 
nas de ellas de origen muy antiguo) es también muy grande con 
respecto a lo que se puede producir. La oferta total de viviendas 
es por tanto relativamente inelástica con respecto a los cambios 
más mudables en la demanda: en los países desarrollados se ha 
demostrado históricamente muy difícil, aun con los mayores es- 
fuerzos, aumentar la reserva de viviendas más del 2 o el 3 por 100 
en un año (aunque China, como en tantas otras cosas, puede rom- 
per ese límite). 

El estímulo a la demanda mediante ardides que combinan las 
reducciones de impuestos, la iniciativa pública y otros incentivos 
(como el incremento del volumen de hipotecas basura) no com- 
pensa necesariamente un aumento de la oferta, y su efecto puede 
limitarse a una inflación de los precios y un aliento a la especula- 
ción. Se puede obtener mucho dinero, si no más, en las transac- 
ciones financieras sobre las viviendas existentes en lugar de cons- 
truir otras. Resulta más rentable financiar turbias instituciones 
hipotecarias como Countrywide que edificar nuevas viviendas, y 
más tentador aún es invertir en obligaciones de deuda garantiza- 
das (CDOs) compuestas de retazos de hipotecas empaquetados en 
«vehículos de inversión estructurados» a los que se otorgaba es- 
púreamente una alta valoración (eran supuestamente «tan segu- 
ros como las propias casas») y que debían proporcionar un ingre- 
so continuo a partir del flujo de intereses de los propietarios (ya 
fueran estos solventes o no). Esto fue exactamente lo que sucedió 
en Estados Unidos cuando se puso en marcha la apisonadora de 
las subprime. Grandes cantidades de capital ficticio afluyeron a la 
financiación de la vivienda alimentando la demanda, pero solo 
una pequeña parte fue a parar a la construcción de nuevas vivien- 
das. El mercado de las hipotecas subprime, que se situaba en torno 
a los 30 millardos de dólares a mediados de la década de 1990, se 



79 



dilató hasta 130 millardos en 2000 y alcanzó un máximo absoluto 
de 625 millardos de dólares en 2005 25 . No había forma de que un 
incremento tan rápido de la demanda pudiera verse satisfecho 
mediante una expansión paralela de la oferta, por mucho que lo 
intentaran los constructores. Por eso los precios aumentaron, y 
parecía como si fueran a seguir subiendo eternamente. 

Pero todo esto dependía de una continua expansión de los flu- 
jos de capital ficticio y de mantener intacta la creencia fetichista 
de que el capital puede «valorizarse automáticamente a sí mis- 
mo» 26 . Marx pensaba en cambio, por supuesto, que frente a una 
insuficiencia de la creación de valor en la producción, esa fantasía 
conduciría inevitablemente a un desastre, y eso fue lo que efecti- 
vamente sucedió. 

Los intereses de clase por el lado de la producción están tam- 
bién, sin embargo, descompensados, y esto tiene consecuencias 
para quien acaba sufriendo el desastre. Banqueros, promotores y 
empresas de la construcción constituyen fácilmente una alianza 
de clase (que a menudo domina tanto política como económica- 
mente el denominado «motor del crecimiento urbano» 27 ). Pero 
las hipotecas que firman por su vivienda los consumidores son 
individuales y dispersas y con frecuencia los préstamos se conce- 
den a gente que pertenece a otra clase, o como sucede en Estados 
Unidos (aunque no en Irlanda), a gente de otro sector racial o 
étnico. Con la titulización de las hipotecas, la empresa financiera 
podía simplemente transmitir su riesgo a algún otro (por ejemplo 
a Fannie Mae, que estaba dispuesta a afrontarlo como parte de su 
estrategia de crecimiento), y eso fue precisamente lo que hicie- 
ron, después de haber cobrado todos los gastos de escritura y de- 
más tasas legales que pudieron. Si el financiero tiene que elegir 



25 Michael Lewis, The Big Short: Inside the Doomsday Machine, Nueva 
York, Norton, 2010, p. 34. 

26 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 2, Cap. XXIX, Madrid, Akal, 
2000, p. 183. 

2 7 John Logan y Harvey Molotch, Urban Fortunes: The Political Economy 
of Place, Berkeley, University of California Press, 1987. 



80 



entre la quiebra de un promotor debido a los fracasos de ventas o 
la bancarrota y desahucio del comprador de una vivienda (par- 
ticularmente si este pertenece a las clases más bajas o a una mino- 
ría racial o étnica y la hipoteca ya se ha endosado a algún otro), 
está muy claro por qué opción se inclinará; nunca se desvanecen 
del todo los prejuicios raciales y de clase. 

En lo que se refiere a la especulación, los mercados de la vi- 
vienda y del suelo siempre se asemejan a pirámides de Ponzi, aun- 
que no siempre tengan a Bernie Madoff en lo más alto. Yo com- 
pro un terreno, su precio sube y el alza del mercado incita a otros 
a comprar. Cuando la reserva de compradores verdaderamente 
solventes se agota, ¿por qué no descender un poco más en la esca- 
la de ingresos a consumidores de alto riesgo, acabando con com- 
pradores sin ingresos y sin garantías que podrían ganar de chiri- 
pa la propiedad al subir los precios? Y así siguen las cosas hasta 
que la burbuja estalla. Las instituciones financieras tienen enor- 
mes alicientes para mantener la burbuja cuanto puedan a fin de 
extraer de ella el mayor jugo posible. El problema es que a menu- 
do no pueden saltar del tren antes de que choque, debido a su 
gran aceleración. La ilusión de que el capital puede «valorizarse a 
sí mismo como un autómata» sea autoperpetúa autocumpliéndo- 
se, al menos durante un tiempo. Como decía en The BigShortuno 
de los perspicaces analistas financieros de Michael Lewis, capaz de 
percibir la inminencia del crac: «¡Mierda, esto no es crédito. Esto 
es una jodida pirámide de Ponzi!» 28 . 

Hay otra ramificación de esta historia. La subida del precio de 
la vivienda en Estados Unidos acrecentó la demanda efectiva en el 
conjunto de economía. Tan solo en el año 2003 se emitieron 13,6 
millones de hipotecas (frente a menos de la mitad diez años an- 
tes), por valor de 3,7 billones de dólares, de los que 2,8 billones 
tenían como propósito la refinanciación (como referencia, cabe 
decir que el PIB total en Estados Unidos en aquel momento era 
de menos de 15 billones de dólares). Las familias estaban sacando 



28 M. Lewis, The BigShort, cit., 141. 



81 



provecho del creciente valor de su propiedad. Dado el estanca- 
miento de los salarios, esto proporcionaba una vía para que mu- 
chos obtuvieran al dinero extra, bien para sus necesidades (por 
ejemplo, las sanitarias) o para la compra de bienes de consumo 
(un nuevo automóvil o unas vacaciones). La vivienda se convirtió 
en una vaca a la que ordeñar dinero, un cajero automático perso- 
nal, impulsando la demanda en general y mayor demanda de vi- 
viendas en particular. Michael Lewis explica así en The Big Sbort 
lo que sucedió: La niñera de uno de sus principales personajes 
acabó siendo propietaria, junto con su hermana, de seis casas en 
Queens, en Nueva York. «Después de comprar la primera y de 
que su valor aumentara, los prestamistas les sugirieron una refi- 
nanciación ofreciéndoles 250.000 dólares, que usaron para com- 
prar otra.» El precio de esta también subió y repitieron el experi- 
mento. «En el momento en que la rueda se detuvo poseían cinco 
viviendas pero el mercado caía y no podían hacer frente a ninguno 
de los pagos» 29 . Los precios no podían seguir subiendo indefini- 
damente. 

La producción de valor y las crisis urbanas 

Pero por el lado de la producción hay cuestiones a plazo más 
largo y más profundas que deben tenerse en cuenta. Aunque mu- 
cho de lo que sucedió en el mercado inmobiliario era pura es- 
peculación, la actividad productiva era por sí misma parte impor- 
tante del conjunto de la economía; la construcción suponía el 7 
por 100 del PIB, y todos los complementos de los nuevos produc- 
tos (desde los muebles a los automóviles) equivalían a más del 
doble de esa cantidad. Si los análisis de la NBER son correctos, el 
colapso del boom de la construcción desde 1928, que se manifestó 
en una caída de 2 millardos de dólares (enorme para aquella épo- 
ca) en la construcción de viviendas y una contracción del inicio de 



M. Lewis, The Big Sbort, cit., p. 93. 



82 



la construcción de nuevas viviendas a menos del 10 por 100 de su 
volumen anterior en las grandes ciudades, desempeñó en el crac 
de 1929 un papel sobresaliente que todavía no se ha entendido 
bien. Una entrada de la Wikipedia dice: «Fue devastadora la de- 
saparición de 2 millones de empleos bien pagados en la construc- 
ción, más la pérdida de beneficios y alquileres que perjudicó a 
muchos propietarios e inversores» 30 . Esto tuvo con seguridad 
apreciables consecuencias en la confianza en el mercado de valo- 
res en general. 

No cabe extrañarse pues de los intentos desesperados del go- 
bierno de Roosevelt, durante la década de 1930, de resucitar el 
sector de la vivienda. Con ese fin se pusieron en vigor una serie 
de reformas en la financiación de las hipotecas que culminaron 
en la creación de un mercado hipotecario secundario mediante 
la fundación en 1938 de la Asociación Hipotecaria Federal Na- 
cional [Federal National Mortgage Association (Fannie Mae)]. 
Su tarea consistía en asegurar las hipotecas y permitir a los ban- 
cos y otros prestamistas endosarlas, proporcionando así al mer- 
cado de la vivienda la muy necesaria liquidez. Aquellas reformas 
institucionales iban a desempeñar más adelante, tras la Segunda 
Guerra Mundial, un papel vital en la financiación de la construc- 
ción de urbanizaciones periféricas en torno a las ciudades esta- 
dounidenses. Aunque necesarias, no eran sin embargo suficien- 
tes para situar la construcción de viviendas en un plano diferente 
en el desarrollo económico estadounidense. Para promover la 
adquisición de viviendas, tanto por razones políticas como eco- 
nómicas, se diseñaron en 1947 todo tipo de incentivos tributa- 
rios (tales como la reducción de impuestos por intereses de la 
hipoteca), así como la Ley de Reajuste de los Soldados [GI Bill] 
y una ley de vivienda muy positiva en la que se declaraba el de- 
recho de todos los estadounidenses a vivir en un «domicilio de- 
cente». Se fomentó ampliamente como algo central en el «Sue- 
ño Americano» la vivienda en propiedad, que aumentó desde un 



Véase la entrada «Cides in the Great Depression» en wikipedia.org. 



83 



poco más del 40 por 100 de la población en la década de 1940 
hasta más del 60 por 100 en la de 1960 y cerca del 70 por 100 en 
su momento culminante en 2004 (en 2010 había caído al 66 por 
100). La propiedad de la vivienda puede ser un valor cultural 
profundamente sentido en Estados Unidos, pero los valores cul- 
turales florecen particularmente cuando son promovidos y sub- 
vencionados por las políticas estatales. Las razones presentadas 
para tales políticas son todas las que menciona el Informe del 
Banco Mundial; pero la razón política raramente se reconoce 
ahora. Como se observó abiertamente en la década de 1930, los 
propietarios de casas agobiados por las deudas no van a la huel- 
ga 31 . El personal militar que volvía de la Segunda Guerra Mun- 
dial habría constituido una amenaza social y política si se hubie- 
ra encontrado con el desempleo y la depresión. ¿Qué medio 
mejor para matar dos pájaros de un tiro, reavivar la economía 
mediante la masiva construcción de viviendas y urbanizaciones 
periféricas e integrar a los trabajadores mejor pagados en una 
política conservadora mediante la propiedad de un domicilio 
cargado de deudas? Además, el fomento de la demanda median- 
te iniciativas públicas propició continuos incrementos de los va- 
lores en posesión de los propietarios, lo que podía ser muy satis- 
factorio para ellos pero era un desastre desde el punto de vista 
del uso racional del suelo y el espacio. 

Durante las décadas de 1950 y 1960 esas iniciativas tuvieron éxi- 
to, tanto en el terreno político como en el macroeconómico, ya que 
sustentaron dos décadas de gran crecimiento en Estados Unidos, 
cuyos efectos se difundieron globalmente. La construcción de vi- 
viendas se desplazó a otro plano en relación con el crecimiento 
económico (véase la figura 4). Según Binyamin Appelbaum, «es 
una pauta recurrente que los estadounidenses se recuperan de las 
recesiones construyendo más casas y llenándolas de cosas» 32 . El 



31 Martin Boddy, The Building Societies, Londres, Macmillan, 1980. 

32 Binyamin Appelbaum, «A Recovery that Repeats Its Painful Prece- 
dents», New York Times Business Section, 28 de julio de 201 1. 



84 



problema al final de la década de 1960 era que por muy dinámico 
que fuera el proceso de urbanización, era medioambientalmente 
insostenible y geográficamente desigual. La desigualdad reflejaba 
en gran medida las diferentes corrientes de ingresos que afluían a 
distintos sectores de la clase obrera. Mientras que la periferia de 
las ciudades crecía, su centro se estancaba y declinaba. La clase 
obrera blanca prosperaba, pero no sucedía lo mismo con las mi- 
norías afectadas en el centro de las ciudades, en particular los 
afroamericanos. El resultado fue toda una sucesión de levanta- 
mientos en ciudades como Detroit y Watts que culminaron en 
disturbios espontáneos en unas cuarenta ciudades de Estados Uni- 
dos a raíz del asesinato de Martin Luther King en 1968. Lo que 
llegó a conocerse como «la crisis urbana» era algo que todos po- 
dían ver y apreciar (aunque no era, estrictamente hablando, una 
crisis macroeconómica en el proceso de urbanización). A partir de 
1968 se dedicaron abundantes fondos federales para afrontar este 
problema, hasta que el presidente Nixon declaró durante la rece- 
sión de 1973 (por razones presupuestarias) que la crisis había que- 
dado atrás 33 . 

Un efecto colateral de todo esto fue que Fannie Mae se con- 
virtió en una empresa privada con participación estatal en 1968, 
y después de que se le adjuntara en 1970 un «competidor», la 
Corporación Hipotecaria Federal [Federal Home Mortgage Cor- 
poration (Freddie Mac)], ambas instituciones desempeñaron un 
papel enormemente importante y finalmente destructivo en la 
promoción de la propiedad del domicilio y el fomento de la cons- 
trucción de casas durante casi cincuenta años. Las deudas hipo- 
tecarias suponen ahora alrededor del 40 por 100 de la deuda pri- 
vada acumulada en Estados Unidos, gran parte de la cual, como 
hemos visto, es tóxica; y tanto Fannie Mae como Freddie Mac 
han quedado bajo el control del gobierno. Qué hacer con ellas 
es una cuestión política intensamente debatida (como lo son las 



33 The Kerner Commission, Report of the National Advisory Commission 
°n Civil Disorders, Washington DC, Government Printing Office, 1968. 



85 



Figura 4. Viviendas comenzadas a construir 
en Estados Unidos, 1890-2008 



¡ Crisis 
¡ déla 



2.000.000 



1.000.000- 



250.000- 



500.000- 








1900 



1920 



1940 



1960 



1980 



2000 



Año 



subvenciones a la demanda de la propiedad de viviendas) en rela- 
ción con el endeudamiento estadounidense en general. Cualquiera 
que sea el resultado, tendrá importantes consecuencias para el 
futuro del sector inmobiliario en particular y de la urbanización 
más en general, en relación con la acumulación de capital en Es- 
tados Unidos. 

La situación actual en Estados Unidos no es alentadora. El 
sector de la vivienda no se ha recuperado, y la nueva construc- 
ción de viviendas está deprimida y estancada. Hay señales de 
que se puede reproducir la recesión cayendo en la temida «W» 
al agotarse las ayudas federales sin que disminuya notablemente 
el desempleo. La construcción de nuevas viviendas ha caído por 
primera vez hasta niveles de antes de la década de 1940 (véase 
la figura 4). En marzo de 201 1 la tasa de desempleo en la cons- 
trucción estaba por encima del 20 por 100, frente a una tasa del 
9,7 por 100 en la industria, muy cercana a la media nacional. 
No hay necesidad de construir nuevas casas y llenarlas de cosas 
cuando hay tantas vacías. La Reserva Federal de San Francisco 
«estima que la construcción no puede volver al nivel medio de 
actividad anterior a la burbuja hasta 2016, descartando que ese 
sector [tan] importante» influya positivamente en la recupera- 



86 



ción 34 . Durante la Gran Depresión más de una cuarta parte de 
los obreros de la construcción permanecieron desempleados 
hasta 1939. Devolverles un empleo fue un objetivo crucial de 
las iniciativas públicas (como la Works Progress Administra- 
ción). Los intentos del gobierno de Obama de crear un paquete 
de estímulos para las inversiones en infraestructuras se han vis- 
to en gran medida frustrados por la oposición republicana. Para 
empeorar aún más las cosas, el estado de las finanzas estatales y 
locales en Estados Unidos es tan sombrío que da lugar a despi- 
dos definitivos y temporales, así como salvajes recortes en los 
servicios urbanos. El colapso del mercado de la vivienda y la 
caída del 20 por 100 en su precio han dejado muy mermadas las 
finanzas locales, que dependen muy notablemente de los im- 
puestos inmobiliarios. Los recortes de los gobiernos estatales y 
municipales y el estancamiento de la construcción están gene- 
rando así una crisis fiscal urbana. Cuando tenemos en cuenta 
todo esto parece cada vez más como si la era de acumulación y 
estabilización macroeconómica en Estados Unidos posterior a 
la Segunda Guerra Mundial, impulsada por la construcción en la 
periferia urbana y el desarrollo de la vivienda en propiedad, hu- 
biera llegado a su fin. 

A todo esto se añade una política clasista de austeridad basada 
en razones políticas y no económicas. Los gobiernos republicanos 
de extrema derecha a nivel estatal y local están utilizando la lla- 
mada crisis de la deuda para sabotear los planes del gobierno fe- 
deral y reducir el empleo público en sus jurisdicciones. Esta ha 
sido, por supuesto, una táctica de larga tradición del asalto inspi- 
rado por el capital a los programas públicos en general. Reagan 
redujo los impuestos a los ricos del 72 por 1 00 hasta alrededor del 
30 por 100 y emprendió una carrera de armamentos con la Unión 
Soviética financiada mediante la deuda, que como consecuencia 
aumentó vertiginosamente durante su gobierno. Como señaló 



34 Binyamin Appelbaum, «A Recovery that Repeats Its Painful Prece- 
dents». 



87 



más tarde su director presupuestario David Stockman, el aumen- 
to de la deuda se convirtió en una excusa muy conveniente para 
menoscabar la regulación gubernamental (por ejemplo, sobre el 
medio ambiente) y los programas sociales, externalizando de he- 
cho los costes de la degradación medioambiental y la reproduc- 
ción social. El presidente Bush Jr. siguió fielmente su ejemplo, 
llegando a proclamar su vicepresidente Dick Cheney que «Rea- 
gan nos enseñó que el déficit no importa» 35 . Las reducciones de 
impuestos para los ricos, dos guerras infundadas en Iraq y Afga- 
nistán, y un enorme regalo a las grandes empresas farmacéuticas 
mediante un programa de prescripciones médicas financiado por 
el estado, convirtieron lo que había sido un superávit presupues- 
tario con el gobierno de Clinton en un océano de números rojos 
que ha permitido al partido republicano y a los demócratas con- 
servadores obedecer al mandato del gran capital y llegar tan lejos 
como era posible en la externalización de los costes que el capital 
nunca quiere asumir, los de la degradación del medio ambiente y 
la reproducción social. El asalto contra el medio ambiente y el 
bienestar social es palpable, y tanto en Estados Unidos como en 
gran parte de Europa se está llevando a cabo por razones políticas 
y de clase, y no económicas. Está induciendo, como ha señalado 
muy recientemente David Stockman, un estado de guerra de cla- 
ses. Como dijo también Warren Buffett: «Evidentemente hay una 
guerra de clases, y es mi clase, la de los ricos, la que la ha empren- 
dido y la estamos ganando» 36 . La única cuestión es: ¿cuándo co- 
menzará el pueblo a responder a esa guerra de clases? Uno de los 
lugares donde podría empezar sería la rápida degradación de la 
calidad de la vida urbana, como consecuencia de los desahucios, 



35 Jonathan Weisman, «Reagan Policies Gave Green Light to Red Ink», 
Washington Post, 9 de junio de 2004, Al 1; William Greider, «The Education 
of David Stockman», Atlantic Monthly, diciembre de 1981. 

36 Warren Buffett, entrevistado por Ben Stein, «In Class Warfare, Guess 
Which Class Is Winning», New York Times, 6 de noviembre de 2006; David 
Stockman, «The Bipartisan March to Fiscal Madness», New York Times, 23 
de abril de 2011. 



88 



¡a persistencia de prácticas depredadoras en el mercado de la vi- 
vienda, reducciones de servicios y sobre todo la falta de oportuni- 
dades viables de empleo en los mercados laborales urbanos casi en 
todas partes, habiendo quedado algunas ciudades (muy señalada- 
mente Detroit) sin perspectivas reales de recuperación del em- 
pleo. La crisis es ahora más que nunca una crisis urbana. 

Prácticas urbanas predadoras 

Marx y Engels observaban de pasada en el Manifiesto comunista 
que, «tan pronto como el trabajador recibe su salario del fabri- 
cante que lo explota, caen sobre él otras porciones de la burgue- 
sía: el casero, el tendero, el prestamista, etcétera» 37 . Los marxistas 
han relegado tradicionalmente tales formas de explotación y la 
lucha de clases (porque eso es lo que es) que surge inevitablemen- 
te en torno a ellas, a un segundo plano en su teorización, así como 
a los márgenes de su política. Yo quiero por el contrario argumen- 
tar aquí que constituyen, al menos en las economías capitalistas 
avanzadas, un vasto terreno de acumulación por desposesión, me- 
diante la cual el dinero es absorbido hacia la circulación del capi- 
tal ficticio para sostener las ingentes fortunas realizadas en el sis- 
tema financiero. 

Las prácticas predadoras, omnipresentes antes del crac del mer- 
cado de la vivienda en general y del de las hipotecas subprime en 
particular, alcanzaron entonces proporciones legendarias. Antes 
de que estallara la crisis principal, se estimaba que la población 
afroamericana de bajos ingresos en Estados Unidos había perdido 
ya entre 71 y 93 millardos de dólares mediante las prácticas pre- 
dadoras siéprime iS . Las desposesiones llegaron en dos oleadas: 



37 Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto comunista, Madrid, Akal, 
2001, p. 31. 

38 Barbara Ehrenreich y Dedrich Muhammad, «The Recession's Racial 
Divide», New York Times, 12 de septiembre de 2009. 



89 



una menor entre el anuncio por Clinton de la iniciativa de 1995 y 
el colapso del fondo de inversión Long Term Capital Manage- 
ment en 1998, y la segunda, mayor, a partir de 2001, al mismo 
tiempo que las primas en Wall Street y las ganancias en el sector 
de las hipotecas aumentaban vertiginosamente, con tasas de bene- 
ficio inauditas en puras manipulaciones financieras, en particular 
las asociadas a la titulización de hipotecas de alto coste pero muy 
arriesgadas; lo que equivale a decir que se estaban produciendo 
transferencias masivas de riqueza de los pobres a los ricos por 
varios canales ocultos -más allá de las documentadas en las prác- 
ticas tenebrosas y a menudo ilegales de compañías hipotecarias 
como Countrywide-, mediante manipulaciones financieras en el 
mercado de la vivienda 39 . 

Lo que ha venido ocurriendo desde el crac es aún más asom- 
broso. Muchos de los desahucios (más de un millón a lo largo de 
2010) han sido ilegales, si no directamente fraudulentos, lo que ha 
llevado a un congresista de Florida a transmitir al Tribunal Supre- 
mo del estado que «si los informes que estoy recibiendo son cier- 
tos, los desahucios ilegales realizados representan la mayor expro- 
piación de propiedad privada intentada nunca por los bancos y 
entidades gubernamentales» 40 . Los fiscales generales de los cin- 
cuenta estados están investigando ahora el problema, pero (como 
cabía esperar) la mayoría parecen deseosos de cerrar las investiga- 
ciones de una forma tan sumaria como sea posible, al precio de 
algunos acuerdos financieros (pero no la restitución de las propie- 
dades ilegalmente expropiadas). En cualquier caso, nadie irá a la 
cárcel por ello, aunque existan pruebas claras de una falsificación 
sistemática de documentos legales. 

Las prácticas predadoras de este tipo tienen una larga historia. 
Les ofreceré algunos ejemplos de Baltimore que conocí directa- 
mente. Poco después de llegar a la ciudad en 1969, participé en un 



39 Gretchen Morgenson y Joshua Rosner, Reckless Endangerment, cit. 

40 Kevin Chiu, «Illegal Foreclosures Charged in Investigador»», Housing 
Predictor, 24 de abril de 2011. 



90 



estudio de la distribución de alojamientos en el centro de la ciu- 
tlad que se centraba en el papel de distintos agentes -propietarios, 
inquilinos, caseros, prestamistas, intermediarios, la Federal Hous- 
ing Administration y las autoridades de la ciudad (en particular el 
Housing Code Enforcement)- en la gestión de las aterradoras 
condiciones de vida en las áreas del centro de la ciudad dañadas 
por los disturbios a raíz del asesinato de Martin Luther King. Las 
huellas de prácticas discriminatorias en las zonas de población 
afroamericana con bajos ingresos a las que se negaban créditos 
estaban grabadas en el mapa de la ciudad, pero se justificaban en- 
tonces como una respuesta legítima al alto riesgo del crédito y no 
por razones étnicas. En varias áreas de la ciudad se podía detectar 
el fomento de la venta de propiedades pertenecientes a blancos 
agitando el espantajo de la invasión de su territorio por las mi- 
norías, actividad que generaba altos beneficios para compañías 
inmobiliarias despiadadas; pero para que esto funcionara, los afro- 
americanos debían contar con algún acceso a la financiación hipo- 
tecaria en lugar de ser tachados todos ellos de población de alto 
riesgo crediticio. Esto se pudo hacer mediante el llamado «Land 
Installment Contraer». De hecho, los afroamericanos recibían la 
«ayuda» de propietarios que actuaban como intermediarios en los 
mercados de crédito y contrataban una hipoteca en su propio 
nombre; se suponía que al cabo de unos pocos años, cuando se 
hubiera pagado parte del principal de la deuda más los intereses, 
demostrando así la solvencia de la familia, el título de propiedad 
pasaría al residente con la colaboración del amistoso propietario y 
la institución hipotecaria local. Algunos lo consiguieron (aunque 
habitualmente en barrios cuyo valor disminuía), pero en manos 
pocos escrupulosas (y había muchas en Baltimore, aunque al pare- 
cer no tantas en Chicago, donde este sistema también era corrien- 
te) podía ser una forma particularmente predadora de acumu- 
lación por desposesión 41 . El propietario podía cobrar tasas para 



41 Lynne Sagalyn, «Mortgage Lending in Older Neighborhoods», Ati- 
náis oft be American Academy of Political and Social Science 465(enerodel983), 



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cubrir los costes administrativos y legales y cosas parecidas. Esas 
tasas (a veces exorbitantes) podían añadirse al principal de la hipo- 
teca. Tras años de pago continuo, muchas familias se encontraban 
con que debían más sobre el principal que al principio. Si dejaban 
de pagar una sola vez las cuotas incrementadas tras la subida de 
los tipos de interés, el contrato quedaba anulado y las familias 
eran desahuciadas. Tales prácticas provocaron un escándalo. Se 
inició un proceso de Derechos Civiles contra los peores propieta- 
rios, pero fracasó porque quienes habían firmado el contrato de 
inquilinato no habían leído la letra pequeña ni habían hecho que 
sus abogados (que los pobres raramente tienen) la leyeran (la letra 
pequeña era en cualquier caso incomprensible para los mortales 
corrientes. ¿Ha leído alguien alguna vez la letra pequeña de su 
tarjeta de crédito?). 

Las prácticas predadoras de ese tipo nunca han desaparecido 
del todo. El contrato de venta a plazos fue sustituido en la década 
de 1980 por prácticas de compraventa rápida [flipping] (el tratante 
compraba barato una casa deteriorada, realizaba unas cuantas re- 
paraciones cosméticas -muy sobrevaloradas- y obtenía financia- 
ción hipotecaria «favorable» para el comprador inocente, que 
vivía en la casa mientras se no se le caía el techo encima o le esta- 
llaba el horno). Y cuando en la década de 1990 comenzó a for- 
marse el mercado subprime como respuesta a la iniciativa de Clin- 
ton, ciudades como Baltimore, Cleveland, Detroit, Buffaloy otras 
se convirtieron en importantes centros para un creciente oleada 
de acumulación por desposesión (70 millardos de dólares o más 
en el conjunto del país). Baltimore acabó por presentar en 2008 
una querella de Derechos Civiles contra Wells Fargo por sus 
prácticas discriminatorias de préstamos subprime (al inducir a la 
gente a contratar esas hipotecas en lugar de las convencionales, 
con lo que los afroamericanos y familias uniparentales -encabeza- 
das por mujeres- eran sistemáticamente explotadas). Es casi segu- 



pp. 98-108; Manuel Aalbers (ed.), Subprirne Cities: The Politicaí Economy of 
Mortgage Markets, Nueva York, John Wiley, 2011. 



92 



r o que ese proceso no dará ningún resultado (aunque al tercer 
intento se ha permitido que siga adelante en el tribunal), ya que 
será casi imposible demostrar que la discriminación se basaba en 
la raza y no en el riesgo del crédito. Como suele suceder, la in- 
comprensible letra pequeña da mucho margen (¡Ténganlo en 
cuenta los consumidores!). Cleveland siguió una vía más matiza- 
da: demandó a las empresas financieras por perjuicio público, ¡al 
haber quedado la zona llena de casas desalojadas que requerían 
ahora la acción cobertora de la ciudad! 

Las prácticas predatorias que golpean especialmente a los más 
pobres, los más vulnerables y los menos privilegiados son incon- 
tables. Cualquier pequeña factura sin pagar (una licencia o la fac- 
tura del agua, por ejemplo) puede convertirse en un pretexto para 
un embargo preventivo sobre el que el propietario de la vivienda 
permanece misteriosa (e ilegalmente) desinformado hasta después 
de que un abogado se ha hecho cargo de él de forma que la factu- 
ra original por, digamos, 100 dólares, requiere un pago de 1.500 
dólares para saldarla. Para la mayoría de los pobres, eso suele sig- 
nificar la pérdida de la propiedad de su domicilio. En la última 
ronda de ventas de embargos en Baltimore, un pequeño grupo de 
abogados compró a la ciudad facturas por valor de unos 6 millo- 
nes de dólares. Si el margen de beneficio medio es del 250 por 
100, pueden amasar una considerable fortuna si las cobran, y si no 
se quedan con propiedades potencialmente valiosas para el futuro 
desarrollo adquiriendo las propiedades. 

Además de todo esto, se ha demostrado repetidamente que en 
las ciudades estadounidenses, desde la década de 1960, los pobres 
pagan habitualmente más por mercancías básicas inferiores como 
los alimentos, y que el deficiente servicio a las comunidades de 
bajos ingresos añade cargas financieras y prácticas indebidas a ta- 
les poblaciones. La economía de la desposesión de poblaciones 
vulnerables es tan activa como incesante. Aún más llamativa es la 
reducción ilegal de salarios sufrida por muchos trabajadores tem- 
porales y precarios de los sectores de bajos salarios en las princi- 
pales ciudades como Nueva York, Chicago y Los Ángeles, tales 



93 



como pagas por debajo del salario mínimo, negativa a pagar las 
horas extras, o simplemente retrasos en el pago que en algunos 
casos podrían demorarse hasta varios meses 42 . 

Lo que trato de sugerir al mencionar esas diversas formas de 
explotación y desposesión es que en muchas regiones metropoli- 
tanas tales prácticas generalizadas son sistemáticamente ejercidas 
sobre poblaciones vulnerables. Es importante reconocer cuán fá- 
cilmente puede recuperar el conjunto de la clase capitalista las 
concesiones a los trabajadores en los salarios reales mediante ac- 
tividades depredadoras y explotadoras en el terreno del consumo. 
Para gran parte de la población urbanizada con bajos ingresos, la 
explotación implacable de su trabajo unida a la desposesión de sus 
escasos activos constituye un drenaje perpetuo de su capacidad de 
mantener condiciones mínimas adecuadas para la reproducción 
social. Esta situación exige la organización y respuestas políticas a 
escala de toda la ciudad (véase más adelante). 

El cuento chino 

En la medida en que esta vez ha habido alguna vía de escape de 
la crisis global del capital, es notable que la expansión del merca- 
do de la vivienda y la propiedad inmobiliaria en China, junto con 
una enorme oleada de inversiones infraestructurales financiadas 
mediante la deuda, haya asumido un papel principal, no solo como 
estímulo para su mercado interno (y la reabsorción del desempleo 
en los sectores exportadores), sino también de otras economías 
estrechamente ligadas a la china mediante el comercio, como las 
de Australia y Chile con sus materias primas y la alemana con sus 



42 Annette Bernhardt, Ruth Milkman, Nik Theodore, Douglas Hecka- 
thorn, Michael Auer, James DeFillippis, Ana González, Víctor Narro, Jason 
Perelshteyn, Diana Polson y Michael Spiller, Broken Laws, Unprotected Wor- 
kers: Violations ofEmployment and Labor Laws in America's Cities, Nueva York, 
National Employment Law Project, 2009. 



94 



exportaciones de máquina herramienta y automóviles. En Esta- 
jos Unidos, en cambio, la construcción ha tardado mucho en re- 
cuperarse y la tasa de desempleo en la construcción, como señala- 
ba antes, duplica cuanto menos la media nacional. 

Las inversiones urbanas suelen tardar mucho en producir y 
necesitan aún más tiempo para madurar. Por eso es siempre difícil 
determinar cuándo una sobreacumulación de capital se ha trans- 
formado o está a punto de transformarse en una sobreacumula- 
ción de inversiones en el entorno construido. La probabilidad de 
excederse, tal como sucedió con los ferrocarriles en el siglo xix y 
como muestra la larga historia de ciclos y depresiones en la cons- 
trucción (incluida la debacle de 2007-2009), es muy alta. 

La impetuosidad de la febril urbanización y el boom de la inver- 
sión en infraestructuras que están reconfigurando de arriba abajo 
la geografía del espacio nacional chino descansa en parte en la 
capacidad del gobierno central para intervenir arbitrariamente en 
el sistema bancario si algo va mal. Una recesión relativamente 
suave en el mercado inmobiliario de las principales ciudades como 
Shanghái a finales de la década de 1 990 llevó a los bancos a hacer- 
se con una gran variedad de «activos sin ganancias» (a los que 
ahora llamamos «tóxicos»), muchos de los cuales estaban basados 
en el desarrollo urbano e inmobiliario. Estimaciones no oficiales 
situaron en esa categoría hasta un 40 por 100 de los préstamos ban- 
carios 43 . La respuesta del gobierno central fue utilizar sus abun- 
dantes reservas de divisas extranjeras para recapitalizar los bancos 
(una versión china de lo que más tarde se conocería como el Pro- 
grama de Alivio de Activos con Problemas [Troubled Asset Relief 
Program (TARP)] en Estados Unidos). Se sabe que el estado em- 
pleó unos 45 millardos de dólares de sus reservas de divisas con 
ese fin a finales de la década de 1990, e indirectamente pudo uti- 
lizar mucho más; pero a medida que las instituciones chinas fun- 
cionan de forma más coherente con los mercados financieros glo- 



43 Keith Bradsher, «China Announces New Bailout of Big Banks», New 
Y *rk Times, 7 de enero de 2004. 



95 



bales, al poder central le resulta más difícil controlar lo que 
sucede en el sector financiero. 

Los informes que nos llegan ahora desde China se parecen 
incómodamente a lo que sucedió en el suroeste de Estados Uni- 
dos y en Florida durante esta última década o en la misma Florida 
en la de 1920. Desde la privatización general de la vivienda en 
China en 1998, la especulación y la construcción se han disparado 
de forma espectacular. Se informa que el precio de vivienda ha 
aumentado un 140 por 100 en el conjunto del país desde 2007, y 
hasta un 800 por 100 en las principales ciudades como Beijingy 
Shanghái durante los últimos cinco años. En esta última ciudad 
los precios en el sector se han duplicado durante el último año. El 
precio medio de un apartamento se ha situado en torno a los 
500.000 dólares (en un país donde el PIB per cápita fue de 7.518 
dólares en 2010), e incluso en ciudades de segundo orden una vi- 
vienda típica «cuesta alrededor de veinticinco veces los ingresos 
medios anuales de los residentes», lo que es claramente insosteni- 
ble. Todo esto indica que la construcción de viviendas y edificios 
comerciales, por rápida y vasta que sea, no se está manteniendo a 
la par con la demanda real y menos aún con la demanda efectiva 
anticipada 44 . Una consecuencia de esto es el surgimiento de fuer- 
tes presiones inflacionistas que han inducido al gobierno central a 
utilizar varios instrumentos para restringir el gasto incontrolado 
de los gobiernos locales. 

El gobierno central confiesa abiertamente su preocupación 
de que 

en gran parte del país el crecimiento siga vinculado al gasto inflacio- 
nario en el desarrollo inmobiliario y la inversión pública en carrete- 
ras, ferrocarriles y otros proyectos infraestructurales por valor de 



44 Para una revisión general, véase Thomas Campanella, The Concrete 
Dragón, cit. Yo también traté de presentar un panorama general del rápido 
proceso de urbanización en China en el cap. 5 de A Brief History of Neolibe- 
ralism, cit. [ed. cast.: cit., pp. 131-166]. 



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millardos de dólares. En el primer trimestre de 201 1 la inversión en 
activos fijos -una medida genérica de la actividad constructora- su- 
bió un 25 por 100 con respecto al mismo periodo del año anterior, y 
la inversión en propiedades inmobiliarias aumentó un 37 por 100 45 . 

Esta inversión «equivale ahora a alrededor del 70 por 1 00 del 
producto interior bruto del país». Ningún otro país se ha aproxi- 
mado a ese nivel en los últimos años. «Ni siquiera Japón, en la 
cumbre de su boom constructor en la década de 1980, sobrepasó el 
35 por 100, y la cifra se ha mantenido durante décadas en torno al 
20 por 100 en Estados Unidos.» 

«Los esfuerzos de las ciudades han contribuido a que el gasto 
público en la construcción de viviendas e infraestructuras sobrepa- 
se al comercio exterior como el mayor contribuyente al crecimien- 
to de China» 46 . Las colosales adquisiciones de suelo y desplaza- 
mientos de proporciones legendarias en algunas de las principales 
ciudades (más de 3 millones de personas desplazadas en Beijing du- 
rante los últimos diez años) indican que junto a ese enorme im- 
pulso urbanizador se da en la totalidad de China un proceso muy 
activo de desposesión. Los desplazamientos y desposesiones for- 
zadas están entre las causas más importantes del aumento de las 
protestas populares, a veces violentas. 

Las ventas de suelo a los promotores han servido como gallina 
de los huevos de oro para llenar las arcas de los gobiernos locales; 
pero a principios de 201 1 el gobierno central ordenó su conten- 
ción a fin de poner orden en un mercado inmobiliario descontro- 
lado y evitar las desposesiones de tierras, a menudo brutalmente 
realizadas, que estaban ocasionando tanta resistencia. Esto creó 



45 David Barboza, «Inflation in China Poses Big Threat to Global Tra- 
de», New York Times, 17 de abril de 2011;Jamil Anderlini, «Fate of Real 
Estate Is Global Concern», Financial Times, 1 de junio de 2011; Robert 
Cookson, China Bulls Reined in by Fears on Economy», Financial Times, 1 
de junio de 2011. 

46 Keith Bradsher, «China's Economy is Startíng to Slow, but Threat of 
Inflation Looms», New York Times, Business Section, 3 1 de mayo de 201 1 . 



97 



dificultades presupuestarias a muchos gobiernos municipales. El 
«brusco aumento de la deuda de los gobiernos locales y los escasos 
controles sobre el endeudamiento de compañías inversoras» (mu- 
chas de ellas patrocinadas por los gobiernos locales) son ahora 
consideradas un importante riesgo para la economía china que 
arroja una espesa sombra sobre las perspectivas de crecimiento 
para el futuro, no solo en China, sino también a escala mundial. 
En 2011 el gobierno chino estimaba la deuda municipal en unos 
2,2 billones de dólares, equivalente a «casi un tercio del producto 
interior bruto de la nación». Puede que el 80 por 1 00 de esta deu- 
da corresponda a las compañías de inversión no registradas, patro- 
cinadas por los gobiernos municipales aunque no formen parte 
estrictamente de ellos. Esas son las organizaciones que están cons- 
truyendo, a enorme velocidad, tanto las nuevas infraestructuras 
como los edificios emblemáticos que hacen tan espectaculares las 
ciudades chinas; pero la deuda acumulada por los municipios es 
enorme. Una oleada de impagos «podría convertirse en un gran 
lastre para el gobierno central, que a su vez mantiene una deuda de 
alrededor de 2 billones de dólares» 47 . La posibilidad de un colapso 
seguido por un largo periodo de «estancamiento al estilo japonés» 
es muy real. El frenazo del crecimiento económico chino en 201 1 
está produciendo ya reducciones en las importaciones, que reper- 
cutirán a su vez en todas las regiones del mundo que han prospe- 
rado gracias al impulso del mercado chino de materias primas. 

Entretanto han surgido en el interior de China ciudades total- 
mente nuevas, sin apenas residentes o actividades reales, propi- 
ciando un curioso programa de anuncios publicitarios en la pren- 
sa de negocios estadounidense para atraer inversores y empresas a 
esta Nueva Frontera urbana del capitalismo global 48 . El desarro- 



47 Wang Xiaotian, «Local Governments at Risk of Defaulting on Debt», 
China Daily, 28 de junio de 2011; David Barboza, «China's Cides Piling Up 
Debt to Fuel Boom», New York Times, 7 de julio de 2011. 

48 David Barboza, «A City Born of China's Boom, Still Unpeopled», 
New York Times, 20 de octubre de 2010. 



98 



lio urbano desde mediados del siglo XIX, si no antes, ha sido siem- 
pre especulativo, pero la escala especulativa del desarrollo chino 
parece ser de un orden mucho mayor que todo lo que se ha visto 
antes en la historia urbana, lo que también significa que la liqui- 
dez excedente en la economía global con necesidad de ser absor- 
bida, que se expande exponencialmente, tampoco había sido nun- 
ca tan colosal. 

Al igual que durante el boom de las urbanizaciones periféricas 
en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, cuando se 
tienen en cuenta todos los complementos y accesorios de las vi- 
viendas queda claro que el boom de la urbanización en China está 
desempeñando un papel central como estímulo de la recuperación 
del crecimiento económico global para una amplia variedad de 
bienes de consumo aparte de los automóviles (en los que China se 
envanece ahora de ser el mayor mercado del mundo). «Según al- 
gunas estimaciones, China consume alrededor del 50 por 1 00 de 
mercancías globales clave y materiales como cemento, acero y car- 
bón, y la propiedad inmobiliaria china es el principal impulsor de 
esa demanda» 49 . Dado que más de la mitad del acero consumido 
acaba en el entorno construido, esto significa que una cuarta parte 
de la producción mundial de acero está siendo absorbida ahora por 
esa actividad. Pero China no es el único lugar donde se puede ob- 
servar ese boom de la construcción. Todos los países BRIC parecen 
estar siguiendo su ejemplo. Los precios inmobiliarios se han dupli- 
cado tanto en Sao Paulo como en Río de Janeiro el año pasado, y 
en India y Rusia se vive una situación similar; pero todos esos paí- 
ses, cabe observar, están experimentando junto a elevadas tasas de 
crecimiento fuertes corrientes inflacionistas. Los acelerados pro- 
cesos de urbanización tienen claramente mucho que ver con la 
rápida recuperación de los efectos de la recesión de 2007-2009. 

La cuestión es: ¿hasta qué punto es sostenible esa recupera- 
ción, dadas sus raíces en desarrollos urbanos en gran medida es- 



49 Jamil Anderlini, «Fate of Real Estate is Global Concern», Financial 
tintes, 1 de junio de 201 1. 



99 



peculativos? Los intentos del gobierno central chino de controlar 
su boom y contener las presiones inflacionistas elevando las exi- 
gencias de reservas a sus bancos no han tenido demasiado éxito. 
Ha surgido un «sistema bancario en la sombra» estrechamente 
relacionado con las inversiones en suelo y construcción, difícil de 
seguir y controlar y que emplea nuevos instrumentos de inversión 
(análogos a los que surgieron durante la década de 1 990 en Esta- 
dos Unidos y Gran Bretaña). Como consecuencia de la acelera- 
ción de las desposesiones de tierras y la inflación se están multi- 
plicando los disturbios. Llegan informes de acciones de protesta 
de los conductores de taxis y camiones en Shanghái y de repenti- 
nas huelgas salvajes en las fábricas de las áreas industriales de 
Guangdong como respuesta a los bajos salarios, malas condicio- 
nes de trabajo y subida de los precios. Los informes oficiales sobre 
las protestas han aumentado espectacularmente y se han tomado 
medidas para ajustar los salarios y para controlar la creciente agi- 
tación y estimular el mercado interno como sustituto de los mer- 
cados exportadores más arriesgados y estancados (el consumo 
chino solo supone actualmente el 3 5 por 1 00 del PIB, frente al 70 
por 1 00 en Estados Unidos). 

Todo esto debe ser entendido, no obstante, teniendo en cuenta 
las medidas concretas que adoptó el gobierno chino para afrontar 
la crisis de 2007-2009. El principal efecto de la crisis en China fue 
el repentino colapso de las exportaciones (en particular hacia Esta- 
dos Unidos), con una caída del 20 por 100 a principios de 2009. 
Varias estimaciones razonablemente fiables sitúan el número de 
empleos perdidos en el sector exportador en unos 30 millones du- 
rante un periodo muy corto en 2008-2009; pero en el otoño de 
2009 el FMI informaba de que la pérdida neta de empleos sin Chi- 
na era solo de 3 millones 50 . Parte de la diferencia entre la pérdida 
bruta de puestos de trabajo y la neta puede deberse al regreso de 



su International Monetary Fund/International Labour Organization, 
Tbe Cballenges of Growtb, Employment and Social Cohesión, Geneva: Interna- 
tional Labour Organization, 2010. 



100 



trabajadores emigrados a las ciudades a su lugar de origen rural al 
perder el empleo. Otra parte se debe sin duda a la rápida recupe- 
ración de las exportaciones y a la recontratación de trabajadores 
antes despedidos; pero el resto se debe casi con seguridad a la 
puesta en práctica por el gobierno de un enorme programa de es- 
tímulos de inversión urbana e infraestructural de tipo keynesiano. 
El gobierno central añadió 600 millardos de dólares adicionales a 
lo que era ya un gran programa de inversiones infraestructurales 
(un total acumulado de 750 millardos de dólares asignados a la 
construcción de 1 3 .000 kilómetros de vías férreas de alta velocidad 
y otros 17.000 de vías tradicionales, aunque esas inversiones están 
ahora en peligro tras un accidente de un tren de alta velocidad que 
sugiere un diseño deficiente o incluso la corrupción en la construc- 
ción) 51 . El gobierno central instruyó simultáneamente a los bancos 
para que prestaran generosamente a todo tipo de proyectos locales 
de desarrollo (incluidos los sectores de la construcción y las infra- 
estructuras) como forma de absorber la mano de obra excedente. 
Ese enorme programa estaba destinado a propiciar la recupera- 
ción económica. El gobierno chino asegura ahora que creó alrede- 
dor de 34 millones de nuevos empleos entre 2008 y 2010. Cierta- 
mente parece haber tenido bastante éxito en su objetivo inmediato 
de absorber gran parte de la mano de obra excedente, si las cifras 
del FMI sobre las pérdidas netas de empleo son correctas. 

El problema principal es, por supuesto, si tales gastos públicos 
caen dentro de la categoría de gastos «productivos» o no, y en 
caso afirmativo, qué es lo que producen y para quién. Muchos 
espacios construidos, como el enorme centro comercial cerca de 
Dongguan, permanecen casi vacíos, como sucede con algunos 
de los rascacielos que pueblan el paisaje urbano en casi todas las 
ciudades. Y luego están las nuevas ciudades vacías que esperan 
gente e industrias que lleguen a poblarlas. Sin embargo, no cabe 
duda de que el espacio nacional chino se va a beneficiar de una 



" Keith Bradsher, «High-Speed Rail Poised to Alter China, but Costs 
and Fares Draw Criticism», New York Times, 23 de junio de 201 1 . 



101 



integración espacial más profunda y más eficiente, y superficial- 
mente al menos la vasta oleada de inversiones infraestructurales y 
proyectos de urbanización parecería estar haciendo justamente 
eso, vinculando el interior subdesarrollado a las regiones costeras 
mas ricas y el norte escaso en agua con el bien regado sur. A esca- 
la metropolitana, los procesos de crecimiento y regeneración ur- 
bana también parecen llevar las técnicas modernas a la urbaniza- 
ción, junto con una diversificación de actividades (incluidas todas 
las instituciones culturales y del sector del conocimiento, ejempli- 
ficadas por la espectacular Expo de Shanghái, tan características 
de la urbanización neoliberal en Estados Unidos y en Europa). 

El desarrollo chino reproduce y exagera en ciertos aspectos 
el que se dio en Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mun- 
dial. Durante aquellos años el sistema de autovías interestatales 
integró al sur y al oeste de Estados Unidos, y esto, unido a las 
urbanizaciones en la periferia de las ciudades, desempeñó un pa- 
pel crucial en mantener tanto el empleo como la acumulación de 
capital; pero el paralelismo es instructivo también en otros sen- 
tidos. El desarrollo estadounidense a partir de 1945 no fue solo 
derrochador en su uso de la energía y el suelo; también generó, 
como hemos visto, una crisis particular de las poblaciones mar- 
ginadas, excluidas y rebeldes de las ciudades, que suscitó una 
serie de respuestas políticas a finales de la década de 1960. Todo 
esto se desvaneció tras el crac de 1973, cuando el presidente Ni- 
xon declaró en su discurso sobre el estado de la Unión que la 
crisis urbana había quedado atrás y que se restringiría la finan- 
ciación federal. El efecto a escala municipal fue una crisis de los 
servicios urbanos en Estados Unidos desde finales de la década 
de 1970, con las aterradoras consecuencias de la degeneración 
en la escuela pública, la sanidad pública y la disponibilidad de 
alojamientos accesibles. 

La acelerada estrategia de inversión urbana e infraestructural 
en China está uniendo esas dos tendencias en muy pocos años. El 
tren de alta velocidad entre Shanghái y Beijing es bueno para los 
hombres de negocios y la clase media alta, pero no representa el 



102 



tipo de transporte accesible que puede llevar a los trabajadores a 
su lugar de origen para festejar el Año Nuevo chino. De forma 
parecida, los grandes bloques de apartamentos, las comunidades 
de acceso restringido, los campos de golf para los ricos, o los cen- 
tros comerciales de lujo no contribuyen realmente a reconstituir 
una vida cotidiana decente para las masas empobrecidas y descon- 
tentas. Este desequilibrio del desarrollo urbano siguiendo líneas 
de clase va de hecho mucho más allá de China; se está produciendo 
igualmente en India así como en innumerables ciudades de todo 
el mundo donde coexisten concentraciones emergentes de pobla- 
ciones marginadas con una urbanización muy modernista y con- 
sumista para una minoría cada vez más rica. La cuestión de cómo 
tratar a los trabajadores empobrecidos, precarizados y excluidos 
que constituyen ahora en muchas ciudades una gran mayoría de 
la población y pueden aspirar a constituir un bloque de poder 
mayoritario y dominante se está convirtiendo en un importante 
problema político, una de cuyas consecuencias es que la planifi- 
cación militar se concentra cada vez más en el eventual enfren- 
tamiento con movimientos de base urbana potencialmente revo- 
lucionarios. 

Pero en el caso chino esta evolución tiene una interesante de- 
rivada. La trayectoria del desarrollo desde el inicio de la liberali- 
zación en 1979 se basaba en la idea de que la descentralización es 
una de las mejores formas para ejercer un control centralizado. Se 
trataba pues de permitir a los gobiernos regionales y municipales, 
e incluso de los pueblecitos y barrios, buscar su propia mejora 
dentro de un marco de control centralizado y coordinaciones de 
mercado. Las iniciativas locales con más éxito servían de base para 
la formulación de los planes del gobierno central. 

Las noticias que llegan desde China sugieren que la transición 
del poder anticipada para 2012 afronta una alternativa compleja. 
La atención se centra en la ciudad de Chongqing, donde desde 
hace unos años se viene practicando una política supuestamente 
radical que se aparta de las basadas en el mercado retomando la 
redistribución socialista dirigida por el estado, empleando además 



103 



una retórica de inspiración maoísta*. Ese modelo ponía en primer 
plano «la cuestión de la pobreza y la desigualdad». El gobierno 
«encauzaba los beneficios obtenidos en el mercado por las empre- 
sas de propiedad estatal hacía proyectos socialistas tradicionales, 
utilizando sus ingresos para financiar la construcción de viviendas 
accesibles y estructuras de transporte». El plan de vivienda supo- 
nía en un «gigantesco programa de construcción» para «propor- 
cionar apartamentos baratos a una tercera parte de los 30 millones 
de residentes» en la ciudad y su área metropolitana. «El gobierno 
municipal espera construir veinte ciudades satélites, cada una con 
una población de 300.000 habitantes, de los que 50.000 vivirán en 
alojamientos subvencionados por el estado.» El propósito de este 
proceso enormemente ambicioso (contrario al consejo del Banco 
Mundial) era reducir las crecientes desigualdades sociales que han 
surgido durante las dos últimas décadas en toda China y servir de 
antídoto a los proyectos impulsados por promotores privados de 
comunidades de acceso restringido para los ricos; pero como con- 
trapartida acelera la desposesión de la tierra de los campesinos, a 
los que empuja a una urbanización forzada que también suscita el 
descontento y la protesta, que a su vez da lugar a una respuesta 
represiva cuando no autoritaria. 

Este retorno a a una agenda redistributiva socialista, utilizando 
al sector privado para finalidades públicas, ha proporcionado un 
modelo para el gobierno central, que planea construir 36 millones 
de alojamientos accesibles durante el quinquenio iniciado en 2010. 
De esta forma se propone resolver el problema de la absorción de 
capital excedente al mismo tiempo que ofrece una vía para urba- 
nizar a buena parte de la población rural, absorber el trabajo ex- 
cedente y (con suerte) disipar el descontento popular ofreciendo un 



* En marzo de 2012 el secretario del Partido Comunista Chino en 
Chongqing, Bo Xilai, fue apartado de su cargo y al mes siguiente fue expul- 
sado del Politburó a causa de la presunta implicación de su esposa en el 
asesinato de un hombre de negocios británico, con lo que se puso fin a la 
«desviación Chongqing». [N. del T.] 



104 



alojamiento razonablemente seguro a los menos privilegiados 52 . 
Detectamos ahí ecos de la política urbana en Estados Unidos des- 
pués de la Segunda Guerra Mundial: mantener el crecimiento 
económico ganándose a una población potencialmente desconten- 
ta mediante la seguridad en la vivienda. El reverso es el crecimien- 
to de una oposición a veces violenta a las necesarias expropiaciones 
de tierras (aunque los chinos parecen aceptar el eslogan maoísta de 
que «no se puede hacer una tortilla sin cascar los huevos»). 

Pero en otras regiones de China, en particular en las ciudades 
costeras y meridionales como Shenzhen, existe un modelo de de- 
sarrollo distinto basado en el mercado. Ahí la solución propuesta 
es muy diferente. Se pone mayor énfasis en la liberalización polí- 
tica y en lo que suena como una democracia urbana más burguesa, 
junto con una profundización de las iniciativas de mercado libre, 
aceptando la creciente desigualdad social como un coste necesa- 
rio del crecimiento económico y la competitividad. En este mo- 
mento parece todavía imposible predecir por qué vía optará el 
gobierno central. El punto clave es el papel de las iniciativas de 
base urbana en el impulso de unas u otras opciones de futuro; 
pero los medios para llegar a ese futuro parecen firmemente in- 
sertos en una alternativa polarizada entre estado y mercado. 

Los efectos de la urbanización de China durante las últimas dé- 
cadas han sido simplemente descomunales y han sacudido al mundo 
con sus consecuencias. La absorción en proyectos de urbanización 
de liquidez excedente y capital sobreacumulado, en un momento en 
el que parece difícil hallar otras oportunidades rentables, ha mante- 
nido ciertamente la acumulación de capital, no solo en China, sino 
en gran parte del resto del mundo durante los últimos años de crisis. 
Sigue sin estar claro sin embargo lo estable que pueda ser esa solu- 
ción. Las crecientes desigualdades sociales (China es ahora el tercer 
país del mundo en cuanto al número de milmillonarios en dólares), 
la degradación medioambiental (que hasta el gobierno chino admi- 



52 Peter Martin y David Cohén, «Socialism 3.0 in China», the-diplo- 
mat.com; Jamil Anderlini, «Fate of Real Estate is Global Concern». 



105 



te abiertamente), junto con múltiples signos de exceso y sobrevalo- 
ración de activos en el entorno construido, sugieren que el «mode- 
lo» chino no carece de serios problemas y que podría fácilmente 
dejar de ser el gran benefactor, para convertirse de la noche a la 
mañana en el vástago más problemático del desarrollo capitalista. 

Si este «modelo» fracasa, el futuro del capitalismo parece muy 
oscuro. Eso significaría que la única vía abierta sería atender más 
creativamente a la posibilidad de explorar alternativas anticapita- 
listas. Si la forma capitalista de urbanización está tan plenamente 
inserta en la reproducción del capitalismo y resulta fundamental 
para esta, eso significaría también que para cualquier intento de 
poner en pie una alternativa anticapitalista sería decisivo hallar 
formas alternativas de urbanización. 

La urbanización del capital 

La reproducción del capital pasa por los procesos de urbaniza- 
ción por múltiples vías; pero la urbanización del capital presupone 
la capacidad del poder de clase capitalista de dominar el proceso 
urbano. Esto implica la dominación de la clase capitalista, no solo 
sobre los aparatos de estado (en particular los aspectos del poder 
estatal que administran y gobiernan las condiciones sociales e infra- 
estructurales dentro de las estructuras territoriales), sino también 
sobre toda la población: su forma de vida así como su capacidad de 
trabajo, sus valores culturales y políticos así como sus concepciones 
del mundo. Ese nivel de control no se alcanza fácilmente, si es que 
llega a alcanzarse. La ciudad y los procesos urbanos que produce 
son por tanto importantes focos de la lucha política, social y de 
clase. Hasta ahora hemos examinado la dinámica de esa lucha desde 
el punto de vista del capital. Queda por tanto por examinar el pro- 
ceso urbano -sus aparatos y restricciones disciplinarias así como sus 
posibilidades emancipadoras y anticapitalistas- desde el punto de 
vista de todos los que intentan ganarse la vida y reproducir su coti- 
dianeidad en el seno de ese proceso urbano. 



106 



CAPÍTULO TRES 

La creación de bienes comunes urbanos 



La ciudad es el lugar donde se entremezcla gente de todo tipo 
y condición, incluso contra su voluntad o con intereses opuestos, 
compartiendo una vida en común, por efímera y cambiante que 
sea, que viene siendo desde hace mucho tiempo objeto de comen- 
tario por urbanistas de toda laya y tema sugestivo de innumera- 
bles representaciones y escritos (novelas, películas, vídeos y otros 
medios) que intentan captar su carácter (o el carácter particular 
de la vida en una ciudad concreta en determinado lugar y momen- 
to) y su significado más profundo; en la larga historia del utopis- 
mo urbano tenemos un registro de todos los intentos y aspiracio- 
nes humanas de convertir la ciudad en una imagen diferente, más 
adecuada «a nuestros deseos más profundos» como diría Robert 
Park. El reciente resurgimiento de la insistencia en la supuesta 
pérdida de la comunalidad urbana refleja el impacto aparente- 
mente profundo de la reciente oleada de privatizaciones, cerca- 
mientos, controles espaciales, actuaciones policiales y redes de 
vigilancia sobre las cualidades de la vida urbana en general, y en 
particular sobre la posibilidad de construir o inhibir nuevas rela- 
ciones sociales (nuevos bienes comunales) en el seno de un proce- 
so urbano influido, si no dominado, por los intereses de clase ca- 
pitalistas. Cuando Hardt y Negri, por ejemplo, argumentan que 
deberíamos ver «la metrópolis como una fábrica en la que se pro- 
duce el bien común», sugieren su potencialidad para la crítica y el 
activismo político anticapitalista. Al igual que el derecho a la ciu- 
dad, la idea suena sugestiva y fascinante, ¿pero qué podría signifi- 
car?, ¿y cómo se relaciona con la larga historia de discusiones y 
debates con respecto a la creación y utilización en común de de- 
terminados recursos? 



107 



He perdido la cuenta del número de veces que he visto citado 
el clásico artículo de Garrett Hardin sobre «La tragedia de los 
comunes» como un argumento irrefutable en favor de la mayor 
eficiencia de los derechos de propiedad privada con respecto al 
uso del suelo y otros recursos, y por tanto como una justificación 
irrebatible de su privatización 1 . Esa lectura errónea procede en 
parte de su apelación a la metáfora del ganado perteneciente a 
varios individuos deseosos de mr.ximizar sus beneficios individua- 
les, que pasta en una parcela de propiedad común. Cada uno de 
los propietarios gana al añadir más ganado, mientras que las con- 
siguientes pérdidas en fertilidad afectan a todos los usuarios, de 
forma que todos ellos siguen añadiendo ganado hasta que la tierra 
comunal pierde toda su productividad. Evidentemente, si el gana- 
do fuera también común esa metáfora no funcionaría. Esto mues- 
tra que el núcleo del problema es la propiedad privada del ganado 
y el comportamiento individual de maximización de la ganancia, 
no el carácter de propiedad común del recurso en cuestión; pero 
la preocupación fundamental de Hardin no era esa, sino el aumen- 
to de población. Temía que de la decisión individual de tener hijos 
condujera finalmente a la destrucción de los bienes comunes glo- 
bales y al agotamiento de todos los recursos (como argumentaba 
igualmente Malthus). La única solución, en su opinión, era una 
regulación autoritaria de la población 2 . 

Menciono este ejemplo para resaltar hasta qué punto el pensa- 
miento sobre los bienes comunes ha quedado muy a menudo en- 
cerrado en un conjunto muy estrecho de suposiciones, en buena 



1 Garrett Hardin, «The Tragedy of the Commons», Science 162 (1968), 
pp. 1, 243-248; B. McCay yj. Acheson (eds.), The Question of the Commons: 
The Culture and Ecology of Communal Resources, Tucson, University of Arizo- 
na Press, 1987. 

2 Sorprende cuántos analistas de izquierda entienden equivocadamente 
lo que argumenta Hardin a este respecto. Así, Massimo de Angelis, en The 
Beginning ofHtstory: Valué Struggles and Global Capital, Londres, Pluto Press, 
2007, p. 134, dice que «Hardin elaboró una justificación de la privatización 
de los espacios comunes basada en una supuesta necesidad natural». 



108 



medida derivado del ejemplo de los cercamientos de tierras que 
tuvieron lugar en Gran Bretaña desde finales del periodo medie- 
val. En consecuencia, ese pensamiento se ha polarizado con fre- 
cuencia entre las soluciones contrapuestas de la propiedad priva- 
da y la intervención autoritaria del estado. Desde una perspectiva 
política, toda la cuestión se ha visto ensombrecida por una reac- 
ción instintiva (entrelazada con grandes dosis de nostalgia de la 
supuesta economía moral de la acción común que acaso habría 
existido en el origen de los tiempos), bien a favor o -más frecuen- 
temente desde la izquierda- contra los cercamientos. 

Elinor Ostrom trata de desmontar algunas de esas presuncio- 
nes en su libro Governing tbe Commons i . Sistematiza las pruebas 
antropológicas, sociológicas e históricas que demostraron hace 
tiempo que si los ganaderos hablaban entre sí (o tenían reglas 
culturales sobre la compartición) podían resolver fácilmente cual- 
quier problema surgido en el uso de los bienes comunes. Muestra 
a partir de innumerables ejemplos que los individuos pueden ima- 
ginar -y a menudo lo hacen- formas colectivas muy ingeniosas y 
sensatas para gestionar los recursos de propiedad común en bene- 
ficio de todos y cada uno de ellos. Su propósito era dilucidar por 
qué en algunos casos conseguían hacerlo y cuáles eran las circuns- 
tancias que se lo impedían en otras. Sus estudios «sacuden las con- 
vicciones de muchos analistas políticos de que la única forma de 
resolver problemas de recursos compartidos es que autoridades 
externas impongan los derechos plenos de propiedad privada o 
una regulación centralizada» y muestran, por el contrario, «com- 
plejas mezclas de dispositivos públicos y privados». Armada con 
esa conclusión, Ostrom pudo cuestionar la ortodoxia económica 
incapaz de ver más allá de una opción dicotómica entre estado y 
mercado. 

Pero la mayoría de sus ejemplos solo afectaban a un centenar 
como mucho de propietarios. Si se superaba esa cifra (el mayor 



3 Elinor Ostrom, Governing tbe Commons: Tbe Evolution of Institutions for 
Collective Action, Cambridge, Cambridge University Press, 1 990. 



109 



caso citado era de unas 15.000 personas) la toma de decisiones 
requería una estructura «anidada», ya que la negociación directa 
entre todos los individuos era imposible. Esto implica que para 
resolver problemas a gran escala como el calentamiento global se 
necesitan formas de organización anidadas y por tanto en algún 
sentido «jerárquicas»; ahora bien, el término «jerarquía» es ana- 
tema en el pensamiento convencional (Ostrom lo evita), y extre- 
madamente impopular en gran parte de la izquierda actual. La 
única forma de organización políticamente correcta en muchos 
círculos radicales es no-estatal, no-jerárquica y horizontal. Para 
evitar la conclusión de que podrían ser necesarios algún tipo de 
dispositivos jerárquicos anidados se suele eludir la cuestión de la 
eventual gestión de los bienes comunes a gran escala, necesaria- 
mente diferente de las escalas pequeñas y locales (por ejemplo, el 
problema de la población global que preocupaba a Hardin). 

Se da pues claramente un «problema de escala» analíticamen- 
te difícil que exige (pero no recibe) una evaluación cuidadosa. Las 
posibilidades de una gestión sensata de los recursos de propiedad 
común a determinada escala (como el agua compartida por un 
centenar de granjeros en la pequeña cuenca de un río) no se pue- 
den trasladar por las buenas a problemas como el calentamiento 
global, ni siquiera a la difusión regional de lluvias ácidas contami- 
nadas por las centrales energéticas. Cuando «saltamos escalas» 
(como les gusta decir a los geógrafos), toda la naturaleza del pro- 
blema de los bienes comunes y las posibilidades de encontrar una 
solución cambian espectacularmente 4 . Lo que parece una vía ade- 
cuada para resolverlos a una escala no lo es a otra. Y aún peor, 
soluciones patentemente buenas a una escala (digamos, «local») 
no se suman (o se encadenan) necesariamente para constituir bue- 
nas soluciones a otra escala (la global, por ejemplo). Por eso es tan 
equívoca la metáfora de Hardin: utiliza como ejemplo el funcio- 
namiento del capital privado en unos pastos comunes para expli- 



4 Eric Sheppard y Robert McMaster (eds.), Scale and Geographk Inquiry, 
Oxford, Blackwell, 2004. 



110 



car un problema global, como si no hubiera ningún problema en 
el cambio de escala. 

También es por eso, dicho sea de paso, por lo que las valiosas 
lecciones obtenidas en la organización colectiva de la solidaridad 
económica a pequeña escala sobre la base de la propiedad común 
no se pueden convertir en soluciones globales sin recurrir a formas 
organizativas «anidadas» y por tanto jerárquicas. Desgraciada- 
mente, como ya hemos señalado, la idea de jerarquía es anatema 
en la actualidad para muchos sectores de la izquierda anticapita- 
lista. Con demasiada frecuencia el fetichismo de una forma orga- 
nizativa (la pura horizontalidad, digamos) dificulta la posibilidad 
de explorar soluciones apropiadas y eficaces 5 . Para dejarlo claro, 
no estoy diciendo que la horizontalidad sea mala -de hecho, creo 
que es un objetivo excelente-, sino que deberíamos reconocer sus 
límites como principio organizativo cardinal y estar preparados 
para trascenderlo cuando sea necesario. 

Existe también mucha confusión con respecto a las relaciones 
entre los bienes comunes y los supuestos males del cercamiento. A 
gran escala (y en particular a escala planetaria), algún tipo de cer- 
camiento es a menudo el mejor modo de preservar ciertos bienes 
comunes muy valorados. Esto puede sonar como una afirmación 
contradictoria (y lo es), pero refleja una situación realmente con- 
tradictoria. En la Amazonia, por ejemplo, se precisará un acto dra- 
coniano de cercamiento para proteger tanto la biodiversidad como 



5 Un teórico anarquista que sí se toma este problema en serio es Murray 
Bookchin, en Remaking Society: Patbways to a Green Future, Boston, South 
End Press, 1990; y Urbanization without Cities: The Rise and Decline of Citi- 
zenship, Montreal, Black Rose Books, 1992. Marina Sitrin, Horizontalism: 
Voices of Popular Power tn Argentina, Oakland, AK Press, 2006, ofrece una 
emotiva defensa del pensamiento antijerárquico. Véase también Sara Motta 
y Alf Gunvald Nilson, Social Movements in the Global South: Dispossession, 
Development and Resistance, Basingstoke, Hants, Palgrave Macmillan, 2011. 
Un importante teórico de esa corriente antijerárquica hegemónica en la iz- 
quierda es John Holloway, Change the World without Taking Power, Londres, 
Pluto Press, 2002 [ed. cast.: Cambiar el mundo sin tomar el poder, Barcelona, 
Viejo Topo, 2009]. 



111 



las culturas de las poblaciones indígenas que forman parte de nues- 
tros bienes comunes naturales y culturales. Se requerirá casi con 
seguridad la autoridad estatal para proteger esos bienes comunes 
contra la democracia hipócrita de los intereses económicos a corto 
plazo que destruyen la tierra con plantaciones de soja y cría de 
ganado. Así pues, no se pueden rechazar por principio todas las 
formas de cercamiento. La producción y cercamiento de espa- 
cios no mercantilizados en un mundo despiadadamente mercan- 
tilizador es sin duda buena; pero en el caso señalado puede haber 
otro problema: expulsar a las poblaciones indígenas de sus bosques 
(como a menudo defiende el Fondo Mundial para la Naturaleza) 
puede considerarse necesario para preservar la biodiversidad. Pue- 
de resultar necesario proteger un bien común a expensas de otro. 
Cuando se veda una reserva natural, se niega el acceso público a 
ella. Es peligroso, no obstante, suponer que la mejor forma de 
preservar algún tipo de bien común es denegar otro. Los planes 
conjuntos de gestión forestal, por ejemplo, ofrecen muchas prue- 
bas de que el objetivo dual de mejorar el hábitat y la conservación 
de los bosques al mismo tiempo que se mantiene el acceso de sus 
usuarios tradicionales a sus recursos, suele acabar beneficiando a 
ambos. La idea de proteger los bienes comunes mediante el cerca- 
miento no se aborda con facilidad, sin embargo, por muy necesaria 
que sea su exploración activa como estrategia anticapitalista; de 
hecho, cuando la izquierda demanda cierto tipo de «autonomía 
local», lo que pretende es cierto tipo de cercamiento. 

Debemos pues concluir que las cuestiones de los bienes comu- 
nes son contradictorias y que por eso siempre hay disputas sobre 
ellas, bajo las que suele haber intereses sociales y políticos en con- 
flicto. De hecho, como ha señalado Jacques Ranciére, la «la polí- 
tica es la esfera de actividad de un bien común que siempre será 
contencioso» 6 . A fin de cuentas, al analista solo le queda por de- 



6 Jacques Ranciére, citado en Michael Hardt y Antonio Negri, Com- 
monwealtb, Cambridge, Harvard University Press, 2009, p. 350 [ed. cast.: 
Commomvealth. El proyecto de una revolución del común, Madrid, Akal, 2011]. 



112 



cidir algo muy simple: ¿De qué lado está, qué intereses comunes 
pretende proteger y con qué medios? 

En estos últimos tiempos, por ejemplo, los ricos tienen la cos- 
tumbre de encerrarse en comunidades de acceso restringido que 
definen cierto tipo de bien común exclusivo, no muy distinto, en 
principio, del agua que se reparten cincuenta usuarios de una 
cuenca sin atender a nadie ajeno a su comunidad. Esos ricos tie- 
nen además la desfachatez de presentar sus espacios urbanos ex- 
cluyentes como los bienes comunes tradicionales de un villorrio, 
tal como sucede en el caso de Kierland Commons en Phoenix, 
Arizona, descrito como «un pueblecito con espacio para el peque- 
ño comercio, restaurantes, oficinas, etcétera» 7 . Los grupos radi- 
cales pueden también adueñarse de espacios (a veces mediante el 
ejercicio de derechos de propiedad privada, como cuando com- 
pran colectivamente un edificio para utilizarlo con un propósito 
progresista) desde los que pueden promover una política o acción 
común; o pueden crear una comuna o un soviet en cierto espacio 
protegido. Las «case del popólo» políticamente activas que Mar- 
garet Kohn califica como decisivas para la acción política a prin- 
cipios del siglo XX en Italia eran exactamente de ese tipo 8 . No 
todas las formas de bien común suponen un acceso abierto. Algu- 
nos (como el aire que respiramos) sí lo son, mientras que otros 
(como las calles de nuestras ciudades) son en principio abiertos, 
pero regulados, vigilados y hasta gestionados privadamente como 
distritos para el fomento de negocios. Y también hay otros (como 
la distribución del agua controlada por cincuenta granjeros) que 
desde un principio competen exclusivamente a un grupo social 
particular. La mayoría de los ejemplos de Ostrom en su primer 
libro eran de este último tipo. Además, en sus estudios iniciales 



7 Elizabeth Blackmar, «Appropriating "the Common": The Tragedy of 
Property Rights Discourse», en Setha Low y Neil Smith (eds.), The Politics 
of Public Space, Nueva York, Routledge, 2006. 

8 Margaret Kohn, Radical Space: Building the House of the People, Ithaca, 
Cornell University Press, 2003. 



113 



limitó su investigación a los recursos llamados «naturales» tales 
como la tierra, los bosques, el agua, bancos de peces y otros pare- 
cidos (digo «llamados» porque todos los recursos corresponden a 
valoraciones tecnológicas, económicas y culturales, y por tanto 
están socialmente definidos). 

Ostrom, junto con muchos colegas y colaboradores, examinó 
más adelante otros tipos de bienes comunes, tales como los mate- 
riales genéticos, el conocimiento, bienes culturales y otros por el 
estilo. Esos bienes comunes se están viendo también sometidos 
actualmente a la mercantilización y el cercamiento. Los bienes 
comunes culturales son mercantilizados (y a menudo expurgados) 
por un sector de la «industria del patrimonio» [Robert Hewison] 
muy dado a la disneyficación. Los derechos de propiedad intelec- 
tual y de patente sobre materiales genéticos y más en general so- 
bre el conocimiento científico constituyen uno de los temas más 
controvertidos de nuestros días. Cuando las editoriales cobran 
por acceder a los artículos de las revistas científicas y técnicas que 
publican, se evidencia el problema del acceso a lo que debería ser 
un conocimiento compartido y abierto a todos. Durante los últi- 
mos veinte años o así ha habido una explosión de estudios y pro- 
puestas prácticas, así como feroces luchas legales, sobre la crea- 
ción de un conocimiento común accesible a todos 9 . 

Los bienes comunes culturales e intelectuales de este último 
tipo no están sometidos a la lógica de la escasez o a los usos exclu- 
yentes que se aplican a la mayoría de los recursos naturales. Todos 
podemos escuchar al mismo tiempo la misma emisora de radio o 
sintonizar un canal de televisión sin menoscabarlo. Los bienes 
comunes culturales, dicen Hardty Negri, «son dinámicos e inclu- 
yen tanto el producto del trabajo como los medios para su futura 
producción. Esos bienes comunes son no solo la tierra que com- 
partimos sino también las lenguas que creamos, las prácticas so- 
ciales que establecemos, los modos sociales que definen nuestras 



9 Charlotte Hess y Elinor Ostrom, Understandtng Knowledge as a Com- 
mons: From Theory to Practtce, Cambridge, MIT Press, 2006. 



114 



relaciones, etcétera». Se construyen a lo largo del tiempo y en 
principio están abiertos a todos 10 . 

Las cualidades humanas de la ciudad surgen de nuestras prác- 
ticas en sus diversos espacios, aunque estos estén sometidos a los 
cercamientos, al control social y a la apropiación por intereses 
privados y públicos/estatales. Existe una importante distinción al 
respecto entre espacios y bienes públicos, por un lado, y los co- 
munes por otro. Los espacios y bienes públicos urbanos han sido 
siempre objeto del poder estatal y la administración pública, y 
tales espacios y bienes no constituyen necesariamente un bien 
común. A lo largo de la historia de la urbanización, el cuidado de 
espacios y bienes públicos (como el tratamiento de aguas resi- 
duales y de residuos sólidos, la sanidad pública, la educación y 
otros parecidos) por medios públicos o privados ha sido crucial 
para el desarrollo capitalista". En la medida en que las ciudades 
han sido un marco privilegiado para los conflictos de intereses y 
luchas de clases, los administradores urbanos se han visto a me- 
nudo obligados a suministrar bienes públicos (tales como aloja- 
mientos accesibles, cuidados sanitarios, educación, pavimentación 
de las calles, alcantarillado y agua) a una clase obrera urbanizada. 
Aunque esos espacios y bienes públicos contribuyen poderosa- 
mente a las cualidades del bien común, su apropiación requiere 
una acción política por parte de los ciudadanos y el pueblo. La 
educación pública se convierte en un bien común cuando las 
fuerzas sociales se apropian de ella y la protegen y mejoran para 
su beneficio mutuo (¡tres hurras para el PTA!). Las plazas Syn- 
tagma en Atenas, Tahrir en El Cairo y de Catalunya en Barcelona 
eran espacios públicos que se convirtieron en un bien común ur- 
bano cuando la gente se reunió allí para expresar sus opiniones 
políticas y proclamar sus reivindicaciones. La calle es un espacio 
público transformado con frecuencia por la acción social en un 



10 Michael Hardt y Antonio Negri, Commonwealth, cit., pp. 137-139. 

11 Martin Melosi, The Sanhary City: Urban Infrastructure in America, 
from Colonial Times to the Present, Baltimore, Johns Hopkins, 1999. 



115 



bien común del movimiento revolucionario, así como lugar oca- 
sional de su represión sangrienta 12 . Siempre ha habido una lucha 
sobre la producción y la regulación del acceso al espacio y los 
bienes públicos, a cargo de quiénes debe estar y en beneficio de 
quién. La lucha por apropiarse de los espacios y bienes públicos 
en la ciudad para un objetivo común sigue en marcha; pero a fin 
de alcanzarlo con frecuencia es vital proteger el flujo de bienes 
públicos que subyacen bajo las cualidades de los comunes. A me- 
dida que la política neoliberal reduce la financiación de bienes 
públicos, también mengua el bien común disponible, obligando 
a los grupos sociales a buscar otras vías para mantener cada bien 
común (por ejemplo, la educación). 

Los bienes comunes no deben considerarse pues como un tipo 
particular de cosas o activos y ni siquiera de procesos sociales, 
sino como una relación social inestable y maleable entre cierto 
grupo social autodefinido y los aspectos de su entorno social y/o 
físico, existente o por ser creado, considerada sustancial para su 
vida y pervivencia. De hecho, existe una práctica social de comu- 
nalización, que produce o establece una relación social con deter- 
minado bien común cuyos usos, o bien quedan restringidos a cier- 
to grupo social, o están parcial o plenamente abiertos a todos. En 
el núcleo de la práctica de comunalización se halla el principio de 
que la relación entre el grupo social y el aspecto del entorno con- 
siderado como bien común será a la vez colectiva y no mercanti- 
lizada, quedando fuera de los límites de la lógica del intercambio 
y las valoraciones de mercado. Este último punto es crucial, por- 
que ayuda a distinguir entre bienes públicos interpretados como 
gastos productivos del estado, y bienes comunes creados o usados 
de una forma y con un propósito totalmente diferentes, aun cuan- 
do acaben aumentando indirectamente la riqueza e ingresos del 
grupo social con acceso a ellos. Un huerto común puede verse así 



12 Anthony Vidler, «The Scenes of the Street: Transformations in Ideal 
and Reality, 1750-1871», en Stanford Anderson, On Streets: Streets as Ele- 
mente ofUrban Structure, Cambridge, MIT Press, 1978. 



116 



como algo bueno en sí mismo, sea cual sea el alimento que se 
produce allí, incluso si parte de él se vende en el mercado. 

Evidentemente, distintos grupos sociales pueden emprender 
la práctica de la comunalización por muchas razones diferentes. 
Esto nos lleva de nuevo a la cuestión fundamental de qué grupos 
sociales deben ser apoyados y cuáles no en el curso de las luchas 
de comunalización. Los ultrarricos, después de todo, defienden 
con tanta ferocidad como cualquiera sus bienes comunales resi- 
denciales y disponen de mucha más influencia y potencia de fuego 
para crearlos y protegerlos. 

Con los bienes comunes, incluso -y particularmente- cuando 
no pueden ser vedados, siempre se puede hacer negocio, aunque 
no sean de por sí una mercancía. El ambiente y atractivo de una 
ciudad, por ejemplo, es un producto colectivo de sus ciudadanos, 
pero es el sector turístico el que capitaliza comercialmente ese 
bien común y extrae de él rentas de monopolio (véase el capítulo 
4). En sus actividades y sus luchas cotidianas, los individuos y los 
grupos sociales crean el mundo social urbano, un marco común 
que todos pueden habitar. Aunque ese bien común culturalmente 
creativo no puede ser destruido por el uso, si puede ser degradado 
y banalizado por un empleo desmedido. Las calles congestionadas 
por el tráfico hacen ese espacio público particular casi inútil hasta 
para los conductores, por no hablar de viandantes y manifestan- 
tes, llegándose en cierto momento a imponer tasas a la circulación 
en un intento de restringir su uso para que puedan funcionar más 
eficientemente. Este tipo de espacios urbanos no constituyen un 
bien común. Antes de verse inundadas de automóviles, no obstan- 
te, las calles sí solían serlo, como lugar de socialidad popular y de 
juego para los niños (soy lo bastante mayor como para recordar 
que era allí donde jugábamos siempre). Pero ese tipo de bien co- 
mún fue destruido y se convirtió en un espacio público dominado 
por el advenimiento del automóvil (lo que suscitó intentos de las 
administraciones urbanas de recuperar algunos aspectos de un pa- 
sado común «más civilizado» disponiendo calles cerradas al tráfi- 
co, cafés en las aceras, carriles-bici, miniparques como espacios de 



117 



juego y cosas parecidas). Tales intentos de crear nuevos tipos de 
bienes comunes urbanos pueden verse no obstante fácilmente ca- 
pitalizados, e incluso ser diseñados precisamente con ese propósi- 
to. Los parques urbanos casi siempre incrementan el precio de los 
inmuebles cercanos en las áreas circundantes (con tal, por supuesto, 
de que el espacio público del parque quede regulado y patrullado 
para mantener alejados a los pandilleros y traficantes de drogas). 
La High Line recientemente rediseñada en la ciudad de Nueva 
York ha tenido un enorme impacto en ese sentido, negando la po- 
sibilidad de un alojamiento accesible en la zona a la mayoría de 
los ciudadanos en virtud del rápido aumento de los alquileres. La 
creación de este tipo de espacio público mengua radicalmente en 
lugar de aumentar la potencialidad de un bien común para todos, 
excepto para los más ricos. 

El auténtico problema a este respecto, como en la moraleja 
original de Hardin, no es el de los bienes comunes en sí, sino el de 
la incapacidad de los derechos de propiedad privada individuali- 
zada para satisfacer los intereses comunes tal como se supone que 
deberían hacerlo. ¿Por qué no nos centramos pues en la propie- 
dad individual del ganado y el propósito individual de maximizar 
los beneficios, en lugar de plantear como problema básico a resol- 
ver el del pasto común? Después de todo, la justificación liberal 
de los derechos de propiedad privada es que deberían servir para 
maximizar el bien común al integrarse socialmente mediante las 
instituciones del intercambio justo y el mercado libre. Los intere- 
ses privados en competencia, en un marco de fuerte poder del 
estado, debían dar lugar, según Hobbes, a una riqueza común 
[commonwealth]. Esa misma doctrina, elaborada con más detalle 
por teóricos liberales como John Locke y Adam Smith, sigue sien- 
do predicada hoy día, aunque en el discurso teórico se disimule 
ahora la necesidad del estado fuerte que sigue aplicándose en la 
práctica sin contemplaciones. La solución para el problema de 
la pobreza global, según nos asegura el Banco Mundial (recu- 
rriendo insistentemente a las teorías de Soto), serían los derechos 
de propiedad privada para todos los habitantes de los barrios y 



118 



poblados chabolistas y su acceso a las microfinanzas (que precisa- 
mente proporcionan jugosos beneficios a los grandes financieros 
del mundo sin evitar que algunos de los microfinanciados acaben 
suicidándose como única vía de escape de la esclavitud por deu- 
das) 13 . Sin embargo, prevalece el mito: una vez que se liberen 
como una fuerza de la naturaleza los instintos empresariales in- 
trínsecos de los pobres, se dice, todos seremos felices y el proble- 
ma de la pobreza crónica desaparecerá, aumentando la riqueza 
común. Este era también el argumento enarbolado en apoyo del 
movimiento original de los cercamientos en Gran Bretaña desde 
finales de la Edad Media; y no estaba totalmente equivocado. 

Para Locke, la propiedad individual es un derecho natural que 
surge cuando los individuos crean valor combinando su trabajo 
con la tierra. Los frutos de su trabajo les pertenecen a ellos y solo 
a ellos. Esta era la esencia de su versión de la teoría del valor ba- 
sado en el trabajo 14 . El intercambio de mercado socializa ese de- 
recho cuando cada individuo recibe el valor de lo que ha creado al 
intercambiarlo por algo equivalente [del mismo valor] creado por 
otro. Así los individuos mantienen, extienden y socializan su de- 
recho de propiedad privada mediante la creación de valor y un 
intercambio de mercado supuestamente libre y justo, y así es, de- 
cía Adam Smith, como se crea más fácilmente la riqueza de las 
naciones y se sirve mejor al bien común. Y no estaba del todo 
equivocado. 

Pero un supuesto básico de esa teoría es que los mercados pue- 
den ser libres y justos, y la economía política clásica asignaba al 
estado la tarea de intervenir para que así fuera (al menos eso es lo 
que Adam Smith aconsejaba a los estadistas). Pero la teoría de 
Locke también tema un corolario un tanto displicente, y era que 



' 3 World Development Report 2009: Resbaping Economic Geograpby, Was- 
hington DC, World Bank, 2009; Ananya Roy, Poverty Capital: Microfinance 
and tbe Makingof Development, Nueva York, Routledge, 2010. 

14 Ronald Meek, Studiesin tbe Labour Theory of Valué, Nueva York, Mon- 
thly Review Press, 1989. 



119 



los individuos que no producen valor no pueden reclamar propie- 
dad alguna. La desposesión de las poblaciones indígenas de Amé- 
rica por colonos «productivos» se justificaba sosteniendo que esas 
poblaciones no producían valor 15 . 

¿Y qué decía Marx de todo esto? En los capítulos iniciales de El 
Capital aceptaba la ficción lockeana (aunque cargándola de ironía 
cuando, por ejemplo, asumía el extraño papel del mito de Robin- 
son Crusoe en el pensamiento político-económico, según el cual 
alguien arrojado a un «estado de naturaleza» actuaría instintiva- 
mente como un auténtico empresario británico) 16 . Pero cuando 
Marx explica cómo la fuerza de trabajo se convierte en una mer- 
cancía individualizada que se compra y se vende en un «mercado 
libre y justo», desenmascara implacablemente esa ficción lockeana 
para presentarnos su realidad subyacente: un sistema basado en la 
igualdad del valor de cambio produce plusvalor para el propietario 
capitalista de los medios de producción mediante la explotación 
del trabajo vivo en la producción (no en el mercado, donde pueden 
prevalecer los derechos burgueses constitucionales). 

La formulación lockeana se ve aún más espectacularmente 
desmantelada cuando Marx aborda la cuestión del trabajo colecti- 
vo. En un mundo en el que los artesanos individuales, disponien- 
do de sus propios medios de producción, pudieran intercambiar 
libremente sus productos en mercados relativamente libres, esa 
ficción lo podría quizá sostenerse; pero el ascenso del sistema fa- 
bril desde finales del siglo xvm -argumentaba Marx- dejaba ob- 
soletas las formulaciones teóricas de Locke, aun si no lo hubieran 
sido de entrada. En la fabrica el trabajo se organiza colectivamen- 
te. En caso de que de esa forma de trabajo pudiera derivar algún 
derecho de propiedad, tendría que ser un derecho de propiedad 
colectiva o asociada y no individual. La definición del trabajo pro- 
ductor de valor que fundamenta la teoría de Locke de la propie- 



15 Ellen Meiksins Wood, Empire of Capital, Londres, Verso, 2005. 

16 Karl Marx, El Capital, Volumen 1, tomo 1, 1.4, Madrid, Akal, 2000, 
pp. 108-109. 



120 



dad privada, deja de cumplirse para el individuo y se desplaza al 
trabajador colectivo. De ahí debería derivar el comunismo, basa- 
do en «una asociación de hombres libres que trabajan con medios 
de producción comunes y gastan conscientemente sus diversas 
fuerzas de trabajo individuales como una única fuerza de trabajo 
común» 17 . Marx no defiende la propiedad estatal, sino alguna for- 
ma de propiedad que corresponda al trabajador colectivo que pro- 
duce para el bien común. 

La acreditación de ese tipo de propiedad podría derivarse del 
propio argumento de Locke sobre la producción de valor, dándo- 
le la vuelta. Supongamos, dice Marx, que un capitalista comienza 
a producir con un capital de 1.000 libras y que en el primer año 
obtiene 200 libras de plusvalor, resultante de la combinación del 
trabajo de sus obreros con la tierra y otros medios, y luego usa ese 
excedente para su consumo personal. Al cabo de cinco años las 
1.000 libras iniciales deberían pertenecer a los trabajadores, ya 
que son ellos los que han combinado su trabajo con la tierra, 
mientras que el capitalista ha consumido toda su riqueza origi- 
nal 18 . Según la lógica de Locke debería, al igual que las poblacio- 
nes indígenas de América, perder todos sus derechos, ya que él 
mismo no ha producido ningún valor. 

Aunque esa idea pueda sonar escandalosa, es la que subyacía 
bajo el plan Rehn-Meidner sueco propuesto inicialmente en 1951 
y adoptado decenio y medio después por los sindicatos y el Parti- 
do Socialdemócrata sueco 19 . El dinero recaudado mediante un 
impuesto sobre los beneficios empresariales, a cambio de la con- 
tención salarial aceptada por los sindicatos, debía depositarse en 
un fondo controlado por los trabajadores, que invertiría en las 
empresas aumentando poco a poco su participación en el capital 



17 Ibid., p. 110. 

18 Ibid., Volumen 1, tomo 3, cap. XXI «Reproducción simple», Madrid, 
Akal, 2000, p. 13. 

19 Robin Blackburn, «Rudolph Meidner, 1914-2005: A Visionary Prag- 
matist», Counterpunch, 22 de diciembre de 2005. 



social de estas hasta que quedaran bajo el control común de los 
trabajadores asociados. El capital se resistió a esta idea con todas 
sus fuerzas y nunca llegó a desarrollarse plenamente, pero se de- 
bería reconsiderar. La conclusión central es que el trabajo colec- 
tivo que produce valor debe dar lugar a derechos de propiedad 
colectiva, no individual. El valor -el tiempo de trabajo socialmen- 
te necesario para la producción de cualquier artículo o servicio- 
es ahora el bien común de los capitalistas representado por el di- 
nero, el equivalente universal en el que se mide la riqueza común. 
Los bienes comunes no son, por tanto, algo que existió en otro 
tiempo y que se perdió, sino algo que se sigue produciendo con- 
tinuamente, como los bienes comunes urbanos. El problema es 
que también siguen siendo continuamente expropiados por el ca- 
pital en su forma mercantilizada y monetizada, aunque sigan sien- 
do producidos continuamente por el trabajo colectivo. 

El medio principal mediante el que se produce esa expropia- 
ción en el contexto urbano es por supuesto la extracción de rentas 
del suelo y los inmuebles 20 . Un grupo comunitario que lucha por 
mantener la diversidad étnica en su barrio y se esfuerza por pro- 
tegerlo frente a la gentrificación puede encontrarse de repente 
con que los precios (e impuestos) de sus propiedades aumentan a 
medida que los agentes de la propiedad inmobiliaria ofrecen a los 
ricos el «carácter» multicultural, animado y diverso de su barrio. 
Una vez que el mercado ha culminado su labor destructiva, resul- 
ta no solo que los residentes originales se han visto desposeídos de 
ese bien común que habían creado (viéndose a menudo expulsa- 
dos de él por el aumento de los alquileres y de los impuestos sobre 
la propiedad), sino que el propio bien común se degrada hasta ser 
irreconocible. La revitalización del entorno mediante la gentrifi- 
cación del sur de Baltimore disipó una vida callejera muy entrete- 
nida, sobre todo cuando el buen tiempo animaba a la gente a sen- 
tarse desde el atardecer en sus porches a charlar con los vecinos, 



20 Hardt y Negri han resucitado recientemente el interés general por 
esta importante idea {Commonwealth, cit., p. 258). 



122 



reemplazándola por casas con aire acondicionado y puertas blin- 
dadas a prueba de ladrones, con un BMW aparcado fuera y una 
terraza en la azotea, pero donde las calles habían quedado vacías. 
La revitalización significó en este caso desvitalización, al menos 
en opinión de los antiguos vecinos. Ese es el destino que amenaza 
ahora a lugares como Christiania en Copenhague, el distrito de 
St. Pauli de Hamburgo o Willamsburg y DUMBO en la ciudad 
de Nueva York, donde ya destruyó antes el distrito del SoHo. 

Esta es seguramente una explicación mucho mejor de la auténti- 
ca tragedia de los bienes comunes urbanos en nuestra época. Quie- 
nes crean un entorno vital interesante y estimulante lo pierden ante 
las prácticas depredadoras de los promotores inmobiliarios, los fi- 
nancieros y los consumidores de clase alta carentes de imaginación 
social urbana. Cuanto mejores son las cualidades comunes que crea 
un grupo social, más probable es que se vea asaltado y caiga bajo el 
ímpetu de intereses privados sedientos de beneficio. 

Pero hay otra cuestión analítica a observar. El trabajo colectivo 
del que se ocupó Marx se localizaba en su mayor parte en las fá- 
bricas. ¿Pero qué pasa si ampliamos esa concepción para pensar, 
como sugieren Hardt y Negri, que es la metrópolis la que ahora 
constituye un vasto bien común producido por el trabajo colecti- 
vo realizado en y sobre la ciudad? El derecho a utilizar ese bien 
común debe reconocerse sin duda a todos los que han participado 
en su producción y esta es, evidentemente, la base para la reivin- 
dicación del derecho a la ciudad por parte de los colectivos que la 
han creado. La lucha por el derecho a la ciudad se enfrenta a los 
poderes del capital que se nutre despiadadamente de las rentas 
derivadas de la vida en común que otros han producido. Esto nos 
recuerda que el problema real reside en el carácter privado de los 
derechos de propiedad y el poder que estos confieren a apropiar- 
se, no solo del trabajo, sino también del producto colectivo de 
otros. Dicho de otro modo, el problema no es el bien común en 
sí, sino las relaciones entre quienes lo producen o mejoran a di- 
versas escalas y quienes se apropian de él para su beneficio priva- 
do. Gran parte de la corrupción en que se enfanga la política ur- 



123 



baña tiene que ver con la asignación de recursos en inversiones 
públicas para producir algo que parece un bien común pero que 
engorda las ganancias en bienes privados de unos cuantos propie- 
tarios privilegiados. La distinción entre bienes públicos y bienes 
comunes urbanos es a la vez fluida y peligrosamente porosa. ¿Con 
cuánta frecuencia subvenciona el estado proyectos de desarrollo 
en nombre del interés común, cuando los auténticos beneficiarios 
son unos pocos propietarios de tierras, financieros y promotores? 

¿Cómo se producen, organizan, utilizan y apropian los bienes 
comunes urbanos en toda un área metropolitana? Está relativa- 
mente claro cómo podría funcionar la comunalización a nivel lo- 
cal; solo precisa cierta combinación de iniciativa individual y pri- 
vada para organizar y captar efectos de exterioridad al tiempo que 
sitúa algunos aspectos del entorno fuera del alcance del mercado. 
La administración local interviene mediante regulaciones, códi- 
gos, estándares e inversiones públicas, junto con la organización 
formal e informal del entorno (por ejemplo, una asociación co- 
munal que puede ser o no políticamente activa y militante, depen- 
diendo de las circunstancias). Hay muchos casos en los que las 
estrategias y cercamientos territoriales en el medio urbano pue- 
den convertirse en un vehículo para que la izquierda política pro- 
mueva su causa. Los organizadores del trabajo precario y de bajos 
ingresos en Baltimore declararon toda el área Inner Harbor «zona 
de derechos humanos protegidos» -una especie de bien común- 
en la que todo trabajador debía recibir un salario mínimo vital. La 
federación de asociaciones de vecinos de El Alto, junto a La Paz, 
se convirtió en una de las bases clave de las rebeliones de 2003 y 
2005, en las que toda la ciudad se movilizó colectivamente con- 
tra las formas dominantes de poder político 21 . El «cercamiento» 



21 United Workers Organization and National Economic and Social 
Rights Initiative, Hidden in Plain Sight: Workers at Baltimore's Inner Harbor 
and the Struggle for Fair Development, Baltimore y Nueva York, 2011; Sian 
Lazar, El Alto, Rebel City: Self and Citizenship in Andean Bolivia, Durham, 
Duke University Press, 2010. 



124 



puede servir así como medio transitorio para obtener un propósi- 
to político común. 

Sigue cumpliéndose pese a todo el resultado general que des- 
cribía Marx: el capital, obligado por las leyes irrefragables de la 
competencia a maximizar beneficios (rentabilidad) -como los pro- 
pietarios de ganado en el cuento de Hardin-, induce 

progreso en el arte, no solo de robar al obrero, sino también de es- 
quilmar la tierra; cada paso que se da en el incremento de su fertili- 
dad durante un periodo determinado tiende a arruinar las fuentes de 
esa misma fertilidad a más largo plazo. Cuanto más se basa la econo- 
mía de un país en la industria a gran escala como fundamento de su 
desarrollo, como en el caso de Estados Unidos, más rápido es ese 
proceso de destrucción. La producción capitalista, por tanto, desa- 
rrolla las técnicas y el grado de combinación del proceso social de 
producción al tiempo que socava las fuentes originarias de toda ri- 
queza, la tierra y el trabajador 22 . 

La urbanización capitalista tiende perpetuamente a destruir la 
ciudad como bien común social, político y vital. 

Esta «tragedia» es similar a la que describe Hardin, pero la 
lógica de la que brota es totalmente diferente. La acumulación 
individualizada de capital, si se deja sin regulación, amenaza perpe- 
tuamente destruir los dos recursos básicos de la propiedad común 
que subyacen bajo todas las formas de producción: el trabajador y 
la tierra. Pero la tierra que ahora habitamos es un producto del 
trabajo humano colectivo. La urbanización no es sino la produc- 
ción continua de un bien común urbano (o su sombra de espacios 
y bienes públicos) y su perpetua apropiación y destrucción por 
intereses privados. Y cuando la acumulación de capital se produce 
con una tasa de crecimiento compuesto (el nivel satisfactorio mí- 
nimo suele rondar el 3 por 100), también aumentan en escala e 



22 Karl Marx, El Capital, Volumen 1, tomo 2, XIII. 10, Madrid, Akal, 
2000, pp. 251-252. 



125 



intensidad con el tiempo esas dos amenazas duales al entorno 
(tanto «natural» como construido) y al trabajo 23 . Considérese por 
ejemplo la destrucción urbana que ha sufrido Detroit para apre- 
ciar lo devastador que puede ser ese proceso. 

Pero lo más interesante del concepto de los bienes comunes 
urbanos es que plantea muy concentradamente todas las contra- 
dicciones políticas de los bienes comunes. Consideremos, por 
ejemplo, la cuestión de la escala a la que nos movemos, desde la 
cuestión de los vecindarios locales y su organización política hasta 
la de la región metropolitana en su conjunto. Tradicionalmente, 
las cuestiones de los bienes comunes a escala metropolitana se 
han gestionado mediante mecanismos estatales y regionales de 
planificación urbana, reconociendo que los recursos comunes re- 
queridos para atender debidamente a las poblaciones urbanas, ta- 
les como el abastecimiento de agua, el transporte, el tratamiento 
de residuos y los espacios abiertos para el recreo y entretenimien- 
to tienen que ser suministrados a escala metropolitana y regional. 
Pero cuando se trata de enlazar conjuntamente cuestiones de ese 
tipo, el análisis de la izquierda se difumina, invocando esperanza- 
damente algún tipo de concordancia mágica de las acciones loca- 
les que pudiera ser efectiva a escala regional o global, o limitán- 
dose a anotarlo como un problema realmente importante, para 
regresar inmediatamente a la escala micro y local en la que se 
siente más cómoda. 

Podemos aprender algo de la reciente historia del pensamien- 
to más convencional sobre los bienes comunes. La recién fallecida 
Elinor Ostrom, por ejemplo, en su discurso de agradecimiento al 
recibir el premio Nobel en 2009, parecía sugerir en su subtítulo 
«Gobernanza policéntrica de sistemas económicos complejos», 
que tenía alguna solución para las cuestiones de los bienes comu- 
nes a varias escalas, aunque de hecho se limitaba a esgrimir espe- 
ranzadamente la idea de que «cuando un recurso común está es- 
trechamente relacionado con un sistema socioecológico más 

23 David Harvey, The Enigma of Capital, And the Crises of Capitalism, cit- 



126 



amplio, las actividades de gobernanza se organizan en capas múl- 
tiplemente anidadas», pero sin recurrir, insistía, a ninguna estruc- 
tura jerárquica monocéntrica 24 . 

El problema crucial a este respecto es imaginarse cómo podría 
funcionar realmente un sistema de gobernanza policéntrico (o 
algo análogo, como la confederación de municipios libertarios de 
Murray Bookchin), y asegurarse de que no encubre algo muy di- 
ferente. Esta cuestión reconcome no solo los argumentos de Os- 
trom, sino una variedad muy amplia de propuestas radicales de 
izquierda con respecto al problema de los bienes comunes. Por 
esa razón es muy importante percibir adecuadamente cuál es la 
crítica que cabe hacerle. 

En un artículo preparado para una conferencia sobre el cam- 
bio climático global, Ostrom detalló más su argumento, basándo- 
se en los resultados de un estudio del suministro de servicios pú- 
blicos en determinados municipios durante un largo periodo 25 . 
Durante mucho tiempo se había supuesto que la gestión conjunta 
del suministro de servicios públicos desde estructuras de gobierno 
metropolitanas a gran escala, a diferencia de su desperdigamien- 
to en numerosas administraciones locales aparentemente caóti- 
cas, mejoraría su eficiencia y eficacia; pero esos estudios mostra- 
ban convincentemente que no era así. Las razones se reducían en 
definitiva a que era mucho más fácil organizar y poner en funcio- 
namiento la acción colectiva y cooperativa con una gran partici- 
pación de los habitantes en jurisdicciones más pequeñas, y en el 
hecho de que la capacidad de participación disminuía rápida- 
mente a medida que aumentaba el tamaño de la unidad adminis- 
trativa. Ostrom finalizaba citando a Andrew Sancton para asegu- 
rar que 



24 Elinor Ostrom, «Beyond Markets and States: Polycentric Governan- 
ce of Complex Economic Systems», American Economk Review 100 (3), pp. 
200,641-672. 

25 Elinor Ostrom, «Polycentric Approach for Coping with Climate 
Change», Background Paper to the 2010 World Development Report, Was- 
hington, DC, World Bank, Policy Research Working Paper 5095, 2009. 



127 



los gobiernos municipales son algo más que suministradores de ser- 
vicios. Son mecanismos democráticos mediante los cuales se gobier- 
nan a escala local las comunidades de base territorial [...] Los que 
pretenden obligar a los municipios a fusionarse aseguran siempre 
que pretenden fortalecer los gobiernos municipales. Tal plantea- 
miento -por muy buenas intenciones que tenga- erosiona los funda- 
mentos de nuestras democracias liberales porque socava la idea de 
que puede haber formas de autogobierno no insertas en las institu- 
ciones del gobierno central 26 . 

Más allá de la eficiencia y eficacia del mercado, existe una ra- 
zón no mercantil para potenciar la pequeña escala: «Aunque las 
unidades a gran escala formen parte de la gobernanza efectiva de 
las regiones metropolitanas -concluía Ostrom- también son ne- 
cesarias unidades a pequeña y mediana escala», cuyo papel cons- 
tructivo, argumentaba, «debe repensarse seriamente». ¿Pero cómo 
se deben estructurar las relaciones entre esas unidades más pe- 
queñas? La respuesta, dice Vincent Ostrom, es un «orden poli- 
céntrico» en el que «muchos elementos pueden realizar ajustes 
recíprocos ordenando sus relaciones mutuas dentro de un sistema 
general de reglas en el que cada elemento actúa independiente- 
mente de los demás» 27 . 

¿Por qué no acaba de satisfacernos ese panorama ideal? Todo el 
argumento se basa en la llamada «hipótesis [o modelo] Tiebout» 
de una metrópolis fragmentada en la que muchas jurisdicciones 
ofrecerían autónomamente un régimen particular de impuestos 
locales y un conjunto particular de bienes públicos a los posibles 
residentes, quienes «votarían con los pies» optando por la combi- 



26 Andrew Sancton, TbeAssault on Local Government, Montreal, McGill- 
Queen's University Press, 2000, p. 167 (citado en E. Ostrom, «Polycentric 
Approach for Coping with Climate Change»). 

27 Vincent Ostrom, «Polycentricity-Part 1», en Michael McGinnis (ed.), 
Polycentricity and Local Public Economies, Ann Arbor, University of Michigan 
Press, 1999 (citado en E. Ostrom, «Polycentric Approach for Coping with 
Climate Change»). 



128 



nación particular de tasas y servicios más adecuada a sus propias 
necesidades y preferencias 28 . A primera vista la propuesta parece 
muy atractiva, pero presenta un problema, y es que cuanto más 
rico es uno más fácilmente puede votar con los pies y pagar la cuo- 
ta de entrada que suponen los costes del suelo y los edificios. La 
educación superior pública puede financiarse a partir de elevados 
precios e impuestos a la propiedad inmobiliaria, pero los pobres se 
verán privados de acceso a la educación superior y condenados a 
vivir en una jurisdicción pobre con escasa educación pública. La 
consiguiente reproducción de los privilegios y el poder de clase 
mediante la gobernanza policéntrica entra claramente en las estra- 
tegias de clase neoliberales de la reproducción social. 

Junto con muchas propuestas más radicales para una autono- 
mía descentralizada, la de Ostrom corre el peligro de caer exacta- 
mente en esa trampa. La política neoliberal favorece de hecho 
tanto la descentralización administrativa como la maximización 
de la autonomía local. Aunque por un lado esto abre un espacio 
en el que las fuerzas radicales pueden plantar con mayor facilidad 
las semillas de una agenda más revolucionaria, la toma contrarre- 
volucionaria de Cochabamba en 2007 por las fuerzas de la reac- 
ción en nombre de la autonomía (hasta que fueron desalojadas 
por la rebelión popular) sugiere que la opción por el localismo y 
la autonomía como pura estrategia por buena parte de la izquier- 
da es problemática. En Estados Unidos los líderes de la Iniciativa 
de Cleveland, celebrada como ejemplo de comunitarismo autó- 
nomo, apoyaron la elección como gobernador de un republicano 
antisindical de extrema derecha. 

La descentralización y la autonomía pueden servir fácilmente 
para generar mayor desigualdad mediante la neoliberalización. 
Así, en el estado de Nueva York, la oferta dispar de servicios de 
educación pública en distintos distritos con recursos financieros 
muy desiguales ha sido considerada anticonstitucional por los tri- 



28 Charles Tiebout, «A Puré Theory of Local Expenditures», Journal of 
Polhtcal Economy 64/5 (1956), pp. 416-424. 



129 



bunales, que han ordenado al estado en una sentencia la promo- 
ción de mayor igualdad en la oferta de servicios educativos. Pero 
el gobierno del estado no lo ha hecho hasta ahora, escudándose en 
la situación de emergencia presupuestaria y fiscal para demorar la 
ejecución de la sentencia. Observemos en cualquier caso que han 
sido los tribunales del estado, de mayor rango y jerárquicamen- 
te organizados, los que han exigido una mayor igualdad de trato 
como derecho constitucional. Ostrom no descarta, evidentemen- 
te, tales intervenciones desde arriba; las relaciones entre comuni- 
dades que funcionan independiente y autónomamente tienen que 
ser reguladas de algún modo (de ahí la referencia de Vicent Os- 
trom a las «reglas establecidas»); pero no nos aclara cómo se pue- 
den establecer tales reglas de mayor rango ni por quién, ni cómo 
podrían estar sujetas a un control democrático. Para la totalidad de 
una región metropolitana son a la vez necesarias y cruciales algu- 
nas de esas reglas (o prácticas habituales). Además, tales reglas no 
solo deben ser establecidas y aseguradas, sino que también deben 
ser puestas en vigor y activamente controladas (como en el caso de 
cualquier bien común). No hace falta mirar más allá de la «poli- 
céntrica» eurozona para ver un ejemplo catastrófico de lo que pue- 
de ir mal: se supone que todos sus miembros deben someterse a 
reglas que restringen su déficit presupuestario, pero cuando la ma- 
yoría de ellos violan esas reglas no hay forma de obligarles ni de 
resolver los desequilibrios fiscales que surgen entre los estados. 
Obligar a estos a cumplir los límites establecidos a las emisiones de 
C0 2 parece una tarea igualmente desesperada. Aunque la respues- 
ta histórica a la pregunta «¿quién pone lo "común" en el Mercado 
Común?» puede parecer que incluye todo lo que anda descamina- 
do en las formas jerárquicas de gobierno, la alternativa imaginaria 
de miles y miles de municipios autónomos que defenderían feroz- 
mente la autonomía de su terruño al tiempo que negociaban inter- 
minable y sin duda muy acremente su posición dentro de la divi- 
sión del trabajo a escala europea no es precisamente alentadora. 

¿Cómo puede funcionar una descentralización radical -un ob- 
jetivo ciertamente valioso- fuera del marco de una autoridad je- 



130 



,-árquica de mayor rango? Parece bastante ingenuo creer que el 
policentrismo o cualquier otra forma de descentralización pueda 
funcionar sin fuertes restricciones jerárquicas y una fuerza coacti- 
va. Buena parte de la izquierda radical -en particular su ala anar- 
quista y autonomista- carece de respuesta para este problema. 
Las intervenciones estatales (por no hablar de su control o coac- 
ción para hacer cumplir lo acordado) le parecen inaceptables, y en 
general niega legitimidad a la constitucionalidad burguesa. En su 
lugar existe una vaga y cándida esperanza de que los grupos socia- 
les que han organizado satisfactoriamente sus relaciones con los 
bienes comunes a escala local converjan hacia algún tipo de prác- 
tica y relación mutua satisfactoria mediante la negociación y la 
interacción. Para que esto ocurriera, los grupos locales no debe- 
rían verse perturbados por ningún efecto externo que sus acciones 
pudieran tener sobre el resto del mundo y tendrían que renunciar 
a eventuales ventajas, democráticamente distribuidas en el seno 
del grupo social, a fin de salvar o complementar el bienestar de 
sus prójimos cercanos (por no hablar de los distantes), que como 
resultado de malas decisiones o de la mala fortuna sean víctimas 
del hambre o la miseria. La historia nos ofrece muy pocas pruebas 
de que tal redistribución pueda funcionar por las buenas de ma- 
nera estable, y lo habitual es que aumenten las desigualdades so- 
ciales entre distintas comunidades. Esto resulta muy acorde con 
el proyecto neoliberal de no solo proteger sino promover las es- 
tructuras de privilegio del poder de clase (del tipo tan claramente 
evidenciado en la debacle de la financiación de la escuela pública 
en el estado de Nueva York). 

Murray Bookchin es muy consciente de esos peligros cuando 
dice que «la agenda de un municipalismo libertario puede fácil- 
mente quedar vacía o incluso ser utilizada para fines estrechamen- 
te conservadores». Su propuesta para superar esos riesgos es el 
«confederalismo». Mientras que las asambleas municipales fun- 
cionarían mediante la democracia directa en la base para tomar 
decisiones, el estado sería sustituido «por una red confederal de 
asambleas municipales y la economía empresarial por una autén- 



131 



tica economía política en la que los gobiernos municipales, inte- 
ractuando económica y políticamente, resolverían sus problemas 
materiales como cuerpos ciudadanos en asambleas abiertas». Esas 
asambleas confederales supervisarían la administración y gobier- 
no de políticas decididas en las asambleas municipales, y los dele- 
gados serían revocables y responsables en todo momento ante las 
asambleas municipales. Los consejos confederales 

se convierten en el medio para vincular aldeas, pueblos, barrios y 
ciudades en redes confederales. El poder fluye así de abajo arriba y 
no de arriba abajo, y en las confederaciones el flujo del poder de 
abajo arriba disminuye con el ámbito del correspondiente consejo 
federal que abarca en primer lugar localidades, de estas pasa a las 
regiones y de estas a áreas territoriales más amplias 29 . 

La de Bookchin es de lejos la propuesta radical más sofisticada 
con respecto a la creación y uso colectivo de los bienes comunes 
en toda una variedad de escalas, y vale la pena estudiarla como 
parte de la agenda anticapitalista radical. 

Esta cuestión es tanto más acuciante debido al violento asalto 
neoliberal contra la administración pública de bienes sociales du- 
rante los últimos treinta años o más, en consonancia con el ataque 
generalizado contra los derechos y el poder de los trabajadores 
organizados iniciado en la década de 1970 (desde Chile hasta Gran 
Bretaña), pero que se concentró más directamente en los costes 
de la reproducción social del trabajo. El capital había preferido 
durante mucho tiempo tratar los costes de la reproducción social 
como algo externo -un coste del que no se hace cargo el merca- 
do- pero el movimiento socialdemócrata y la activa amenaza de 
una alternativa comunista hasta la década de 1970 obligó al capi- 
tal a internalizar en los países capitalistas avanzados parte de esos 
costes, así como de los costes externos atribuibles a la degrada- 



29 Murray Bookchin, Urbanization Witbout Cities: The Rise and Decline of 
Citizenship, Montreal, Black Rose Books, 1992, caps. 8 y 9. 



132 



ción del medio ambiente. El propósito de las políticas neolibera- 
les desde 1980, poco más o menos, ha sido subsumir esos costes 
entre los comunes globales de la reproducción social y el medio 
ambiente, creando, por decirlo así, unos bienes comunes negati- 
vos en los que se ven obligadas a vivir poblaciones enteras. Las 
cuestiones de la reproducción social, el género y los bienes comu- 
nes están inextricablemente ligadas 30 . 

La respuesta por parte del capital a la crisis global iniciada en 
2007 ha sido tratar de poner en práctica un plan draconiano de 
austeridad global que disminuye la oferta de bienes públicos al 
servicio de la reproducción social y la mejora del medio ambiente, 
disminuyendo así las cualidades de los bienes comunes en ambos 
casos. También se ha valido de la crisis para facilitar una actividad 
aún más depredadora en la apropiación privada de los bienes co- 
munes como condición supuestamente necesaria para la recupe- 
ración del crecimiento. El uso de las expropiaciones, por ejemplo, 
para apropiarse de espacios con propósitos privados (al contrario 
de los fines de «utilidad pública» para los que se concibieron ori- 
ginalmente tales leyes) es un caso clásico de redefinición de la 
causa pública como patrocinio estatal del desarrollo privado. 

Desde California hasta Grecia, la crisis ha producido pérdidas 
en los bienes y derechos urbanos de la gran mayoría de la pobla- 
ción, a las que se ha sumado la extensión del poder capitalista 
depredador sobre la población de bajos ingresos hasta ahora mar- 
ginada. Ha sido, en resumen, un ataque generalizado contra los 
bienes comunes reproductivos y medioambientales. Más de dos 
mil millones de personas que viven con menos de 2 dólares dia- 
rios están siendo inducidas a las microfinanzas como «subprime de 
todas las formas subprime de crédito», para extraer de ellas riqueza 
(como sucedió en el mercado de la vivienda estadounidense me- 
diante los créditos predadores subprime seguidos por los desahu- 



30 Silvia Federici, «Women, Land Struggles and the Reconstruction of 
the Commons», Warking USA: The Journal of Labor and Society 14 (2011), 
pp. 41-56. 



133 



cios) con la que engalanar las grandes mansiones de los ricos. Los 
bienes comunes medioambientales están igualmente amenazados, 
mientras que las soluciones propuestas (como el comercio de los 
derechos de emisión de dióxido de carbono y las nuevas tecnolo- 
gías medioambientales) pretenden que busquemos la salida del 
impasse utilizando los mismos instrumentos de acumulación de 
capital e intercambio especulativo en el mercado que nos llevaron 
a él. No es sorprendente pues que los pobres no solo sigan ahí, 
sino que su número crezca en lugar de disminuir con el tiempo. 
Aunque India viene acumulando un respetable registro de creci- 
miento durante la crisis, por ejemplo, el número de milmillona- 
rios en ese país ha aumentado de 26 a 69 durante los tres últimos 
años, mientras que el número de chabolistas casi se ha duplicado 
durante la última década. Los impactos urbanos provocan estupe- 
facción al ver cómo surgen lujosas casas de apartamentos con aire 
acondicionado en medio de la miseria y la degradación, de la que 
nadie se ocupa, en que vive la gente empobrecida que se debate 
por hallar algún tipo de existencia aceptable. 

El desmantelamiento de los marcos y controles reguladores 
que trataban, por insuficientemente que fuera, de frenar la incli- 
nación a las prácticas predadoras de acumulación, ha desencade- 
nado la lógica de aprés moi le de'luge de la especulación financiera 
desmedida que ha acabado convirtiéndose en una auténtica or- 
gía de destrucción creativa, en particular el desbordamiento deli- 
rante de la urbanización capitalista. El daño solo se puede contener 
y revertir mediante la socialización de la producción y distribu- 
ción del excedente y la creación de una nueva riqueza común ac- 
cesible a todos. 

En este contexto cobra aún mayor importancia el resurgimien- 
to de una retórica y una teoría de los bienes comunes. Si los bie- 
nes públicos administrados por el estado declinan o se convierten 
en un mero instrumento para la acumulación privada (como está 
sucediendo en la enseñanza) o si el estado se retira de su adminis- 
tración, existe una única respuesta posible, y es que la población 
se autoorganice para gestionar sus propios bienes comunes (como 



134 



ocurrió en Bolivia, tal como veremos en el capítulo 5). El recono- 
cimiento político de que los bienes comunes pueden ser produci- 
dos, protegidos y utilizados para el beneficio social se convierte 
en un marco para resistirse al poder capitalista y repensar la polí- 
tica de una transición anticapitalista. 

Pero lo que importa ahí no es la combinación particular de 
dispositivos institucionales -los cercamientos en un sitio, las am- 
pliaciones de diversos mecanismos colectivos y de propiedad co- 
mún en otro- sino que el efecto unificado de la acción política 
corrija la degradación cada vez mayor de los recursos del trabajo 
y de la tierra (incluidos los recursos insertos en la «segunda natu- 
raleza» del entorno construido) en manos del capital. En ese es- 
fuerzo, la «rica combinación de instrumentos» que Elinor Os- 
trom comienza a especificar -no solo públicos y privados, sino 
colectivos y asociativos, anidados, jerárquicos y horizontales, ex- 
cluyentes y abiertos- desempeñará un papel clave en la búsqueda 
de vías para organizar la producción, distribución, intercambio y 
consumo a fin de satisfacer las necesidades y aspiraciones huma- 
nas sobre una base anticapitalista. Esa rica combinación no viene 
dada, sino que debe ser construida. 

La cuestión no es que la clase que se apropia de la riqueza co- 
mún arrebatándosela a la clase que la produce cumpla los requeri- 
mientos propios de la acumulación. El resurgimiento de los bienes 
comunes como cuestión política tiene que integrarse plenamente 
en la lucha anticapitalista de forma muy específica. Desgraciada- 
mente, la idea de los bienes comunes (como el derecho a la ciudad) 
está siendo tan fácilmente apropiada por el poder político existen- 
te como lo está siendo el valor a extraer de los bienes comunes 
urbanos por los intereses inmobiliarios. La cuestión es por tanto 
cambiar todo eso y hallar formas creativas de utilizar los poderes 
del trabajo colectivo para el bien común, y mantener el valor pro- 
ducido bajo el control de los trabajadores que lo producen. 

Esto requiere una ofensiva política en dos direcciones, por un 
lado para obligar al estado a esforzarse más en el suministro de 
bienes públicos para finalidades públicas, y por otro la autoorgani- 



135 



zación de poblaciones enteras para apropiarse, usar y complemen- 
tar esos bienes de forma que extiendan y mejoren las cualidades de 
los bienes comunes reproductivos y medioambientales no mercan- 
tilizados. La producción, protección y uso de bienes públicos y 
comunes en ciudades como Bombay, Sao Paulo, Johannesburgo, 
Los Angeles, Shanghái y Tokio se convierte en una cuestión cen- 
tral que deben afrontar y corregir los movimientos sociales demo- 
cráticos; y esto requerirá mucha más imaginación y sofisticación 
de la que actualmente circula en las principales teorías radicales, 
en particular en la medida en que esos bienes comunes están sien- 
do continuamente creados y apropiados mediante la forma capita- 
lista de urbanización. El papel de los bienes comunes en la forma- 
ción de las ciudades y en la política urbana solo empieza ahora a 
ser claramente reconocido y elaborado, tanto teóricamente como 
en el campo de la práctica radical. Hay mucho trabajo por hacer, 
pero también hay abundantes signos en los movimientos sociales 
urbanos de todo el mundo de que hay mucha gente, con una masa 
crítica de energía política, dispuesta a hacerlo. 



136 



CAPÍTULO CUATRO 
El arte de la renta 



El número de trabajadores dedicados a las actividades y pro- 
ducciones culturales ha aumentado considerablemente durante 
las últimas décadas (de unos 150.000 artistas registrados en la 
región metropolitana de Nueva York a principios de la década 
de 1980 a más del doble en este momento), y sigue creciendo. 
Constituyen el núcleo creativo de lo que Daniel Bell llama «la 
masa cultural» (no los creadores, sino los transmisores de la cul- 
tura en los medios y otros lugares) 1 , y su actitud política ha ido 
cambiando con los años. Durante la década de 1960 las escuelas 
y talleres de arte eran un vivero de discusiones radicales, pero la 
pacificación y profesionalización subsiguiente ha menguado no- 
tablemente su capacidad subversiva. Por más que la estrategia y 
el pensamiento socialista necesiten una reconfiguración, revita- 
lizar tales instituciones como centros de compromiso político y 
movilizar la capacidad política y agitadora de los productores 
culturales es con seguridad un objetivo valioso para la izquierda. 
Aunque hoy día dominan incuestionablemente la comercializa- 
ción y los incentivos de mercado, entre los productores cultura- 
les hay muchos descontentos y corrientes disidentes que pueden 
fertilizar ese campo, abriéndolo a la expresión crítica y a la agi- 
tación política para la producción de un nuevo tipo de bienes 
comunes. 



1 Daniel Bell, Tbe Cultural Contradictions of Capitalism, Nueva York, Ba- 
sic Books, 1978, pp. 20; David Harvey, Tbe Condition of Postmodernity, cit., 
pp. 290-291, 347-349; Brandon Taylor, Modemism, Postmodernism, Realism: 
A Critical Perspective for Art, Winchester, Winchester School of Art Press, 
1987, p. 77. 



137 



La cultura es un bien común y es innegable que se ha converti- 
do en una especie de mercancía. Aun así, también es general la 
creencia de que en ciertos productos y acontecimientos culturales 
(ya sea en las artes plásticas o en el teatro, la música, el cine, la ar- 
quitectura o más en general en ciertas formas de vida, tradición, 
recuerdos colectivos y comunidades afectivas) hay algo especial 
que los diferencia de las mercancías ordinarias como las camisas o 
los zapatos. Aunque la frontera entre unos y otros tipos de mer- 
cancías sea muy porosa (quizá cada vez más), hay todavía razones 
para mantener entre ellos una distancia analítica. Puede suceder, 
por supuesto, que distingamos los artefactos y acontecimientos 
culturales porque no podemos sino pensarlos como auténticamen- 
te diferentes, situados en un plano más elevado de la creatividad y 
la sensibilidad humana que las mercancías producidas y consumi- 
das en masa; pero aun si prescindimos de cualquier residuo de qui- 
meras ilusorias (a menudo respaldadas por poderosas ideologías), 
todavía queda algo muy especial en esos productos denominados 
«culturales». Los estudios y galerías de arte y los cafés y bares don- 
de los músicos se encuentran para tocar no son lo mismo que las 
tiendas de ropa aunque para seguir existiendo tengan igualmente 
que obtener beneficios suficientes para pagar el alquiler del local. 
¿Cómo se puede reconciliar entonces el estatus mercantil de tan- 
tos de esos fenómenos con su carácter especial? 

Renta de monopolio y competencia 

A los propios productores culturales, habitualmente más inte- 
resados por las cuestiones de estética, los valores afectivos, la vida 
social y los sentimientos (a veces dedicados ellos mismos incluso 
al arte por el arte, como se solía decir), un término como «renta 
de monopolio» les puede parecer demasiado técnico y árido como 
para incluir algo más allá que los posibles cálculos del financiero, 
el promotor, el especulador inmobiliario y el propietario de tie- 
rras, pero espero mostrar que tiene una importancia mucho ma- 



138 



yor; que, adecuadamente planteado, puede generar ricas interpre- 
taciones de los muchos temas prácticos y personales que brotan 
del nexo entre la globalización capitalista, los desarrollos político- 
económicos locales y la evolución de los significados culturales y 
los valores estéticos 2 . 

Toda renta se basa en el monopolio de algún bien por determi- 
nados propietarios privados. La renta de monopolio surge porque 
ciertos agentes sociales pueden obtener una mayor corriente de 
ingresos durante un tiempo dilatado en virtud de su control ex- 
clusivo sobre algún artículo directa o indirectamente comerciali- 
zable que es en ciertos aspectos cruciales único e irreproducible. 
Hay dos situaciones en las que esa categoría cobra mayor impor- 
tancia. La primera es aquella en que determinados agentes so- 
ciales controlan algún recurso, mercancía o lugar con cualidades 
especiales, lo que les permite, en relación con cierto tipo de acti- 
vidad, extraer rentas de monopolio de quienes desean usarlo. En 
el campo de la producción, argumenta Marx, el ejemplo más ob- 
vio es el de los viñedos que producen un vino de extraordinaria 
calidad que se puede vender con un precio de monopolio. En esas 
circunstancias, «el precio de monopolio crea la renta» 3 . La ver- 
sión relacionada con la ubicación vendría dada por su centralidad 
(para el capitalista comercial) con respecto, digamos, a la red de 
transportes y comunicaciones, o su proximidad (en el caso, por 
ejemplo, de una cadena hotelera) a alguna actividad muy concen- 
trada (como puede ser la de un centro financiero). El capitalista 
comercial y el hotelero están dispuestos a pagar un suplemento 
por el uso de determinado terreno que les ofrece esas ventajas. 

Esos son casos indirectos de renta de monopolio, en los que no 
es la tierra, el recurso o el lugar con cualidades únicas lo que se 
negocia, sino la mercancía o el servicio producido mediante su 
uso. Pero también puede monopolizarse directamente la tierra, el 



2 La teoría general de la renta a la que apelo la expuse en David Harvey, 
The Limits to Capital, cit., cap. 11. 

3 Karl Marx, El Capital, volumen 3, tomo 3, Madrid, Akal, 2000, p. 2 14. 



139 



recurso o activo en cuestión (como cuando se venden viñedos o 
propiedades inmobiliarias a capitalistas y financieros multina- 
cionales con propósitos especulativos). Se puede generar escasez 
apartando esa tierra, recurso o activo de su uso corriente y espe- 
culando sobre su valor futuro. La renta de monopolio de ese tipo 
se extiende a la propiedad de obras de arte, como un Rodin o un 
Picasso, que se pueden comprar y vender (como se hace cada vez 
más) como inversiones. Es la unicidad del Picasso o de determi- 
nado lugar la que constituye a este respecto la base para el precio 
del monopolio. 

Las dos formas de renta de monopolio a menudo se solapan. 
Un viñedo (con su cháteau y su situación geográfica únicos) famo- 
so por sus vinos puede cotizarse directamente con precio de mo- 
nopolio, como lo pueden hacer los vinos de sabor único produci- 
dos en ese terroir. Se puede comprar un Picasso para obtener un 
beneficio y luego arrendarlo a algún otro que lo exhibe cobrando 
un precio de monopolio. La proximidad a un centro financiero 
puede dar lugar a un provecho directo o también indirecto, arren- 
dando el terreno a una cadena hotelera que lo utiliza para sus 
propios propósitos. Pero la diferencia entre esas dos formas de 
renta es importante. Es poco probable (aunque no imposible) ob- 
tener una renta directa de la abadía de Westminster o del palacio 
de Buckingham (hasta los más ardientes privatizadores podrían 
mostrarse reacios a ello); pero con ellos se pueden hacer negocios, 
y se hacen, mediante las prácticas comercializadoras de la indus- 
tria turística (o en el caso del palacio de Buckingham, por la pro- 
pia reina). 

La categoría de la renta de monopolio encierra dos contradic- 
ciones, ambas importantes para el argumento que sigue. En pri- 
mer lugar, aunque la unicidad y la particularidad son cruciales en 
la definición de «cualidades especiales», el requisito de comercia- 
lidad implica que ningún artículo puede ser tan único o tan espe- 
cial como para quedar enteramente fuera del cálculo monetario. 
Un Picasso tiene que tener un valor monetario, como lo deben 
tener un Monet, un Manet, un producto de arte aborigen, un ar- 



140 



tefacto arqueológico, un edificio histórico, un monumento anti- 
guo, un templo budista o la experiencia de descender en canoa 
por el Colorado, de visitar Estambul o de escalar el Everest. 
Como evidencia esa lista, puede haber cierta dificultad con res- 
pecto a la «formación de mercado» en esos negocios, ya que aun- 
que se han formado mercados en torno a las obras de arte, y en 
alguna medida en torno a los objetos arqueológicos, hay en esa 
lista varios artículos difíciles de incorporar directamente a un 
mercado (ese problema afecta, por ejemplo, a la abadía de West- 
minster). Muchos artículos pueden no ser fáciles de comercializar 
ni siquiera indirectamente. 

La contradicción a ese respecto es que cuanto más fácilmente 
comercializables son esos artículos, menos únicos y especiales re- 
sultan. En algunos casos la propia comercialización tiende a des- 
truir sus cualidades únicas (particularmente si dependen de factores 
como su inaccesibilidad o lejanía, la pureza de algunas experien- 
cias estéticas y cosas parecidas). Más en general, cuanto más fácil- 
mente comercializables son tales artículos o acontecimientos (so- 
metidos a la reproducción mediante copias, plagios, imitaciones o 
simulacros), menos base ofrecen para una renta de monopolio. 
Recordaré aquí al estudiante que se quejaba de su experiencia en 
Europa, comparada con una visita a Disney World. 

En Disney World todos los países están muy cerca unos de otros 
y ofrecen lo mejor de cada uno de ellos. Europa es en cambio muy 
aburrida. La gente habla extrañas lenguas y las cosas están sucias. A 
veces no ves nada interesante allí durante días, mientras que en Dis- 
ney World sucede algo diferente cada minuto y la gente es feliz. Es 
mucho más divertido. Está bien diseñado 4 . 

Aunque pueda parecer un argumento ridículo, vale la pena re- 
flexionar sobre la forma en que Europa está tratando de rediseñar- 



4 Citado en Douglas Kelbaugh, Common Place, Seattle, University of 
Washington Press, 1997, p. 51. 



141 



se siguiendo los estándares de Disney (y no solo en beneficio de los 
turistas estadounidenses); pero -y ahí está el núcleo de la contradic- 
ción- cuanto más se «disneyfica» Europa, menos única y excepcio- 
nal es. La insulsa homogeneidad que acompaña a la pura comercia- 
lización borra las ventajas del monopolio; los productos culturales 
se diferencian cada vez menos de otras mercancías. «La avanzada 
transformación de los bienes de consumo en productos empresa- 
riales o "artículos con marca registrada" que mantienen un mono- 
polio sobre los valores estéticos -escribe Wolfgang Haug- ha des- 
plazado a los productos elementales o "genéricos", [de forma que] 
la estética mercantilizada [se extiende] cada vez más hacia los secto- 
res culturales» 5 . Recíprocamente, todo capitalista trata de persua- 
dir a los consumidores de las cualidades únicas e irreproducibles de 
sus productos (de ahí las marcas, la publicidad, etcétera). Las pre- 
siones desde ambos lados amenazan exprimir las cualidades únicas 
que subyacen bajo las rentas de monopolio. Así pues, para sostener 
y realizar estas últimas debe hallarse algún medio para mantener 
como suficientemente únicos y particulares algunos artículos o luga- 
res (más adelante reflexionaré sobre lo que esto podría significar) a 
fin de mantener una ventaja monopolista en una economía mer- 
cantilizada y a menudo ferozmente competitiva. 

¿Pero por qué se toleran, e incluso se consideran deseables en 
un mundo neoliberal donde se supone que dominan los mercados 
competitivos, monopolios de ningún tipo? Aquí encontramos la 
segunda contradicción que resulta ser en su raíz una imagen espe- 
cular de la primera. La competencia, como observó hace mucho 
tiempo Marx, tiende siempre al monopolio (u oligopolio), simple- 
mente porque la supervivencia de los más hábiles o mejor dotados 
en la guerra de todos contra todos elimina a las empresas débiles 6 . 



5 Wolfgang Haug, Commodity Aestbetics, Working Papers Series, De- 
partment of Comparative American Cultures, Washington State University, 
2000, p. 13. 

6 Las ideas de Marx sobre la renta de monopolio están resumidas en D. 
Harvey, The Limits to Capital, cit., cap. 5. 



142 



Cuanto más feroz es la competencia, más rápida es la tendencia 
hacia el oligopolio o el monopolio. Por eso no es ninguna casuali- 
dad que la liberalización de los mercados y la apología de la com- 
petencia de mercado durante los últimos años haya producido una 
increíble centralización del capital (Microsoft, Rupert Murdoch, 
Bertelsmann, servicios financieros y una oleada de absorciones y 
fusiones en las líneas aéreas, el pequeño comercio e incluso en 
sectores mucho más antiguos como los del automóvil, el petróleo 
y otros). Esa tendencia se reconoce desde hace tiempo como un 
rasgo preocupante de la dinámica capitalista, y de ahí la legislación 
antitrust en Estados Unidos y el trabajo de la Comisión de Mono- 
polios y Fusiones en Europa; pero son defensas muy débiles frente 
a una fuerza abrumadora. 

Esa dinámica estructural no tendría la importancia que tiene de 
no ser por el hecho de que los capitalistas fomentan activamente 
los poderes monopolistas, con los que obtienen un control de gran 
alcance sobre la producción y la comercialización y la estabilidad 
de sus negocios que les permite un cálculo racional y una planifi- 
cación a largo plazo, la reducción del riesgo y la incertidumbre, y 
más en general les garantiza una existencia relativamente pacífica 
y sin grandes perturbaciones. La mano visible de la empresa, como 
la denominaba Alfred Chandler, ha tenido por tanto mucha más 
importancia para la geografía histórica del capitalismo que la mano 
invisible del mercado tan alabada por Adam Smith, elogiada ad 
nauseam durante los últimos años como principio rector de la ideo- 
logía neoliberal de la globalización contemporánea 7 . 

Pero es ahí donde aparece más claramente la imagen especular 
de la primera contradicción: los procesos de mercado dependen 
decisivamente del monopolio individual de capitalistas (de todo 
tipo) sobre la propiedad de los medios de producción, incluidas 
las finanzas y la tierra. Toda renta, recordemos, es la retribución 
del poder de monopolio de la propiedad privada de algún bien 



7 Alfred Chandler, The Visible Hand: The Managerial Revolution in Ame- 
rican Business, Cambridge, Harvard University Press, 1977. 



143 



crucial, desde la tierra hasta una patente, que resulta por tanto el 
punto de partida y de llegada de toda actividad capitalista. En la 
propia base de cualquier comercio capitalista existe un derecho 
jurídico no comercializable, que convierte en un importante pro- 
blema para los mercados capitalistas la opción de no comerciar 
(acaparar, retener, cicatear). La pura competencia de mercado, el 
intercambio libre de mercancías y la perfecta racionalidad del 
mercado son pues instrumentos bastante raros y crónicamente 
inestables para coordinar las decisiones de producción y consumo. 
El problema es mantener suficientemente competitivas las relacio- 
nes económicas al mismo tiempo que se mantienen los privilegios 
de monopolio individuales y de clase de la propiedad privada que 
constituyen el fundamento del capitalismo como sistema político- 
económico. 

Esta última cuestión exige mayor elaboración para profundi- 
zar en el tema. Se suele suponer, erróneamente, que la mayor ca- 
pacidad de monopolio es la que resulta de la centralización y con- 
centración del capital en las megacorporaciones, mientras que el 
predominio de la pequeña empresa caracterizaría supuestamente 
a un mercado competitivo. Según ese criterio el capitalismo, en 
otro tiempo competitivo, se ha ido monopolizando cada vez más 
con el tiempo. Este error deriva en parte de una aplicación me- 
cánica de los argumentos de Marx con respecto a la «ley de la 
tendencia a la centralización del capital», que ignora el contraar- 
gumento de que la centralización «traería pronto la ruina de la 
producción capitalista si no fuera por tendencias que la contra- 
rrestan y que tienen un continuo efecto descentralizador» 8 . Pero 
también se ve apoyado por una teoría económica de la empresa 
que ignora en general su contexto espacial y localizado, aunque 
acepta (en las raras ocasiones en que se digna considerar el pro- 
blema) que la ventaja de la localización supone una «competencia 
monopolista». 



8 Karl Marx, El Capital, Volumen 3, tomo 1, Madrid, Akal, 2000, p. 324. 
Véase también D. Harvey, The Limits to Capital, cit., cap. 5. 



144 



Durante el siglo XIX, por ejemplo, el cervecero, el panadero y 
el fabricante de candelas estaban todos ellos protegidos en buena 
medida frente a la competencia en los mercados locales por los 
elevados costes de transporte. Por todas partes y en todos los sec- 
tores, desde la energía al abastecimiento alimentario, había pode- 
res de monopolio local (aunque las empresas fueran de pequeño 
tamaño) muy difíciles de quebrantar. En ese sentido, el capitalis- 
mo a pequeña escala del siglo XIX era mucho menos competitivo 
que el actual. Es en este punto en el que entran, como variables 
determinantes, los cambios en la situación del transporte y las 
comunicaciones. A medida que se debilitaban las barreras espacia- 
les debido a la inclinación capitalista a «aniquilar el espacio me- 
diante el tiempo» [die Vernicbtung des Raums durcb die Zeit], mu- 
chas industrias y servicios locales perdieron su protección local y 
sus privilegios de monopolio 9 . Se vieron obligadas a competir con 
productores de otras localidades, al principios relativamente pró- 
ximas pero más adelante mucho más lejanas. 

La geografía histórica del comercio de la cerveza es muy ins- 
tructiva a este respecto. Durante el siglo XIX la mayoría de la gen- 
te consumía cerveza local porque no tenía otra opción. A finales 
del siglo XIX la producción y el consumo de cerveza en Inglaterra 
se había regionalizado en una medida considerable, y así perma- 
neció hasta la década de 1960 (las importaciones del extranjero, 
con excepción de la Guinness, eran prácticamente inexistentes). 
Pero luego el mercado se hizo nacional (aparecieron en Londres 
y en el sur Newcastle Brown y Scottish Youngers), antes de hacer- 
se internacional (se pusieron de moda de repente las cervezas im- 



9 KarlMarx, Grundrisse, Harmondsworth, Penguin, 1973, pp. 524-539 
[orig. en alemán, en MEW Band 42, pp. 430-43; en cast.: Elementos funda- 
mentales para la crítica de la economía política, Volumen 2, México, Siglo XXI, 
1972 y 2005, «Costes de circulación...», pp. 12-24]. Para una exposición 
general de este argumento, véanse D. Harvey, The Limitsto Capital, cit., cap. 
12, y David Harvey, The Condition of Postmodernity, cit., parte 3; y para una 
aplicación concreta del concepto véase William Cronon, Nature's Metrópolis, 
Nueva York, Norton, 1991. 



145 



portadas). Si uno bebe cerveza local ahora es por su propia deci- 
sión, habitualmente por una combinación de adhesión localista y 
alguna cualidad especial de la cerveza (basada en la técnica, el 
agua o cualquier otra cosa) que la distingue de otras. ¡Pero en 
Manhattan hay bares donde uno puede beber diferentes cervezas 
locales del mundo entero! 

Para decirlo simple y llanamente, el espacio económico de la 
competencia ha ido cambiando con el tiempo de forma y de esca- 
la. La reciente marea globalizadora ha reducido significativamen- 
te las protecciones a los monopolios otorgadas históricamente 
por los elevados costes de transporte y comunicaciones, al tiempo 
que la remoción de barreras institucionales al comercio (protec- 
cionismo) ha disminuido parecidamente las rentas de monopolio 
que se podían obtener obstaculizando la competencia extranjera; 
pero el capitalismo no puede funcionar sin monopolios y discurre 
nuevos medios para renovarlos; así pues, la cuestión a resolver es 
cómo restablecer los poderes de monopolio en una situación en la 
que las protecciones ofrecidas por los llamados «monopolios na- 
turales» del espacio y la ubicación, y las protecciones políticas de 
las fronteras nacionales y las aduanas, se han visto seriamente de- 
bilitadas, si no eliminadas. 

La respuesta obvia consiste en centralizar el capital en mega- 
corporaciones o establecer alianzas más laxas (como en los sec- 
tores de las líneas aéreas y del automóvil) que dominan los mer- 
cados, y hemos visto mucho de eso. La segunda vía consiste en 
asegurar aún más firmemente los derechos de monopolio de la 
propiedad privada mediante leyes comerciales internacionales que 
regulen todo el comercio global. Las patentes y los llamados «de- 
rechos de propiedad intelectual» se han convertido así en impor- 
tantes campos de batalla en los que se pretende afianzar los pode- 
res de monopolio. La industria farmacéutica, por mencionar un 
ejemplo paradigmático, ha adquirido extraordinarios poderes de 
monopolio, en parte mediante colosales centralizaciones de capi- 
tal, y en parte mediante la protección de las patentes y acuerdos 
sobre licencias y concesiones, y aspira a aumentarlos tratando de 



146 



establecer derechos de propiedad sobre el material genético de 
todo tipo (incluido el de plantas raras de los bosques tropicales, 
tradicionalmente aprovechadas por los habitantes indígenas). A 
medida que disminuyen determinados privilegios de monopolio, 
vemos una amplia variedad de intentos de preservarlos o renovar- 
los por otros medios. 

No puedo detallar aquí todas esas tendencias, pero quiero 
considerar más de cerca los aspectos de ese proceso que atañen 
más directamente a los problemas del desarrollo local y las acti- 
vidades culturales. Pretendo mostrar, en primer lugar, que se 
mantienen las luchas sobre la definición de los poderes de mono- 
polio que podrían corresponder a determinados parajes y locali- 
dades, y que la idea de «cultura» está cada vez más vinculada con 
los intentos de reafirmar tales poderes de monopolio, precisa- 
mente porque las pretensiones de unicidad y autenticidad se pue- 
den articular mejor como alegaciones referidas a bienes cultura- 
les distintivos y no reproducibles. Comenzaré con el ejemplo 
más obvio de renta de monopolio dado por «los viñedos que pro- 
ducen un vino de extraordinarias cualidades que se puede vender 
con un precio de monopolio». 

Aventuras en el comercio vinícola 

El comercio del vino, como el de la cerveza, se ha internacio- 
nalizado cada vez más durante los últimos treinta años, y la pre- 
sión de la competencia internacional ha producido algunos efec- 
tos curiosos. Bajo la presión de la Unión Europea, por ejemplo, 
los productores internacionales de vino han acordado (tras largas 
batallas legales e intensas negociaciones) renunciar al uso de «ex- 
presiones tradicionales» en las etiquetas que podían incluir térmi- 
nos como «cháteau» y «domaine», así como de términos genéricos 
como «champán», «borgoña», «chablis» o «sauternes». De esa 
forma el sector europeo del vino, encabezado por los productores 
franceses, trata de preservar sus rentas de monopolio insistiendo 



147 



en las virtudes únicas de la tierra, el clima y la tradición (aglutina- 
dos bajo el término francés «terroir») y la peculiaridad de su pro- 
ducto certificado por un nombre. El comercio vinatero francés, 
reforzado por controles institucionales como el de la «denomina- 
ción de origen», insiste en la autenticidad y originalidad de su 
producto, fundamento de la unicidad sobre la que se puede basar 
la renta de monopolio. 

Australia es uno de los países que aceptaron esa iniciativa. La 
firma Chateau Tahbilk de Victoria, obligada en 2000 a quitar el 
«Cbateau» de sus etiquetas, proclamó con displicencia que «somos 
orgullosamente australianos y no necesitamos utilizar términos he- 
redados de otros países y culturas del pasado». Como compensa- 
ción señalaron dos factores que, combinados, «nos dan una posi- 
ción única en el mundo del vino». La suya es una de las seis regiones 
vitivinícolas del mundo en las que el mesoclima se ve muy influido 
por la masa acuática interna (los abundantes lagos y lagunas mode- 
ran y refrescan el clima). Su suelo es de un tipo único (que solo se 
encuentra en otro lugar en Victoria), descrito como una marga 
rojo/arenosa coloreada por el alto contenido de óxido férrico, que 
«tiene un efecto positivo sobre la calidad de la uva y añade un ca- 
rácter regional peculiar a nuestros vinos». Esos dos factores se unen 
para definir los «lagos Nagambie» como una región vitícola única 
(certificada presumiblemente por el Comité de Identidades Geo- 
gráficas de la Corporación Australiana de Vinos y Brandies creado 
para señalizar las regiones vitícolas de toda Australia). Tahbilk esta- 
blecía así una contrarreclamación de la renta de monopolio sobre la 
base de la combinación única de condiciones medioambientales 
en la región donde tiene su sede, y lo hacía de forma análoga y en 
competencia con las pretensiones de unicidad del «terroir» y el «do- 
maine» patrocinados por los productores franceses de vino 10 . 

Pero ahí encontramos la primera contradicción: cualquier vino 
es comercializable, y por tanto comparable en cierto sentido, pro- 



10 Tahbilk Wine Club, Wine Club Circular 15 (junio de 2000), Tahbilk 
Winery and Vineyard, Tahbilk, Victoria, Australia. 



148 



venga de donde provenga. Consúltense por ejemplo las referen- 
cias de Robert Parker en el bimensual The Wine Advócate. Parker 
evalúa los vinos por su sabor y no dedica particular atención al 
«terroir» o cualquier otra referencia histórico-cultural. Es noto- 
riamente independiente (la mayoría de las demás guías de vinos 
son patrocinadas por influyentes sectores de la industria vinícola). 
Valora los vinos en una escala según su propio gusto. Tiene mu- 
chos seguidores en Estados Unidos, que es un mercado importan- 
te. Si valora un vino de Burdeos con 65 puntos y un vino austra- 
liano con 95 puntos, los precios se ven afectados. Los productores 
bordeleses están aterrorizados. Han presentado una demanda con- 
tra él, lo han denigrado, insultado e incluso asaltado físicamente. 
Pone en peligro las bases de sus rentas de monopolio 11 . 

Las reivindicaciones de monopolio, podemos concluir, son tan- 
to «efecto del discurso» y resultado de la competencia como re- 
flejo de las cualidades del producto. Pero si hay que abandonar el 
lenguaje del «terroir» y la tradición, ¿qué tipo de discurso se pue- 
de emplear en su lugar? Parker y muchos otros han introducido 
recientemente en el sector un lenguaje en el que los vinos son 
descritos con términos tales como «sabor a melocotón y ciruela, 
con notas de tomillo y grosella». Ese lenguaje puede sonar extra- 
ño, pero el desplazamiento discursivo, relacionado con la crecien- 
te competencia internacional y la globalización del comercio del 
vino, asume un papel distintivo que refleja la mercantilización 
del consumo siguiendo líneas estandarizadas. 

Pero el consumo de vino tiene muchas dimensiones que abren 
vías a su explotación rentable. Para muchos es una experiencia es- 
tética. Más allá del puro placer (para algunos) de un buen vino con 
la comida adecuada, en él se insertan toda una serie de referencias 
ligadas a la tradición occidental que se remontan a la mitología 
(Dionisos y Baco), la religión (la sangre de Jesús y el ritual de la 
comunión), y tradiciones celebradas en festivales, poesía, cancio- 



1 1 William Langewiesche, «The Million Dollar Nose», Atlantic Monthly 
286/6 (diciembre de 2000), pp. 1 1-22. 



149 



nes y literatura. El conocimiento de los vinos y su valoración «co- 
rrecta» son a menudo marcas de clase analizables como una forma 
de capital «cultural» (como diría Bourdieu). Ofrecer el vino ade- 
cuado ha ayudado a sellar más de un trato en negocios importantes 
(¿confiaría usted en alguien que no supiera elegir un vino?). El 
estilo del vino está relacionado con la cocina regional y queda así 
inserto en las prácticas que convierten la regionalidad en una for- 
ma de vida marcada por estructuras distintivas del sentimiento (re- 
sulta difícil imaginar a Zorba el griego bebiendo un Mondavi cali- 
forniano, aunque este se venda en el aeropuerto de Atenas). 

El negocio del vino tiene que ver con el dinero y el beneficio, 
pero también con la cultura en todas sus acepciones (desde la cul- 
tura del producto a las prácticas culturales que rodean su consu- 
mo y el capital cultural que puede evolucionar junto a él, tanto 
entre los productores como entre los consumidores). La perpetua 
búsqueda de rentas de monopolio implica buscar criterios de es- 
pecificidad, unicidad, originalidad y autenticidad en cada uno de 
esos campos. Si la unicidad no se puede establecer apelando al 
«terroir» y la tradición ni mediante una descripción directa del 
sabor, hay que recurrir a otros métodos de distinción para defen- 
der las pretensiones de monopolio y elaborar discursos destinados 
a garantizar la veracidad de esas proclamaciones (el vino que ga- 
rantiza la seducción o el vino que acompaña la nostalgia frente al 
fuego en la chimenea son metáforas publicitarias habituales en 
Estados Unidos). En la práctica, lo que encontramos en el nego- 
cio del vino es un montón de discursos en competencia, todos 
ellos con diferentes pretensiones de verdad sobre la unicidad del 
producto; pero volviendo a mi punto de partida, todos esos des- 
plazamientos y giros discursivos, así como muchos de los que se 
han producido en las estrategias para dominar el mercado inter- 
nacional del vino, tienen sus raíces en la búsqueda, no solo de 
beneficio, sino también de rentas de monopolio, ocupando un lu- 
gar muy destacado el lenguaje de la autenticidad, originalidad, 
unicidad y cualidades especiales e irreproducibles. La prevalencia 
de un mercado globalizado produce, de forma coherente con la 



150 



segunda contradicción que especifiqué antes, una poderosa fuerza 
que trata de garantizar, no solo la prolongación de los privilegios 
de monopolio de la propiedad privada, sino las rentas de mono- 
polio derivadas de presentar las mercancías como incomparables. 

Las empresas urbanas y la búsqueda de rentas de monopolio 

Las recientes pugnas en el sector vitivinícola nos ofrecen un 
modelo útil para entender una amplia variedad de fenómenos en 
la fase actual de la globalización. Tienen una importancia particu- 
lar para entender cómo se integran las tradiciones y los desarro- 
llos culturales locales en los cálculos de la economía política a fin 
de obtener rentas de monopolio. También plantean en qué medi- 
da está vinculado el interés actual por la innovación cultural y la 
resurrección e invención de tradiciones locales al deseo de extraer 
y apropiarse de tales rentas. Dado que capitalistas de todo tipo 
(incluidos los financieros internacionales más acaudalados) son 
fácilmente seducidos por la perspectiva de lucrarse de algún po- 
der de monopolio, apreciamos inmediatamente una tercera con- 
tradicción: que los más ávidos globalizadores apoyarán los desa- 
rrollos locales capaces al menos potencialmente de ofrecer rentas 
de monopolio, incluso si el efecto de tal apoyo es generar un cli- 
ma político local enfrentado a la globalización. Insistir en la uni- 
cidad y pureza de la cultura balinesa local puede ser vital para el 
sector hotelero, las líneas aéreas y la industria turística, ¿pero qué 
ocurre si eso alienta un movimiento balinés que se resiste violen- 
tamente a la «impureza» de la comercialización? El País Vasco 
puede parecer una configuración cultural potencialmente rentable 
debido precisamente a su singularidad, pero ETA, con su exigen- 
cia de independencia y su disposición a realizar acciones violen- 
tas, puede ser un obstáculo para la comercialización. En cualquier 
caso, las distancias que están dispuestos a recorrer los intereses 
comerciales pueden ser muy sorprendentes. Tras la presentación 
de la película Cidade de Deus, que presentaba con un realismo des- 



151 



carnado (que algunos considerarían exagerado) la violencia y las 
batallas relacionadas con la droga en las favelas de Río de Janeiro, 
varias empresas del sector turístico comenzaron a ofrecer visitas a 
algunos de los barrios más peligrosos (cada uno podía elegir el 
nivel de riesgo preferido). Sondeemos un poco más profunda- 
mente esa contradicción que afecta a la política de desarrollo ur- 
bano, aunque para hacerlo debamos examinar brevemente la rela- 
ción de esa política con la globalización. 

La actividad empresarial urbana ha cobrado importancia na- 
cional e internacional en las últimas décadas. Con ese concepto 
me refiero a la pauta de comportamiento en la gobernanza urbana 
que combina los poderes públicos (locales, metropolitanos, regio- 
nales, nacionales o supranacionales) con una amplia variedad de 
formas organizativas de la sociedad civil (cámaras de comercio, 
sindicatos, iglesias, instituciones educativas y de investigación, gru- 
pos comunitarios, ONGs, etcétera) e intereses privados (indivi- 
duales o de grupos empresariales) para formar coaliciones a fin de 
promover o gestionar el desarrollo urbano o regional de un tipo u 
otro. Existe una abundante literatura sobre ese tema que muestra 
que las formas, actividades y objetivos de esos sistemas de gobier- 
no (conocidos con diversos nombres como «regímenes urbanos», 
«motores de crecimiento» o «coaliciones para el crecimiento re- 
gional») varían mucho según las condiciones locales y la combi- 
nación de fuerzas en su seno 12 . Se ha examinado también con de- 
talle el papel de ese empresariado urbano en relación con la forma 
neoliberal de globalización, habitualmente bajo la rúbrica de las 



12 Bob Jessop, «An Entrepreneurial City in Acrion: Hong Kong's Emer- 
ging Strategies in Prepararion for (Inter-)Urban Competition», Urban Stu- 
dies 37/12 (2000); pp. 2, 287-313; David Harvey, «From Managerialism to 
Entrepreneurialism: The Transformation of Urban Governance in Late 
Capitalism», Geografiska Annaler 1 'IB (1989), pp. 3-17 [en cast.: «De la ges- 
tión al empresarialismo: la transformación de la governanza urbana en el 
capitalismo tardío», cap. 16 de Espacios del Capital, Madrid, Akal, 2007]; Neil 
Brenner, Spaces of Neoliberalism: Urban Restucturing in North America and 
Western Europe, Oxford, Wiley-Blackwell, 2003. 



152 



relaciones entre lo local y lo global y la llamada «dialéctica espa- 
cio-plaza». La mayoría de los geógrafos que han examinado el 
problema han concluido acertadamente que es un error categóri- 
co considerar la globalización como una fuerza causal en relación 
con el desarrollo local. Lo que está en cuestión, argumentan con 
razón, es una relación bastante más complicada en diversas escalas 
en las que las iniciativas locales pueden difundirse a escala global 
y viceversa, al mismo tiempo que los procesos en una escala par- 
ticular -la competencia interurbana e interregional son los ejem- 
plos más obvios- pueden remodelar las configuraciones locales y 
regionales sobre las que influye la globalización. 

Así pues, la globalización no se debería considerar como una 
unidad indiferenciada, sino como una pauta geográficamente ar- 
ticulada de actividades y relaciones capitalistas globales 13 . ¿Pero 
qué significa exactamente una «pauta geográficamente articula- 
da»? Hay, por supuesto, muchas pruebas del desarrollo geográ- 
fico desigual (a diversas escalas), y al menos cierta teorización con- 
vincente con respecto a su lógica capitalista. Parte de ella se puede 
entender en términos convencionales como una aspiración por 
parte de capitales móviles (en los que el capital financiero, co- 
mercial y productivo tienen diferentes capacidades a este res- 
pecto) a obtener ventajas en la producción y apropiación de plus- 
valor desplazándose de un lado a otro. De hecho se pueden 
discernir tendencias que se adecúan a modelos bastante simples 
de «carrera hacia el abismo», en las que la fuerza de trabajo más 
barata y más fácilmente explotada se convierte en el faro que guía 
la movilidad del capital y las decisiones de inversión; pero hay 
muchas pruebas en contrario que sugieren que esa es una enorme 
simplificación cuando se proyecta como explicación monocausal 
de la dinámica del desarrollo geográfico desigual. El capital fluye 
en general tan fácilmente hacia regiones de altos salarios como 
hacia las de salarios bajos, y a menudo parece estar geográfica- 



13 Véase Kevin Cox (ed.), Spaces of Globalization: Reasserting the Power of 
the Local, Nueva York, Guilford Press, 1997. 



153 



mente orientado por criterios muy diferentes a los que conven- 
cionalmente predominan tanto en la economía política burguesa 
como en la marxista. 

El problema deriva en parte del hábito de ignorar la categoría 
del capital en bienes raíces y la considerable importancia de las 
inversiones a largo plazo en el entorno construido, que son por 
definición geográficamente inmóviles. Tales inversiones, particu- 
larmente cuando son de tipo especulativo, suscitan invariablemente 
nuevas oleadas de inversión si la primera se demuestra rentable 
(para llenar el centro de convenciones necesitamos los hoteles, 
que requieren mejores transportes y comunicaciones, que crean 
la posibilidad de ampliar la capacidad del centro de convencio- 
nes...). Así pues, en la dinámica de las inversiones en el área me- 
tropolitana se da cierta circularidad acumulativa (considérese por 
ejemplo todo el desarrollo en el área de las dársenas [Docklands] 
en Londres y la viabilidad financiera del distrito Canary Wharf, 
que gira en torno a nuevas inversiones, tanto públicas como pri- 
vadas, en esa zona). Esa es normalmente la función de los llama- 
dos «motores del crecimiento urbano»: la orquestación de proce- 
sos dinámicos de inversión y la asignación de inversiones públicas 
clave en el lugar y el momento adecuado para promover su éxito 
en la competencia interurbana e interregional 14 . 

Pero esto no sería tan atractivo de no ser por la posibilidad de 
captar además rentas de monopolio. Una estrategia bien conocida 
de los promotores, por ejemplo, consiste en reservar las parcelas 
mejores y más rentables en cada proyecto para extraer de ellas 
rentas de monopolio después de que se haya realizado el resto del 
proyecto. Gobiernos espabilados con los poderes precisos pueden 
acometer las mismas prácticas. El gobierno de Hong Kong, según 
tengo entendido, se financia en gran medida mediante las ventas 
controladas de parcelas de suelo público con precios de monopo- 
lio muy elevados, que dan lugar a su vez a rentas de monopolio 



14 John Logan and Harvey Molotch, Urban Fortunes: The Politkal Eco- 
nomy of Place, Berkeley, University of California Press, 1988. 



154 



sobre los inmuebles, lo que hace a Hong Kong muy atractivo para 
la inversión financiera internacional especializada en los merca- 
dos inmobiliarios. Hong Kong tiene por supuesto otras muchas 
ventajas dada su ubicación única, que aprovecha vigorosamente. 
Singapur, dicho sea de paso, también acometió de forma similar la 
captación de rentas de monopolio y tuvo mucho éxito, aunque sus 
medios político-económicos fueran muy diferentes. 

La gobernanza urbana de ese tipo se orienta principalmente a 
la elaboración de pautas para las inversiones locales, no solo en 
infraestructuras físicas como el transporte y las comunicaciones, 
instalaciones portuarias, alcantarillado y abastecimiento de agua, 
sino también en las infraestructuras sociales de educación, tecno- 
logía y ciencia, control social, cultura y calidad de vida. Su obje- 
tivo es crear suficiente sinergia en el proceso de urbanización para 
que se creen rentas de monopolio y para que estas sean aprove- 
chadas por los intereses privados y los poderes estatales. No to- 
dos esos esfuerzos tienen éxito, por supuesto, pero incluso los 
fracasados pueden entenderse en buena medida en relación con 
las rentas de monopolio, cuya búsqueda no se limita en cualquier 
caso a las prácticas del desarrollo inmobiliario, las iniciativas eco- 
nómicas y las finanzas públicas, sino que cubre un ámbito mucho 
más amplio. 

Capital simbólico colectivo, marcas de distinción 
y rentas de monopolio 

Si las pretensiones de unicidad, autenticidad, particularidad y 
especificidad sostienen la capacidad de captar rentas de monopo- 
lio, ¿qué mejor terreno para plantearlas que el de los artefactos y 
prácticas culturales históricamente constituidos y las característi- 
cas medioambientales especiales, incluido, por supuesto, el entor- 
no construido, social y cultural? Al igual que en el comercio del 
vino, todas esas proclamaciones, por muy enraizadas que estén en 
la realidad material, son también resultado de construcciones y 



155 



pugnas discursivas, basadas en narraciones históricas, interpreta- 
ciones de memorias colectivas, significados atribuidos a determi- 
nadas prácticas culturales y cosas parecidas; existe siempre un 
fuerte componente social y discursivo en la elaboración de tales 
causas para extraer rentas de monopolio, ya que no habrá, al me- 
nos en la mente de mucha gente, mejor lugar que Londres, El 
Cairo, Barcelona, Milán, Estambul, San Francisco o cualquier otro, 
en el que acceder a las características supuestamente únicas de 
tales lugares. 

El ejemplo más obvio es el turismo contemporáneo, pero creo 
que sería un error limitarse a ese ejemplo, porque lo que está en 
cuestión es el poder de atracción del capital simbólico colectivo, 
de las marcas especiales de distinción que atribuye a determinado 
lugar, sobre los flujos de capital. Bourdieu, a quien debemos el 
uso genérico de esos términos, los restringe desgraciadamente a 
individuos (como átomos que flotasen en un océano de juicios 
estéticos estructurados), cuando a mí me parece que podrían ser 
de mucho mayor interés las formas colectivas (y la relación de los 
individuos con ellas) 15 . El capital simbólico colectivo adherido a 
nombres y lugares como París, Atenas, Nueva York, Río de Janei- 
ro, Berlín o Roma es de gran importancia y da a tales lugares 
grandes ventajas económicas comparados, digamos, con Baltimore, 
Liverpool, Essen, Lille o Glasgow. El problema para estos últimos 
lugares es elevar su coeficiente de capital simbólico e incrementar 
sus marcas de distinción para fundamentar mejor sus pretensio- 
nes de una singularidad que dé lugar a una renta de monopolio. 
La «marca» de las ciudades se ha convertido en un gran nego- 
cio 16 . Dada la pérdida general de otras fuentes de monopolio de- 
bido a la mayor facilidad en los transportes y comunicaciones y la 



15 Pierre Bourdieu, Distinction: A Social Critique of the Judgement of Tosté, 
Londres, Routledge & Kegan Paul, 1984 [ed. cast.: La distinction. Criterio y 
bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 2000]. 

16 Miriam Greenberg, Branding New York: How a City in Crisis Was Sold 
to the World, Nueva York, Routledge, 2008. 



156 



reducción de otras barreras al comercio, esa lucha por el capital 
simbólico colectivo ha cobrado mayor importancia como base 
para las rentas de monopolio. ¿Cómo podemos explicar de otro 
modo el revuelo provocado por el museo Guggenheim en Bilbao, 
con la arquitectura característica de Gehry? ¿Cómo podemos ex- 
plicar de otro modo la buena disposición de importantes institu- 
ciones financieras, con considerables intereses internacionales, a 
financiar un proyecto tan peculiar? 

El nuevo auge de Barcelona en el seno del sistema de ciuda- 
des europeas, por poner otro ejemplo, se ha basado en parte en 
su continua acumulación de capital simbólico y de marcas de 
distinción, en la que han desempeñado un gran papel la tenaci- 
dad en recalcar la historia y tradiciones propias de Catalunya, la 
comercialización de sus grandes logros artísticos y su herencia 
cultural (la arquitectura de Gaudí, por ejemplo), así como los 
rasgos distintivos de su modo de vida y tradiciones literarias, 
respaldados por un aluvión de libros, exhibiciones y aconteci- 
mientos culturales que celebran esas peculiaridades. Todo esto 
ha sido realzado por nuevos ornatos arquitectónicos (como la 
Torre de Comunicaciones de Collserola diseñada por Norman 
Foster y el brillante Museo de Arte Contemporáneo en el barrio 
de El Raval, una zona céntrica muy degradada junto a la Ciutat 
Vella) y grandes inversiones para abrir el puerto y la playa, recu- 
perar zonas muy deterioradas para la Villa Olímpica (con una 
bonita referencia al utopismo de los icarianos), y convertir lo 
que hasta hace pocos años era una vida nocturna bastante turbia 
e incluso peligrosa en un panorama abierto de espectáculos ur- 
banos. A todo esto contribuyeron los Juegos Olímpicos, que 
abrieron enormes oportunidades para obtener rentas de mono- 
polio (dicho sea de paso, Juan Antonio Samaranch, presidente 
del Comité Olímpico Internacional, poseía grandes intereses in- 
mobiliarios en Barcelona) 17 . 



17 Donald McNeill, Urban Cbange and tbe European Left: Tales from the 
New Barcelona, Nueva York, Routledge, 1999. 



157 



Pero el éxito inicial de Barcelona parece insertarse profunda- 
mente en la primera contradicción. A medida que crecen las opor- 
tunidades de embolsarse grandes rentas de monopolio sobre la 
base del capital simbólico colectivo de Barcelona como ciudad (el 
precio de la vivienda ha aumentado vertiginosamente desde que 
el Royal Institute of British Architects le concedió a toda la ciu- 
dad su medalla por sus logros arquitectónicos), su irresistible fas- 
cinación atrae una mercantilización multinacional cada vez más 
homogeneizante. Las últimas fases del desarrollo urbanístico fren- 
te al mar parecen idénticas a las de cualquier otra ciudad del mun- 
do occidental; la monstruosa congestión del tráfico induce a abrir 
bulevares en la Ciutat Vella, grandes almacenes multinacionales 
sustituyen a las tiendas locales, la gentrificación desplaza a los an- 
tiguos residentes y destruye el viejo tejido urbano, con lo que Bar- 
celona pierde parte de sus marcas de distinción. Hay incluso 
muestras más groseras de disneyficación. 

Esa contradicción da pábulo al cuestionamiento y la resisten- 
cia. ¿Cuál es la memoria colectiva a preservar? ¿La de los anar- 
quistas, como los icarianos, que desempeñaron un papel tan im- 
portante en la historia de Barcelona? ¿La de los republicanos que 
combatieron tan valientemente contra Franco? ¿La de los nacio- 
nalistas catalanes, muchos de ellos inmigrantes andaluces? ¿O la 
de los franquistas acérrimos como Samaranch o el alcalde Porcio- 
les? ¿Cuál es la estética que realmente cuenta, la de los famosos 
arquitectos de Barcelona como Bohigas? ¿Por qué aceptar ningún 
tipo de disneyficación? Los debates de este tipo no se pueden aca- 
llar fácilmente, precisamente porque para todos está muy claro 
que el capital simbólico colectivo que ha acumulado Barcelona 
depende de valores de autenticidad, singularidad y cualidades par- 
ticulares no reproducibles. Tales marcas de distinción local son 
difíciles de acumular sin plantear la cuestión del empoderamiento 
local, incluido el de los movimientos populares y de oposición. En 
ese momento, por supuesto, los guardianes del capital simbólico 
y cultural colectivo -los museos, las universidades, la clase de los 
benefactores y el aparato estatal- suelen cerrar sus puertas e insis- 



158 



tir en mantener fuera a la chusma (aunque el Museu d'Art Con- 
temporani de Barcelona, a diferencia de la mayoría de las institu- 
ciones de ese tipo, ha quedado sorprendente y constructivamente 
abierto a la sensibilidad popular). Y si eso falla, entonces el estado 
puede intervenir con algún tipo de «comité de decencia» como el 
creado por el alcalde Giuliani de Nueva York para controlar el 
gusto cultural, cuando no con la represión policial directa. Lo que 
está en juego ahí es muy importante, ya que se trata de determinar 
qué sectores de la población se van a beneficiar más del capital 
simbólico colectivo al que todos han contribuido, en su propia 
forma peculiar, ahora y en el pasado. ¿Por qué consentir que la 
renta de monopolio vinculada a ese capital simbólico sea captada 
únicamente por las multinacionales o por un pequeño y poderoso 
sector de la burguesía local? Hasta en Singapur, que creó y se 
apropió tan despiadadamente y con tanto éxito de rentas de mo- 
nopolio durante muchos años (debidas principalmente a sus ven- 
tajas en cuanto a su situación y entorno), se procuró distribuir 
ampliamente los beneficios mejorando el alojamiento, la atención 
sanitaria y la educación. 

Por las mismas razones que ejemplifica la reciente historia de 
Barcelona, los sectores del conocimiento y el patrimonio históri- 
co, la vitalidad y fermento de la producción cultural, la arquitec- 
tura de firma y el cultivo de juicios estéticos peculiares se han 
convertido en poderosos elementos constitutivos del empresaria- 
lismo urbano en muchos lugares (en particular en Europa). Se 
trata de acumular marcas de distinción y capital simbólico colec- 
tivo en un mundo altamente competitivo. Pero esto trae como 
consecuencia todo tipo de cuestiones locales sobre cuáles son la 
memoria colectiva, la estética y los beneficios a priorizar. Los mo- 
vimientos vecinales de Barcelona reclaman su reconocimiento y 
empoderamiento sobre la base del capital simbólico, y como re- 
sultado pueden afianzar su presencia política en la ciudad. Son sus 
bienes comunes urbanos los que son apropiados con demasiada 
frecuencia, no solo por los promotores inmobiliarios, sino por el 
sector turístico. Pero la naturaleza selectiva de tales apropiaciones 



159 



puede inducir nuevas luchas políticas. El intento de eludir de toda 
mención de la trata de esclavos en la reconstrucción de la Dársena 
Albert de Liverpool generó protestas de la población excluida de 
origen caribeño y dio lugar a nuevas solidaridades políticas entre 
la población marginada. El memorial del Holocausto en Berlín ha 
resucitado viejas controversias. Hasta monumentos antiguos como 
la Acrópolis de Atenas, cuyo significado uno habría creído bien 
establecido, pueden verse sometidos a un cuestionamiento con 
notables consecuencias políticas, aunque sean indirectas 18 . La 
producción popular de nuevos bienes comunes urbanos, la acu- 
mulación de capital simbólico colectivo, la movilización de me- 
morias y mitologías colectivas y la apelación a tradiciones cultura- 
les específicas son importantes facetas de todas las formas de 
acción política, ya sean de izquierdas o de derechas. 

Considérense, por ejemplo, las disputas que se produjeron en 
torno a la reconstrucción de Berlín tras la reunificación alemana. 
Todo tipo de fuerzas divergentes se enfrentaron en aquella con- 
tienda por definir el capital simbólico de Berlín, ciudad que evi- 
dentemente puede reclamar cierta singularidad con respecto a su 
potencial para la mediar entre el este y el oeste de Europa. Su po- 
sición estratégica en relación con el desarrollo geográfico desi- 
gual del capitalismo contemporáneo (con la apertura de la antigua 
Unión Soviética) le confiere ventajas obvias; pero también se da 
otro tipo de batalla por la identidad centrada en la historia, cultu- 
ra, estética, mitologías, recuerdos y tradiciones colectivas. Men- 
cionaré solo una dimensión particularmente perturbadora de esa 
lucha, que no es necesariamente dominante y cuya capacidad para 
fundamentar pretensiones de renta de monopolio en la competen- 
cia global no está del todo clara o asegurada. Algunos arquitectos 
y planificadores locales (con el apoyo de parte del aparato adminis- 
trativo local) trataban de reivindicar las formas arquitectónicas del 



18 Argyro Loukaki, "Whose Genius Loci: Contrasting Interpretations 
of the Sacred Rock of the Athenian Acrópolis», Annals of the Association of 
American Geograpbers 87/2 (1997), pp. 306-329. 



160 



Berlín de los siglos xvm y XIX, y en particular de poner de relieve 
la tradición arquitectónica de Karl Friedrich Schinkel con exclu- 
sión de muchos otros. Esto podía verse como una simple cuestión 
de preferencia estética elitista, pero estaba cuajado de todo un 
conjunto de significados que tienen que ver con la memoria colec- 
tiva, los monumentos, el poder de la historia y la identidad política 
de la ciudad. También está relacionado con determinado clima de 
opinión (articulado en una variedad de discursos) que define quién 
es o no es berlinés y quién tiene derecho a la ciudad en términos 
estrechamente definidos de tradición o adhesión a valores y creen- 
cias particulares, poniendo de relieve una historia local y una 
herencia arquitectónica cargada de connotaciones nacionalistas y 
románticas. En un contexto en el que el mal trato y la violencia 
contra los inmigrantes es algo generalizado, puede ofrecer incluso 
una legitimación tácita a tales acciones. La población de origen 
turco, en buena parte nacida en el propio Berlín, ha sufrido mu- 
chas discriminaciones y se ha visto expulsada del centro de la ciu- 
dad. Su contribución a Berlín como ciudad es ignorada. Además, 
el estilo arquitectónico román tico/nacionalista encaja en un enfo- 
que tradicional de la monumentalidad que reproduce en general, 
en términos contemporáneos (aunque sin una referencia especifi- 
ca, y quizá incluso sin saberlo) los planes elaborados por Albert 
Speer al servicio de Hitler durante la década de 1930, para dar un 
trasfondo monumental al Reichstag. 

Afortunadamente, eso no es todo lo que se ha planteado en la 
búsqueda de un capital simbólico colectivo en Berlín. La recons- 
trucción por Norman Foster del Reichstag, por ejemplo, o el con- 
junto de arquitectos modernistas internacionales (en buena medida 
opuestos a los arquitectos locales) aportados por las multinacio- 
nales para reconstruir la Potsdamer Platz, iban en dirección muy 
distinta; y la respuesta román tico/nacionalista local a la amenaza 
del dominio multinacional podía, por supuesto, acabar siendo 
meramente un elemento inocente de interés en una estructura- 
ción compleja de diversas marcas de distinción para la ciudad 
(Schinkel, después de todo, tenía un considerable mérito arqui- 



161 



tectónico, y un castillo del siglo XVIII reconstruido podría prestar- 
se fácilmente a la disneyficación). 

Pero quizá lo más interesante de esta historia es que su lado 
negativo subraya lo fácilmente que pueden agravarse las contra- 
dicciones de la renta de monopolio. Si unos planes acartonados y 
su estética y prácticas discursivas exclusivistas llegaran a ser domi- 
nantes, el capital simbólico colectivo creado sería de difícil co- 
mercialización, porque sus cualidades tan especiales lo situarían 
en gran medida fuera de la globalización y dentro de una cultura 
política excluyente que la rechaza, replegándose hacia un nacio- 
nalismo estrecho de miras, como poco, y un violento rechazo de 
los extranjeros e inmigrantes en el peor de los casos. Los poderes 
de monopolio colectivo de los que puede disponer el gobierno 
urbano pueden orientarse hacia la oposición al cosmopolitismo 
banal de la globalización multinacional, pero también fundamen- 
tar un nacionalismo local estrecho de miras. Los términos cultu- 
rales con los que la opinión pública alemana rechazó la ayuda a los 
griegos para resolver el problema de su deuda sugieren que el 
fomento de tal nacionalismo localista puede tener consecuencias 
globales muy serias. El éxito de las marcas de distinción de una 
ciudad puede requerir la expulsión o erradicación de cualquier 
persona o cosa que no se amolda a la marca. 

El dilema -entre aproximarse tanto a la pura comercialización 
que se pierdan las marcas de distinción que subyacen bajo las ren- 
tas de monopolio, o establecer marcas de distinción tan especiales 
que sea muy difícil comercializarlas- está perpetuamente presente; 
pero como en el comercio del vino, siempre hay estratagemas dis- 
cursivas bajo la definición de lo que es o no tan especial en un 
producto, un lugar, una forma cultural, una tradición, una heren- 
cia arquitectónica. . . Las batallas discursivas se convierten en parte 
del juego y sus adalides (en los medios y en las instituciones acadé- 
micas, por ejemplo) obtienen audiencia así como apoyo financiero 
en relación con esos procesos. Hay mucho que ganar, por ejemplo, 
apelando a la moda (dicho sea de paso, convertirse en un centro de 
moda es un medio por el que las ciudades acumulan un considera- 



162 



ble capital simbólico colectivo). Los capitalistas son muy conscien- 
tes de ello y deben por tanto participar en las guerras culturales y 
en el fárrago del multiculturalismo, la moda y la estética, porque 
es precisamente ahí donde pueden obtener rentas de monopolio, 
aunque sean temporales. Y si, como mantengo, la renta de mono- 
polio es siempre objeto del deseo capitalista, los medios para obte- 
nerla mediante intervenciones en el campo de la cultura, historia, 
tradición, estética y significados cobran necesariamente gran im- 
portancia para los capitalistas de cualquier tipo. Surge así la cues- 
tión de cómo pueden convertirse tales intervenciones culturales en 
una potente arma en la lucha de clases. 

Renta de monopolio y espacios de esperanza 

Los lectores críticos se quejarán quizá del aparente reduccio- 
nismo económico de mi argumento; dirán que parezco afirmar 
que el capitalismo produce las culturas locales, configura los sig- 
nificados estéticos, y así domina las iniciativas locales impidiendo 
el desarrollo de cualquier diferencia que no esté directamente in- 
serta en la circulación del capital. No puedo evitar tal interpreta- 
ción pero sería una perversión de mi mensaje, ya que lo que espe- 
ro haber mostrado mediante el concepto de renta de monopolio 
dentro de la lógica de la acumulación de capital es que este tiene 
formas de extraer excedentes de las diferencias locales, las varia- 
ciones culturales locales y los significados estéticos de cualquier 
procedencia, y de apropiarse de ellos. Los turistas europeos pue- 
den ahora disfrutar de excursiones comercializadas al barrio de 
Harlem en Nueva York (incluido el disfrute de un coro de gospel), 
del mismo modo que las agencias de «turismo de la pobreza» 
promocionan visitas a las villas-miseria de Sudáfrica, a Dharavi en 
Bombay o a las favelas de Río. La industria musical estadouniden- 
se ha tenido gran éxito en la apropiación de la increíble creativi- 
dad de los músicos aficionados locales de todo el país (casi invaria- 
blemente en su propio beneficio y no en el de ellos). Hasta la 



163 



música políticamente explícita con la que se da cuenta de una lar- 
ga historia de opresión (como algunas formas de rap, el reggae o 
los dance halls jamaicanos) se ha mercantilizado. La mercantiliza- 
ción y comercialización de todo es de hecho una de las marcas 
distintivas de nuestra época. 

Pero la renta de monopolio es de por sí contradictoria. La pre- 
tensión de obtenerla lleva al capital global a valorar iniciativas 
locales peculiares; de hecho, en ciertos aspectos, cuanto más pe- 
culiares -y en esta época cuanto más transgresoras- sean esas ini- 
ciativas, mejor para él. También lleva a valorar la singularidad, 
autenticidad, particularidad, originalidad y muchas otras dimen- 
siones de la vida social que son incompatibles con la homogenei- 
dad implícita en la producción de mercancías. Y si el capital no 
destruye totalmente la singularidad que es la base de la apropia- 
ción de rentas de monopolio (aunque hay muchos casos en que lo 
ha hecho y ha sido rotundamente condenado por ello), tiene que 
permitir y aun promocionar la diferenciación y desarrollos cultu- 
rales locales divergentes y en cierta medida incontrolables, que 
pueden ser antagónicos a su propio funcionamiento disciplinado. 
Puede incluso apoyar (aunque cauta y nerviosamente) prácticas 
culturales transgresoras, precisamente por su originalidad, creati- 
vidad y autenticidad, que es lo que las hace únicas. 

Es en esos espacios donde se pueden constituir movimientos de 
oposición, aun suponiendo que no estén ya firmemente enraizados 
en ellos, como suele suceder. El problema para el capital es hallar 
formas de integrar, subsumir, mercantilizar y monetizar tales dife- 
rencias y bienes culturales comunes lo bastante como para extraer 
de ellos rentas de monopolio. Al hacerlo, el capital genera a menu- 
do alienación y resentimiento entre los productores culturales, 
que experimentan de primera mano la apropiación y explotación 
de su creatividad y su compromiso político en beneficio económico 
de otros, de modo muy parecido al resentimiento experimentado 
por poblaciones enteras al ver explotadas sus historias y culturas 
mediante la mercantilización. El problema para los movimientos 
de oposición es enfrentarse a esa apropiación generalizada de sus 



164 



bienes culturales comunes y aprovechar la validación de su par- 
ticularidad, singularidad, autenticidad, cultura y significados esté- 
ticos para abrir nuevas posibilidades y alternativas. 

Eso significa, como mínimo, resistencia a la idea de que la au- 
tenticidad, creatividad y originalidad son un producto exclusivo 
de la geografía histórica burguesa, y no de la clase obrera, los 
campesinos u otras clases no capitalistas. También implica tratar 
de persuadir a los productores culturales actuales de que reorien- 
ten su cólera hacia la mercantilización, la dominación del merca- 
do y el sistema capitalista en general, ya que una cosa es ser trans- 
gresor con respecto a la sexualidad, religión, hábitos sociales y 
convenciones artísticas y arquitectónicas, y otra muy distinta ser- 
lo en relación con las instituciones y prácticas del dominio capita- 
lista insertas hasta lo más hondo en la esfera cultural. Las luchas 
generalizadas -aunque habitualmente fragmentadas- entre la apro- 
piación capitalista y la creatividad cultural pasada y presente, pue- 
den impulsar a un sector de la comunidad preocupada por las 
cuestiones culturales a situarse de parte de una política opuesta al 
capitalismo multinacional y en favor alguna alternativa más con- 
vincente basada en otro tipo de relaciones sociales y ecológicas. 

Pero eso no significa que la adhesión a valores «puros» de au- 
tenticidad y originalidad y a una estética de las peculiaridades de 
una cultura sea fundamento suficiente para una política progresis- 
ta de oposición. También puede virar fácilmente hacia una políti- 
ca identitaria local, regional o nacionalista de tipo neofascista, de 
las que ya hay demasiados signos perturbadores en gran parte de 
Europa y otros lugares. Esta es una contradicción crucial a la que 
la izquierda debe hacer frente. Los espacios para una política 
transformadora están ahí, porque el capital nunca puede permi- 
tirse cerrarlos. Ofrecen oportunidades para una oposición socia- 
lista. Pueden servir de vivero para cultivar formas de vida o inclu- 
so filosofías sociales alternativas (del mismo modo que Curitiba, 
en el estado brasileño de Paraná, ha promovido ideas de sosteni- 
bilidad ecológica urbana cosechando una fama considerable por 
sus iniciativas). Pueden constituir, como la Comuna de París de 



165 



1781 o los numerosos movimientos políticos de base urbana en 
todo el mundo en 1968, un elemento decisivo en ese fermento 
revolucionario que Lenin llamó hace mucho tiempo «El Festival 
del Pueblo». Los fragmentados movimientos de oposición a la 
globalización neoliberal, tal como se manifestaron en Seattle, 
Praga, Melbourne, Bangkok y Niza, y luego más constructiva- 
mente en el Foro Social Mundial de 2001 en Porto Alegre, apun- 
tan a ese tipo de política alternativa. No es totalmente antagónica 
a la globalización, pero pretende que se dé en términos muy dife- 
rentes. El esfuerzo en pro de cierto tipo de autonomía cultural y 
el apoyo a la creatividad y diferenciación cultural es un poderoso 
elemento constitutivo de esos movimientos políticos. 

No es casual, desde luego, que haya sido Porto Alegre, más que 
Barcelona, Berlín, San Francisco o Milán, la que se haya abierto a 
tales iniciativas de oposición 19 , ya que en esa ciudad las fuerzas de 
la cultura y de la historia están siendo movilizadas por un movi- 
miento político (impulsado por el Partido dos Trabalhadores bra- 
sileño) de forma muy diferente, buscando un tipo de capital sim- 
bólico colectivo distinto al que ostentan el museo Guggenheim 
de Bilbao o el Tate Modern en Londres. Las marcas de distinción 
acumuladas en Porto Alegre proceden de su lucha por configurar 
una alternativa a la globalización que no se base en las rentas de 
monopolio particular ni ceda ante el capitalismo multinacional en 
general. Concentrándose en la movilización popular, está cons- 
truyendo activamente nuevas formas culturales y nuevas defini- 
ciones de autenticidad, originalidad y tradición. Es un camino 
difícil de seguir, como demostraron ejemplos anteriores del estilo 
de los notables experimentos de la Bolonia Roja en las décadas de 
1960 y 1970. El socialismo en una sola ciudad no es un concepto 
viable, pero es en las ciudades donde se concentran las condicio- 
nes para la producción y apropiación de rentas de monopolio, en 



19 Rebecca Abers, ««Practicing Radical Democracy: Lessons from Bra- 
zil», Plurimondt 1/2 (1999), pp. 67-82; Ignacio Ramonet, «Porto Alegre», 
Le Monde Diplomattque 562/1 (enero de 2001). 



166 



términos de inversiones físicas y de movimientos culturales. Des- 
de arriba no nos vendrá ninguna alternativa a la forma actual de 
globalización; tendrá que llegar de múltiples espacios locales -en 
particular espacios urbanos- conjuntándose en un movimiento 
más amplio, y es ahí donde las contradicciones que afrontan los 
capitalistas en su búsqueda de rentas de monopolio asumen cierta 
importancia estructural. Al tratar de hacer negocio con los valores 
de autenticidad, localización, historia, cultura, memoria y tradi- 
ción colectiva, abren un espacio para el pensamiento y la acción 
política en el que se pueden concebir y mantener alternativas so- 
cialistas. El espacio de esos bienes comunes merece una intensa 
exploración y cultivo por los movimientos de oposición que aco- 
gen a los productores culturales y la producción cultural como un 
elemento clave de su estrategia política. Hay abundantes prece- 
dentes históricos para movilizar en ese sentido a las fuerzas de la 
alta cultura (el papel de los constructivistas en los años creativos 
de la revolución rusa, de 1918 a 1926, solo es uno entre muchos 
ejemplos históricos instructivos). Pero también es crucial la cultu- 
ra popular tal como se produce en las relaciones comunes de la 
vida cotidiana. Ahí reside uno de los espacios de esperanza claves 
para la construcción de un tipo de globalización alternativo y una 
política decidida contra la mercantilización de todo, en la que las 
fuerzas progresistas de la producción y la trasformación cultural 
puedan tratar de apropiarse y socavar las fuerzas del capital, en 
lugar de lo contrario. 



167 



SEGUNDA PARTE 
CIUDADES REBELDES 



CAPÍTULO CINCO 

Reclamar la ciudad para la lucha anticapitalista 



Si la urbanización es tan decisiva para la acumulación del capi- 
tal, y si las fuerzas del capital y sus innumerables aliados deben 
movilizarse incansablemente para revolucionar periódicamente la 
vida urbana, esto conlleva inevitablemente algún tipo de lucha de 
clases, se reconozca o no explícitamente como tal, aunque solo sea 
porque las fuerzas del capital tienen que esforzarse enérgicamen- 
te por imponer su voluntad a un proceso urbano y a poblaciones 
enteras que nunca estarán, ni siquiera en las circunstancias más 
favorables, totalmente bajo su control. De ahí se sigue una impor- 
tante cuestión político-estratégica: ¿En qué medida deben cen- 
trarse y organizarse explícitamente las luchas anticapitalistas en el 
amplio terreno de la ciudad y el medio urbano? Y si deben hacer- 
lo, ¿cómo y exactamente por qué? 

La historia de la lucha de clases de base urbana es impresio- 
nante. Los sucesivos movimientos revolucionarios en París desde 
1789 hasta la Comuna de 1871, pasando por 1 830 y 1848, consti- 
tuyen el ejemplo más obvio del siglo XIX. Posteriores aconteci- 
mientos incluyen el soviet de Petrogrado, las comunas de Shanghái 
de 1927 y 1967, la huelga general en Seattle en 1919, Barcelona 
en la Guerra Civil española, el cordobazo argentino en 1 969, las 
batallas urbanas en Estados Unidos durante la década de 1960, 
las movilizaciones urbanas de 1968 (París, Chicago, Ciudad de 
México, Bangkok y otras, incluidas la llamada «Primavera de Pra- 
ga» y el auge de las asociaciones de vecinos en Madrid a la cabeza 
del movimiento antifranquista en aquella misma época); en tiem- 
pos más recientes hemos sido testigos de ecos de aquellas luchas 
en las protestas contra la globalización en Seattle en 1 999 (segui- 
da por protestas similares en Quebec, Génova y muchas otras ciu- 



171 



dades, como parte de un movimiento general contra la globaliza- 
ción), y más recientemente aún hemos visto protestas de masas en 
la plaza Tahrir de El Cairo, en Madison (Wisconsin), en la Puerta 
del Sol en Madrid, en la Placa de Catalunya en Barcelona y en la 
plaza Syntagma en Atenas, así como rebeliones revolucionarias en 
Oaxaca en México, en Cochabamba (2000 y 2007) y en El Alto 
(2003 y 2005) en Bolivia, junto con otras movilizaciones políticas 
muy diferentes pero igualmente importantes en Buenos Aires en 
2001-2002 y en Santiago de Chile (2006 y 201 1). 

Y como demuestra la historia, esos acontecimientos no se han 
producido únicamente en centros urbanos aislados; en varias oca- 
siones el espíritu de la protesta y la rebelión se ha extendido con- 
tagiosa y notablemente a través de las redes urbanas. Puede que el 
movimiento revolucionario de 1 848 naciera en París, pero el es- 
píritu de la rebelión se propagó en pocas semanas a Viena, Berlín, 
Milán, Budapest, Fráncfort y muchas otras ciudades europeas. La 
revolución bolchevique en Rusia se vio acompañada por la forma- 
ción de consejos obreros y «soviets» en Berlín, Viena, Varsovia, 
Riga, Munich y Turín, y en 1968 fueron París, Berlín, Londres, 
Ciudad de México, Bangkok, Chicago y muchas otras ciudades las 
que experimentaron «jornadas de rabia» y en algunos casos vio- 
lentas represiones. El desarrollo de la crisis urbana en Estados 
Unidos durante la década de 1960 afectó simultáneamente a mu- 
chas ciudades; y en un momento asombroso pero muy subestima- 
do de la historia mundial, el 1 5 de febrero de 2003 varios millones 
de personas se manifestaron simultáneamente en las calles de Roma 
(en la que fue, con alrededor de 3 millones de personas, la mayor 
manifestación contra la guerra en toda la historia de la humani- 
dad), Madrid, Londres, Barcelona, Berlín y Atenas, y en número 
bastante menor (aunque imposible de precisar debido a la repre- 
sión policial) en Nueva York, Melbourne y casi doscientas ciuda- 
des de Asia (a excepción de China), África y Latinoamérica, en 
una manifestación a escala mundial contra la amenaza de guerra 
contra Iraq. Ese movimiento, descrito entonces como una de las 
primeras expresiones de la opinión pública global, se desvaneció 



172 



rápidamente, pero dejó tras de sí la sensación de que la red urbana 
global está repleta de posibilidades políticas que no han sido toda- 
vía aprovechadas por los movimientos progresistas. La actual 
oleada de movimientos juveniles en todo el mundo, desde El Cai- 
ro hasta Madrid o Santiago de Chile -por no hablar de la rebelión 
callejera en Londres, seguida por el movimiento Occupy Wall 
Street iniciado en la ciudad de Nueva York y que luego se exten- 
dió a innumerables ciudades estadounidenses y de todo el mun- 
do- sugiere que hay algo político en el aire de las ciudades que se 
debate por expresarse 1 . 

De este breve repaso de los movimientos políticos de base ur- 
bana brotan dos preguntas: ¿Es la ciudad (o un conjunto de ciuda- 
des) un sitio meramente pasivo o red preexistente, el lugar donde 
aparecen y se expresan corrientes más profundas de la lucha polí- 
tica? A primera vista podría parecer así; pero también está claro 
que ciertas características ambientales urbanas son más propicias 
a las protestas rebeldes que otras, tales como la centralidad de 
plazas como Tahrir, Tiananmen y Syntagma, la mayor facilidad 
para erigir barricadas en París comparada con Londres o Los An- 
geles, o la situación de El Alto que le permite controlar las prin- 
cipales rutas se abastecimiento a La Paz. 

El poder político suele tratar por eso de reorganizar las infra- 
estructuras y la vida urbana atendiendo al control de poblaciones 
levantiscas. El caso más famoso es el de los bulevares diseñados 
por Haussmann en París, considerados desde el primer momento 
como un medio de control militar, pero no es el único. La remo- 
delación del centro de las ciudades en Estados Unidos a raíz de los 
disturbios urbanos de la década de 1 960 tenía como fin crear im- 
portantes barreras físicas -de hecho, fosos por los que discurrían 



1 El refrán «el aire de la ciudad libera» [Stadtluftmachtfrei] es una cono- 
cida sentencia medieval, de cuando las ciudades con una carta de derechos a 
modo de Constitución podían funcionar como «islas no-feudales en un 
océano feudal». La exposición clásica al respecto es la de Henri Pirenne, 
Medieval Cities, Princeton, Princeton University Press, 1925 [ed. cast.: Las 
ciudades de la Edad Media, Madrid, Alianza, 1972]. 



173 



autopistas- entre las ciudadelas de gran valor inmobiliario en el 
centro y los empobrecidos barrios periféricos cercanos. Los vio- 
lentos combates de las Fuerzas de Defensa Israelíes con el fin de 
someter a los movimientos de oposición palestinos en Ramala o 
más tarde por el ejército estadounidense en Faluya (Iraq), han 
desempeñado un papel crucial en el replanteamiento de las estra- 
tegias militares para pacificar, vigilar y controlar las poblaciones 
urbanas. A su vez, movimientos de oposición como Hezbollah y 
Hamas promueven nuevas estrategias de rebelión urbana. La mi- 
litarización no es, por supuesto, la única solución (y como demos- 
tró Faluya, puede estar muy lejos de ser la mejor). Los programas 
de pacificación planificada en las favelas de Río de Janeiro supo- 
nen un enfoque urbanizado de la guerra social y de clases median- 
te la aplicación de diversas políticas públicas a los barrios más 
turbulentos. Hezbollah y Hamas, por su parte, combinan las ope- 
raciones militares desde dentro de la densa red de emplazamien- 
tos urbanos con la construcción de estructuras alternativas de go- 
bernanza urbana, que incluyen desde la recogida de basuras a los 
subsidios y ayudas sociales y la administración de los barrios. 

Lo urbano funciona pues, obviamente, como un ámbito rele- 
vante de acción y rebelión política. Las características propias de 
cada lugar son importantes, y su remodelación física y social así 
como su organización territorial son armas para la lucha política. 
Al igual que en las operaciones militares la elección y conforma- 
ción del campo de batalla desempeña un papel destacado en su 
resultado, lo mismo sucede con las protestas populares y los mo- 
vimientos políticos en el entorno urbano 2 . 

El segundo punto importante es que se acostumbra a estimar 
la eficacia de las protestas políticas según su capacidad para tras- 
tornar la economía urbana. Durante la primavera de 2006, por 
ejemplo, la población inmigrante en Estados Unidos desarrolló 
una agitación general a partir de una propuesta al Congreso para 



2 Stephen Graham, Cities Under Siege: TbeNew Military Urbanism, Lon- 
dres, Verso, 2010. 



174 



criminalizar a los inmigrantes indocumentados (algunos de los 
cuales llevaban décadas en el país). Las protestas masivas se con- 
virtieron en algo así como una huelga de trabajadores inmigrantes 
que interrumpió de hecho la actividad económica en Los Angeles 
y Chicago y tuvo un serio impacto en otras ciudades. Aquella im- 
presionante demostración de poder político y económico de los 
inmigrantes (tanto legales como ilegales) para perturbar los flujos 
de producción y circulación de bienes y servicios en importantes 
centros urbanos contribuyó notablemente a dejar sin efecto la le- 
gislación propuesta. 

El movimiento por los derechos de los inmigrantes surgió de 
la nada y se vio marcado por un alto grado de espontaneidad; pero 
también se desvaneció rápidamente, dejando tras de sí dos logros 
menores pero quizá significativos, además del bloqueo de la ini- 
ciativa legislativa: la formación de una alianza permanente de los 
trabajadores inmigrantes y la instauración en Estados Unidos de 
la costumbre de celebrar el 1 de mayo como jornada de afirma- 
ción de las reivindicaciones obreras. Aunque esto último pueda 
parecer puramente simbólico, recuerda no obstante a los trabaja- 
dores estadounidenses, organizados y no organizados, su poten- 
cialidad colectiva. La rápida disipación del movimiento también 
dejó clara una de las principales barreras para la materialización 
de esa potencialidad, en concreto la gran distancia entre sus adhe- 
rentes, principalmente hispanos (latinoamericanos), y los dirigentes 
de la población afroamericana, que permitió un intenso bombar- 
deo propagandístico de los medios de derechas, repentinamente 
anegados en lágrimas de cocodrilo sobre las penalidades de los 
afroamericanos despojados de sus empleos por los inmigrantes 
ilegales latinoamericanos 3 . 

La rapidez y volatilidad con que han surgido y desaparecido 
durante las últimas décadas movimientos de protesta masivos exi- 



3 Kevin Jonson and Hill Ong Hing, «The Immigrants Rights Marches 
of 2006 and the Prospects for a New Civil Rights Movement», Harvard 
Civil Rights-Civil Liberties Law Review 42, pp. 99- 138. 



175 



ge algún comentario. Además de la movilización planetaria con- 
tra la guerra en 2003 y el ascenso y caída del movimiento por los 
derechos de los trabajadores inmigrantes en Estados Unidos en 
2006, hay innumerables ejemplos del curso errático y desigual 
arraigo geográfico de los movimientos de oposición; podemos 
mencionar aquí la rapidez con que las revueltas en los suburbios 
franceses en 2005 y los estallidos revolucionarios en muchos paí- 
ses latinoamericanos, desde Argentina en 2001-2002 a Bolivia en 
2000-2005, fueron controlados y reabsorbidos en las prácticas ca- 
pitalistas dominantes. ¿Tendrán mayor arraigo las protestas de los 
indignados en el sur de Europa en 201 1 y el reciente movimiento 
Occupy Wall Street? Entender la política y el potencial revolu- 
cionario de tales movimientos constituye un serio desafío. La 
fluctuante historia y fortuna del movimiento contra la globaliza- 
ción o alterglobalista desde finales de la década de 1 990 también 
sugiere que nos encontramos en una fase muy particular y quizá 
radicalmente diferente de la lucha anticapitalista. Ese movimien- 
to, formalizado en el Foro Social Mundial y sus vástagos regiona- 
les y cada vez más ritualizado en manifestaciones periódicas con- 
tra el Banco Mundial, el FMI, el G-7 (ahora G-20) o casi cualquier 
encuentro internacional con el tema que sea (desde el cambio cli- 
mático al racismo o la igualdad de género) es tremendamente ma- 
leable y escurridizo, porque más que una organización coherente 
es «un movimiento de movimientos» 4 . Eso no quiere decir que 
las formas tradicionales de organización de la izquierda (partidos 
políticos y grupos militantes, sindicatos y movimientos ecologis- 
tas o sociales como el de los maoístas en la India o el de los cam- 
pesinos sin tierra en Brasil) hayan desaparecido; pero ahora todos 
parecen flotar en un océano de movimientos opositores más difu- 
sos, carentes de una coherencia política global. 



4 Thomas Mertes (ed.), A Movement of Movements, Londres, Verso, 
2004; Sara Motta y Alf Gunvald Nilson (eds.), Social Movements in the Global 
South: Dispossession, Development and Resístame, Basingstoke, Hants, Palgrave 
Macmillan, 201 1. 



176 



Cambios de perspectiva de la izquierda 
sobre las luchas anticapitalistas 

La cuestión más relevante que quiero dilucidar aquí es esta: 
¿son las manifestaciones urbanas de todos esos diversos movi- 
mientos algo más que meros efectos colaterales de las aspiracio- 
nes humanas globales, cosmopolitas o universales, sin ninguna 
relación específica con las peculiaridades de la vida urbana? ¿O 
hay algo en el proceso y la experiencia urbana -en las cualidades 
de la vida urbana cotidiana- bajo el capitalismo que tenga de por sí 
potencial para servir de base a luchas anticapitalistas? Si es así, 
¿qué es lo que constituye ese fundamento y cómo se puede movi- 
lizar y servir para desafiar los poderes políticos y económicos do- 
minantes del capital, junto con sus prácticas ideológicas hegemó- 
nicas y su poderoso yugo sobre la subjetividad política (cuestión 
esta última que en mi opinión es decisiva)? Con otras palabras, 
¿cJeberían considerarse fundamentales para la política anticapita- 
listi\ las luchas en y sobre la ciudad, y sobre las cualidades y pers- 
pectivas de la vida urbana? 

Nc\diré que la respuesta a esas preguntas sea «obviamente 
afirmativa», pero creo que vale la pena reflexionar sobre ellas. 

Para buena parte de la izquierda tradicional (con lo que me 
refiero principalmente a los partidos políticos socialistas y comu- 
nistas y la mayoría de los sindicatos), la interpretación de la geo- 
grafía histórica de los movimientos políticos de base urbana se ha 
visto trabada por suposiciones políticas y tácticas a priori que han 
llevado a una subestimación e incomprensión de la capacidad de 
esos movimientos para impulsar un cambio no solo radical sino 
también revolucionario. Los movimientos sociales urbanos se con- 
sideran con demasiada frecuencia como algo separado o subor- 
dinado a la lucha de clases anticapitalista enraizada en la explo- 
tación y alienación del trabajo vivo en la producción. En caso de 
valorarlos positivamente, los movimientos sociales urbanos son 
típicamente imaginados como meros subproductos derivados 
de esas batallas más fundamentales. En la tradición marxista, por 



177 



ejemplo, las luchas urbanas suelen ser ignoradas o menosprecia- 
das como desprovistas de capacidad o importancia revolucionaria, 
ya que afectan a cuestiones de reproducción más que de produc- 
ción, o a los derechos, la soberanía y la ciudadanía, y no al valor y 
al plusvalor del que se apropia la clase capitalista. El movimiento 
de los trabajadores inmigrantes no sindicados en 2006, según esa 
argumentación, se limitaba a reivindicar la igualdad de derechos y 
no tenía como propósito una revolución social. 

Cuando una batalla a escala de toda una ciudad adquiere un 
estatus revolucionario simbólico, como en el caso de la Comuna 
de París de 1871, se suele presentar (como hizo primero Marx, y 
aún más enfáticamente Lenin) como un «levantamiento proleta- 
rio» 5 más que como un movimiento revolucionario mucho más 
complejo, animado tanto por el deseo de reivindicar la propia ciu- 
dad frente a su apropiación burguesa, como por la deseada libera- 
ción de los trabajadores de las fatigas y la opresión de clase en el 
puesto de trabajo. A mí me parece simbólico que las dos primeras 
decisiones de la Comuna de París fueran abolir el trabajo noctur- 
no en las panaderías (una cuestión laboral) e imponer una mora- 
toria sobre los alquileres (una cuestión urbana). Los grupos de 
izquierda tradicionales pueden pues encabezar con éxito luchas 
de base urbana, aun cuando las interpreten desde su estrecha pers- 
pectiva tradicional obrerista. El Socialist Workers Party británi- 
co, por ejemplo, dirigió a finales de los años ochenta una batalla 
victoriosa contra el impuesto de capitación [poli tax] de Margaret 
Thatcher (una reforma impositiva igualitaria que golpeaba muy 
duramente a los más pobres). La derrota de Margaret Thatcher 
en aquella contienda desempeñó probablemente un papel deter- 
minante en su renuncia a seguir dirigiendo el gobierno. 

La lucha anticapitalista, en el sentido marxista formal, se plan- 
tea fundamentalmente en relación con la abolición de la relación 



5 Karl Marx y Vladimir Lenin, The Civil War in France: The Parts Com- 
mune, Nueva York, International Publishers, 1989 [ed. cast.: La Comuna de 
París, Madrid, Akal, 2010]. 



178 



de clase entre capital y trabajo (en la producción) que permite la 
apropiación del valor por el capital. Su objetivo último es la abo- 
lición de esa relación de clase y de todo lo que la acompaña, no 
importa donde ocurra. A primera vista ese objetivo revoluciona- 
rio parece no tener nada que ver con la urbanización en sí; incluso 
cuando esa lucha se expresa, como suele suceder, en conflictos 
interétnicos, raciales o de género de base urbana, en los espacios 
vitales de la ciudad, el criterio fundamental para los marxistas es 
que una lucha anticapitalista debe en último término referirse a la 
propia esencia del sistema capitalista, aspirando a extirpar el tu- 
mor canceroso de las relaciones de clase en la producción. Aun- 
que supondría una caricatura decir que el movimiento obrero ha 
privilegiado siempre y en todas partes a los obreros industriales 
como agentes de vanguardia para el cumplimiento de esa misión, 
lo cierto es que en las versiones marxistas revolucionarias esa van- 
guardia debe dirigir la lucha de clases a través de la dictadura del 
proletariado hacia una tierra prometida en la que se desvanecen el 
estado y las clases. 

Las cosas se han planteado pues a veces de manera un tanto 
estrecha. Marx argumentaba que las relaciones de dominación de 
clase en la producción tenían que ser destruidas por los obreros 
asociados controlando su propio proceso y planes de producción, 
opinión que reproducía y resumía una larga historia de aspiración 
política al control obrero, la autogestión, las cooperativas obreras 
y otros conceptos parecidos 6 , sin que esos planteamientos surgie- 
ran necesariamente de ningún intento deliberado de seguir las 
prescripciones teóricas de Marx (de hecho era casi a la inversa, 
reflejando estas últimas los primeros) ni tampoco se imaginaran 
necesariamente en la práctica como una estación intermedia en el 
recorrido hacia una completa reconstrucción revolucionaria del 
orden social. Casi siempre surgieron de una intuición básica, a la 
que los propios trabajadores llegaron en muy diversos sitios y mo- 



6 Mario Tronti, «Workers and Capital», en libcom.org, publicado ori- 
ginalmente en italiano, 1971. 



179 



mentos, de que sería mucho más justo, menos opresivo y más 
acorde con su propio sentido de autovaloración y dignidad perso- 
nal, regular sus propias relaciones sociales y actividades producti- 
vas, en lugar de someterse a los dictados de un patrón a menudo 
despótico que les exigía una entrega infatigable de su capacidad 
para el trabajo alienado. Pero los intentos de cambiar el mundo 
mediante el control obrero y otros movimientos análogos -tales 
como los proyectos de propiedad comunitaria, la llamada eco- 
nomía «moral» o «solidaria», sistemas locales de comercio o 
trueque, la creación de espacios autónomos (el más famoso de los 
cuales sería hoy día el de los zapatistas mexicanos)- no se han 
demostrado hasta ahora viables como modelo para construir solu- 
ciones anticapitalistas más globales, pese a los nobles esfuerzos y 
sacrificios para mantener en pie esos proyectos frente a feroces 
hostilidades y represiones implacables 7 . 

La razón principal del fracaso a largo plazo de tales iniciativas 
para constituir una alternativa global al capitalismo es bastante 
simple. Todas las empresas que operan en una economía capitalis- 
ta están sometidas a «las leyes irrefragables de la competencia» 
que afianzan las leyes capitalistas de la producción y realización 
de valor. Si alguien ofrece un producto similar al mío con un cos- 
te más bajo y no quiero quedarme sin clientes, tengo que modifi- 
car mis prácticas de producción para aumentar mi productividad 
o reducir mis costes de trabajo, bienes intermedios y materias pri- 
mas. Aunque haya empresas pequeñas y localizadas que puedan 
eludir por un tiempo esa coerción y trabajar más allá del alcance 
de las leyes de la competencia (adquiriendo, por ejemplo, el esta- 
tus de monopolios locales), la mayoría no pueden hacerlo; por eso 
las empresas cooperativas o controladas por los trabajadores aca- 
ban reproduciendo en algún momento el comportamiento de sus 
competidores capitalistas, y cuanto más lo hacen menos se distin- 



7 Immanuel Ness and Dario Azzelini (eds.), Otirs to Master and to Own: 
Workers' Control from the Commune to the Present, Londres, Haymarket Books, 
2011. 



180 



guen sus prácticas. De hecho, puede muy bien suceder que los 
trabajadores acaben cayendo en un estado de autoexplotación co- 
lectiva tan represivo como el que impone el capital. 

Además, tal como exponía Marx en el segundo volumen de El 
Capital, la circulación del capital comprende tres procesos par- 
ticulares, el del dinero, el productivo y el de las mercancías 8 . Nin- 
gún proceso de circulación puede sobrevivir, ni siquiera existir, 
sin los demás: se entrelazan y codeterminan mutuamente. El con- 
trol de los trabajadores o de colectivos comunitarios en unidades 
de producción relativamente aisladas difícilmente puede perdu- 
rar -pese a la esperanzada retórica autonomista, autogestionaria y 
anarquista- frente a un entorno financiero y un sistema de crédito 
hostiles y a las prácticas depredadoras del capital mercantil. El 
poder del capital financiero y del capital mercantil (el fenómeno 
Wal-Mart) han resurgido con fuerza en los últimos años (este es 
un tema muy poco tratado en la teorización de izquierdas con- 
temporánea). Qué hacer con respecto a esos otros procesos de 
circulación y a las fuerzas de clase que cristalizan en torno a ellos 
se convierte así en una parte muy importante del problema. Se 
trata, después de todo, de las fuerzas primordiales a través de las 
que opera la férrea ley de la determinación capitalista del valor. 

La conclusión teórica que se deduce de esto es evidente. La abo- 
lición de la relación de clase en la producción depende de la aboli- 
ción del poder de la ley capitalista del valor para dictar las condi- 
ciones de la producción mediante el libre comercio en el mercado 
mundial. La lucha anticapitalista no debe organizarse y reorgani- 
zarse únicamente en el proceso de trabajo, por fundamental que 
sea este. Debe también tratar de hallar una alternativa política y 
social al funcionamiento de la ley capitalista del valor en el merca- 
do mundial. Por muchos movimientos comunitarios y de control 
obrero que puedan surgir de las intuiciones concretas de la gente 



8 Karl Marx, El Capital, Volumen 2, tomo 1, Madrid, Akal, 2000; pp. 
31-123. David Harvey, A Companion to Marx's Capital, Volume 2, Londres, 
Verso, de próxima publicación. 



181 



que se ocupa colectivamente de la producción y del consumo, 
cuestionar el funcionamiento de la ley capitalista del valor a escala 
mundial requiere una comprensión teórica de las relaciones ma- 
croeconómicas además de una gran sofisticación técnica y organi- 
zativa. Esto plantea el difícil problema de desarrollar una capaci- 
dad política y organizativa para movilizary controlar la organización 
de la división internacional del trabajo y de las prácticas y relacio- 
nes de intercambio en el mercado mundial. El «desacoplamiento» 
que proponen algunos ahora es prácticamente imposible por di- 
versas razones. En primer lugar, incrementaría la vulnerabilidad 
frente a las hambrunas locales y a las catástrofes sociales y «natu- 
rales». En segundo lugar, la gestión eficaz y la supervivencia de- 
penden casi siempre de la disponibilidad de medios de producción 
sofisticados. Por ejemplo, la capacidad de un colectivo de trabaja- 
dores para coordinar los flujos a lo largo de una cadena productiva 
(desde las materias primas hasta los productos acabados) depende 
de la disponibilidad de fuentes de energía y tecnologías, como la 
electricidad, teléfonos móviles, ordenadores e internet, que proce- 
den de ese mundo en el que predominan las leyes capitalistas de 
creación y circulación del valor. 

Frente a esas dificultades obvias, muchas fuerzas de la izquier- 
da tradicional preconizaron históricamente como principal obje- 
tivo la conquista del poder estatal, que a continuación se podría 
utilizar para regular y controlar el flujo de capital y dinero, para 
instituir sistemas de intercambio fuera del mercado (y no mercan- 
tilizados) mediante una planificación racional, y para establecer 
una alternativa a las leyes capitalistas de determinación del valor 
mediante reconstrucciones organizadas y conscientemente pla- 
neadas de la división internacional del trabajo. Los países comu- 
nistas creados a partir de la Unión Soviética, incapaces de hacer 
funcionar globalmente ese modelo, prefirieron aislarse tanto como 
fuera posible del mercado mundial capitalista. El final de la Gue- 
rra Fría, el colapso del imperio soviético y la adopción por el go- 
bierno chino de un modelo económico que acepta plenamente la 
ley del valor capitalista, dieron lugar a un abandono generalizado 



182 



de esa estrategia anticapitalista particular como vía factible para la 
construcción del socialismo. Las ideas de la planificación central 
-incluso la socialdemócrata- de que el estado podría proteger a la 
sociedad frente a las fuerzas del mercado mundial mediante el 
proteccionismo arancelario, la sustitución de importaciones (como 
en Latinoamérica durante la década de 1 960, por ejemplo), polí- 
ticas tributarias redistributivas y otros dispositivos de bienestar 
social, fueron abandonadas poco a poco a medida que los movi- 
mientos contrarrevolucionarios neoliberales ganaban fuerza en el 
dominio de los aparatos estatales desde mediados de la década de 
1970 en adelante 9 . 

La experiencia histórica, bastante decepcionante, del estalinis- 
mo y el comunismo centralmente planificado tal como se practicó 
realmente, y el fracaso en último término del reformismo y el pro- 
teccionismo socialdemócratas en cuanto a contrarrestar el crecien- 
te poder del capital para controlar el estado e imponer sus planes 
políticos, han llevado a gran parte de la izquierda contemporánea 
a concluir, bien que el «aplastamiento del estado» es una condi- 
ción necesaria para cualquier transformación revolucionaria, bien 
que organizar la producción y autónomamente fuera del estado es 
la única vía posible hacia el cambio revolucionario. La tarea polí- 
tica se ha desplazado así a cierta forma de control obrero, comuni- 
tario o local, suponiendo de que el poder opresivo del estado pue- 
de «decaer» a medida que movimientos opositores de diverso tipo 
-ocupaciones de fábricas, economías solidarias, movimientos au- 
tónomos colectivos, cooperativas agrarias, etcétera- cobran fuerza 
en la sociedad civil. Esto equivale a lo que se podría llamar una 
«teoría termitera» del cambio revolucionario: roer los apoyos ins- 
titucionales y materiales del capital hasta que se derrumbe. No es 
un término despectivo; las termitas ocultas pueden infligir un daño 
terrible sin ser detectadas fácilmente. El problema no es la caren- 
cia de eficacia potencial; es que tan pronto como hace demasiado 
obvio y amenazador el daño producido, el capital está dispuesto y 



9 David Harvey, A Brief History of Neoliberalism, cit. 



183 



decidido a llamar a los exterminadores (poderes del estado) para 
neutralizarlo. La única esperanza entonces es que los extermina- 
dores se vuelvan contra sus amos (como ha sucedido a veces en el 
pasado) o sean derrotados -un resultado bastante improbable ex- 
cepto en circunstancias tan particulares como las de Afganistán- 
en el curso de una contienda militar. Desgraciadamente no existe 
ninguna garantía de que el tipo de sociedad que emerja a continua- 
ción sea mejor o menos bárbaro que aquel al que reemplaza. 

En el amplio espectro de la izquierda se defienden fieramente (y 
a veces también ciega y dogmáticamente) las distintas opiniones 
sobre lo que puede funcionar o no. La crítica hacia cualquier tipo 
particular de pensamiento o acción provoca a menudo respuestas 
injuriosas. Toda la izquierda está hechizada por un «fetichismo de 
la forma organizativa» que lo impregna todo. La izquierda tradi- 
cional (de orientación comunista y socialista) defendía genérica- 
mente alguna versión del centralismo democrático (en los partidos 
políticos, sindicatos, etcétera). Ahora, en cambio, suelen predomi- 
nar principios como la «horizontalidad» y «ausencia de jerarquía», 
o visiones de democracia radical y gobernanza de los bienes comu- 
nes, que pueden funcionar bien en grupos pequeños pero son im- 
posibles de aplicar a escala de toda una región metropolitana, por 
no hablar de los siete mil millones de personas que habitan actual- 
mente el planeta. Se formulan dogmáticamente prioridades progra- 
máticas como la abolición del estado, como si no fuera necesaria 
o valiosa ninguna otra forma alternativa de gobernanza territorial. 
Hasta el venerable anarquista y antiestatista Murray Bookchin, con 
su teoría del confederalismo, defiende enérgicamente la necesidad 
de alguna gobernanza territorial, sin la que los zapatistas, por poner 
un ejemplo reciente, no habrían encontrado sino la muerte y la 
derrota: aunque su estructura organizativa se suela presentar -falsa- 
mente- como totalmente ajerárquica y «horizontalista», toman de- 
cisiones mediante delegados democráticamente elegidos 10 . Otros 



10 Murray Bookchin, Urbanization Witbout Cities: The Rise and Decline of 
Citizenship, Montreal, Black Rose Books, 1992. 



184 



grupos concentran sus esfuerzos en la recuperación de nociones 
antiguas e indígenas de los derechos de la naturaleza, o insisten en 
que deben prevalecer, por encima de la puesta en práctica de una 
política anticapitalista, las cuestiones de género, raza, anticolonia- 
lismo o indigenismo. Todo esto entra en conflicto con la autoper- 
cepción dominante dentro de esos movimientos sociales, que tien- 
de a descartar una guía o teoría organizativa general en nombre de 
un conjunto de prácticas intuitivas y flexibles que surgen «natural- 
mente» de la situación dada, algo en lo que, como veremos, no es- 
tán totalmente equivocados. 

Además de todo esto, se da una notoria ausencia de propuestas 
concretas ampliamente acordadas sobre cómo reorganizar la divi- 
sión del trabajo y las transacciones económicas (¿monetizadas?) 
en el mundo entero para mantener un nivel de vida razonable 
para todos. De hecho, este problema se elude demasiado a menu- 
do. Como explica el pensador anarquista David Graeber, haciéndo- 
se eco de las dudas de Murray Bookchin mencionadas más arriba, 

Burbujas temporales de autonomía deben convertirse gradual- 
mente en comunidades libres permanentes. Sin embargo, para que 
eso suceda, esas comunidades no deben estar totalmente aisladas, ni 
tampoco pueden tener una relación de pura confrontación con todo 
su entorno. Tienen que hallar alguna forma de relacionarse con los 
sistemas económicos, sociales o políticos más amplios que las ro- 
dean. Esta es la cuestión más espinosa, porque se ha demostrado 
extremadamente difícil para la gente organizada sobre líneas radical- 
mente democráticas integrarse de ningún modo significativo en es- 
tructuras más amplias sin tener que realizar infinitas cesiones con 
respecto a sus principios fundamentales". 



1 1 David Graeber, Direct Action: An Ethnography, Oakland, C AK Press, 
2009, p. 239. Véase también Ana Dinerstein, Andre Spicer y StefFen 
Bohm, «The (Im)possibilities of Autonomy, Social Movement in and Be- 
yond Capital, the State and Development», Non-Govemmental Public Ac- 
tion Program, Working Papers, London School of Economics and Political 
Science, 2009. 



185 



En este momento de la historia, los procesos caóticos de des- 
trucción creativa capitalista han reducido evidentemente a la iz- 
quierda colectiva a un estado de incoherencia fragmentada, por 
enérgica que se muestre y por más que erupciones periódicas de 
movimientos masivos de protesta y la amenaza recurrente de la 
«política de termita» sugiera que las condiciones objetivas para 
una ruptura más radical con la ley capitalista del valor están más 
que maduras para la cosecha. 

En el núcleo de todo esto se da un dilema estructural muy 
simple: ¿cómo puede fusionar la izquierda la necesidad de com- 
prometerse activamente, pero también de crear una alternativa a 
las leyes capitalistas de determinación del valor en el mercado 
mundial, al tiempo que promueve la capacidad de los trabajadores 
asociados para gestionar y decidir democrática y colectivamente 
lo que tienen que producir y cómo producirlo? Esta es la tensión 
dialéctica central que ha escapado hasta ahora al anhelo de los 
movimientos alternativos anticapitalistas 12 . 



12 La Corporación Cooperativa Mondragón (MCC) es uno de los ca- 
sos más instructivos de autogestión obrera que han resistido el paso del 
tiempo. Fundada en el País Vasco bajo el fascismo, en 1956, agrupa ahora 
alrededor de 200 empresas. En la mayoría de los casos la diferencia de 
remuneración entre los cooperativistas no supera la relación 3:1 (aunque 
en los últimos años esa proporción haya subido en algunos casos hasta 
9:1), frente a una relación de 400:1 en la mayoría de las empresas estado- 
unidenses. El conglomerado empresarial opera en los tres circuitos del 
capital, disponiendo de instituciones de crédito [Caja Laboral] y una cade- 
na de establecimientos de venta al público [Eroski, fruto de la fusión de 
nueve cooperativas de consumo locales], además de las unidades de pro- 
ducción. Esta puede ser una de las razones que le han permitido sobrevivir. 
Los críticos de izquierda le reprochan su falta de solidaridad con luchas 
obreras más generales, así como algunas prácticas explotadoras de subcon- 
tratación y las medidas de eficiencia interna consideradas necesarias para 
mantener la competitividad de la corporación; pero si todas las empresas 
capitalistas fueran de este tipo, viviríamos en un mundo muy diferente, de 
forma que no se puede minusvalorar su ejemplo. George Cheney, Valúes at 
Work: Employee Participation Meets Market Pressure at Mondragón, Ithaca, 
ILR Press, 1999. 



186 



Alternativas 



Para que pueda surgir y afianzarse un movimiento anticapita- 
lista viable, hay que reevaluar las estrategias anticapitalistas pasa- 
das y presentes. No solo es vital mirar hacia atrás y pensar sobre lo 
que se puede y se debe hacer, quién va a hacerlo y dónde, sino que 
también es vital conciliar los principios organizativos y prácticas 
preferidas con la naturaleza de las batallas políticas, sociales y téc- 
nicas que habrá que librar y vencer. Cualesquiera soluciones, for- 
mulaciones, formas organizativas y agendas políticas que se pro- 
pongan deberán ofrecer respuestas a tres cuestiones principales: 

1) La primera es la del lacerante empobrecimiento material 
de buena parte de la población mundial y la consiguiente 
frustración de la posibilidad del pleno desarrollo de las ca- 
pacidades y la potencia creativa humana. Marx fue ante 
todo un eminente filósofo del ilimitado progreso humano, 
pero reconoció que este solo era posible en «el reino de la 
libertad que comienza cuando queda atrás el reino de en 
la necesidad». Los problemas de la acumulación global de 
pobreza no se pueden afrontar, debería ser obvio, sin po- 
ner freno a la obscena acumulación mundial de riqueza. 
Las organizaciones contra la pobreza deben comprome- 
terse a una política contra la riqueza y a la construcción de 
relaciones sociales alternativas a las que dominan en el ca- 
pitalismo. 

2) La segunda cuestión deriva de los claros e inminentes peli- 
gros de degradación ambiental y transformaciones ecológi- 
cas descontroladas. Esto tampoco es una cuestión solo ma- 
terial, sino también espiritual y moral, que exige un cambio 
en el concepto humano de la naturaleza así como de la inte- 
racción material con ella. No existe una solución puramente 
tecnológica para esta cuestión. Tiene que haber importantes 
cambios en el modo de vida (y resarcir los impactos políti- 
cos, económicos y ambientales de los últimos setenta años 



187 



de colonización periurbana) así como en el consumismo, 
productiviismo y dispositivos institucionales. 
3) El tercer conjunto de cuestiones, que subyace bajo las dos 
primeras, deriva de una comprensión histórica y teórica de 
la inevitable evolución del crecimiento capitalista. Por di- 
versas razones, el crecimiento exponencial es una condi- 
ción absoluta para la continua acumulación y reproducción 
del capital. Esta ley de la acumulación sin fin del capital, 
socialmente construida e históricamente específica, tiene 
que ser cuestionada y finalmente abolida. El crecimiento 
acumulativo (con una tasa mínima anual, digamos, del 3 
por 100) es sencillamente imposible. El capital ha llegado 
ahora a un punto de inflexión (lo que no quiere decir a un 
callejón sin salida) en su larga historia, en el que se está 
empezando a percibir esa imposibilidad inmanente. Cual- 
quier alternativa anticapitalista tiene que abolir el poder de 
la ley capitalista del valor para regular el mercado mundial. 
Esto requiere la abolición de la relación dominante de clase 
que sostiene y ordena la perpetua expansión de la produc- 
ción y realización de plusvalor y que es la que produce la 
distribución cada vez más desigual de riqueza y poder, jun- 
to con el perpetuo síndrome de crecimiento que ejerce una 
presión destructiva tan enorme sobre las relaciones sociales 
y los ecosistemas globales. 

¿Cómo se pueden organizar entonces las fuerzas progresistas 
para resolver estos problemas y cómo se puede gestionar la dia- 
léctica hasta ahora evasiva entre los imperativos duales del control 
obrero localizado y la coordinación global? En este contexto quie- 
ro regresar a la pregunta fundamental de esta investigación: ¿Pue- 
den desempeñar un papel constructivo los movimientos sociales 
de base urbana e imprimir su sello a la lucha anticapitalista en esas 
tres dimensiones? La respuesta depende en parte de algunas re- 
conceptualizaciones fundamentales de la naturaleza de las clases y 
de una redefindición del terreno de la lucha de clases. 



188 



La concepción del control obrero que ha dominado hasta aho- 
ra el pensamiento político de la izquierda alternativa es confusa. El 
foco principal de la lucha se ha situado en el taller y la fábrica 
como lugar primordial de la producción de plusvalor. Tradicional- 
mente se ha dado la primacía a la clase obrera industrial como 
vanguardia del proletariado, su principal agente revolucionario; 
pero no fueron los obreros fabriles los que generaron la Comuna 
de París, por ejemplo, lo que ha dado lugar a una visión disidente 
e influyente de la Comuna según la cual no fue un levantamiento 
revolucionario ni un movimiento basado en la clase, sino un movi- 
miento social urbano que reclamaba los derechos de ciudadanía y 
el derecho a la ciudad. Por lo tanto, se dice, no era anticapitalista 13 . 

Pero yo no veo razón por la que no se pueda entender a la vez 
como una lucha de clases y una lucha por los derechos de ciuda- 
danía en el hábitat propio de los trabajadores. Para empezar, la 
dinámica de la explotación de clase no se limita al lugar de trabajo. 
Conviene tener en cuenta toda una serie de prácticas predadoras 
y de desposesión del tipo descrito en el capítulo 2 con respecto al 
mercado de la vivienda. Estas formas secundarias de explotación, 
que son y siempre han sido vitales para la dinámica general global 
de la acumulación de capital y la perpetuación del poder de clase, 
quedan principalmente a cargo de los comerciantes, propietarios 
y financieros y sus efectos se dejan sentir principalmente en el 
hábitat y no en la fábrica. Las concesiones salariales a los trabaja- 
dores pueden, por ejemplo, ser recuperadas para el conjunto de la 
clase capitalista por los propietarios y comerciantes capitalistas, y 
en las condiciones actuales más despiadadamente aún por los 
prestamistas, banqueros y financieros. Las prácticas de acumula- 
ción por desposesión, la apropiación de rentas por diversos ex- 



1 3 Manuel Castells, The City and the Grassroots, Berkeley, University of 
California Press, 1983; Roger Gould, Insurgent ldentities: Class, Community, 
and Protest in París from 1848 to the Commune, Chicago, University of Chi- 
cago Press, 1995. Para mi refutación de esos argumentos, véase David Har- 
vey, París, Capital of Modernity, cit. 



189 



tractores de dinero y beneficio, son causa de la pesadumbre de 
buena parte de la población con respecto a la calidad de la vida 
cotidiana. Los movimientos sociales urbanos suelen organizarse 
precisamente en torno a esas cuestiones, derivadas de las manifes- 
taciones del poder de clase en torno a la forma de vida, y no solo 
a la explotación del trabajo; pero eso no les quita su contenido de 
clase, aunque se articulen primordialmente en términos de dere- 
chos, ciudadanía y protesta contra las penalidades asociadas a la 
reproducción social. 

El hecho de que esas protestas se manifiesten en la esfera de la 
circulación del dinero y las mercancías más que en el de la pro- 
ducción no importa; de hecho constituiría una gran ventaja teóri- 
ca reconceptualizar esas cuestiones dedicando más atención a los 
aspectos de la circulación del capital que tan frecuentemente obs- 
taculizan los intentos de control obrero de la producción. Dado 
que lo que importa en conjunto es la circulación del capital (y no 
solo lo que ocurre en el circuito productivo), ¿qué le importa a la 
clase capitalista en su conjunto si el valor se extrae de los circuitos 
comercial y monetario y no directamente del circuito productivo? 
La distancia entre el lugar donde se produce el plusvalor y aquel 
donde se realiza es tan crucial en la teoría como en la práctica. El 
valor creado en la producción puede ser recuperado por la clase 
capitalista mediante los elevados alquileres que los propietarios 
de viviendas cobran a los trabajadores por su alojamiento. 

En segundo lugar, la propia urbanización es el resultado de una 
producción en la que participan millones de trabajadores generan- 
do valor y plusvalor. ¿Por qué no centrarse pues en la ciudad más 
que en la fábrica como lugar primordial de la producción de plus- 
valor? La Comuna de París se puede entonces reconceptualizar 
como una lucha del proletariado productor de la ciudad que recla- 
maba el derecho a poseer y controlar lo que había producido. Es (y 
en el caso de la Comuna de París fue) un tipo muy diferente de 
proletariado al que gran parte de la izquierda ha asignado típica- 
mente el papel de vanguardia. Se caracteriza por la precariedad, 
por un empleo episódico, limitado temporalmente y espacialmente 



190 



difuso, y muy difícil de organizar sobre la base del lugar de trabajo; 
pero en este momento de la historia y en los países considerados 
de capitalismo «avanzado», el proletariado fabril convencional ha 
disminuido radicalmente, lo que no nos deja más alternativa que 
lamentar la pérdida de la posibilidad de revolución porque ese pro- 
letariado ha desaparecido, o cambiar nuestra concepción del prole- 
tariado para incluir en él las hordas de productores no organizados 
de la urbanización (del tipo de los que se movilizan en las manifes- 
taciones por los derechos de los inmigrantes), y explorar sus pecu- 
liares capacidades y poderes revolucionarios. 

Así pues, ¿quiénes son esos trabajadores que producen la ciu- 
dad? Sus edificadores, los obreros de la construcción en particu- 
lar, son el candidato más obvio aunque no constituyan la única, ni 
siquiera la mayor parte de la fuerza de trabajo dedicada a ello. 
Como fuerza política, los obreros de la construcción han apoyado 
muy a menudo en los últimos tiempos en Estados Unidos (y po- 
siblemente en otros lugares) el desarrollismo clasista a gran escala 
que les da de comer, pero no tiene por qué ser siempre así. Los 
alarifes y albañiles que Haussmann llevó a París desempeñaron un 
papel importante en la Comuna. El Green Ban [Veto Verde] de- 
cretado por la Builders Labourers Federation en Nueva Gales del 
Sur en la década de 1970 prohibía a sus afiliados trabajar en pro- 
yectos que juzgaba medioambientalmente dañinos, y tuvo mucho 
éxito en sus iniciativas aunque aquel movimiento sindical acabara 
siendo destruido por una confluencia con el poder estatal de su 
propia dirección nacional maoísta, que despreciaba las cuestiones 
medioambientales como una manifestación de sentimentalismo 
burgués 14 . 

En cualquier caso, existe una conexión innegable entre la ex- 
tracción de hierro de las minas, su conversión en acero, la utiliza- 
ción de este en la construcción de puentes, el transporte sobre 
estos de mercancías y el destino final de estas, ya sean fábricas a 



14 John Tully, «Green Bans and the BLF: The Labour Movement and 
Urban Ecology», International Viewpoint TV 357 (marzo de 2004). 



191 



las que llegan como bienes intermedios u hogares donde se con- 
sumen. Todas esas actividades (incluido el movimiento espacial) 
producen valor y plusvalor. Si el capitalismo se suele recuperar de 
las crisis, como vimos antes, «construyendo casas y llenándolas de 
cosas», está claro que todos los que participan en la actividad ur- 
banizadora desempeñan un papel decisivo en la dinámica raa- 
croeconómica de la acumulación de capital; y si el mantenimien- 
to, reparaciones y sustituciones (a menudo difíciles de distinguir 
en la práctica) forman parte, de una forma u otra, de la corriente 
de producción de valor (como explicaba Marx), también está claro 
que el vasto ejército urbano de trabajadores participantes en esas 
actividades contribuye igualmente a la producción de valor y de 
plusvalor, como los miles de trabajadores neoyorquinos que cada 
día erigen andamios para desmontarlos después. Si, además, el 
flujo de mercancías desde su lugar de origen hasta su destino final 
produce valor, como también insistía Marx, igualmente lo hacen 
los trabajadores empleados en la cadena alimentaria que va desde 
los productores rurales hasta los consumidores urbanos. Miles de 
camiones de reparto atestan a diario las calles de Nueva York, y 
quienes los conducen tienen la capacidad de estrangular el meta- 
bolismo de la ciudad. Las huelgas de los trabajadores del trans- 
porte (ya sea en Francia durante los últimos veinte años o ahora 
en Shanghái) son armas políticas extremadamente eficaces (usa- 
das malignamente en Chile en la preparación del golpe de 1973). 
El sindicato de conductores de autobús en Los Angeles y la orga- 
nización de taxistas de Nueva York son ejemplos de organización 
en las tres dimensiones 15 . Cuando la población sublevada de El 
Alto cortó las principales líneas de abastecimiento a La Paz, obli- 
gando a la burguesía a sobrevivir de lo que pudiera tener guardado 



15 Michael Wines, «Shanghai Truckers' Protest Ebbs with Conces- 
sions Won on Fees», New York Times, 23 de abril de 201 1; Jacqueline Le- 
vitt y Gary Blasi, «The Los Angeles Taxi Workers Alliance», en Ruth Mi- 
lkman, Joshua Bloom y Víctor Narro (eds.), Working for Justice: The LA 
Model of Organizing and Advocacy, Ithaca, Cornell University Press, 2010, 
pp. 109-124. 



192 



en su despensa, pronto obtuvo su objetivo político. Es de hecho en 
las ciudades donde las clases acomodadas son más vulnerables, no 
individualmente sino en términos del valor de los bienes que con- 
trolan; por eso el estado capitalista no deja de prepararse para 
luchas urbanas militarizadas como frente avanzado de la lucha de 
clases en los próximos años. 

Consideremos los flujos, no solo de alimentos y otros bienes 
de consumo, sino también de energía, agua y otros artículos nece- 
sarios, así como su vulnerabilidad frente a eventuales disturbios. 
La producción y reproducción de la vida urbana, aunque parte de 
ella pueda ser «desestimada» (un término desafortunado), como 
«improductiva» en el canon marxista, es sin embargo socialmente 
necesaria como parte de los «fauxfrais» [gastos falsos] de la repro- 
ducción de las relaciones de clase entre capital y trabajo. Gran 
parte de ese trabajo ha sido siempre temporal, precario, itineran- 
te; y muy a menudo escapa al supuesto límite entre producción y 
reproducción (como en el caso de los vendedores callejeros). Son 
absolutamente esenciales nuevas normas de organización para esa 
fuerza de trabajo que produce, y lo que es igualmente importan- 
te, reproduce, la ciudad. Ahí es donde aparecen nuevas organi- 
zaciones como el Congreso de Trabajadores Excluidos [Excluded 
Workers Congress] estadounidense, que es una alianza de traba- 
jadores caracterizados por condiciones de empleo temporales e 
inseguras, a menudo, como sucede con los trabajadores domésti- 
cos, espacialmente dispersos por toda una región metropolitana 16 . 

La historia de las luchas obreras convencionales -y esta es mi 
tercera tesis importante- también debe ser reescrita. La mayoría 
de las luchas emprendidas por obreros fabriles resulta tener, ins- 
peccionada más de cerca, una base mucho más amplia. Margaret 
Kohn, por ejemplo, se queja de que historiadores de izquierdas del 
movimiento obrero exalten los consejos de fábrica de Turín a prin- 



16 Excluded Workers Congress, Unityfor Dignity: Excluded Workers Re- 
port, Nueva York, Excluded Workers Congress, c/o Inter-Alliance Dialo- 
gue, diciembre de 2010. 



193 



cipios del siglo XX, ignorando absolutamente sin embargo las «ca- 
sas del pueblo» donde se configuraba gran parte de su política y 
desde donde afluían fuertes corrientes de apoyo logístico 17 . E. P. 
Thompson expuso cómo la constitución de la clase obrera inglesa 
dependía tanto de lo que sucedía en las capillas y en los barrios 
como en el lugar de trabajo. Los consejos sindicales locales han 
desempeñado un papel muy subestimado en la organización políti- 
ca británica, y a menudo constituían en muchas ciudades y pueblos 
la base militante del incipiente partido laborista y otras organiza- 
ciones de izquierda que el movimiento sindical nacional a menudo 
ignoraba 18 . ¿Qué éxito habrían tenido las sentadas de Flint (Michi- 
gan) en 1937 de no haber sido por las masas de desempleados y 
organizaciones vecinales a las puertas de General Motors brindán- 
doles incansablemente su apoyo moral y material? 

Las organizaciones vecinales han sido tan importantes para 
el mantenimiento de las luchas obreras como la organización en el 
lugar de trabajo. Uno de los bastiones de las ocupaciones de fábri- 
cas en Argentina tras el colapso de 2001 fue que las fábricas gestio- 
nadas de forma cooperativa se convirtieron también en centros 
culturales y educativos para los vecinos, estableciendo puentes en- 
tre la comunidad y en lugar de trabajo. Cuando los antiguos pro- 
pietarios trataron de expulsar a los trabajadores o de recuperar la 
maquinaria, todos los vecinos actuaron solidariamente con los tra- 
bajadores para evitarlo 19 . Cuando el sindicato de hostelería UNI- 
TE HERE decidió hace unos años movilizar a los trabajadores de 



17 Margaret Kohn, Radical Space: Building the House of the People, Ithaca, 
Cornell University Press, 2003. 

18 Edward P. Thompson, The Making of the English Wórking Class, Har- 
mondsworth, Middlesex, Penguin Books, 1968 [ed. cast.: La formación de la 
clase obrera en Inglaterra, Madrid, Capitán Swing, 2012]. 

19 Peter Ranis, «Argentina's Worker-Occupied Factories and Enterpri- 
ses», Socialism and Democracy 19/3 (noviembre de 2005), pp. 1-23; Carlos For- 
ment, «Argentina's Recuperated Factory Movement and Citizenship: An 
Arendtian Perspective», Buenos Aires, Centro de Investigación de la Vida 
Pública, 2009; Marcela López Levy, We Are Millions: Neo-liberalism and New 
Forms ofPolitical Action in Argentina, Londres, Latin America Bureau, 2004. 



194 



base en torno al aeropuerto LAX de Los Ángeles, recurrió a «una 
amplia alianza con organismos políticos, religiosos y comunales, 
estableciendo una coalición» que pudo contrarrestar la estrategia 
represiva de la patronal 20 . Pero cabe también extraer otras morale- 
jas precautorias: en las huelgas de los mineros ingleses durante las 
décadas de 1970 y 1980, los que vivían en áreas urbanizadas difu- 
samente como Nottingham fueron los primeros en rendirse, mien- 
tras que los de Northumbria, donde convergían las corrientes 
políticas en el lugar de trabajo y en el lugar de alojamiento, man- 
tuvieron su solidaridad hasta el final 21 . El problema planteado por 
circunstancias de este tipo será reexaminado más adelante. 

En la medida en que los lugares de trabajo convencionales están 
desapareciendo en muchos lugares del llamado mundo capitalista 
avanzado (aunque no, por supuesto, en China o en Bangladesh), la 
organización no solo en torno al trabajo, sino también en torno a las 
condiciones del hábitat, construyendo puentes entre los dos, se hace 
cada vez más crucial; pero también lo era en el pasado. Durante la 
huelga general de Seattle de 1919 las cooperativas de consumo con- 
troladas por los trabajadores les sirvieron de apoyo, y cuando la huel- 
ga se vino abajo la militancia se desplazó muy marcadamente hacia el 
desarrollo del un sistema complejo y entrelazado de cooperativas de 
consumo controladas principalmente por los trabajadores 22 . 

Cuando se amplía la lente para observar el medio social en el 
que se desarrolla la lucha, se transforma la perspectiva de quiénes 
podrían ser los proletarios y cuáles sus aspiraciones y estrategias. La 
composición de género de la política de oposición parece muy di- 



20 ForrestStuart, «From the Shop to the Streets: UNITE HERE Orga- 
nizing in Los Angeles Hotels», en Ruth Milkman, Joshua Bloom y Víctor 
Narro (eds.), Wórking for Justice: The LA Model of Organizing and Advocacy, 
Ithaca, Cornell University Press, 2010. 

21 Huw Beynon, Digging Deeper: Issues in the Mtner's Strike, Londres, 
Verso, 1985. 

22 Dana Frank, Purchasing Power: Consumer Organizing, Gender, and the 
Seattle Labor Movements, 1919-29, Cambridge, Cambridge University Press, 
1994. 



195 



ferente cuando se hacen entrar en el cuadro las relaciones fuera de 
la fábrica convencional, tanto en el lugar de trabajo como en el 
hábitat. La dinámica social no es la misma en esos dos espacios; en 
el segundo, las distinciones basadas en el género, la raza, la etnia, la 
religión y la cultura suelen estar más arraigadas en el tejido social, 
y las cuestiones de la reproducción social desempeñan un papel más 
destacado, incluso dominante, en la configuración de la subjetivi- 
dad y la conciencia política. Recíprocamente, la diferenciación ét- 
nica, racial y de género practicada por el capital en la población 
produce notables disparidades en la dinámica económica de la des- 
posesión en el hábitat (gracias a los circuitos de capital monetario y 
comercial). Durante el periodo 2005-2009, mientras que la pérdida 
media de riqueza de los hogares estadounidenses fue del 28 por 
100, la de los hispanos fue del 66 por 100 y la de los negros del 53 
por 100, mientras que la de los blancos fue solo del 16 por 100. 
El carácter de clase de las discriminaciones étnicas en la acumu- 
lación por desposesión y el efecto diferenciado de esas discrimi- 
naciones sobre la vida en unos u otros barrios no podría ser más 
clara, en particular porque las mayores pérdidas se debieron a la 
caída del precio de la vivienda 23 . Pero es también en los espacios 
donde se vive donde profundos lazos culturales, basados por ejem- 
plo en la etnia, la religión, patrimonios culturales y memorias co- 
lectivas, pueden tanto unir como dividir, creando la posibilidad de 
solidaridades sociales y políticas en una dimensión totalmente dife- 
rente a la que surge típicamente en el lugar de trabajo. 

En 1954 guionistas y directores de la famosa lista negra (los lla- 
mados Diez de Hollywood), realizaron una maravillosa película ti- 
tulada La salde la tierra. Basada en acontecimientos reales sucedidos 
en 1 95 1 , mostraba la lucha de los trabajadores mexicano-americanos 
duramente explotados en una mina de zinc en Nuevo México y de 
sus familias. Los trabajadores mexicanos reivindicaban igualdad con 
los blancos, condiciones de trabajo más seguras y ser tratados con 



25 Peter Whoriskey, «Wealth Gap Widens between Whites, Minorities, 
Report Says», Washington Post, Business Section, 26 de julio de 201 1. 



196 



dignidad (un tema recurrente en muchas luchas anticapitalistas). Las 
mujeres se sentían irritadas por la poca atención dedicada por el 
sindicato, formado casi exclusivamente por varones, a cuestiones 
«domésticas» como el alcantarillado y el agua corriente en sus vi- 
viendas. Cuando los trabajadores se pusieron en huelga por sus rei- 
vindicaciones, al tener prohibida la formación de piquetes por una 
de las disposiciones de la ley Taft-Hartley, fueron las mujeres (pese a 
la oposición de los varones) las que se encargaron de formarlos, 
mientras los hombres tenían que cuidar de los niños y aprendían así 
incómodamente lo importante que es el agua corriente y la evacua- 
ción de residuos para una vida cotidiana razonable en el hogar. La 
igualdad de género y la conciencia feminista surgían así como armas 
cruciales en la lucha de clases. Cuando llegan los sheriffs para des- 
alojar a los huelguistas y sus familias, el apoyo popular de otras fami- 
lias (claramente basado en solidaridades culturales) no solo les pro- 
porciona alimentos, sino que también les permite seguir ocupando 
sus viviendas, propiedad de la empresa, a la que no le queda al final 
más remedio que ceder. El enorme poder de la unidad entre género, 
etnia, trabajo y vida no es fácil de construir, y la película muestra que 
las tensiones entre hombres y mujeres, entre trabajadores anglófo- 
nos y mexicanos y entre perspectivas basadas en el trabajo y en la 
vida cotidiana son tan significativas como las que se dan entre traba- 
jo y capital. Solo cuando se construye la unidad y paridad entre todas 
las fuerzas del trabajo, dice la película, se podrá vencer. El peligro 
que representaba este mensaje para el capital se refleja en el hecho 
de que fue la única película sistemáticamente proscrita por razones 
políticas en los cines comerciales estadounidenses durante muchos 
años. La mayoría de los actores no eran profesionales -muchos de 
ellos pertenecían al sindicato de mineros-; pero la más brillante ac- 
triz profesional, Rosaura Revueltas, fue deportada a México 24 . 



24 James Lorence, Tbe Suppression of Salt of the Earth: How Hollywood, Big 
Labor and Politicians Blacklisted a Movie in Cdd War America, Albuquerque, 
University of New México Press, 1999. La película se puede descargar gra- 
tuitamente. 



197 



En un libro reciente Bill Fletcher y Fernando Gapasin argu- 
mentan que el movimiento obrero debería dedicar más atención a 
las formas geográficas de organización y no solo a las sectoriales, 
y que en Estados Unidos debería dar poder a los consejos [comi- 
tés] centrales de las ciudades junto a la organización sectorial. 

En la medida en que las organizaciones obreras hablan de cues- 
tiones de clase, no deberían considerarse como algo separado de la 
comunidad. El término laboral debería aplicarse a todo tipo de orga- 
nización enraizada en la clase obrera y cuyo programa plantea ex- 
plícitamente reivindicaciones de la clase obrera. En este sentido, 
una organización comunitaria enraizada en la clase (tal como un 
centro obrero) que plantea cuestiones específicas de clase es tan labo- 
ral como lo puede ser un sindicato. Para decirlo aún más claro, un 
sindicato que solamente defiende los intereses de un sector de la cla- 
se obrera (como un sindicato supremacista blanco) merece menos el 
nombre de organización obrera que una asociación comunitaria que 
ayuda a los desempleados o a los sin-techo 25 . 

Por eso proponen un nuevo planteamiento de las organizacio- 
nes de clase que 

cuestione esencialmente las actuales prácticas sindicales para estable- 
cer alianzas y emprender acciones políticas. De hecho, esta sería su 
premisa central: si la lucha de clases no se restringe al lugar de trabajo, 
tampoco deberían hacerlo los sindicatos. La conclusión estratégica es que 
los sindicatos deben procurar organizar las ciudades y no solamente 
los lugares de trabajo (o sectores industriales). Y organizar las ciuda- 
des solo es posible si los sindicatos buscan aliados en los bloques so- 
ciales metropolitanos 26 . 



25 Bill Fletcher y Fernando Gapasin, Solidarity Divided: The Crisis in Or- 
ganized Labor and a New Patb Toward Social Jtistice, Berkeley, University of 
California Press, 2008, p. 174. 

26 Ibid. 



198 



Y prosiguen preguntando: «¿cómo se organiza entonces una 
ciudad?» Me parece que esta es una de las preguntas clave a las que 
la izquierda debe responder para revitalizar en los próximos años 
la lucha anticapitalista. Tales luchas, como hemos visto, tienen una 
historia meritoria. Las lecciones que dejó la «Bolonia Roja» du- 
rante la década de 1970 constituyen un capítulo sobresaliente, 
pero ha habido otros en la historia del «socialismo municipal» e 
incluso largos periodos de reformas urbanas radicales, como las 
que tuvieron lugar en la «Viena roja» o los consejos municipales 
radicales en Gran Bretaña durante la década de 1920, que deben 
recuperarse tanto desde el punto de vista del reformismo de iz- 
quierdas como de otros más revolucionarios 27 . Una de las parado- 
jas más curiosas de esa historia es que desde la década de 1960 
hasta el presente el Partido Comunista francés se distinguiera mu- 
cho más en la administración municipal (debido en parte a que en 
ese terreno no recibía instrucciones derivadas de una teoría dog- 
mática desde Moscú) que en otros aspectos de la vida política. Los 
consejos sindicales británicos desempeñaron parecidamente un 
papel decisivo en la política urbana que permitió enraizarse a los 
partidos de izquierda locales, tradición que se mantuvo en la lucha 
municipalista contra el thatcherismo a principios de la década de 
1980. No fueron únicamente acciones de retaguardia, sino, como 
en el caso del Consejo de Gran Londres [Greater London Coun- 
cill] encabezado por Ken Livingstone durante ese periodo, poten- 
cialmente innovadores, hasta que Margaret Thatcher, reconocien- 
do la amenaza que le suponía la oposición de base urbana, abolió 
todos esos órganos de gobierno municipales. En Estados Unidos 
Milwaukee tuvo durante muchos años una administración socialis- 
ta, y vale la pena señalar que el único socialista elegido para el Se- 
nado estadounidense inició su carrera y se ganó la confianza del 
pueblo como alcalde de Burlington (Vermont). 



27 Max Jággi, Red Bologna, Littlehampton, Littlehampton Book Servi- 
ces, 1977; Helmut Gruber, Red Vienna: Experiment in Wórking-Class Culture, 
1919-34, Oxford, Oxford University Press, 1991. 



199 



El derecho a la ciudad como reivindicación política 
basada en la clase 

Si los participantes en la Comuna de París reclamaban su de- 
recho a la ciudad que habían contribuido colectivamente a produ- 
cir, ¿por qué no se puede convertir «el derecho a la ciudad» en un 
eslogan movilizador clave para la lucha anticapitalista? El derecho 
a la ciudad es, como señalé al principio, un significante vacío lleno 
de posibilidades inmanentes pero no trascendentes. Eso no signi- 
fica que sea irrelevante o políticamente impotente; todo depende 
de que se dé al significante un significado inmanente revoluciona- 
rio o solo reformista. 

Pero no siempre es fácil distinguir entre las iniciativas refor- 
mistas y las revolucionarias en el contexto urbano. Los presu- 
puestos participativos de Porto Alegre, programas ecológicamen- 
tes sensibles o campañas por el salario mínimo vital en muchas 
ciudades estadounidenses parecen reformistas (y bastante margi- 
nales); la iniciativa de Chongqing descrita en el capítulo 2 parece 
a primera vista una versión autoritaria del socialismo paternalista 
nórdico más que un movimiento revolucionario. Pero a medida 
que se extiende su influencia, iniciativas de ese tipo sacan a la luz 
capas más profundas de posibilidades para concepciones y accio- 
nes más radicales a escala metropolitana. Una retórica revitaliza- 
da que se va extendiendo (nacida en Brasil en la década de 1990, 
pero que desde allí se transmitió a Zagreb, Hamburgo o Los An- 
geles) sobre el derecho a la ciudad, por ejemplo, parece sugerir 
que podría estar dando lugar a algo más revolucionario 28 , y esa 



28 Rebecca Abers, Inventing Local Democracy: Grassroots Politics in Brazil, 
Boulder, Lynne Reinner Publisher, 2000. Sobre el movimiento por un sala- 
rio mínimo vital, véase Robert Pollin, Mark Brenner y Jeanette Wicks-Lim, 
A Measure of Faimess: The Economics of Living Wages and Mínimum Wages in 
the United States, Ithaca, NY, Cornell University Press, 2008. Para casos 
particulares, véanse David Harvey, Spaces of Hope, Edimburgo, Edinburgh 
University Press, 2000 [en cast.: Espacios de esperanza, Madrid, Akal, 2003]; 
Ana Sugranyes y Charlotte Mathivet (eds.), Cities forAU: Proposals and Expe- 



200 



misma posibilidad sugieren los desesperados intentos de los po- 
deres políticos existentes (por ejemplo, las ONGs e instituciones 
internacionales, entre ellas el Banco Mundial, reunidas en el Foro 
Urbano Mundial de Río en 2010) por apropiarse del léxico en 
cuestión para sus propios propósitos 29 . Del mismo modo que 
Marx calificó las restricciones a la duración de la jornada de traba- 
jo como una primera etapa en una vía revolucionaria, reivindicar 
el derecho de todos a vivir en un domicilio y un entorno de vida 
decentes puede verse como una primera etapa hacia un movi- 
miento revolucionario más general. 

Tampoco tiene sentido quejarse de ese intento de asimilación 
por parte de los poderosos. La izquierda debería tomarlo como 
un reconocimiento y combatir por mantener su propio significa- 
do inmanente: todos aquellos cuyo trabajo está dedicado a produ- 
cir y reproducir la ciudad tienen el derecho colectivo, no solo a 
disponer de lo que producen, sino también a decidir qué tipo de 
urbanismo se debe producir, dónde y cómo. Hay que elaborar y 
poner en pie instrumentos democráticos alternativos (distintos a 
la democracia existente del poder del dinero), del tipo de las asam- 
bleas populares, si se quiere revitalizar la vida urbana y recons- 
truirla fuera de las relaciones de clase dominantes. 

El derecho a la ciudad no es un derecho únicamente indivi- 
dual, sino un derecho colectivo concentrado. Incluye no solo a los 
trabajadores de la construcción, sino también a todos aquellos 
que facilitan la reproducción de la vida cotidiana: Los cuidadores 
y maestros, los reparadores del alcantarillado y el suburbano, los 
fontaneros y electricistas, los que levantan andamios y hacen fun- 
cionar las grúas, los trabajadores de los hospitales y los conducto- 
res de camiones, autobuses y taxis, los cocineros, camareros y ani- 
madores de los restaurantes y salas de fiesta, los oficinistas de los 



riences Towards the Right to the City, Santiago de Chile, Habitat International 
Coalition, 2010. 

29 Peter Marcuse, «Two World Forums, Two Worlds Apart», en www. 
plannersnetwork.org. 



201 



bancos y los administradores de la ciudad. Reúne una increíble 
diversidad de espacios sociales fragmentados con innumerables 
divisiones del trabajo, en las que caben muy diversas formas de 
organización, desde los centros obreros y asambleas regionales 
(como la de Toronto) a las alianzas (como las que se han formado 
bajo el sello del Derecho a la Ciudad [Right to the City Alliances], 
el Congreso de Trabajadores Excluidos [Excluded Workers Con- 
gress] y muchas otras organizaciones de trabajadores precarios) 
que proclaman ese objetivo político. 

Pero, por razones obvias, también es un derecho complicado, 
en parte en virtud de las condiciones actuales de la urbanización 
capitalista, así como de la naturaleza de las poblaciones que pue- 
den aspirar activamente a ese derecho. Murray Bookchin, por 
ejemplo, era de la opinión (también atribuible a Lewis Mumford 
y muchos otros influidos por la tradición social del pensamiento 
anarquista) de que los procesos capitalistas de urbanización han 
destruido la ciudad como cuerpo político operativo sobre el que 
se podría construir una alternativa anticapitalista civilizada 30 . Le- 
febvre podría estar en cierto modo de acuerdo, aunque él ponía 
más énfasis en las racionalizaciones del espacio urbano por los 
burócratas y tecnócratas estatales para facilitar la reproducción de 
la acumulación de capital y de las relaciones de clase dominantes. 
El derecho a las urbanizaciones periféricas, en cambio, difícil- 
mente se podría considerar un eslogan anticapitalista defendible. 

Por esa razón el derecho a la ciudad tiene que plantearse, no 
como un derecho a lo que ya existe, sino como un derecho a re- 
construir y recrear la ciudad como un cuerpo político socialista 
con una imagen totalmente diferente, que erradique la pobreza y 
la desigualdad social y que cure las heridas de la desastrosa degra- 
dación medioambiental. Para que esto suceda habrá que inte- 
rrumpir la producción de las formas destructivas de urbanización 
que facilitan la perpetua acumulación de capital. 



30 Murray Bookchin, The Limits of the City, Montreal, Black Rose Books, 
1986. 



202 



Ese era el tipo de argumento que esgrimía Murray Bookchin 
para impulsar la creación de lo que llamaba un «libertarismo mu- 
nicipal» sumergido en una concepción biorregional de asambleas 
municipales asociadas que regularan racionalmente sus intercam- 
bios mutuos, así como con la naturaleza. Es en este punto en el 
que el mundo de la política práctica se solapa fructíferamente con 
la larga historia del pensamiento utópico sobre la ciudad inspira- 
do en gran medida en el anarquismo 31 . 

Hacia la revolución urbana 

De esa historia brotan tres tesis. Primera, que las luchas labo- 
rales, desde las huelgas hasta las tomas de fábricas, tienen mucha 
mayor probabilidad de triunfar cuando cuentan con un enérgico 
y sólido apoyo de fuerzas populares asentadas en el entorno cir- 
cundante al nivel comunitario (incluido el apoyo de líderes locales 
influyentes y de sus organizaciones políticas). Esto supone que ya 
existen o se puedan construir rápidamente fuertes lazos entre los 
trabajadores y la población local. Tales lazos pueden surgir «natu- 
ralmente» del simple hecho de que las familias de los trabajadores 
constituyen la propia comunidad (como en el caso de muchas co- 
munidades mineras del tipo representado en La sal de la tierra); 
pero en contextos urbanos más difusos tiene que darse un intento 
político consciente de construir, mantener y reforzar tales lazos. 
Allí donde tales lazos no existen, como sucedía en el caso de los 
mineros del carbón en Nottinghamshire durante las huelgas de la 
década de 1980 en Gran Bretaña, habrá que crearlos; de otro 
modo es muy probable que tales movimientos fracasen. 



31 La historia de esta tendencia se inicia con Patrick Geddes, Cities in 
Evolution, Oxford, Oxford University Press (publicado originalmente en 
1915), y pasa principalmennte por la influyente figura de Lewis Mumford 
en su The City in History: Its Origins, Its Transformations, and Its Prospects, 
Orlando, Harcourt, 1968. 



203 



En segundo lugar, el concepto de trabajo tiene que ampliarse, 
pasando de una definición estrecha ligada a las formas industria- 
les o fabriles al terreno más amplio del trabajo dedicado a la pro- 
ducción y reproducción de una vida cotidiana cada vez más urba- 
nizada. Las distinciones entre las luchas basadas en el lugar de 
trabajo y en el que se vive comienzan a diluirse, al igual que la 
idea de que la clase y el trabajo están definidos únicamente por el 
lugar de producción y no por el de la reproducción social, prin- 
cipalmente el hogar 32 . Los encargados de la conducción de agua 
hasta nuestros hogares son tan importantes en la lucha por una 
mejor calidad de vida como los que fabrican las tuberías y grifos 
en la fábrica. Los que transportan los alimentos a la ciudad y los 
distribuyen (incluidos los vendedores callejeros) son tan relevan- 
tes como quienes los cultivan o crían. Quienes cocinan los ali- 
mentos (ya sea preparando palomitas de maíz o perritos calientes 
en las calles o dando el callo en cocinas caseras o a cielo abierto) 
también añaden valor a esa comida antes se que se digiera. El 
trabajo colectivo realizado en la producción y reproducción de la 
vida urbana debe por tanto insertarse más profundamente en el 
pensamiento y organización de la izquierda. Distinciones que 
antes podían tener sentido -entre lo urbano y lo rural, la ciudad 
y el campo- han dejado o van dejando de tenerlo últimamente. 
La cadena de abastecimiento dentro y fuera de las ciudades supo- 
ne un movimiento continuo, sin interrupción. Por encima de 
todo, hay que reelaborar y reformular adecuadamente los con- 
ceptos de trabajo y de clase. La lucha por los derechos colectivos 
de todos los ciudadanos (incluidos los trabajadores inmigrantes) 
tiene que contemplarse como parte integral de la lucha de clases 
anticapitalista. 

Esta concepción revitalizada del proletariado abraza e incluye 
a los sectores informales ahora masivos caracterizados por el tra- 
bajo temporal, precario y no organizado. Resulta además que los 
sectores de la población de ese tipo han desempeñado histórica- 

32 Ray Pahl, Divisions of Labour, Oxford, Basil Blackwell, 1984. 



204 



mente un papel protagonista en las rebeliones y levantamientos 
urbanos. Sus propósitos no siempre han sido de izquierdas (pero 
tampoco lo han sido siempre los de los sindicatos). A menudo se 
han dejado arrastrar por líderes carismáticos inestables o autori- 
tarios, ya fueran seculares o religiosos. Por esa razón tales grupos 
desorganizados han sido a menudo menospreciados por la izquier- 
da convencional como «chusma urbana» (o aún más desafortuna- 
damente, en el vocabulario marxista, como «lumpenproletaria- 
do»), a la que había que temer o integrar. Es imperativo que tales 
sectores de la población sean ahora incluidos y no excluidos como 
decisivos para la política anticapitalista. 

Finalmente, si bien la explotación del trabajo vivo en la pro- 
ducción (en el sentido amplio ya definido) debe seguir siendo un 
concepto central para cualquier movimiento anticapitalista, las 
luchas de los trabajadores contra la recuperación y realización del 
plusvalor en su espacio vital tienen que recibir un trato igual al 
de las luchas en los diversos puntos de producción de la ciudad. 
Como en el caso de los trabajadores temporales y precarios, la 
extensión de la acción de clase en esa dirección plantea problemas 
organizativos; pero como veremos también abre innumerables 
posibilidades. 

«¿Cómo se organiza entonces una ciudad?» 

La respuesta más honrada a la pregunta de Fletcher y Gapasin 
es que simplemente no lo sabemos, en parte porque no se ha pen- 
sado suficientemente sobre esa cuestión, y en parte porque no 
existe un registro histórico sistemático de las prácticas políticas en 
evolución sobre el que basar las generalizaciones. Ha habido, por 
supuesto, breves periodos de experimentación en la administra- 
ción socialista del «gas y agua», o utopismos urbanos más audaces 
como en la Unión Soviética durante la década de 1920 33 ; pero en 



33 Anatole Kopp, Ville et Révolutton, París, Editions Anthropos, 1967. 



205 



su mayor parte se desvanecieron en el realismo socialista reformis- 
ta o el modernismo paternalista social-comunista (del que quedan 
abundantes reliquias conmovedoras en Europa Oriental). La 
mayor parte de lo que sabemos ahora sobre la organización ur- 
bana proviene de teorías convencionales y estudios sobre la go- 
bernanza y administración urbana en el contexto de la goberna- 
ción capitalista burocrática (contra la que Lefebvre clamaba con 
razón incansablemente), todo lo cual queda muy lejos de la or- 
ganización de una política anticapitalista. Lo mejor que tenemos 
a nuestro alcance es una teoría de la ciudad como forma empre- 
sarial, con todo lo que esto implica en términos de posibilidades 
de que la toma de decisiones se realice siguiendo ese modelo 
(aunque a veces, asumida por fuerzas progresistas, pueda oponer- 
se a las formas más salvajes de desarrollo capitalista y comenzar 
a resolver las cuestiones más paralizantes y flagrantes de desi- 
gualdad social y degradación medioambiental, al menos a escala 
local, como sucedió en Porto Alegre e intentó Ken Livingstone 
en el Consejo del Gran Londres). También existe una abundan- 
te literatura (habitualmente en estos tiempos laudatoria más que 
crítica) sobre las virtudes del empresarialismo urbano competi- 
tivo, cuando las administraciones urbanas se valen de diversos 
incentivos para atraer (con otras palabras, subvencionar) la in- 
versión 34 . 

Así pues, ¿cómo podemos empezar a responder a la pregunta 
de Fletcher and Gapasin? Una forma sería examinar ejemplos par- 
ticulares de prácticas políticas urbanas en situaciones revolucio- 
narias. Por eso concluiré con una mirada sucinta a los recientes 
acontecimientos en Bolivia, en búsqueda de claves sobre cómo 
las relaciones entre las rebeliones urbanas y los movimientos an- 
ticapitalistas. 



34 Gerald Frug, City Making: Building Communities without Building 
Walls, Princeton, Princeton University Press, 1999; Neil Brenner y Nik 
Theodore, Spaces of Neoliberalism: Urban Restructuring in North America and 
Western Europe, Oxford, Wiley Blackwell, 2003. 



206 



En 2000 las famosas «Guerras del Agua» dieron lugar a una 
rebelión contra la privatización neoliberal en las calles y plazas de 
Cochabamba; los planes del gobierno fueron rechazados y se ex- 
pulsó a dos importantes corporaciones internacionales, Betchel y 
Suez. Poco después fue en El Alto, una ciudad bulliciosa situada 
en una meseta 500 m por encima de La Paz, donde surgieron 
movimientos rebeldes que obligaron a dimitir al presidente neo- 
liberal Sánchez de Lozada en octubre de 2003 y a continuación a 
su sucesor, Carlos Mesa, en junio de 2005. Todo esto abrió la vía 
a la victoria electoral a escala nacional de Evo Morales en diciem- 
bre de 2005. Fue también en Cochabamba donde se frustró la 
contrarrevolución intentada por las élites conservadoras en 2007 
contra la presidencia de Morales, cuando las autoridades conser- 
vadoras de la ciudad se vieron obligadas a abandonarla frente a la 
cólera de los pueblos indígenas que la habían ocupado. 

La dificultad, como siempre, está en entender el papel peculiar 
que desempeñaron las condiciones locales en esos acontecimien- 
tos particulares, y en evaluar qué principios universales (si es que 
los hay) podríamos deducir de su estudio. Este problema ha veni- 
do suscitando interpretaciones enfrentadas de los acontecimien- 
tos que rodearon a la Comuna de París de 1871, pero la ventaj a de 
concentrarse en El Alto es que se trata de una lucha todavía viva y 
que por lo tanto sigue abierta a continuos interrogantes y análisis 
políticos. Existen ya algunos estudios excelentes sobre los que ba- 
sar ciertas conclusiones provisionales. 

Jeffrey Webber, por ejemplo, ofrece una convincente interpre- 
tación de lo sucedido en Bolivia durante la última década, poco 
más o menos 35 . Considera los años 2000-2005 como una época 
genuinamente revolucionaria en una situación de profunda divi- 
sión entre la élite y las clases populares. El rechazo popular a las 



35 Jeffrey Webber, From Rebellion to Reform in Bolivia: Class Struggle, Indi- 
genous Liberation, and tbe Politics of Evo Morales, Chicago, Haymarket Books, 
201 1. Varias fuentes en castellano aparecen citadas en Michael Hardt y Anto- 
nio Negri, Commonwealth, cit. 



207 



políticas neoliberales con respecto al uso de los recursos naturales 
atesorados por parte del estado, gobernado por una élite tradicio- 
nal y respaldado por las fuerzas del capital internacional, se fusio- 
naron con una larga lucha de liberación frente a la opresión racial 
por parte de una población indígena en gran parte campesina. La 
violencia del régimen neoliberal provocó levantamientos que lle- 
varon a la elección de Morales en 2005. Las élites de siempre 
(concentradas particularmente en la ciudad de Santa Cruz) des- 
encadenaron a continuación un movimiento contrarrevolucio- 
nario contra el gobierno de Morales exigiendo autonomía re- 
gional y local, una iniciativa curiosa porque el ideario de la 
«autonomía local» solo había sido enarbolado hasta ahora en La- 
tinoamérica por la izquierda, como parte de sus luchas de libera- 
ción. En Bolivia solía ser una reivindicación de las poblaciones 
indígenas, y teóricos simpatizantes como Arturo Escobar la con- 
sideraban intrínsecamente progresista aunque quizá no estricta- 
mente exigible para cualquier movimiento anticapitalista 36 . Pero 
el caso boliviano demuestra que la autonomía local o regional 
puede ser defendida por cualquier partido que pueda beneficiarse 
del desplazamiento de la toma de decisiones políticas a la escala 
particular que más favorece sus intereses. Esto es lo que llevó a 
Margaret Thatcher, por ejemplo, a abolir el Consejo del Gran 
Londres, porque era un centro de oposición a su política, y es lo 
que incitó a las élites bolivianas a buscar la autonomía de Santa 
Cruz frente al gobierno de Morales, hostil a sus intereses. Des- 
pués de perder el espacio nacional, trataba de declarar autónomo 
su espacio local. 

Aunque la estrategia política de Morales tras su elección ha 
contribuido a consolidar el poder de los movimientos indígenas, 
según Webber ha abandonado la perspectiva revolucionaria de 
clase surgida en 2000-2005 en favor de un compromiso negocia- 
do y constitucional con las élites terratenientes y capitalistas (así 



36 Arturo Escobar, Territories of Difference: Place, Movement, Life, Redes, 
Durham, NC, Duke University Press, 2008. 



208 



como un acomodo a las presiones imperiales exteriores). El resul- 
tado, argumenta Webber, ha sido un «neoliberalismo reconstitui- 
do» (con «rasgos andinos») a partir de 2005, más que un avance 
hacia una transición anticapitalista. La idea de una transición so- 
cialista ha sido pospuesta para un futuro lejano. Morales ha asu- 
mido sin embargo un liderazgo global en cuestiones medioam- 
bientales adoptando la concepción indígena de «los derechos de 
la madre naturaleza [Pachamama]» en la declaración de Cocha- 
bamba de 2010 e incorporando esa idea a la Constitución boliviana. 

Las opiniones de Webber han sido enérgicamente rechazadas, 
como cabía esperar, por los seguidores del régimen de Morales 37 . 
No estoy en condiciones de juzgar si el giro indudablemente re- 
formista y constitucionalista de Morales a escala nacional es una 
opción política deliberada, una cuestión de conveniencia o una ne- 
cesidad impuesta por la configuración de fuerzas de clase que pre- 
valece en Bolivia, respaldada por fuertes presiones imperialistas. 
Hasta el propio Webber concede que, en el levantamiento cam- 
pesino de 2007 contra el gobierno autonomista de derechas de 
Cochabamba, habría supuesto un aventurerismo desastroso que 
los radicales se enfrentaran al constitucionalismo del gobierno de 
Morales proscribiendo terminantemente a los funcionarios del 
gobierno conservador electo que habían huido de la ciudad y sus- 
tituyéndolos por una asamblea popular con poderes ejecutivos 38 . 

¿Qué papel desempeñaron las organizaciones urbanas en esas 
luchas? Esta es una pregunta crucial, dado el papel clave de Co- 
chabamba y El Alto como centros de repetidas rebeliones y el de 
Santa Cruz como centro del movimiento contrarrevoluciona- 
rio. En el estudio de Webber El Alto, Cochabamba y Santa Cruz 
aparecen como meros lugares donde se enfrentaron, casi por ca- 



37 Federico Fuentes, «Government, Social Movements, and Bolivia To- 
day», International Socialist Review 76 (marzo-abril de 201 1); y la respuesta 
de Jeffrey Webber en el mismo número, «Fantasies Aside, It's Reconstituted 
Neoliberalism in Bolivia Under Morales». 

38 Webber, «Fantasies Aside», cit., p. 111. 



209 



sualidad, las fuerzas opuestas de clase y los movimientos popu- 
lares indígenas; pero en determinado momento señala que «la 
ciudad informalmente proletaria de El Alto, en un 80 por 100 
indígena, desempeñó -con sus ricas tradiciones insurreccionales 
y marxistas revolucionarias de exmineros "reubicados", y el radi- 
calismo indígena de los aimaras, quechuas y otros migrantes in- 
dígenas del ámbito rural al urbano- el papel más importante en 
las confrontaciones a veces sangrientas con el estado». También 
observa que 

las rebeliones, en sus mejores momentos, se caracterizaron por mo- 
vilizaciones desde abajo asambleístas, democráticas y de masas, recu- 
rriendo a los modelos organizativos de los mineros del estaño trots- 
kistas y anarco- sindicalistas -la vanguardia de la izquierda boliviana 
durante gran parte del siglo XX- y diversas variantes de los ayllus in- 
dígenas -estructuras comunitarias tradicionales- adaptadas al nuevo 
contexto rural y urbano 39 . 

Pero el relato de Webber apenas nos explica nada más. Ignora 
en general las condiciones particulares de las diferentes localida- 
des (aunque proporciona un informe detallado de la rebelión de 
2007 en Cochabamba) ofreciendo en su lugar un informe genéri- 
co de las fuerzas populares y de clase existentes en Bolivia, con el 
trasfondo de las presiones imperialistas externas. Por eso vale la 
pena recurrir a los estudios de las antropólogas Lesley Gilí y Sian 
Lazar, que proporcionan descripciones en profundidad de las 
condiciones, relaciones sociales y formas organizativas que han 
prevalecido en El Alto en distintos momentos históricos. El estu- 
dio de Gilí ¡Teetering on the Rim], publicado en 2000, detallaba las 
condiciones prevalecientes durante la década de 1990, mientras 
que el de Lazar [El Alto, Rebel City], publicado en 2010, se basaba 
en su trabajo de campo en El Alto antes y después de la rebelión 



39 Ibid., p. 48. 



210 



de 2003 40 . Ni una ni otra anticipaban la posibilidad de la rebelión 
antes de que tuviera lugar. Aunque Gilí registraba una intensa 
vida política de base durante la década de 1 990, las iniciativas eran 
tan fragmentadas y confusas (en particular dado el papel negativo 
de las ONG que habían desplazado al estado como principales 
proveedores de servicios sociales) que parecía imposible que lle- 
garan a cuajar en un movimiento de masas cohesionado, si bien es 
verdad que la huelga de maestros que tuvo lugar durante su traba- 
jo de campo se expresaba en términos muy explícitos de concien- 
cia de clase. Lazar también se vio sorprendida por la rebelión de 
octubre de 2003 y regresó después a El Alto para tratar de recons- 
truir las circunstancias en que se había desarrollado. 

El Alto es un lugar muy especial y es importante señalar sus 
peculiaridades 41 . Es una ciudad relativamente nueva (no dispuso 
de administración propia hasta 1988) en el inhóspito altiplano, a 
unos 500 m por encima de La Paz, con una población de aluvión 
formada principalmente por campesinos expulsados de sus tie- 
rras por la progresiva comercialización de la producción agríco- 
la; por obreros industriales desplazados (particularmente de las 
minas de estaño «racionalizadas», privatizadas y en muchos ca- 
sos cerradas desde mediados de la década de 1980); y por refugia- 
dos de bajos ingresos procedentes de La Paz, donde los elevados 
precios de la vivienda venían empujando desde hacía unos años a 
la gente más pobre a buscar acomodo en otro lugar. Así pues, en 
El Alto no había una burguesía arraigada como en La Paz y en 
Santa Cruz. Era, como dice Gilí, una ciudad «donde muchas víc- 
timas del experimento neoliberal puesto en marcha en Bolivia 
con las reformas del libre mercado se debaten al borde de la su- 
pervivencia». La continua retirada del estado, desde mediados de 



40 Lesley Gilí, Teetering on the Rim: Global Restructuring, Daily Life, and 
the Armed Retreat of the Bolivian State, Nueva York, Columbia University 
Press, 2000; Sian Lazar, El Alto, Rebel City: Self and Citizenship in Andean 
Bolivia, Durham, Duke University Press, 2010. 

41 Lo que sigue es un resumen extraído de L. Gilí, Teetering on the Rim, 
cit., y S. Lazar, El Alto, Rebel City, cit. 



211 



la década de 1980, de la administración y el abastecimiento de 
servicios entregados a la privatización neoliberal, significaba que 
sus controles locales eran relativamente débiles. La población te- 
nía que ingeniárselas y autoorganizarse para sobrevivir o depen- 
der de la dudosa ayuda de ONGs complementada por donacio- 
nes y favores obtenidos de los partidos políticos a cambio del 
voto en las elecciones. Pero tres de las principales rutas de abas- 
tecimiento a La Paz pasan por El Alto, y la posibilidad de blo- 
quearlas se convirtió en una importante baza en las luchas subsi- 
guientes. El continuo rural-urbano (dominado en gran medida 
por poblaciones campesinas indígenas con tradiciones culturales 
y formas de organización social propias, como los ayllus que men- 
ciona Webber) es un rasgo característico del metabolismo de la 
ciudad, a medio camino entre la urbanidad de La Paz y la rurali- 
dad de la región circundante, tanto geográfica como etno-cultu- 
ralmente. Los flujos de gente y de bienes de toda la región pasan 
por El Alto, y el tránsito diario desde El Alto hasta La Paz hace 
a esta última muy dependiente de la primera en cuanto a la mano 
de obra con bajos salarios. 

Otros tipos más antiguos o tradicionales de organización co- 
lectiva de los trabajadores bolivianos, que constituían «una de las 
clases obreras más militantes de Latinoamérica», se vieron aban- 
donados en la década de 1980 con el cierre de las minas de esta- 
ño 42 . Los mineros desempeñaron un papel clave en la revolución 
de 1952, que llevó a la nacionalización de las minas de estaño, e 
igualmente en las movilizaciones que culminaron con el derroca- 
miento del régimen represivo de Hugo Banzer en 1978. Muchos 
de los mineros desplazados acabaron en El Alto después de 1985, 
y según el estudio de Gilí experimentaban grandes dificultades 
para adaptarse a su nueva situación; pero más tarde quedaría claro 
que su conciencia política de clase, vertebrada por el trotskismo y 
el anarcosindicalismo, no había desaparecido del todo e iba a con- 
vertirse en un importante recurso (aunque cabe discutir su grado 



42 L. Gilí, Teetering on the Rim, cit., p. 69. 



212 



de importancia) en las luchas posteriores, empezando por la huel- 
ga de los maestros en 1995 que Gilí estudió en detalle; pero su 
política cambió en muchos aspectos importantes. Los mineros, 
sin otra posibilidad que «participar en el trabajo inseguro y mal 
pagado que realizaba la gran mayoría de los áltenos», pasaron de 
una situación en la que el enemigo de clase y su propia solidaridad 
estaba clara, a otra en la que tenían que hacerse una pregunta es- 
tratégica distinta y mucho más difícil: «¿Cómo podían construir 
una nueva solidaridad en El Alto a partir de una población étni- 
camente diversa caracterizada por historias individuales muy di- 
ferentes, un complejo mosaico de relaciones de trabajo e intensa 
competitividad interna?» 43 . 

Esa transición, impuesta a los mineros por la neoliberalización, 
no es en absoluto exclusiva de Bolivia o El Alto. Plantea el mismo 
dilema que se les presentaba a los antiguos obreros del acero en 
Sheffield, Pittsburgh y Baltimore. De hecho es prácticamente uni- 
versal en todos los centros sacudidos por la vasta oleada de desin- 
dustrialización y privatización desencadenada desde mediados de 
la década de 1 970, poco más o menos. Así pues, la forma en que se 
afrontó en Bolivia tiene un interés algo más que episódico. 

Tal como escribe Lazar, 

Han surgido nuevos tipos de estructuras sindicales, especialmen- 
te entre los campesinos y los trabajadores del sector informal en las 
ciudades [...] Se basan en coaliciones de pequeños propietarios, in- 
cluso microcapitalistas, que no trabajan para un único jefe en un lu- 
gar cerrado donde pueden ser fácilmente derrotados por el ejército. 
Su modelo de producción doméstico genera fluidez e inestabilidad 
en la vida asociativa, pero también les ha permitido formar alianzas y 
organizaciones basadas en el emplazamiento territorial; la calle don- 
de venden, el pueblo o región donde viven y cultivan, y con la adi- 
ción de las estructuras organizativas de vecinos en las ciudades, su 
zona particular. 



Ibid, pp. 74-82. 



En esto, la asociación entre gente y lugar ha cobrado gran im- 
portancia como origen de lazos comunes. Aunque esos lazos pue- 
den ser a menudo tan antagónicos como armoniosos, los contac- 
tos cara a cara son frecuentes, lo que fortalece esos lazos. 

Los sindicatos florecen en la economía informal de El Alto y 
constituyen una parte decisiva de la estructura organizativa civil pa- 
ralela al estado que configura escalonadamente la ciudadanía, en un 
contexto en el que la competencia económica interindividual se ve 
dolorosamente exagerada, por lo que cabría esperar que la colabora- 
ción política fuera difícil, si no directamente imposible. 

Aunque los movimientos sociales caen a menudo en un agudo 
faccionalismo y en luchas internas, «están comenzando a cons- 
truir una ideología más coherente a partir de la particularidad de 
las diferentes reivindicaciones sectoriales» 44 . La conciencia de 
clase colectiva residual y la experiencia organizativa de los mine- 
ros del estaño desplazados se ha convertido así en un recurso de- 
cisivo. Engarzada con prácticas de democracia local basadas en las 
tradiciones indígenas de toma de decisiones en asambleas locales 
y populares (los ayllus), las condiciones subjetivas para crear aso- 
ciaciones políticas alternativas estaban en parte dadas. Como con- 
secuencia, «la clase obrera boliviana se está reconstituyendo como 
sujeto político, aunque no lo baga en ni forma tradicional»^. 

Hardt y Negri también destacan ese aspecto en su propia pre- 
sentación de la lucha boliviana para apoyar su teoría de las multi- 
tudes: 

Todas las relaciones de hegemonía y representación de la clase 
obrera se ven así cuestionadas. Para los sindicatos tradicionales no es 



44 Lazar, El Alto, Rebel City, cit., pp. 252-254. La teoría de las relaciones 
conflictivas en el seno de los movimientos sociales aparece desarrollada en 
Chantal Mouffe, On the Political, Londres, Routledge, 2005. 

45 S. Lazar, El Alto, Rebel City, p. 178 [la cursiva es mía, D. H.]. 



214 



ni siquiera posible representar adecuadamente la compleja multipli- 
cidad de sujetos y experiencias de clase. Este cambio no significa sin 
embargo un desvanecimiento de la clase obrera ni tampoco un decli- 
ve de sus luchas, sino más bien una creciente multiplicidad del prole- 
tariado y una nueva fisonomía de estas 46 . 

Lazar está en parte de acuerdo con esta reformulación teórica, 
pero ofrece un panorama mucho más matizado de cómo se cons- 
tituye un movimiento obrero de clase. Tal como ella lo ve, «la 
afiliación anidada de una alianza de asociaciones, cada una de ellas 
con formas locales de rendición de cuentas, es una de las fuentes 
de fuerza de los movimientos sociales en Bolivia». Esas organiza- 
ciones suelen ser jerárquicas y a veces autoritarias más que demo- 
cráticas, pero «si entendemos la democracia como la voluntad del 
pueblo, el aspecto corporativo de la política boliviana tiene senti- 
do como una de sus tradiciones democráticas más importantes 
(aunque no necesariamente igualitarias)». Las victorias anticapi- 
talistas como la que permitió expulsar a importantes enemigos 
empresariales como Bechtel and Suez «no habrían sido posibles 
sin las experiencias rutinarias de democracia colectiva que forman 
parte de la vida cotidiana de los áltenos» 47 . 

La democracia se organiza en El Alto, según Lazar, siguiendo 
tres líneas peculiares: las juntas vecinales con base territorial no 
solo proveen bienes colectivos locales, sino que también median 
en los muchos conflictos que surgen entre los residentes. Esas 
juntas vecinales están federadas, y la FEJUVE sirve como foro en 
el que se dirimen los conflictos entre distintos barrios. Se da así 
una «jerarquía anidada» clásica, en la que existen todo tipo de me- 
canismos, que Lazar examina en detalle, para asegurar que sus lí- 
deres rotan o permanecen fieles a a su base (un principio que, 
hasta que apareció el Tea Party, sería anatema en la política esta- 
dounidense). 



46 M. Hardt y A. Negri, Commonwealth, cit., p. 110. 

47 S. Lazar, El Alto, Rebel City, cit., pp. 181, 258. 



215 



El segundo engranaje es el constituido por las asociaciones sec- 
toriales de diversos grupos de la población, como los vendedores 
callejeros, los trabajadores del transporte y muchos otros. Tam- 
bién ahí buena parte del trabajo de esas asociaciones consiste en 
mediar en los conflictos (por ejemplo, entre distintos vendedores 
callejeros), pero es así como se organizan los trabajadores preca- 
rios del llamado «sector informal» (lección que debería aprender 
el movimiento de «trabajadores excluidos» en Estados Unidos). Esa 
organización posee tentáculos que llegan hasta la cadena de abas- 
tecimiento del pescado y otros alimentos, por ejemplo, desde las 
áreas próximas. Mediante esos lazos puede movilizar fácil y rápi- 
damente las capacidades insurreccionales de la población campesi- 
na y rural circundante, u organizar respuestas inmediatas en la 
ciudad a las masacres y represiones en el campo. Esos fuertes lazos 
geográficos se solapan con los de las juntas vecinales que encua- 
dran a muchas familias campesinas inmigrantes, al tiempo que 
mantienen vivos sus vínculos con sus aldeas de origen. 

En tercer lugar existen sindicatos más convencionales, el más 
importante de los cuales es el de los maestros, que desde la huelga 
de 1995 ha estado en primera línea de la militancia (como suce- 
día también en el caso de Oaxaca en México). Los sindicatos tie- 
nen una estructura organizativa local, regional y nacional que 
sigue manteniendo negociaciones con el estado, aunque se vio 
muy debilitada por el asalto neoliberal al empleo regular y a las 
formas tradicionales de organización sindical durante los treinta 
últimos años. 

Pero hay algo más en el funcionamiento de El Alto que a Lazar 
le cuesta mucho integrar en su estudio. Los valores e ideales sub- 
yacentes son particularmente fuertes y a menudo se mantienen y 
articulan mediante acontecimientos y actividades culturales popu- 
lares -fiestas, ceremonias religiosas, danzas- así como formas más 
directas de participación colectiva como las asambleas populares 
(en los barrios y en los sindicatos, formales e informales). Esa soli- 
daridad cultural y memoria colectiva permiten a los sindicatos su- 
perar las tensiones «y promover una cohesión corporativa que a su 



216 



vez les permite actuar como sujetos políticos eficaces» 48 . La más 
acusada de esas tensiones es la que se da entre los líderes y la base. 

Tanto las formas de organización de base territorial como las 
sectoriales muestran características similares, en las que las bases 
populares «intentan afianzar valores colectivos frente al individua- 
lismo percibido en sus líderes». Los mecanismos son complejos, 
pero en el estudio de Lazar aparecen múltiples medios informales 
mediante los que se afrontan las cuestiones del colectivismo e in- 
dividualismo o solidaridad y divisionismo. Además, las formas de 
organización «sindicales» y «comunitarias» no responden a tradi- 
ciones distintas sino que a menudo se fusionan culturalmente me- 
diante la «apropiación sincrética de diversas tradiciones políticas, 
entrelazando sindicalismo, populismo y valores y prácticas demo- 
cráticas indígenas. Es la combinación creativa de esas tradiciones 
diferentes la que ha permitido a El Alto superar su marginación 
política a escala nacional y ocupar el centro de la escena» 49 . Fue- 
ron ese tipo de vínculos «los que afloraron en determinados mo- 
mentos, como en Cochabamba en 2000, los bloqueos campesinos 
del altiplano de abril y septiembre de 2000, febrero y octubre de 
2003 en El Alto y La Paz y de enero a marzo de 2005 en El Alto». 

El Alto se ha convertido en un foco tan importante para esta 
nueva política, tal como afirma Lazar, debido en gran medida a las 
formas en que se ha constituido en la ciudad el sentido de ciuda- 
danía. Esto cobra relevancia porque presagia la posibilidad de que 
la rebelión de clase e indígena se organice a través de solidarida- 
des basadas en la ciudadanía común. Históricamente, desde lue- 
go, esta ha sido siempre una característica central de la tradición 
revolucionaria francesa. En El Alto el sentido de pertenencia y 
solidaridad 

se constituye como una relación mediada entre ciudadano y estado 
configurada mediante las estructuras y organizaciones cívicas colec- 



48 Ibid, p. 178. 

49 Ibid,p. 180. 



217 



tivas paralelas al estado al nivel de zona, ciudad y nación. En 1999 el 
partido político [...] perdió su predominio sobre esas organizaciones 
y sobre la ciudad en general, lo que permitió que surgiera una actitud 
más rebelde; esto coincidió con la radicalización de los alteños debi- 
da a la creciente penuria económica. Las protestas de septiembre y 
octubre de 2003 y de los años subsiguientes recibían su fuerza de la 
coincidencia de esas circunstancias políticas particulares con proce- 
sos muy anteriores de identificación con el campo y la construcción 
de un sentimiento colectivo de pertenencia común. 

Lazar concluye que 

La ciudadanía en la ciudad indígena de El Alto incluye una com- 
binación de sentimiento urbano y rural, colectivismo e individualis- 
mo, igualitarismo y jerarquía. Las visiones alternativas de la demo- 
cracia que se muestran han reforzado los movimientos indígenas 
nacionales y regionales en formas que combinan la conciencia de 
clase y la nacional con la política identitaria, mediante la impugna- 
ción de la propiedad de los medios de reproducción social y la natu- 
raleza del estado. 

Las dos comunidades que juzga más sobresalientes «se basan 
en la residencia a escala zonal y de toda la ciudad, y en la ocupa- 
ción a escala urbana» 50 . Mediante la idea de ciudadanía las rela- 
ciones de antagonismo en el lugar de trabajo y en el hábitat se han 
convertido en una poderosa forma de solidaridad social. 

Esos diversos procesos sociales (que Lazar se esfuerza por no 
idealizar al estilo de la izquierda académica) tuvieron un efecto 
singular sobre la consideración que la ciudad tiene sobre sí mis- 
ma. Lazar dice: 

Es pertinente preguntarse qué es lo que hace de El Alto una ciu- 
dad más que un barrio, un suburbio, un mercado o un nudo de trans- 



50 Ibid, p. 260. 



218 



portes. Me respuesta es que distintos agentes, tanto en el sistema 
estatal como en lugares no estatales, están construyendo una identi- 
dad propia y específica para El Alto. Esa identidad no es por supues- 
to única, pero se está vinculando cada vez más al radicalismo y al in- 
digenismo político. 

Y fue «la conversión en acción política de esa identidad y su 
emergente conciencia política» en 2003 y 2005 la que atrajo sobre 
El Alto la atención, no solo nacional sino también internacional, 
como «ciudad rebelde» 51 . 

La lección a extraer del estudio de Lazar es que es efectiva- 
mente posible rescatar una ciudad de los procesos debilitadores 
de la urbanización neoliberal, reivindicándola para la lucha anti- 
capitalista. Aunque los acontecimientos de octubre de 2003 se de- 
berían entender como «una confluencia altamente contingente 
de distintos intereses sectoriales que estallaron dando lugar a algo 
mucho más serio cuando el gobierno ordenó al ejército disparar 
contra los manifestantes», no se pueden ignorar los años prece- 
dentes de organización de esos intereses sectoriales y de apropia- 
ción de la ciudad como «centro de radicalismo e indigenismo» 52 . 
La organización de trabajadores informales en sindicatos tradi- 
cionales, la creación de la Federación de Juntas Vecinales, la poli- 
tización de las relaciones urbano-rurales, la creación de jerarquías 
anidadas y de estructuras de liderazgo junto con las asambleas 
igualitarias, la movilización de las fuerzas de la cultura y la memo- 
ria colectiva, todo ello proporciona modelos para pensar sobre lo 
que se podría hacer conscientemente para ganar las ciudades para 
una lucha anticapitalista. Las formas de organización que conflu- 
yeron en El Alto se parecen de hecho mucho a algunas de las 
formas adoptadas en la Comuna de París (los barrios, los sindica- 
tos, las facciones políticas y el fuerte sentimiento de ciudadanía y 
de lealtad a la ciudad). 



51 Ibid, p. 63. 

52 Ibid, p. 34. 



219 



Futuras iniciativas 



Si bien en el caso de El Alto todo esto se puede ver como 
resultado de circunstancias contingentes que confluyeron por 
casualidad, ¿por qué no podemos imaginar la construcción cons- 
ciente de un movimiento anticapitalista a escala de toda una ciu- 
dad siguiendo esas líneas? Imaginemos por ejemplo en la ciudad 
de Nueva York el resurgimiento de las juntas comunales, adorme- 
cidas durante mucho tiempo, como asambleas vecinales con po- 
der de asignación presupuestaria de recursos, junto con una con- 
fluencia de una Alianza por el Derecho a la Ciudad, un Congreso 
de Trabajadores Excluidos y un Consejo Laboral local revitaliza- 
do que emprendan la lucha por una mayor igualdad en los ingre- 
sos y en el acceso a los servicios de sanidad y alojamiento, tratan- 
do de reconstruir la ciudad y el sentimiento de ciudadanía y de 
justicia social y medioambiental tras el desastre provocado por la 
urbanización neoliberal al servicio de los capitalistas. La historia 
de El Alto sugiere que tal coalición solo funcionará si las fuerzas 
de la cultura con una tradición políticamente radical (que cierta- 
mente existe en Nueva York, pero también en Chicago, San Fran- 
cisco o Los Ángeles) pueden movilizarse para impulsar a los ciu- 
dadanos (por divididos que estén, como siempre sucede en Nueva 
York) en favor de un proyecto de urbanización radicalmente dife- 
rente al dominado por los intereses de clase de los promotores y 
financieros decididos a «construir como Robert Moses pero sin 
olvidar a Jane Jacobs». 

Pero esas posibilidades tan prometedoras para el desarrollo de 
la lucha anticapitalista pueden frustrarse y la montaña que parecía 
amenazar una erupción volcánica puede parir solo un ratón, ya que 
como también demuestra el caso boliviano, por poco acertado que 
esté Webber, es que cualquier movilización anticapitalista mani- 
festada en sucesivas rebeliones urbanas tiene que consolidarse en 
determinado momento a un nivel más alto de generalidad, so pena 
de estancarse al nivel del estado en un reformismo parlamentario 
y constitucional que no servirá más que para reconstituir el neoli- 



220 



beralismo desde los intersticios de la prolongada dominación im- 
perial. Esto plantea problemas más generales, no solo sobre el es- 
tado y sus dispositivos institucionales del derecho, la administración 
y el mantenimiento del orden, sino sobre el sistema interestatal en 
el que están insertos todos los estados. Gran parte de la izquierda 
contemporánea se muestra renuente, desgraciadamente, a plantear- 
se esas cuestiones, por más que las luchas hagan surgir de cuando 
en cuando algún tipo de macroorganización como el «confedera- 
lismo» radical de Murray Bookchin o la «gobernanza policéntri- 
ca» más suave de Elinor Ostrom, que se parece sospechosamente 
a un sistema estatal, suena como un sistema estatal y casi segura- 
mente actuaría como un sistema estatal fueren cuales fueren las 
intenciones de sus promotores 53 . Igualmente incoherente parece 
la alternativa de Hardt y Negri en Contmonwealth, cuando en la 
página 361 demuelen el estado y este resurge indemne en la 380 
como garante de un nivel de vida mínimo universal, así como de 
una sanidad y educación universal 54 . 

Pero es precisamente a ese respecto al que resulta crucial la 
forma en que se organiza toda una ciudad. Libera a las fuerzas 
progresistas del encierro organizativo al micronivel de los colecti- 
vos obreros en lucha y las economías solidarias (por importantes 
que puedan ser), y nos impone una forma totalmente diferente de 
teorizar y practicar la política anticapitalista. Una perspectiva crí- 
tica permite precisamente ver por qué tienen que fracasar tanto el 
«gobierno policéntrico» preferido por Ostrom como el libertaris- 
mo municipal «confederal» de Bookchin. «Si toda sociedad se or- 
ganizara como una confederación de municipios autónomos -dice 
Iris Young-, ¿eso impediría el desarrollo de la injusticia y la desi- 
gualdad a gran escala entre comunidades [del tipo descrito en el 



53 Murray Bookchin, Remaking Society: Pathways to a Green Future, Bos- 
ton, South End Press, 1990; «Libertarían Municipalism: An Overview», 
Society and Nature 1 (1992), pp. 1-13; Elinor Ostrom, «Beyond Markets and 
Status: Polycentric Governance of Complex Economic Systems», American 
Economic Review 100 (2010), pp. 641-672. 

54 M. Hardt y A. Negri, Commonwealtb, cit. 



221 



capítulo 3] y con ellas de la opresión de los individuos no pertene- 
cientes a las comunidades más privilegiadas y más poderosas?» 55 . 
La única forma de evitarlo es que alguna autoridad más alta obli- 
gue a determinadas transferencias entre municipios que igualen al 
menos los oportunidades, y quizá también los resultados. Esto es 
lo que el sistema confederal de municipios autónomos de Book- 
chin sería seguramente incapaz de conseguir, en la medida en que 
al pueblo se le niega la posibilidad de hacer política y de gobernar 
a ese nivel, limitándolo a la administración y el gobierno de las 
cosas. La única forma de establecer reglas generales para la redis- 
tribución de la riqueza entre municipios sería, bien mediante el 
consenso democrático (que, por lo que nos enseña la experiencia 
histórica, es improbable que sea voluntario y que se llegue a él in- 
formalmente) o por sujetos democráticos con poderes de decisión 
a distintos niveles dentro de una estructura de gobierno jerárquica. 
Evidentemente, no hay ninguna razón para que todo el poder flu- 
ya hacia abajo en tal jerarquía, y seguramente se pueden ingeniar 
mecanismos para evitar la dictadura o el autoritarismo. Pero el 
hecho es que ciertos problemas, por ejemplo el de la redistribu- 
ción de la riqueza, solo resultan visibles a cierta escala, a la que 
deben por tanto tomarse decisiones democráticas. 

Desde ese punto de vista, las movilizaciones bolivianas podrían 
quizá mirar hacia el sur en busca de inspiración, viendo cómo el 
movimiento inicialmente concentrado en Santiago de Chile se ha 
transformado, pasando de la reivindicación estudiantil de una en- 
señanza pública libre y gratuita, a una alianza antineoliberal de 
movimientos que exigen una reforma constitucional del estado, 
una mejora de las pensiones, nuevas leyes laborales y un sistema 
fiscal personal y empresarial progresivo para comenzar a invertir 
el deslizamiento hacia una mayor desigualdad social en la socie- 
dad civil chilena. La cuestión del estado, y en particular del tipo 
de estado (o equivalente no capitalista), no se puede evitar ni si- 



55 Iris Marión Young, Justke and the Politics of Difference, Princeton, 
Princeton University Press, 1990. 



222 



quiera desde el profundo escepticismo contemporáneo, tanto en 
la izquierda como en la derecha del espectro político, sobre la 
viabilidad o deseabilidad de tal tipo de institución. 

La esfera de la ciudadanía y los derechos, en relación con al- 
gún cuerpo político de orden más elevado, no se opone necesaria- 
mente a la de las clases y la lucha entre ellas. Conciudadano y 
camarada pueden avanzar juntos en una lucha anticapitalista, aun- 
que a menudo trabajen a distinta escala; pero eso solo puede ocu- 
rrir si nos hacemos, como urgió hace mucho tiempo Robert Parle, 
más «conscientes de la naturaleza de nuestra tarea », que es cons- 
truir colectivamente la ciudad socialista sobre las ruinas de la des- 
tructiva urbanización capitalista. Esa es la atmósfera ciudadana 
que puede liberar verdaderamente a la gente; pero exige una re- 
volución en el pensamiento y la práctica anticapitalistas. Las fuer- 
zas progresistas anticapitalistas pueden saltar más fácilmente a 
través de las redes urbanas hacia coordinaciones globales que aun 
siendo jerárquicas no sean monocéntricas, corporativas y aun así 
democráticas, igualitarias y horizontales, sistémicamente anida- 
das y federadas (imaginemos una liga de ciudades socialistas al 
estilo de la antigua liga hanseática que promovió el desarrollo del 
capitalismo mercantil), internamente discordante y cuestionada, 
pero solidaria frente al poder de la clase capitalista, y sobre todo 
profundamente comprometida en la lucha por socavar y final- 
mente derrocar el poder de las leyes capitalistas del valor en el 
mercado mundial para dictar las relaciones sociales bajo las que 
trabajamos y vivimos. Tal movimiento debería abrir la vía a la 
prosperidad humana universal, más allá de las restricciones de 
la dominación de clase y de las determinaciones comercializadas 
del mercado. El mundo de la verdadera libertad solo puede co- 
menzar, como insistía Marx, cuando se dejen atrás tales restriccio- 
nes materiales. Reivindicar y organizar las ciudades para la lucha 
anticapitalista sería un buen punto de partida. 



223 



CAPÍTULO SEIS 



Londres 201 1 : el capitalismo montaraz 
se lanza a la calle 



El Daily Mail los llamaba «adolescentes nihilistas y montara- 
ces»: los encolerizados jóvenes de todos los niveles y procedencias 
que recorrían arrebatadamente las calles de Londres arrojando 
ladrillos, piedras y botellas a la policía mientras saqueaban un es- 
tablecimiento e incendiaban otro, llevando a las autoridades a 
emprender una persecución encarnizada mientras ellos y ellas se 
tuiteaban el siguiente objetivo estratégico. 

El término «montaraz» [feral] atrajo mi atención. Me recordó 
la descripción de los comuneros de París en 1871 como animales 
salvajes, hienas que merecían ser sumariamente ejecutadas (y a 
menudo lo eran) en nombre de la sacrosanta propiedad privada, la 
moral, la religión y la familia. Pero evocaba también el ataque de 
Tony Blair a los «medios montaraces» tras haberse alojado con- 
fortablemente durante tanto tiempo en el bolsillo izquierdo de 
Rupert Murdoch, cuando este echó mano de su bolsillo derecho 
para sustituirlo por David Cameron. 

Contemplaremos por supuesto el habitual debate histérico en- 
tre los más proclives a ver los disturbios como una cuestión de pura 
criminalidad desenfrenada e inexcusable, y los que preferirán ana- 
lizar los acontecimientos situándolos en un contexto de torpes me- 
didas políticas, prolongado racismo e injustificada persecución de 
los jóvenes y las minorías, desempleo masivo, privaciones sociales y 
una política insensata de austeridad que no tiene nada que ver con 
la economía y sí con la perpetuación y consolidación de la riqueza 
y el poder personal. Algunos pueden llegar incluso a condenar las 
cualidades alienantes y vacías de sentido de tantos empleos y de la 
vida cotidiana pese a la inmensa potencialidad existente para la 
prosperidad humana, tan desigualmente distribuida. 



225 



Con algo de suerte tendremos comisiones e informes que nos 
repetirán una vez más lo que se dijo de Brixton y Toxteth durante 
el mandato de Margaret Thatcher. Y digo «suerte» porque los 
instintos montaraces del actual primer ministro británico parecen 
inclinarlo más a recurrir a los cañones de agua, las granadas lacri- 
mógenas y las pelotas de goma, mientras pontifica empalagosa- 
mente sobre la pérdida de sentido moral, el declive del civismo y 
el triste deterioro de los valores familiares y la disciplina entre los 
jóvenes desnortados. 

Pero el problema es que vivimos en una sociedad en la que el 
propio capitalismo se ha hecho cada vez más montaraz. Los polí- 
ticos montaraces engañan a sus votantes; los banqueros montara- 
ces saquean los bolsillos públicos sin ningún rubor; los directores 
generales, gestores de fondos de inversión y genios de las finanzas 
saquean riquezas sin denuedo; las compañías telefónicas y de tar- 
jetas de crédito cargan misteriosas cantidades en la cuenta de todo 
el mundo; las empresas y los ricos no pagan impuestos mientras 
succionan vorazmente las finanzas públicas; los tenderos suben 
desconsideradamente los precios; y a la menor oportunidad esta- 
fadores y profesionales del fraude llegan con sus timos hasta los 
escalones más altos del mundo empresarial y político. 

Se ha puesto a la orden y a la luz del día una economía de des- 
posesión masiva y prácticas depredadoras, en particular de los 
más pobres y vulnerables, los más indefensos y carentes de pro- 
tección legal. ¿Cree alguien posible encontrar un capitalista honra- 
do, un banquero honrado, un político honrado, un tendero hon- 
rado o un comisario de policía honrado? Sí, seguramente existen, 
pero no son más que excepciones que todos los demás consideran 
estúpidos. ¡Sé listo! ¡Obtén fáciles beneficios! ¡Defrauda y roba! 
Las probabilidades de ser atrapado son escasas. Y en cualquier 
caso hay muchas formas de proteger la riqueza personal aun de 
los costes de la ilicitud empresarial. 

Lo que digo puede parecer chocante. La mayoría de nosotros 
no lo vemos porque no queremos verlo. Lo cierto es que ningún 
político se atreve a decirlo y que los medios se encargan de ridicu- 



226 



lizar a quien se atreve a hacerlo. Pero yo apostaría a que todos y 
cada uno de los agitadores callejeros saben perfectamente de qué 
estoy hablando. Y hacen lo mismo que todos los demás, aunque 
de una forma diferente, más descarada y ruidosa, en las calles. 
Reproducen en las calles de Londres lo que el capital empresarial 
está haciendo al planeta tierra. El thatcherismo desencadenó los 
instintos intrínsecamente montaraces del capitalismo (los «espíri- 
tus animales» de los empresarios, como los llamó tímidamente 
John Maynard Keynes), y nadie ha intentado detenerlos desde 
entonces. La roturación temeraria a base de talar y quemar se ha 
convertido en consigna de la clase dominante prácticamente en 
todas partes. 

Esas son las nuevas normas bajo las que vivimos, y eso es lo que 
la próxima gran comisión de investigación debería analizar. To- 
dos, y no solo los alborotadores callejeros, tendrían que respon- 
der de ello. El capitalismo montaraz debería ser juzgado por crí- 
menes contra la humanidad y por crímenes contra la naturaleza. 

Desgraciadamente, eso es lo que los cegados alborotadores no 
pueden ver o exigir. Todo conspira para impedirnos verlo y exigir- 
lo. Por eso el poder político se inviste tan apresuradamente de la 
túnica de la moralidad y la razón, para que nadie pueda verlo tan 
desnudamente corrupto y estúpidamente irracional. 

Pero en muchos lugares del mundo hay atisbos de esperanza. 
El movimiento de los indignados en España y Grecia, los impul- 
sos revolucionarios en Latinoamérica, los movimientos campesi- 
nos en Asia, todos ellos están comenzando a ver a través de la 
vasta bruma con la que un capitalismo global depredador y mon- 
taraz ha cubierto el mundo. ¿Qué hará falta para que el resto de 
nosotros lo perciba y actúe en consecuencia? ¿Cómo podemos 
recomenzar más eficaz y satisfactoriamente? ¿Qué dirección de- 
bemos tomar? Las respuestas no son fáciles, pero algo sabemos 
con seguridad: que solo podemos llegar a las las respuestas acer- 
tadas haciendo las preguntas acertadas. 



227 



CAPÍTULO 7 

#OWS [Occupy Wall Street]: el partido de Wall Street 
se topa con su némesis 



El partido de Wall Street ha gobernado prácticamente sin 
oposición Estados Unidos durante demasiado tiempo. Ha domi- 
nado abrumadoramente la política de los sucesivos presidentes 
durante al menos cuatro décadas, si no más, ya fueran o no sus 
agentes voluntarios cada uno de ellos. Ha corrompido el Congre- 
so intimidando o sobornando a políticos de ambos partidos me- 
diante el cohecho o la presión de los grandes medios de comuni- 
cación que controla. Gracias a los nombramientos realizados y 
aprobados por los presidentes y el Congreso, el partido de Wall 
Street domina gran parte del aparato gubernamental y judicial, en 
particular el Tribunal Supremo, cuyas sentencias favorecen cada 
vez más sus intereses en campos tan diversos como las leyes elec- 
torales, laborales, medioambientales y contractuales. 

El partido de Wall Street se rige por un principio universal: el 
desmantelamiento de cualquier desafío al poder absoluto del di- 
nero. Ese poder se ejerce con un único objetivo: los poseedores de 
riquezas no solo gozarán de privilegios para seguir acumulándolas 
indefinidamente a voluntad, sino que tendrán el derecho a here- 
dar la tierra, no solo ejerciendo su dominio directo o indirecto 
sobre el territorio y todos los recursos y capacidades productivas 
que residen en él, sino también asumiendo un mando absoluto, 
directo o indirecto, sobre los trabajadores y las potencialidades 
creativas de cuantos necesite, arrumbando como desechable al 
resto de la humanidad. 

Esos principios y prácticas no brotan de la codicia individual, 
la miopía o la mera injusticia (aunque también hay mucho de eso), 
sino que se han inserto en el cuerpo político de nuestro mundo a 
través de la voluntad colectiva de una clase capitalista alentada por 



229 



las leyes irrefragables de la competencia. Si mi grupo de presión 
gasta menos que el tuyo, entonces obtendré menos favores. Si una 
institución gasta en las necesidades del pueblo, se considerará 
poco competitiva. 

Mucha gente decente se ve aprisionada por las cadenas de un 
sistema podrido hasta las raíces. Para poder ganarse la vida y man- 
tener un nivel de vida razonable no tiene otra opción que vender 
su alma al diablo: no hacen más que «cumplir órdenes», como 
declaró Eichmann, o «lo que el sistema exige», como dicen otros 
ahora, accediendo a los bárbaros e inmorales principios y prácti- 
cas del partido de Wall Street . Las leyes inapelables de la compe- 
tencia nos obligan a todos, en mayor o menor medida, a obedecer 
las reglas de ese sistema desaprensivo y despiadado. El problema 
es sistémico, no individual. 

Los eslóganes preferidos de ese partido con respecto a la liber- 
tad supuestamente garantizada por el derecho de propiedad pri- 
vada, el libre mercado y el libre comercio se refieren en realidad a 
la libertad para explotar el trabajo de otros, para desposeer a la 
gente corriente de sus bienes y para arrasar el medio ambiente en 
beneficio de algunos capitalistas y de su clase. 

Una vez obtenido el control del aparato estatal, el partido de 
Wall Street acostumbra a privatizar sus bocados más jugosos por 
debajo de su valor de mercado, abriendo con ello nuevos terre- 
nos para la acumulación de capital. Amañan la subcontratación (el 
complejo militar-industrial es uno de los principales ejemplos) y 
los criterios de tributación (con subvenciones a los agronegocios 
y bajos impuestos para las ganancias de capital) para saquear sin 
restricciones las arcas públicas. Fomentan deliberadamente sis- 
temas de regulación tan complicados y una incompetencia admi- 
nistrativa tan asombrosa del aparato estatal (recuérdense la ino- 
perancia de la Agencia de Protección Ambiental o el «trabajo 
fenomenal» [«heck-of-a-job», en palabras de Bush] de la Agencia 
Federal de Gestión de Emergencias durante el huracán Katrina) 
que la opinión pública, ya de por sí escéptica, acaba convencida 
de que el estado nunca desempeñará un papel constructivo o de 



230 



auxilio para mejorar la vida cotidiana o las perspectivas de futuro 
de nadie. Para concluir, se vale del monopolio de la violencia que 
reclaman como propio todos los estados soberanos, para excluir al 
pueblo de lo que supuestamente debería ser espacio público y 
para acosar, poner bajo vigilancia y si lo juzga necesario criminali- 
zar y encarcelar a quienes no acceden sumisamente a sus dictados. 
Sobresale en las prácticas de tolerancia represiva que perpetúan la 
ilusión de la libertad de expresión mientras esta no exponga des- 
nudamente la verdadera naturaleza de su proyecto y del aparato 
represivo sobre el que descansa. 

El partido de Wall Street desarrolla una incesante guerra de 
clases. Como decía Warren Buffett, «por supuesto que hay guerra 
de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que la ha emprendido 
y estamos venciendo». Gran parte de esa guerra se desarrolla en 
secreto, tras bajo una serie de máscaras y maniobras de ofuscación 
con las que se disfrazan los propósitos y objetivos del partido de 
Wall Street. 

El partido de Wall Street sabe muy bien que cuando las cues- 
tiones políticas y económicas profundas se transforman en cues- 
tiones culturales, se hacen incontestables. Recurre regularmente 
a gran número de opiniones expertas cautivas, en su mayor parte 
procedentes de «comités de sabios» y universidades que él mis- 
mo financia y que se difunden a través de los medios que contro- 
la, para suscitar controversias sobre todo tipo de cuestiones ba- 
nales y para proponer soluciones a problemas inexistentes. Ayer 
enarbolaban la austeridad que todos los demás debían practicar 
para sanear el déficit y hoy proponen reducir sus propios im- 
puestos, cualquiera que fuere el impacto que esto pueda tener 
sobre el déficit. Lo único que nunca se puede debatir y discutir 
abiertamente es la verdadera naturaleza de la guerra de clases 
que llevan a cabo incesante y despiadadamente. Calificarla como 
«guerra de clases» es, en el ambiente político predominante y 
para su sabio cacumen, situarla fuera del ámbito de las conside- 
raciones serias y exponerse a ser motejado de loco, cuando no de 
sedicioso. 



231 



Pero ahora existe, quizá por primera vez, un movimiento que 
se enfrenta explícitamente al partido de Wall Street y a su poder 
económico-financiero. La «calle» de Wall Street está siendo ocu- 
pada -¡horror de los horrores!- por los desahuciados y deshereda- 
dos del planeta. Las tácticas del movimiento Occupy Wall Street, 
extendiéndose de una ciudad a otra, entrañan la ocupación de un 
parque, una plaza o cualquier otro espacio público central cerca 
de donde se asientan muchas de las palancas del poder, y al poner 
cuerpos humanos en ese lugar convierten el espacio público en un 
bien común político, un lugar para el debate y la discusión abierta 
sobre las maniobras del poder y cómo frustrarlas. Esa táctica, no- 
tablemente reanimada en las nobles luchas que se vienen desarro- 
llando en la plaza Tahrir de El Cairo, se ha extendido por todo el 
mundo (Puerta del Sol en Madrid, Plaza Syntagma en Atenas, y 
ahora la escalinata de la catedral de San Pablo en Londres y la 
propia Wall Street). Nos muestra que el poder colectivo de los 
cuerpos en el espacio público es todavía el instrumento más eficaz 
de oposición cuando todos los demás medios de acceso quedan 
bloqueados. Lo que la plaza Tahrir mostró al mundo era una ver- 
dad obvia: que son los cuerpos en las calles y en las plazas, y no la 
jerigonza de sentimientos en Twitter o en Facebook lo que real- 
mente importa. 

El objetivo del movimiento en Estados Unidos es muy simple. 
Dice: 

Nosotros, el pueblo, estamos decididos a recuperar nuestro país 
rescatándolo de los poderes que actualmente lo dirigen. Nuestro obje- 
tivo es demostrar que Warren Buffett se equivoca. Su clase, la de los 
ricos, no seguirá dominando sin oposición ni heredará automática- 
mente la tierra; tampoco está destinada a vencer siempre. 

Y también: 

Nosotros somos el 99 por 100. Somos la mayoría, y esa mayoría 
puede y debe prevalecer. Dado que todos los demás canales de expre- 



232 



sión nos están vedados por el poder del dinero, no tenemos otra op- 
ción que ocupar los parques, plazas y calles de nuestras ciudades hasta 
que se oigan nuestras opiniones y se atienda a nuestras necesidades. 



Para vencer, ese movimiento tiene que alcanzar efectivamente el 
99 por 100, algo que puede hacer y está haciendo paso a paso. Pri- 
mero están quienes se ven arrojados la miseria por el desempleo y 
todos aquellos que han sido o están siendo desposeídos de sus ho- 
gares y de sus bienes por las legiones de Wall Street. El movimien- 
to debe forjar amplias coaliciones entre estudiantes, inmigrantes, 
subempleados y todos los amenazados por la política de austeridad 
totalmente innecesaria y draconiana que se inflige a la nación y al 
mundo a instancias del partido de Wall Street. Debe concentrarse 
en el espeluznante nivel de explotación en los lugares de trabajo, 
desde los trabajadores domésticos inmigrantes a los que los ricos 
explotan despiadadamente en sus hogares, hasta los semiesclavos 
de la hostelería en las cocinas de los restaurantes en los que ellos se 
regalan espléndidamente. Debe unir a los artistas y trabajadores 
creativos cuyos talentos se convierten tan a menudo en productos 
comerciales bajo el control de las grandes fortunas. 

Por encima de todo, el movimiento debe llegar a todos los 
desposeídos, los insatisfechos y los descontentos, a todos los que 
reconocen y sienten en sus tripas que algo va rematadamente mal, 
que el sistema diseñado por el partido de Wall Street no solo es 
bárbaro, contrario a la ética y moralmente perverso, sino que 
también ha fracasado. 

Todo esto debe aglutinarse democráticamente en una oposi- 
ción coherente, que debe también proyectar libremente las pers- 
pectivas de una ciudad alternativa, un sistema político alternativo, 
y en último término una forma alternativa de organizar la pro- 
ducción, la distribución y el consumo en beneficio del pueblo, ya 
que los jóvenes no pueden admitir ese futuro que apunta a un 
aumento exponencial de la deuda privada y una agravación de la 
austeridad pública, en beneficio exclusivo del 1 por 100 que su- 
man los más ricos. 



233 



Como respuesta al movimiento Occupy Wall Street, el estado, 
respaldado por el poder de la clase capitalista, ha realizado una 
proclamación sorprendente: que él y solo él tiene el derecho ex- 
clusivo a regular y disponer del espacio público. ¡El pueblo no es 
sujeto de un derecho común al espacio público! Por lo que desca- 
radamente nos dicen los alcaldes, jefes de policía, oficiales milita- 
res y altos funcionarios del estado, ellos tienen derecho a determi- 
nar lo que es o no es público en «nuestro» espacio público y quién 
puede ocuparlo y cuándo. ¿Cuándo decidieron expulsarnos a no- 
sotros, al pueblo, de cualquier espacio que decidamos ocupar co- 
lectiva y pacíficamente? Aseguran que toman esas decisiones en 
favor del interés público (y mencionan leyes para demostrarlo). 
¡Pero nosotros somos el pueblo! ¿Dónde está «nuestro interés» 
en todo eso? Y dicho sea de paso, ¿no es «nuestro» dinero el que 
los bancos y los financieros se embolsan tan desvergonzadamente 
en forma de «primas» y demás prebendas? 

Frente al poder organizado del partido de Wall Street para 
dividirnos y vencernos, el movimiento que está surgiendo debe 
también adoptar como principio fundamental que no se dejará 
dividir ni desviar hasta que el partido de Wall Street vuelva a la 
sensatez -admitiendo que el bien común debe prevalecer sobre 
los estrechos intereses venales- o sea rotundamente vencido. Los 
privilegios empresariales que confieren derechos a ciertos indivi- 
duos sin imponerles la responsabilidad que atañe a los auténticos 
ciudadanos deben ser abolidos. Los bienes públicos como la edu- 
cación y la sanidad deben administrarse públicamente y estar a 
disposición de todos gratuitamente. Hay que acabar con los po- 
deres monopolistas en los medios de comunicación. El fraude 
electoral debe ser declarado inconstitucional. Debe prohibirse la 
privatización del conocimiento y la cultura, así como debe repri- 
mirse severamente y en último término ilegalizarse la libertad 
para explotar a otros y desposeerlos. 

Los estadounidenses creen en la igualdad. Las encuestas mues- 
tran que creen (sea cual sea su preferencia política general) que po- 
dría estar justificado que al 20 por 1 00 más rico de la población le 



234 



correspondiera el 30 por 100 de la riqueza total, pero que es in- 
aceptable que controle, como ahora sucede, más del 85 por 100, y 
más aún que la mayor parte de esa riqueza esté en manos del 1 por 
100 más rico. Lo que propone el movimiento Occupy Wall Street es 
que nosotros, el pueblo estadounidense, nos comprometamos a re- 
vertir esa aberrante desigualdad, no solo en términos de riqueza e 
ingresos, sino lo que es aún más importante, en términos del poder 
político que tal disparidad confiere y reproduce. El pueblo estado- 
unidense está legítimamente orgulloso de su democracia, pero esta 
ha estado siempre amenazada por el poder corruptor del capital. 
Ahora, cuando está subyugada por ese poder, ha llegado segura- 
mente el momento, como hace mucho tiempo sugirió Jefferson 
que sería necesario, de hacer otra revolución en Estados Unidos, 
basada en la justicia social, la igualdad y una atenta consideración 
de cuál debe ser nuestra relación con la naturaleza. 

La lucha que se ha iniciado -la del pueblo contra el partido de 
Wall Street- es crucial para nuestro futuro colectivo. Es de natu- 
raleza tanto global como local. Une a los estudiantes chilenos 
comprometidos en una lucha sin cuartel contra el poder político 
por crear una educación gratuita y de calidad para todos, acome- 
tiendo el desmantelamiento del modelo neoliberal impuesto bru- 
talmente por Pinochet, con los agitadores de la plaza Tahrir, que 
entienden que la caída de Mubarak (como el final de la dictadura 
de Pinochet) no es sino el primer paso de la liberación frente al 
poder del dinero. Incluye a los indignados españoles, los trabaja- 
dores en huelga en Grecia, la oposición militante que surge en 
todo el mundo, desde Londres a Shenzhen y Bombay pasando 
por Durban o Buenos Aires. El brutal dominio del gran capital y 
el puro poder del dinero están en todas partes a la defensiva. 

¿De qué lado nos pondremos cada uno de nosotros? ¿Qué ca- 
lle ocuparemos? El tiempo lo dirá. Pero lo que sabemos es que ha 
llegado el momento, que el sistema no solo está descompuesto y 
al descubierto, sino que parece incapaz de ninguna otra respuesta 
que no sea la represión. Por eso nosotros, el pueblo, no tenemos 
otra opción que luchar por el derecho colectivo a decidir cómo 



235 



reconstruir el sistema y con qué hechuras. El partido de Wall Street 
tuvo su oportunidad y ha fracasado miserablemente. La construc- 
ción de una alternativa sobre sus ruinas es tanto una oportunidad 
como una obligación insoslayable que ninguno de nosotros puede 
ni querría siquiera evitar. 



236 



AGRADECIMIENTOS 



Deseo agradecer a los editores de las publicaciones listadas a 
continuación su permiso para utilizar material que apareció pre- 
viamente bajo sus auspicios. 

El capítulo 1 es una versión ligeramente modificada de un ar- 
tículo publicado en el número 53 de New Left Review [en cast., 
nov-dic de 2008, pp. 23-39], titulado «The Right to the City». 

El capítulo 2 es una versión un poco ampliada de la primera 
parte de un artículo publicado en Socialist Register 2011, titulado 
«The Urban Roots of Financial Crises: Reclaiming the City for 
Anti-Capitalist Struggle». 

El capítulo 3 se basa en un artículo titulado «The Future of 
the Commons», publicado en Radical History Review 109 (201 1). 
Agradezco a Charlotte Hess que me señalara algunas lamentables 
omisiones en el artículo original con respecto a la obra de Elinor 
Ostrom, así como a los participantes en un seminario organizado 
bajo los auspicios del 16 Beaver Group en Nueva York, cuyas 
aportaciones sobre el tema de los bienes comunes me ayudaron 
mucho a clarificar mis ideas. 

El capítulo 4 es una versión ligeramente modificada de un ar- 
tículo titulado «The Art of Rent: Globalization, Monopoly and 
Cultural Production», publicado originalmente en Socialist Regis- 
ter 2002. 

El capítulo 5 es una versión ampliada de la última parte de un 
artículo publicado originalmente en Socialist Register 201 1 con el 
título «The Urban Roots of Financial Crises: Reclaiming the 
City for Anti-Capitalist Struggle». 

Quiero agradecer por último a los participantes en el grupo de 
lecturas sobre el «Right to the City» en Nueva York (en particu- 



237 



lar a Peter Marcuse) y a los miembros del seminario en el Center 
for Place, Culture and Politics de la Universidad de Nueva York 
muchas discusiones estimulantes durante los últimos años. 



238 



ÍNDICE 



Prefacio. La Icaria de Henri Lefebvre 5 

PRIMERA PARTE 
EL DERECHO A LA CIUDAD 

I. El Derecho a la ciudad 19 

II. Las raíces urbanas de las crisis capitalistas 5 1 

III. LA CREACIÓN DE BIENES COMUNES URBANOS 107 

IV. El arte de la renta 137 

SEGUNDA PARTE 
CIUDADES REBELDES 

V Reclamar la ciudad para la lucha 

ANTICAPITALISTA 171 

VI. Londres 201 1 : el capitalismo montaraz se 

LANZA A LA CALLE 225 

VIL #OWS [Occupy Wall Street]: el partido de 

Wall Street se topa con su némesis 229 

Agradecimientos 237